sábado, 12 de diciembre de 2009

Percepción del fin de los tiempos

Llegado a este punto en el camino de la vida y consciente de que me quedan no más de cuarenta años de existencia, en el mejor de los casos y siempre que el azar no lo impida, sólo la certeza de que mis ojos no verán la demolición del planeta alivia el desconsuelo que me produce comprobar cómo los gobernantes que nos hemos elegido son incapaces de evitarlo. Lo lamento por todos esos niños a los que les imponemos la condena por un delito, el de nacer, del que no son responsables. Por eso propongo que se les eduque en el arte de la depredación; que sean partícipes desde el principio de sus días en el proceso de destrucción al que sus padres se dedican con cotidiana entrega; borrar de sus registros todo valor de solidaridad y tolerancia e inculcarles el necesario sentido de lo individual donde sólo importa crecer y no proliferar. Así, en unos años, las generaciones serán más magras y los que sobrevivan podrán aprovechar mejor los menguantes recursos que ofrezca el planeta. Y de esa forma, llegará el momento en que la humanidad evolucione hacia su propia extinción y logre así el supremo fin de su naturaleza: ser dueña de su propio destino y no permitir que sea el edificio que la alberga el que con su desmoronamiento la aniquile.
Mientras llega el momento, sigamos jaleando a los arquitectos del caos, miremos hacia otro lado mientras la casta dominante insiste en su empeño en preservar sus privilegios y atesoremos todas las riquezas posibles en nuestros pequeños universos antes de que lo hagan los demás. Así ganaremos en poder e insignificancia. Ningún ser vivo nos lo reprochará; al contrario, todos los que carecen de la facultan de razonar asumirán resignados el destino que elijamos y quizás, cuando lleguen los tiempos de oscuridad, sean los que hereden nuestra carroña.
Mientras tanto, que siga el festín. Al fin y al cabo, si alguno de los productos de nuestra perpetuación decidiera reprochárnoslo tendrá que hacerlo sobre frías lápidas o gritar al viento su desprecio. Para entonces, no seremos más que un recuerdo, un sencillo epígrafe en los libros de Historia o todo un volumen en la enciclopedia de la estupidez.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El imperio de la decencia o la paradoja de la libertad

Es posible que esté equivocado, pero no recuerdo que el rey haya acudido alguna vez a un mitin o haya sido agasajado por un partido político, ya sea directamente o mediante alguna de sus fundaciones paralelas, antes de que esa fábrica de doctrina y paradigmas conocida como Faes se atreviera a convocarle para recoger un premio por su labor en aras de la libertad. No me extraña el caso, acostumbrada como está la derecha española a apropiarse y administrar a su antojo todos los símbolos de su nación -eso sí, siempre que la gestión quede lo suficientemente lejos de cualquier convocatoria electoral cuyo resultado establezca un escenario en el que los pactos con nacionalistas sean una opción-, pero sí que me duele observar la complacencia con la que mucha gente que tengo por sensata ha aceptado esta nueva muestra de cinismo y, por contra, comprobar una vez más con qué ufanía ensalzan el suceso los portavoces del conservadurismo calificándolo como un rasgo de normalidad democrática y ocultando astutamente la reacción que hubiesen mostrado en el caso de que el monarca -o su gabinete, que para eso está- agradeciera y sin embargo rechazara el homenaje. ¿También lo considerarían un rasgo de normalidad democrática o se lo reprocharían con ese discurso melifluo tan socorrido que emplean para etiquetar a todos aquellos que no aceptan su verdad revelada? Desde luego, me inclino por lo segundo.
La presencia del rey en semejante escenario confirma que el estado del miedo en el que han sumido a la sociedad esta pandilla de sofistas es patente, y si no se hace nada por remediarlo es muy posible que la deriva conduzca a la esclerotización de la voluntad y del sentido crítico. Una situación que con solo echar un vistazo a la Historia de España -algo que, por desgracia, no se hace con toda la frecuencia que sería necesaria- revelaría un enorme catálogo de peligros que se ciernen sobre nuestra joven estabilidad democrática, encabezado por la alienación de una sociedad cada vez más indiferente, adocenada e ignorante. Es el terreno perfecto para edificar el autoritarismo y la exclusión, por supuesto disfrazado de democracia.
Pero la democracia tal y como se concibe en España no es más que un juego en el que al pueblo sólo se le deja tirar los dados, como un requisito indispensable para mantener una imagen aceptable ante lo que algunos se empeñan en llamar mundo libre. Sin embargo, este es un juego adulterado, con los dados trucados, pues quien los arroja carece de el elemento fundamental para que todo funcione: sentido crítico. El jugador ya no es libre desde el preciso momento en que concibe como dogma las propuestas de cada partido; y así, cautivo, se convierte en adepto ya sea por esa obediencia esencial que caracteriza a los débiles de espíritu o por conveniencia. En medio de esa masa creciente de fieles se encuentran quienes aún poseen la virtud del análisis que confiere una voluntad intacta, aunque esa minoría instruida es cada vez más impotente debido a un sistema electoral que dispersa el voto.
Esa debilidad permite el esperpento y, así, aún no hemos sido capaces de colocar al franquismo en el lugar que le corresponde, considerando su vigencia como una expresión folclórica inofensiva. Y mientras tanto, la cobertura que la nueva extrema derecha concede a diario a ese tipo de ofensas da lugar a que aún se le conciba como una opción viable y se representen viejas escenas de exaltación de aquella dictadura con el beneplácito de la Iglesia católica y no pocos miembros de esa derecha democrática que se muestra comprensiva con ese pasado abyecto, apelando a una libertad pervertida y, sin embargo, amparada por la ley.
Nunca el espacio público se había mostrado tan cautivo de la sinrazón, asaltado por lunáticos que ejercen de salvaguardas de la decencia y los intereses de políticos ávidos de poder. Y si ya es preocupante la proliferación de medios de comunicación obsecuentes que hacen de la aporía su razón de ser por motivos partidistas o económicos, más lo es que instituciones públicas como las universidades se suban al carro y programen actividades en las que participan este tipo de personajes, movidas por la necesidad de convocar cuanta más audiencia mejor y justificar así la inversión menospreciando la verdadera naturaleza de su propuesta, que es tan sencilla como la formación de ese espíritu crítico y analítico tan raro hoy en día mediante la exposición de ideas -no paradigmas- y el debate constructivo -no la discusión tabernícola- con el objetivo de alcanzar puntos de encuentro que permitan a la sociedad acceder a una información lo más fidedigna posible y establecer las cuestiones precisas que conduzcan a la reflexión. Pero no es así. El prestigio de las convocatorias se mide por audiencias y así no vamos a ninguna parte.
Es cierto que todo el mundo tiene derecho a expresarse con libertad, pero no a hacerlo donde le plazca. Son quienes gestionan los foros públicos los que deben establecer los criterios para acceder a ellos y, si bien, siempre queda la oportunidad del debate, han de ser los ponentes quienes se responsabilicen de sus ideas siempre desde el rigor académico que confiere el conocimiento de la materia que se trate o eso tan denostado hoy en día por poco conveniente, tal es la autoridad. El foro público debe estar libre de dogmas o, al menos, éstos deben ser presentados como rebatibles y, sobre todo, aceptar esa controversia. Todo lo demás es abonar el desconcierto, estimular la militancia y, por lo tanto, renunciar a la libertad.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Bronca

Oí de una acalorada discusión entre un ministro y un diputado en sede parlamentaria, y me alivió pensar que los políticos no están huecos, que aún corre la sangre por las venas de estos títeres de la conveniencia empeñados en naturalizar una pantomima, aunque sólo sea tras las puertas de la realidad, allí donde habita una intimidad que les humaniza y está prohibida la entrada a esa farsa que ofrecen con la complacencia de una sociedad indolente y maleable. No se concibe la ira en las sonrisas que se regalan en los intermedios de las disputas; no hay rencor ni desprecio cuando impera la soberbia de quien sabe segura su estabilidad. Todo obedece a una estrategia medida, un guión inalterable que garantiza el poder que el pueblo les ha entregado.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Versión, digresión, indigestión

Hay música que se ha escrito para ser interpretada y otra cuyas notas contienen un código genético que la hace inmutable. Quizás no fuese su intención, pero cuando Jacques Prévert y Joseph Kosma alumbraron 'Les feuilles mortes' ('Autumn leaves' para el común de los mortales) no sabían que se iba a convertir en una de las canciones más versionadas de la historia, gracias a lo cual entraron en el Olimpo de los clásicos sin mucho más esfuerzo creativo. E incluso algunas de sus revisiones son bastante más emocionantes que el original y además se presta a ingeniosas variaciones que ofrecen resultados sorprendentes. Es lo que yo llamo una canción acomodaticia.
También con las obras de compositores históricos se puede hacer un tanto, no en vano la variación de piezas originales es uno de los recursos más socorridos para dar rienda suelta al ingenio y mostrar dimensiones sonoras desconocidas que han marcado auténticos hitos en la historia de la música. Recordar 'El concierto de Aranjuez', de Joaquín Rodrigo, interpretado por Miles Davis o Jim Hall y Chet Baker es un argumento preciso que sostiene esa realidad. La reciente selección de Fernando Trueba publicada bajo el título 'Clásicos para los amigos' es una buena muestra de lo que sucede cuando los héroes osan interpretar a los dioses.
Sin embargo, hay canciones que no se pueden interpretar si no se quiere incurrir en el ridículo, pues sus estructuras están tan perfectamente ensambladas que cualquier revisión altera el equilibrio que impone su esencia. Si alteramos el ADN de cualquier ser vivo obtenemos un mutante, y con algunas canciones sucede lo mismo. Hay canciones inmutables que atesoran una perfección que se refleja en la disposición de cada nota; por supuesto que se pueden interpretar, pero jamás puede mejorar el original como ocurre con otras mucho más maleables: la mejor versión de 'Imagine', de John Lennon, es 'Imagine', de John Lennon. Todo lo demás es pura pretenciosidad.
Por más esfuerzos que hago, no logro imaginarme que serie de terribles efectos me produciría escuchar 'London calling' en panocho. Y seguro que habrá por ahí algún descerebrado que piense en perpetrar semejante disparate, atendiendo a la ecuménica convocatoria de la nueva Radio 3 para buscar la ¡mejor! versión de esa canción y saciar así el ansia de moderneces que parecen haber contraído sus responsables. Creo que no lo podría soportar en ninguna de las lenguas cooficiales del Estado ni siquiera en su inglés original, porque esa es una de esas canciones que no admite enmienda.
No se trata de renegar de la versión, pero no por ello se ha de convertir en un alarde de creatividad y menos cuando se profanan santuarios que están muy bien sin que les dé el sol de la digresión. Así que cuando vuelva a escuchar una sesión de versiones iré a toda prisa a rescatar los originales, no sea que se hayan deteriorado con el paso del tiempo y la osadía.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Oficio de difuntos

La fama hace a la muerte rentable.

Nada nuevo bajo el sol de Alejandría


Si de remover conciencias mostrando la dimensión del fanatismo se trata, Javier Fesser lo consigue con muchos menos medios en la sutil y eficiente 'Camino' que Amenábar con su pretenciosa y esquemática 'Agora', pues mientras el primero sugiere con actitudes

jueves, 29 de octubre de 2009

Corruptio

Lo que más me fascina del corrupto es su capacidad para convivir con la falta. Sólo el delincuente es plenamente consciente de su delito; alberga la esperanza de que no se pueda demostrar y, por tanto, eludir la justicia, pero me pregunto cómo es capaz de conjurar el demonio de la culpa cuando se enfrenta a sí mismo en la intimidad. Creo que ese estadio de descomposición moral debe emanar de un trastorno emocional que convierte al que lo padece en un ser asocial. Si no, es inconcebible una interpretación más sublime de la perversión.

lunes, 26 de octubre de 2009

Miseria

¿Por qué no ayudé a aquella mujer greñuda, desdentada y consumida cuando me alargó su mano arrugada suplicando unas monedas? Es la pregunta que me hago desde que tuve el encuentro hace unos días. Estúpidamente, maldije mi suerte por que el azar la cruzara en mi camino y ahora su imagen persiste en mi recuerdo como una condena. Y pienso en aquellas ilusiones, proyectos y esperanzas que hubo de tener alguna vez o que quizás tenga aún; y en qué habrá en su intimidad; si habrá alguien quien la espere o sólo sea la soledad su compañera; en si compartió su vida con alguien; si fue madre, porque ya no lo es... Quizás no le di limosna para sentirme tan miserable como ella, para sufrir deliberadamente el dolor que me produce saber que hay quien no tiene nada, que toda una vida se pueda resumir en un deseo de muerte, que de nada sirve optar al progreso si hay quien nos ata al pasado. Sé que mi dolor no resolverá su necesidad, pero al menos me sirve de redención.

sábado, 24 de octubre de 2009

Las ideas

Busco pero no encuentro las palabras precisas para expresar mi estado de ánimo. Quizás no existan y haya que inventarlas, pues ni yo mismo sé lo que sucede. Sólo puedo describir la parálisis que afecta mi capacidad de componer un texto con sentido, construir un discurso coherente que refleje mis ideas de forma clara y no que, en cambio, se empeñe en atomizarse en infinitos argumentos que no conducen a ninguna parte. Sé lo que quiero decir, pero no encuentro la manera de hacerlo. Las ideas pugnan por salir de mi cerebro, recorrer el cuerpo hasta alcanzar mis dedos y manejarlos con precisión para elegir las palabras adecuadas. Y cuando lo consiguen, se lanzan en loca desbandada abandonándose a la retórica; intento pastorearlas, pero me plantan cara y entonces se difuminan en un olvido espontáneo que las cobija. Sé que están ahí, que me observan burlonas y se regocijan de mi tribulación. Y sé que sin voluntad, no podré recuperarlas. Me atormentan en los momentos previos al sueño; asoman sus cabezas y me asaltan ágiles y solícitas; saben que nunca les corresponderé en ese trance cautivo de la pereza. Y cuando las necesito, esquivan mis requiebros, altivas y displicentes, emplazándome a otro lapso de debilidad en el que la lucidez vuelva a estimular mi ingenio. Sólo me resta una esperanza: poder atraparlas en un descuido o vencer la pereza.