En julio del 2006 asistí a una conferencia de prensa que se celebró en el Consejo Económico y Social de la Región de Murcia, una institución consultiva que se dedica a fabricar informes de coyuntura que no sirven para nada, en la que un grupo de analistas de la casa y representantes de sindicatos, patronal y afines iban a informar sobre el estado de la economía regional. Aquel balance optimista hasta el entusiasmo sólo contenía una objeción preocupante: la escasa competitividad de los sectores productivos regionales y su aún enorme distancia con respecto a lo que entonces denominaban convergencia europea, a pesar de que el balance general realzaba los síntomas favorables sobre las carencias manifiestas y estructurales ya no sólo de la economía murciana sino de la española.
Eran aquellos tiempos de frenesí cuando cualquier paleto recibía en herencia un pedazo de tierra de labor y, en vez de explotarla o aprovechar la coyuntura y venderla a buen precio a algún promotor inmobiliario, corría como un poseso al banco más cercano y pedía un crédito para construir un bloque de apartamentos y hacerse de oro; luego iba al ayuntamiento de turno y gestionaba una licencia que se le otorgaba de inmediato a cambio de algún pellizco de las ganancias. De poco servía que el futuro edificio se fuese a levantar en algún cenagal perdido en medio de la nada, ya que entonces siempre había algún despistado inmigrante que emprendía la aventura sin tener la menor idea de que lo estuviesen estafando. Y así nos luce el pelo ahora.
Eran esos días de asueto para la prudencia, cuando uno salía de su casa a dar un paseo y terminaba con 3.000 euros en el bolsillo para gastarlos en cualquier capricho; tan sólo era necesario entrar en alguna de las oficinas que los prestamistas habían abierto en las calles principales de la ciudad al amparo de un poder financiero al que parecía que le quemara el dinero en las manos -ahora aquellos locales donde moraban los prestamistas albergan extravagantes casas de empeños donde se compra oro al mejor postor. Y fue cuando, ante semejante furor el Banco Central Europeo se empeñó en acabar con el déficit y cada mes se esperaba con expectación la nueva subida de los tipos de interés, con lo que aquellos confiados ciudadanos que compraron barato empezaban a pagar muy caro su dispendio.
Cuando los ponentes concluyeron su animada exposición de los datos que corroboraban, a su juicio, un panorama paradisiaco para la economía, llegó el turno de preguntas y recuerdo que, después de escuchar no pocas estupideces se me ocurrió interrogar al directorio sobre las consecuencias de una eventual subida exagerada de los tipos de interés sobre la capacidad financiero de las familias, teniendo en cuenta el paulatino aumento de la deuda privada que por aquel entonces se producía y, en la misma medida, si los poderes públicos estaban en condiciones de hacer frente a los inevitables problemas que sufriría el sector bancario ante un previsible aumento de la morosidad. La respuesta -o respuestas, porque allí respondió todo el mundo- fue una evasiva confianza en que los intereses no traspasaran el umbral del 6 por ciento, puesto que hasta ese momento tanto las finanzas públicas como la capacidad económica privada eran perfectamente capaces de atender sus compromisos crediticios.
Aquella reunión se celebró dos años antes de que se desatara el haz de desgracias que inundaron el mundo y que, tercas, proteicas y escurridizas, se empeñan en incorporarse a la rutina social exigiendo comprensión cuando no resignada sumisión. Entonces a Paul Krugman le estaban horneando el Nobel, Milton Friedman estaba a punto de irse a criar malvas, y en Estados Unidos perfeccionaban eso que Naomi Klein ha llamado 'doctrina del shock'. Nada parecía augurar el enorme surtidor de inmundicias que luego surgió de las cloacas del capitalismo o si hubo quien lo esperaba bien supo protegerse de las salpicaduras, elaborando en secreto astutos planes de contigencia a sabiendas de que al final siempre pagan los mismos y si en algo se aprecia a la política es por su inmensurable poder de protección ante cualquier tipo de resentimiento social, sobre todo cuando la guillotina está pasada de moda.
Más abajo, en la aldea murciana los perros vivían como marqueses y no había hueco libre que no atrajera las miradas golosas de algún advenedizo, ya fuese imaginando un fabuloso edificio o para instalar absurdas obras de arte efímero que luego servirían de pasto para vertederos. Con trabajo y dinero, aunque fuese prestado, los ciudadanos se miraban con orgullo en los escaparates del lujo, estrenaban fastuosos vehículos y parían como conejos creyendo en un mundo lleno de fortunas para sus retoños. Con una fiscalidad nutricia, los políticos desarrollaron con esmero un nuevo estilo de despotismo ilustrado rodeados de cortesanos comprometidos con la causa, quienes amasaron unas riquezas más falsas que un duro de seis pesetas. Muchos descubrieron Suiza y la cambiaron por el calcetín bajo la losa, otros fundieron en la caldera del frenesí cuanto pudieron atesorar y sin aún perder el regusto de las langostas servidas a la luz del atardecer frente a las playas de Cancún, en uno de esos estúpidos hoteles-todo-incluido, planeaban el siguiente artefacto financiero bajo la indulgente mirada de políticos y banqueros.
Curiosamente, aquellos que negaban la evidencia y alimentaron a la bestia siguen en los mismos lugares donde me los encontré hace seis años. Quizás no sean las mismas personas, pero sí las instituciones que representan, e imagino que sus diagnósticos ya no serán tan optimistas aunque mucho me temo que seguirán siendo igual de mendaces; no en vano quienes les pagan el sueldo no gustan de sermones, y menos cuando esos sí que siguen instalados en el poder. Algunos incluso más poderosos que entonces y legitimados por voluntad popular. Otros, retirados en sus palacios de invierno a salvo de cualquier inclemencia financiera, vuelven a mostrar sus riquezas una vez superado el pudor y asumido que la mierda sólo cae hacia abajo, y tras contemplar cómo quienes ya no ganan ni para limpiarla les han otorgado el poder absoluto. Se acabaron las contemplaciones: los ricos siguen siendo ricos, e incluso más, y a los pobres les pueden ir dando con lija.
No les queda otro remedio que aceptar lo que se les imponga y las razones que emplean quienes deciden los sacrificios. Han de asumir que más allá de las posibilidades de que su situación mejore, la realidad expresa una máxima insoslayable: no hay más cera que la que arde y aquí ya nadie presta velas. Sólo cabe esperar que de esta experiencia se aprenda alguna lección enriquecedora y, aunque no tenga un reflejo político, al menos permita a los sufridores despertar ese sentido crítico que siempre proporciona un poco de libertad.