sábado, 11 de febrero de 2012

¡Es la derecha, ingenuos!

Quienes creyeran, allá por noviembre del año pasado, que castigando al PSOE y favoreciendo con ello el ascenso de la derecha al poder absoluto cumplían con el deber emocional de resarcir esa traición a los principios de la izquierda, como muchos quisieron interpretar las decisiones tomadas en su momento por el Gobierno de Zapatero ante el deterioro progresivo de la estabilidad socioeconómica del país, quizás hoy -sólo quizás- harían bien en recordar la vieja fábula del escorpión y la rana, y a continuación reconocer que con su decisión poco meditada han regalado España a una banda de ambiciosos que manejaron las emociones de la ciudadanía con una habilidad asombrosa, valiéndose de la insidia y el embuste sin pudor alguno hasta convencer al electorado no tanto de sus aptitudes para resolver los problemas como de la negligencia de los socialistas en ese empeño, embaucando de forma inmisericorde a una sociedad cuya perspectiva de la realidad había sido atrofiada por una estrategia informativa con la que la derecha supo presentarse como la única opción válida en un tiempo de incertidumbre.

Ahora, consumada la conjura en la que participaron todos los actores sociales de un país atribulado, se impone una realidad que en ningún momento se ocultó al criterio de aquellos observadores que se aún conservaban la capacidad de analizar la naturaleza y la trayectoria de quienes se presentaban ante la sociedad como sus perfectos salvadores. El estruendo de la orquesta matizaba un ruido de fondo que, a poco que se prestara atención, se podía percibir en él la interpretación de la auténtica partitura; esa que identifica el verdadero estilo de sus compositores. Curas, empresarios, jueces, sofistas y estrategas no desafinaban, ejecutaban con virtuosismo las notas de una melodía tan vieja como pertinaz, aunque fuesen muy pocos los que, quizás acostumbrados a escucharla, no la tuvieran en cuenta embelesados por ese aluvión de acordes que ofrecían los intérpretes principales, sin reparar siquiera en sus disonancias y en los constantes arpegios motivados por la urgencia de alcanzar el acorde definitivo.

La derecha administró durante años la crisis en provecho propio, acosando sin piedad a un Gobierno que hizo todo lo que pudo por mantener a salvo la soberanía de un país cautivo de sus imprudencias. Se valió de la obediencia perruna de sus vasallos autonómicos para coartar cualquier medida que ayudase a mejorar la situación de los ciudadanos, y contó con el apoyo inestimable de oligarcas remisos a contribuir al desarrollo económico, de un poder financiero que paralizó deliberadamente el crédito mientras recibía generosas ayudas públicas y procuraba mantener a salvo los privilegios de sus directivos, de un clero agresivo y desestabilizador que gastaba el dinero que recibía del Estado en minar sus cimientos movilizando a sus tropas en actos infames cargados de populismo rancio, y de una casta de esbirros de la comunicación encargados de mantener una presión insoportable sobre la opinión pública moldeándola a su antojo y en beneficio de los intereses políticos de quienes sufragaban sus empresas de comunicación. Y todo para lograr una de esas paradojas que devalúan el sentido de la gestión política, tal es convertir en remedio lo que causó la enfermedad: la especulación salvaje que propicia el capitalismo sin matices.

Y contaron además con un respaldo inesperado. El de los miles de ciudadanos que, irritados, emprendieron una movilización impetuosa en busca de una regeneración democrática que hoy se revela quimérica en manos de quienes, involuntariamente, se favorecieron de su desencanto. Aquel movimiento romántico y casi infantil sólo permitió que unos cuantos oportunistas hicieran carrera política, a otros que nadie hacía caso por sus actitudes agresivas e ideas irreflexivas adquirieran una especie de legitimidad impostada que ahora resulta irrelevante, y algunos más cosecharan unos réditos electorales inmerecidos aprovechando las dudas que cautivaron a muchos ciudadanos que hasta entonces habían ejercido con buen criterio el voto útil. Ahora, todos aquellos que un día creyeron que con su voluntad iban a lograr un mundo más justo sólo han conseguido nuevos y poderosos argumentos para continuar con su revolución.

Y porque el escorpión pica, contemplo desolado cómo se confirman las peores certezas. La bomba que la derecha envolvió en un vistoso papel de regalo con lazo incluido no deja de ser una bomba de alto poder destructivo. Volvemos al pasado, al inmovilismo, a la caverna de la superstición y el dogma. La independencia perseguida por una Justicia que se gobernará a sí misma por aquellos que la interpretan de una forma absurda y doctrinaria; una educación dirigida a adormecer el intelecto y segregar a quienes no son considerados dignos de recibirla por haber cometido el pecado de nacer pobres; un mercado laboral que atiende a los preceptos más puristas del capitalismo y transporta al trabajador al siglo XIX, perdiendo todos los derechos adquiridos durante años de lucha y sacrificios, y convierte al parado en un parásito que ha de demostrar su intención sirviendo a los jerarcas municipales, y deja a los sindicatos sin apenas atribuciones y condenados de nuevo a las barricadas; coacciones al divorcio, otorgando a los notarios capacidad jurídica para resolver asuntos que sólo la Justicia puede atender; criminalizar a la mujer tutelando su vida y su cuerpo, con regulaciones sobre el aborto y la contracepción dignas de una teocracia; una política financiera que privilegia a la gran banca permitiendo la absorción de las pequeñas entidades incapaces de resarcirse de sus negligencias pasadas, y que vende el sofisma del control de sueldos ¡fijos! de los directivos cuando nada establece sobre los variables o las retribuciones por labores complementarias de carácter privado; y lo que llegará: control informativo, especulación inmobiliaria, destrucción del medio ambiente, descontrol financiero, privatización de servicios públicos esenciales... La economía ha sido la coartada perfecta para regresar al pasado sin resolver los problemas presentes. Pero ¿a quién le sorprende? ¡Es la derecha, ingenuos!

El escorpión (la derecha) quiso cruzar el río (la crisis) a lomos de la incauta rana (el pueblo). El único matiz que diferencia la realidad de la fábula es que, en este caso, el astuto escorpión sabe nadar y, una vez hundido el pueblo, llegará a la otra orilla indemne y orgulloso de su gesta. Quizás la próxima vez la gente se lo piense mejor. Si es que se puede.