He decidido no secundar la huelga general. No porque me hayan coaccionado o por perder el poco dinero que dejaría de cobrar, ni mucho menos, sino por propia voluntad. Por una convicción que a lo largo de muchos años he ido alimentando a base de contemplar tanta falsedad y oportunismo.
A mí, como a muchos españoles, no me gusta la reforma laboral que nos ha impuesto el Gobierno. La he criticado y la criticaré con todas mis fuerzas como bien he demostrado y demostraré mi rechazo a las políticas capitalistas deshumanizadas en general, y a las de esta derecha española atrasada, puritana, golfa, elitista, ignorante, insidiosa, miserable, cateta y arrogante en particular, tanto por escrito como a viva voz. Ese desprecio lo demuestro cuando toca en las urnas y cada día con mis ideas y razonamientos, y así lo seguiré haciendo mientras me quede aliento.
Por eso no necesito sumarme a ninguna protesta puntual convocada por unos sindicatos que no han sido precisamente víctimas en esta tragedia que sufrimos los españoles, sino que como el vulgar Tartufo han querido adorar a dios y al demonio para mantener unos privilegios logrados a costa de la credulidad de muchos trabajadores.
Ellos, sus dirigentes, son también responsables de que hoy la derecha haya logrado un poder insólito en el país. Pues con sus invectivas constantes a la gestión de los socialistas alimentaron un estado de ánimo entre sus bases que luego se reveló en el mayor castigo electoral recibido por un partido en democracia.
¿Era la mala gestión de un presidente motivo suficiente como para ensuciar la sustancia del sindicalismo, y favorecer el asalto de la derecha al poder?
¿No sabían que un gobierno de derechas iba a acometer medidas adecuadas a sus intereses, que no son los de la clase trabajadora?
¿Tanta independencia debían demostrar que olvidaron por completo que son sindicatos de clase y sirven a una ideología que no es ni mucho menos la que representa el PP?
Parece que en UGT y CCOO han olvidado su condición de sindicatos de clase. ¡De clase! Y que su obligación es defender el bienestar colectivo y no sólo de aquellos que pagan la cuota. Negar su apoyo a la izquierda es renunciar a su naturaleza, someterse a esa paz social pretendida por la derecha a base de prebendas y privilegios. Sin unos sindicatos militantes es imposible plantar cara al poder, y estos dirigentes despreciaron su historia y sus principios.
No oí a los dirigentes sindicales pedir el voto para los partidos que han representado tradicionalmente en ninguna de las elecciones del año pasado, ni siquiera cuando en las autonómicas y municipales ya se representó un ensayo general de lo que iba a suceder unos meses después. Ni siquiera fueron capaces de pedir públicamente y con el énfasis que les correspondería el voto para la izquierda, si es que no querían significarse con el PSOE o IU.
Y ahora, cuando ya no hay remedio, y lo que cualquiera con un mínimo de criterio podía prever el verano pasado empieza a suceder, piden al pueblo que se sume a ellos para redimir su ineptitud. ¿Para qué? Sé y sabe cualquiera que esta huelga general no servirá para nada, será un simple gesto de protesta que, como todas las anteriores, se diluirá en el oleaje del absolutismo legislativo. El viernes todo seguirá igual, o peor pues ese día conoceremos lo que este gobierno irresponsable nos ha ocultado para proteger sus opciones electorales en Andalucía: sabremos cual será el guión del drama y entonces sólo quedará aceptar o rebelarse de verdad.
Pero no es el fatalismo de la impotencia lo que me mueve a no secundar esta huelga, sino la certeza de que al final imperará la resignación. No la de los ciudadanos sino la de esos mismos dirigentes sindicales que convocan a los españoles a su espectáculo y luego se plegarán una vez más ante el poder, aceptarán las migajas del banquete y seguirán viviendo de las rentas, recordando de vez en cuando que hay unas gentes que sufren siempre que éstas hayan pagado la cuota.
Por supuesto, comprendo a quien acepte esta convocatoria pues tiene todo el derecho a elevar su protesta, pero igualmente deseo que ese ímpetu no sea producto de la credulidad y después sienta esa decepción por el esfuerzo malgastado. La exigencia ha de ser constante, intensa, consecuente y la misma debe ir en la misma medida hacia la clase política y la sindical. No podemos ser peleles en manos de esos privilegiados que no sufren los sacrificios que nos imponen.
Esta huelga general es otro ensalmo, otra entelequia insustancial más en un universo dividido en dos dimensiones: la de los elegidos y la de los electores. Los unos se sirven de los otros para preservar sus intereses y siempre pagan los mismos.
Cuando los sindicatos traspasen esa dimensión y regresen al mundo real, cuando sean capaces de defender su ideología frente a cualquier derecha, entonces iré a la huelga si es necesario. Mientras tanto seguiré luchando contra la hipocresía y el inmovilismo desde mi puesto de trabajo.