He abierto la ventana de la habitación donde me encuentro para que se disipe el humo del tabaco. Como todavía no hace demasiado frío, un grupo de personas se ha sentado en la terraza del bar de abajo, y hablan en voz alta (como es lo normal por estas tierras) y al unísono (como no podía ser de otra forma). De repente una de las voces se impone sobre las demás y declama:
"Hay una película en la que le disparan a 'guaiaérh' y no le dan; pero detrás hay un caballo, pijo... un puto caballo, y tampoco le dan las balas. Vale que a 'guaiaérh' no le den las balas porque pasen a un palmo, pero el caballo ocupa mucho más sitio y tampoco le dan; lo suyo es que hubieran matado al caballo, ¿no?".
Aparte de que me costó descifrar que hablaba de Wyatt Earp, aunque no sé a cual de las versiones cinematográficas se refería (puede ser cualquiera), el planteamiento tenía su lógica. Tampoco sé si alguno de los contertulios le prestaba atención, porque la algarabía de voces continuaba mientras hablaba. De repente, un extraño silencio. Como si se hubieran evaporado, como si nada hubiese sucedido. Igual han sido imaginaciones mías.
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
jueves, 20 de noviembre de 2014
viernes, 8 de agosto de 2014
Las caras de la explotación
Cuando leí que el hombre más rico del mundo había propuesto organizar el trabajo en tres jornadas de 12 horas a la semana, recordé la historia de un viejo y muy querido amigo quien llevaba empleado así varios meses. Trabajaba de lunes a miércoles en una tienda de comestibles de nueve de la mañana a nueve de la noche ininterrumpidamente. Allí, además de atender a los clientes, debía reponer el género, limpiar y administrar el establecimiento. Y todo por algo más de 800 euros al mes. Me contó que empezó trabajando 10 horas al día de lunes a viernes, por lo que ganaba apenas mil euros, y que decidió acortar y concentrar su jornada laboral con la intención de disponer de tiempo libre para buscar alguna ocupación adicional que complementase tan ridículo sueldo. Sobre todo teniendo en cuenta que su lugar de trabajo se encontraba a 150 kilómetros de su domicilio y que, después de hacer muchas cuentas, le salía más barato alojarse dos noches en una pensión y comer un par de bocadillos en la tienda. Aun así, la mayor parte del jornal lo invertía en acudir al trabajo, por lo que a fin de mes, una vez pagadas las facturas y demás gastos vitales, apenas le quedaban unos pocos euros para caprichos como tomar un café de vez en cuando. Me contó también que cada miércoles terminaba tan harto y agotado que el viaje de vuelta a casa se le antojaba una liberación, tanto como una condena levantarse cada lunes a las seis de la mañana para emprender de nuevo el camino de vuelta al trabajo. Se quejaba de lo difícil que era sacarse la mugre que se quedaba entre las uñas, algo irritante para una persona tan pulcra como él, de lo duro que era soportar la soberbia de algunos clientes que se creían con derecho a faltarle al respeto por ser lo que era, o del cansancio que le causaba cargar con pesadas cajas de fruta o de cualquier otro artículo cuando había que reponerlo.
Pero más que nada lamentaba el intenso dolor que sentía en su orgullo al verse obligado a realizar un trabajo así para sobrevivir, después de todo el tiempo y el esfuerzo que invirtió en conseguir una licenciatura y los 22 años que dedicó a ejercer de periodista, durante los cuales llegó a ocupar cargos de responsabilidad y emprendió iniciativas culturales que obtuvieron cierto éxito de público. Aquel tiempo fue aplastado por la codicia y la necedad de unos cuantos oportunistas que hoy corretean serviles por los jardines del poder, y que desprecian la experiencia, la honradez y la objetividad.
Recordé esta historia cuando observo cómo políticos y empresarios vuelven a imponer la explotación laboral como única vía de supervivencia para millones de personas, pues la alternativa es la exclusión social. De nada sirve el talento cuando se trata con gente inepta y desalmada que solo ansía obtener el máximo beneficio a cambio del menor coste posible. En ese mundo ideal de los explotadores no cabe la formación ni la experiencia ni la cualificación de los trabajadores, sólo su capacidad para cubrir largas y duras jornadas de trabajo a cambio de un sueldo miserable y sin garantía de futuro. Esa gente nos ha convertido en carne de cañón, meros objetos despreciables si las circunstancias lo exigen.
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