Algo más de un mes después de conquistar el poder absoluto, la derecha ha desvelado por fin los planes que dios manda para afrontar la crisis. Al menos una parte de ellos aunque suficientes para comprobar que ante los problemas que agobian al Gobierno, poco margen de maniobra queda para llevar a cabo las promesas declamadas durante la campaña electoral y que la necesidad convierte en adecuadas las medidas que antes se criticaban cuando las emprendía el anterior ejecutivo socialista. Claro que ahora no hay escrúpulos ideológicos que valgan para contener aquello que se consideraba un atentado contra los derechos adquiridos por la sociedad española.
Así, no sólo se mantienen y amplían los recortes salariales impuestos por los socialistas a los funcionarios, sino que la derecha en el poder hace suyas ahora propuestas que defendía el candidato del PSOE durante la campaña, tales como la subida de impuestos, completándolas con la congelación del salario mínimo y el desmantelamiento de planes de ayuda a la dependencia o la emancipación.
No obstante, a cualquiera con una mínima capacidad analítica no le debe sorprender esta primera arremetida, 'el inicio del inicio', contra el estado del bienestar que tanto esfuerzo ha costado construir en nuestro país. No es nada nuevo que los dirigentes políticos incumplan sus promesas cuando logran el poder, pues una cosa es querer y otra poder. Lo que resulta extraño es que el primer asalto de un nuevo gobierno sea tan escandalosamente contradictorio con sus propuestas, pues si bien la situación económica exige acciones decididas y eficaces no es menos cierto que en este caso no sólo han traicionado el ritmo sino que se han limitado a justificar aquello por lo que destruyeron al anterior gobierno permitiéndoles obtener el poder.
Tampoco era un secreto para los observadores agudos que las medidas adoptadas por los gobiernos autonómicos de derechas ya anunciaban claramente el estilo que iba a regir las acciones del nuevo ejecutivo. Difícilmente cabría esperar del gobierno central una política distinta a la que llevan a cabo en Madrid o Castilla-La Mancha sus respectivas gobernantas, con un entusiasmo inusitado.
A la fuerza ahorcan, y ahora echan mano a los mismos argumentos que llevaron a Zapatero a traicionar sus más íntimas convicciones ideológicas. Agradecida debería estar la derecha por que el socialismo le haya allanado un camino que ellos saben transitar con pericia, pues ahora no queda más que desarrollar los planes que hundieron al PSOE.
Lo grave en toda esta obviedad es que la derecha recurra una vez más a la mentira. Aparecer ante la opinión pública asegurando que desconocían la magnitud del déficit acumulado es una auténtica falta de respeto a la sociedad y al Estado de Derecho. Es vergonzoso achacar al Gobierno saliente esa falta de información, cuando sabían perfectamente y por diferentes fuentes que ese déficit es el resultado de la catastrófica gestión de los gobiernos autonómicos, y más cuando algunos de los más endeudados están gobernados por su gente. Es difícil aceptar que con el servilismo demostrado por los presidentes regionales del PP, su líder no conociera con certeza la verdadera situación de sus tesorerías.
Cierto es que mentir forma parte del estilo de los conservadores; basta con recordar cómo gestionaron las crisis de Irak, el accidente del Yak-42, el naufragio del Prestige y, por encima de todo y todos, los atentados de Madrid en 2004. La mentira forma parte de la estrategia de la derecha, y así la han empleado durante sus ocho años de oposición sin ningún pudor, hasta obtener unos réditos demasiado sustanciosos para la mezquina labor de destrucción emprendida contra el PSOE. Pero iniciar la legislatura con una mentira no deja de ser desasosegante, a pesar de que no resulte una novedad tratándose de estos individuos.
Supongo que a la oposición le debe haber pillado con el paso cambiado tal alarde de desvergüenza, pues no de otra forma puedo entender la tibieza con la que han recibido semejantes medidas. Estoy esperando escuchar a esos majaderos, ocultos tras esas ridículas máscaras, que defienden el expolio digital de la obra cultural, después de que se haya aprobado la ley contra las descargas ilegales por Internet. No oigo el griterío que se alzaba cada vez que al Gobierno socialista se le ocurría esquivar alguna entrada salvaje del capitalismo con medidas que pocos parecían entender, pero que mantenían al país a salvo de esos peligrosos rescates financieros. En medio de este silencio sospechoso, sólo la retórica parda de esa especie de juglar de la política que atiende por Llamazares parece resonar con estruendo en el vacío, pues ni siquiera el rústico jefe de los comunistas ha estado a la altura, quizás por que nadie le recuerde que su gente sigue sustentando al gobierno de derechas en Extremadura. ¿Y aquellos agresivos sindicalistas siempre al acecho del Gobierno socialista, recordándole continuamente sus desvíos de la ortodoxia ideológica y movilizando a sus tropas? Espero que en los próximos días estén a la altura de las circunstancias.
El socialismo perdió la batalla de la comunicación durante la última legislatura. Con un apoyo mediático fundamental, la derecha supo gestionar con astucia todas sus arremetidas contra el Gobierno del PSOE, sin ningún rubor a la hora de administrar insidias, mentiras e infundios. Ahora es necesario que la socialdemocracia se rehaga y arme una buena estrategia de comunicación, de forma que se pueda contrarrestar el enorme poder informativo que acumulará la derecha durante los próximos cuatro años. Y para muestra no hay más que ver la portada de hoy de La Razón: 'El Gobierno de la verdad', titula a toda plana. Para echarse a temblar.
Ese titular "razonable" da yuyu...
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