martes, 29 de noviembre de 2011

Silencio elocuente

Cunde el nerviosismo en las redacciones de los medios de comunicación. El líder de la derecha y próximo timonel de los destinos de España continúa sin darles alpiste. No paran de cantar los periodistas ávidos de que empiece la fiesta y hasta a los aduladores se les nota cierta inquietud. Todos quieren que empiecen a caer los titulares y no cejan en sacudir el árbol, pero ni por esas. El nuevo caudillo es tenaz en su silencio, y ni siquiera sus vasallos más cercanos son capaces de contener su natural verborrea. De vez en cuando se desliza bajo la puerta del búnker algún matiz de lo que nos espera, pero nada lo suficientemente atractivo para que merezca el interés. Hasta las fuentes bien informadas parecen haberse secado, y sus confidentes pasan una sed insufrible.

¿Hablar? ¿Para qué? El rey de las locuciones no dice ni pío. Deja a alguno de sus notables que regatee al personal en las salas de prensa con crípticos mensajes que alimentan el desconcierto y estimulan las conjeturas. ¿Qué pasará dentro de 23 días? ¿Qué planes guarda celosamente el próximo presidente para calmar los ánimos de la población? ¿Vendrán tiempos oscuros o escampará cuando se haga con el cetro del poder absoluto? Dudas, dudas, dudas, dudas.

Mientras, en los territorios conquistados los feudatarios del nuevo régimen afilan las cuchillas y emprenden ese desmantelamiento del estado del bienestar echando a volar una retórica cuajada de eufemismos, soberbia y elusiones. ¿Para qué contar lo que se hará a partir de enero, si mis huestes ya lo están ejecutando con presteza en toda España? Para cuando el gran hombre discursee ya estará todo en marcha, y sólo será necesario elegir el ritmo adecuado para que no decaiga la marcha. Las hostias ya se las llevará quien corresponda, y mientras es mejor ir mareando la perdiz con aquellos que algo tendrán que decir cuando se desencadene el temporal: empresarios, banqueros, sindicatos y demás fuerzas vivas de una sociedad aturdida y expectante.

Deberían ir acostumbrándose los periodistas a recibir el alimento como si fueran pollos en una explotación ganadera. Unos están destinados a poner los huevos y los otros al matadero. Más de tres lustros sufriendo a la derecha en el poder curten los análisis, y si el tono general de su gestión lo va a marcar el estilo que ya han demostrado en esos territorios dominados, mucho me temo que la prensa española va a sufrir hambruna. Maestros en el arte de la propaganda, los estrategas de la derecha son capaces de negar lo evidente sin descomponer el semblante, con una naturalidad eclesiástica. Y al que no le guste, que le vayan dando por donde amargan los pepinos pues con el control absoluto de los recursos de un país es muy difícil prosperar si no se rinde vasallaje.

Quizás ahora que los silencios van a ser norma, los periodistas empiecen a adquirir esa perspectiva que les ha faltado durante estos últimos años y comprendan que la derecha no da nada sin recibir algo a cambio. Y el tributo se llama sumisión. Que diez millones de almas afines son muchas para andarse con remilgos y críticas a una gestión que parece más una revelación que el producto necesario de la realidad. Triste destino además de aquellos que piensen en la libertad de expresión como medio para contrarrestar la soberbia y el autoritarismo de unos individuos que ya se creen investidos de la potestad para hacer del país lo que les convenga. Les espera el olvido o algo peor.

Sólo si hay quien se decide a invertir en sentido crítico a riesgo de perder patrimonio, será posible plantar cara a la sucesión de soliloquios que nos esperan. Pero eso hoy es una quimera, sobre todo cuando quienes podrían hacerlo andan más ocupados en tapar los agujeros del casco que en reforzar la nave. Y así será muy difícil que esta gente entre en razón.

¿Qué queda entonces sino la acción popular? La calle será el nuevo escenario de la crítica, aunque visto el talante de los guardianes de la ortodoxia ciudadana es probable que termine siendo un fiasco y la hartura se cebe entre las masas hasta conducirlas al conformismo. Al fin y al cabo, cuatro años pasan rápido y siempre quedará el alivio de las urnas para devolver la cordura al país. Ahora bien, también es cierto que cuatro años dan para mucho y nadie sabe si lo que nos encontremos para entonces podrá ser rescatado.

No hay equilibrio en el control institucional, y sabiendo cómo se las gastan en la derecha mucho habrá que bregar para que se oiga la voz de la sociedad maltratada. Y más si como es lógico comienza en este periodo a despuntar el nuevo ciclo de recuperación económica que siempre sigue a las tinieblas. Sin embargo, habrá que estar muy pendientes del tributo que habrá que pagar por esa mejora y, sobre todo, si en ella no se ocultará de nuevo el mal de la crisis como así sucedió durante aquel añorado tiempo en el que hasta los chuchos vivían como marqueses.

¿Habrá aprendido la lección el pueblo? No lo creo.

Al tiempo.

1 comentario:

  1. Parece mentira que te estés preguntando aún si el pueblo ha aprendido la lección.
    De sobra sabes que no.
    Por cierto, ¿quién es el pueblo?

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