domingo, 23 de septiembre de 2012

Cabos sueltos (A propósito del panegírico que Vargas Llosa dedica a Esperanza Aguirre)

Debo confesar que mi estado de ánimo no ha permitido dedicar ni un minuto de tiempo (aunque por desgracia me sobra) a compartir mis pensamientos en este espacio. Hasta hoy que, mientras tomaba mi rutinario café matutino, he leído el artículo que le dedica Mario Vargas Llosa a la ex presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, en El País. Como quiera que desde la llegada de la derecha al poder llevo esperando leer u oír la voz de los intelectuales españoles, analizando la realidad que se nos está imponiendo desde esa objetividad que sólo el conocimiento otorga, más allá de palabras tiznadas de corporativismo de algunos que se aferran a la notoriedad adscribiéndose a nuevos experimentos políticos, la opinión que el escritor peruano expresa en dicho artículo me ha causado estupor y tristeza. Y no tanto porque piense que todo el mundo ha de compartir mis certezas, como por comprobar que alguien que cuentan con mi respeto intelectual haya sometido su incuestionable capacidad analítica (o al menos yo se la presupongo) a su afinidad ideológica o acaso personal con alguien como Aguirre, quien desde mi punto de vista ha atesorado más sombras que luces a lo largo de su trayectoria pública.

Sin duda reconozco el derecho del ínclito escribidor a expresar sus opiniones con la libertad que la razón otorga, faltaría más. Pero echo de menos siquiera una pizca de crítica en medio de este guiso de encomios, sobre todo cuando basta echar un vistazo al relato concreto de su actividad (que no a la interpretación de sus actos) para comprobar que lo obtenido aun ofreciendo beneficios ha causado también no poco dolor entre sus administrados. Al parecer, o Vargas Llosa no ha querido contar con las víctimas o Aguirre ha logrado con acierto su evidente propósito de sacarlas del plano general de sus obras. En cualquier caso, los caídos no parecen existir a la vista del observador, tanto como quienes se han visto favorecidos por las políticas de Aguirre componen un cuadro formidable que confunde al quien lo contempla.

Nadie duda (y yo tampoco) de la fortaleza física y espiritual de una persona como Aguirre, que ha sabido aplicar al pie de la letra el reglamento del liberalismo conservador, amén de erigir un baluarte político que la ha convertido en un referente esencial en su partido y ante una nada despreciable porción de la sociedad madrileña y, por extensión, española. Pero si el propósito (y el logro) es claro para los encomiastas, no lo parecen tanto ni el método ni la actitud empleados para alcanzarlo. Y esa elusión en el artículo de Vargas Llosa es lo que me entristece.

Si bien es cierto que la salud económica de Madrid es bastante más apreciable que la de otras comunidades autónomas (al menos según las estadísticas), no lo es menos que durante estos últimos cinco años se ha duplicado el índice de pobreza en ese territorio. Un dato que quizás sólo sirva de apunte en la cuenta de resultados del neoliberalismo, y que apenas refleje un designio insoslayable para alcanzar las cotas perseguidas de bienestar aplicando el concepto de 'destrucción creativa' acuñado por Schumpeter. Se trata de barrer de la vista el desperdicio del capitalismo, para permitir el desarrollo de lo aprovechable una vez adaptado éste a las nuevas condiciones impuestas por el poder establecido.

En el caso de las políticas de Aguirre, ese saneamiento viene acompañado de una eugenesia social que aparta al débil o al inconformista del proceso de desarrollo económico, amparando tan sólo a quien se somete a las nuevas directrices programadas bien con entusiasmo, oportunismo o sencilla y cruel resignación. El nuevo modelo establece unas condiciones que abjuran de los derechos básicos que rigen las relaciones laborales y sociales basadas en el estado del bienestar canónico, para ofrecer una alternativa simple de estabilidad o protección. Se despoja así a la fuerza de trabajo de su libertad para elegir, otorgándole sólo una vía de subsistencia y reservando la prosperidad sólo para aquellos capaces de renunciar al sentido de discernimiento.

Así, el neoliberalismo ofrece protección a cambio de libertad convirtiendo a los individuos en indignos de lo uno y lo otro, tal y como dejó dicho Benjamin Franklin. Una vía que quizás resulte atractiva en sociedades timoratas y mal educadas como la española en un momento de dificultad como el que atravesamos hoy en día, aunque en puridad no aporta nada nuevo dado que ese era el paradigma que caracterizaba a la gestión pública durante el franquismo. Si ese es el modelo que tanto encandila a Vargas Llosa, no puedo estar más que en desacuerdo con él.

Para llevar a cabo ese plan sin perder el sueño es necesaria una presencia de ánimo y una personalidad poderosas. Sólo se de esa forma es posible conciliar escrúpulos y cinismo, y forjar un personaje tan querido como temido y, por supuesto, odiado. Hábil y artera como pocas, nada es improvisado en la actitud de Aguirre. Ni aquella espontánea ignorancia cuando se hizo cargo de administrar la cultura española, convertida después en virtud a base de candidez y paciente simpatía ante los despiadados sarcasmos de la opinión pública, a la que terminó ganándose con un calculado don de gentes, ni a su expresiva soberbia durante los sucesivos mandatos autonómicos, administrando el desdén con medido provecho. Una personalidad que la convirtió en alguien imprescindible para el equilibrio tanto del gobierno madrileño como del partido al que pertenece.

Supo para ello (y quizás Vargas Llosa también lo sepa) armar un sólido mecano de lealtades y temores que sirvió para protegerse de cuantos peligros le acecharon durante sus mandatos. Administró con tiento los favores para rodearse de fieles y desarbolar a los desafectos, a fin de consolidar una mayoría electoral conveniente que le permitiera garantizarse el poder y otorgar al partido una garantía política impagable que además reforzaba su posición dominante en la dirección del mismo. Para ello supo maquiavelar para hacerse con el control de todos los canales que comunicaban su gestión con la sociedad, y así empresarios, clero, periodistas, no pocos intelectuales resentidos, y sindicatos se rindieron a su poder ávidos de obtener un lugar en ese paraíso neoliberal que parecía imparable. Todos ellos sabían que su prosperidad dependía de no contrariar a la poderosa Aguirre, y se rindieron a ese clientelismo que le ha reportado sucesivas mayorías electorales con las que justificaba la imposición de su personal concepción del despotismo.

Me resisto a pensar que el escritor peruano no supiera que para construir ese edificio majestuoso y exclusivo de vanas ilusiones, Aguirre atentó contra los más básicos preceptos de la libertad que tanto defiende. En primer lugar mediante el control de los medios de comunicación, con Telemadrid a la vanguardia, y con el arbitrario reparto de licencias de radio y televisión así como el apoyo a determinados grupos periodísticos afines que dieron lugar a la aparición de obedientes subproductos informativos dirigidos por auténticos sicarios de la insidia, cuya misión era ensalzar las obras de su benefactora a la vez que proscribir todo lo que evidenciara sus miserias y crueldades. Y en segundo lugar fomentando el control de los medios financieros, con Cajamadrid en primera línea, a base de colocar a sus fieles en los cuadros directivos con capacidad de decisión desde donde se ejecutaban las inversiones más convenientes a los intereses de Gobierno regional y el partido que representa.

El dominio de las cuentas públicas permitió engendrar un presupuesto político que alentó el clientelismo y cautivó a un número suficiente de madrileños, cuya estabilidad dependía de la prosperidad de las empresas para las que trabajaban que, a la vez, estaban sujetas a las inversiones públicas de forma directa o indirecta. Y la verdad es que me sorprende que siendo la inhibición del poder público en el proceso económico uno de los principios de ese liberalismo que defienden tanto Aguirre como Vargas Llosa, el Gobierno de Madrid se caracterizase precisamente por un intervencionismo tan acusado en el desarrollo empresarial de esa comunidad, ya fuese de forma directa mediante las concesiones públicas como a través del control político de los negocios privados.

De la cultura (aspecto destacado en el artículo del Nobel) prefiero hablar en una pieza aparte, porque es preciso contrastar sus apreciaciones con las que expresa en un reciente ensayo.

Y por fin en todo lo dicho influye una de las incuestionables virtudes de Aguirre, si no la más destacada, tal es su habilidad para eludir las adversidades y regatear las desviaciones de sus cortesanos, sacando siempre provecho de las crisis con un envidiable dominio de la retórica, una firmeza de carácter casi granítica (sólo esas lágrimas que osaron empañar sus ojos en su despedida lograron humanizarla acaso un segundo), y unas convicciones que le permitieron afrontar sin atisbo de vergüenza los más peliagudos asuntos con los que debió enfrentarse, tales como la corrupción o sus principios ideológicos. Sacó provecho de todos sus deslices y contratiempos, y en la hora de su despedida aún dejó indeleble una estela de sospecha que mantiene en guardia a propios y extraños.

Entiendo que su aprecio personal y la afinidad ideológica hayan movido al conspicuo escritor a mostrar su respeto por la figura de Esperanza Aguirre, pero alguien como él no debería pasar por alto las miserias que se ocultan bajo el manto del prestigio. Y si no, alguien se lo debería hacer ver.

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