Estoy seguro de que esos individuos que gozan de unos privilegios impropios a su esfuerzo, obtenidos gracias a nuestra confianza y, por supuesto, a sus mañas para aprovechar los ardides políticos, no pueden evitar que la realidad social les asalte la mirada cuando salen a la calle. Y aunque el cristal de la ventanilla de su vehículo oficial distorsione las imágenes que al otro lado se suceden en el trayecto, no serán capaces de soslayar la desolación que crece cada día en ese universo que dicen gobernar. La miseria cunde por doquier y cada vez son más parecidos a ellos los que reclaman caridad. Es difícil esquivar esas miradas indefinidas que expresan la pérdida de la dignidad humana; en algunas hay odio o desprecio, pero en muchas ya ni eso. Han superado el trance de las emociones para eclipsarse en esas lágrimas perpetuas que se resisten a manar aferradas aún a un resquicio de orgullo, o simplemente a una esperanza cada vez más remota de que algún día surja una oportunidad para recuperar la integridad.
Las monedas compasivas carecen de valor cuando ni siquiera sirven para restañar la herida de la exclusión. Me duele verles jalonar las aceras con sus manos tendidas. ¿Qué puedo hacer si no exigir esa humanidad que nos hace dignos?
¿Qué estamos haciendo? Somos seres humanos, no números en una estadística que conduce al poder. Y por mucho que se intente falsear el cálculo, ocultando bajo las alfombras de la civilización los restos de este lento naufragio y así facilitarles el sueño a esos criminales que alimentan la tragedia, ninguno de ellos podrá evitar que su conciencia quede manchada por las muchas vidas que destrozan cada día.
Esa realidad que deben contemplar es su realidad. Malditos sean.
No hay comentarios:
Publicar un comentario