Una de las apoteosis en las fiestas de los Caballos del Vino es la subida al castillo de Caravaca de la Cruz. Consiste el festejo en que las bestias engalanadas que antes han desfilado por la localidad, asciendan en el menor tiempo posible a la cima de una empinada cuesta abarrotada de público. Para conseguir un buen resultado, los mozos excitan al jamelgo azotando sus testículos con una fina y flexible vara de madera; luego, cuando consideran que el animal está suficientemente estimulado, lo lanzan en frenética carrera guiado por unos cuantos de esos peculiares conductores mientras la muchedumbre se aparta conforme avanza la comitiva. Ese trayecto está limitado por la muralla del castillo a un lado y un barranco no muy profundo aunque escarpado al otro, y no es raro que durante el acontecimiento haya algún espectador que resulta herido. El plano de visión que ofrece la cuesta a quien se encuentra en ella esperando la llegada de las bestias, impide comprobar la dirección de éstas hasta que están prácticamente encima, a menos que se fije la mirada en el penacho que remata la testuz del jamelgo para seguir su derrota y poder apartarse antes de ser arrollado. Quien participa en esta carrera, ya sea competidor o espectador, sabe del riesgo que corre. El único actor que es ajeno a las consecuencias de sus actos es el caballo.
Si los políticos estudiaran más la Historia sabrían que cuando se han empeñado en tensar demasiado el hilo invisible que les une a la sociedad que han prometido atender y a la que, les guste más o menos, siguen perteneciendo, no suelen salir bien parados. La ciudadanía tolera sus privilegios siempre que se siente atendida en sus necesidades básicas, y disfruta de la seguridad que le permite aspirar a la mejora de sus condiciones de vida. La reivindicación o la protesta en esas circunstancias se percibe como un matiz que modera el equilibrio en dicha relación, pero nunca como una amenaza. El político siempre debe tener en cuenta su personal contingencia, y más aún cuando se viven momentos tan difíciles como los presentes.
Aunque muchos se empeñen en relativizarlo, en España se ha roto ese equilibrio. Las especiales características de esta crisis han dibujado un escenario muy exigente para las emociones, al quebrarse la capacidad de las instituciones para moderar el efecto del deterioro económico. Esa circunstancia no sólo ha dado lugar a las consecuencias tradicionales de cualquier crisis, como son la recesión productiva, el aumento del paro y el empobrecimiento de la población, sino que ha diluido las expectativas privando a la sociedad de la imprescindible seguridad que les permite afrontar el devenir como una oportunidad y no como un riesgo. Esa falta de perspectiva tiene un componente emocional que se refleja en la percepción social de los privilegios políticos, despejando el camino para que transiten libremente la demagogia, la manipulación y las pasiones.
Los políticos deberían tener en cuenta ese componente emocional para administrar con prudencia sus actos y sus palabras. La ciudadanía ve debilitada su fortaleza intelectual y se torna permeable a los instintos; corren así sus miembros el riesgo de convertirse en bestias. Para un político desaprensivo es el material propicio para alcanzar la cima del poder en el menor tiempo posible y ganar así la competición. Enmascara la evidencia del deterioro de su imagen ante una sociedad agraviada por su ineficacia, empleando un discurso banal y demagógico pero peligrosamente cargado de agresividad y victimismo. Esas arengas surten un efecto nocivo en una masa social cautiva de las pasiones y carente de sentido crítico, en la que no todos son capaces de discernir el método idóneo para resolver los problemas, ni de interpretar con acierto los actos y decisiones de quienes consideran responsables del daño que les aflige.
Saben o deberían saber los políticos que vivimos momentos trágicos, en buena medida causados por una gestión nefasta de los recursos públicos. Por eso no es hora de alardes ni de soberbia, sino de cautela, solidaridad y diálogo. Se espera de ellos altura de miras, sentido de Estado y, sobre todo, recato. Su figura está en entredicho provocada por una quiebra de la confianza social, ante la cual sus privilegios se advierten como un agravio más que añadir a una larga lista de actitudes intolerables para ciudadanos que sufren unas condiciones de vida inaceptables. Sabe o debería saber cualquiera que asuma una actividad pública que este es el escenario propicio para la irresponsabilidad. Saben o deberían saber esas mismas personas públicas que la legítima reivindicación de los derechos sociales y laborales no puede convertirse en coartada de las ambiciones políticas, como tampoco debe ser el argumento para justificar una mala administración. Y saben o deberían saber que es muy grande el riesgo de no cuidar las formas.
Por todo esto considero incomprensible que, ante un hecho tan lamentable como la agresión infligida al consejero de Cultura, Pedro Alberto Cruz, aquellos que han de dar ejemplo de prudencia y responsabilidad sigan atizando la incongruencia, con sermones emotivos y acusaciones arbitrarias, en vez de apelar a la cordura e interpretar con cautela y sensatez un suceso que en nada tiene que ver con la legítima aspiración de una sociedad, ajena por completo a esas actitudes incontroladas y vergonzosas. Demonizar una ideología relacionándola con actos de esa naturaleza o culpar al adversario político de alentarlos, no son más que ejemplos de un ladino oportunismo que sólo consigue excitar aún más los ánimos y alimentar el discurso de las bestias.
Es el momento de la reflexión. Hechos como al que me refiero deberían servir para dar una oportunidad al entendimiento y no para alentar la confrontación con argumentos falaces e insultantes. Es necesario despojar al discurso público de agresividad y banalidad, y conferirle un sentido constructivo en el que la controversia y el debate de ideas primen sobre el axioma doctrinario o partidista. En la misma medida, conviene relativizar el contenido de la protesta por parte de sus receptores, a la vez que quienes la administran sean capaces de impedir los actos de vandalismo verbal y material, identificando y expulsando a quienes los cometan. En fin, si el civismo y la sensatez se impusieran en el empeño por hallar soluciones a esta maldita crisis, posiblemente no tendríamos que lamentar más agresiones como la sufrida por Cruz ya que habríamos aprendido a seguir el penacho de las bestias en su frenético ascenso a la cima y sabremos apartarnos antes de que nos arrollen.
Amén. Pero como ya dijo Aristóteles, la democracia es el peor de los sistemas políticos, puesto que, inevitablemente conduce a la demagogia. El político profesional que nace en el caldo de cultivo democrático está casi obligado a perpetuarse en sus cargos. De ahí que muy pocos se atrevan a la tarea de gobierno (que siempre implica la toma de medidas impopulares) y prefieran usar sus cargos en beneficio de una parte (de ahí partido) de la sociedad. En España (cuántas veces lo hemos comentado) hace tiempo que no hay políticos de altura. Tenemos tiranuelos en las administraciones locales y regionales, reyes de taifas que sólo miran a su ombligo, argumentando casi siempre qu'il sont nés quelque part. Tenemos también idiotas manejando macromagnitudes. Tenemos finalmente visionarios que nno ven más allá de sus narices. Pero sobre todo tenemos la perspectiva evidente de que el modelo es insostenible. Me refiero al modelo capitalista que mantiene la paz social porque una parte relativamente importante de la ciudadanía cree firmemente haber alcanzado un grado de bienestar suficiente de manera definitiva. Este es el gran error. Y cuando una crisis como la actual pone de manifiesto la presencia de fantasmas del pasado (paro, pérdida de libertades individuales, y concentración de toda la riqueza cada vez en menos manos, deseducación de los ciudadanos perfilada y orquestada desde las instituciones y esto último combinado con una desestructuración de los ámbitos naturales del desarrollo humano (universidades y centros de investigación, amén de todo lo relacionado con las tareas del espíritu: creación artística, pensamiento, investigación antropológica, etc...). Insisto, todo ello orquestado desde las suprainstituciones internacionales. Hace tiempo que el perfil de una ciudadanía inculta, zafia y consumidora rinde dividendos. Hace aún más tiempo que sabemos que no podremos educar a nuestros hijos en valores diferentes, so riesgo de que terminen en la consulta de un psicólogo, o, aún peor, en el estudio de un pedagogo, debido a su desnormalización. Hace ya demasiado que la mala educación rinde beneficios inexplicables. Hace demasiado tiempo que hemos olvidado que la IIª Guerra Mundial tuvo como punto de partida la ineficacia manifiesta de los gobiernos democráticos occidentales para establecer un sistema que compaginase la justicia social con la libertad individual.
ResponderEliminarActos delictivos como el sufrido por el Sr. Cruz vuelven a poner de manifiesto que la barbarie, esa que nuestros torpes gobernantes y sus opositores creen desterrada porque este pueblo es capaz de movilizarse para enviar cuatro paquetes de garbanzos y seis litros de aceite de oliva a los negritos haitianos, la barbarie, decía, es siempre una constante en el devenir histórico. Así que ojito.