He rescatado del armario de los discos un viejo trabajo de Jethro Tull, 'Too old to Rock'n'Roll: too young to die!' De repente me ha apetecido utilizar las canciones que incluye este magnífico trabajo que publicó la banda inglesa en 1976 como banda sonora, mientras le dedico unas palabras a la decepcionante experiencia de vivir en un país donde el talento y la experiencia están proscritos en favor de lo conveniente.
La Navidad pasada narré un episodio de la vida que presencié desde la ventana de mi casa. Un hombre entrado en años y bien parecido se acercaba al cenicero que hay en la puerta del centro de salud que hay enfrente y buscaba alguna colilla que aprovechar. Aquella escena me estremeció al pensar lo difícil que ha de ser la vida cuando la miseria te sale al encuentro en ese punto del trayecto en el que aún quedan fuerzas para continuar, pero ya no se goza de la energía y la voluntad de la juventud.
Casi un año después y en medio de una tiniebla cada vez más densa y tenebrosa, me pregunto si ha servido de algo tantos años de esfuerzos, sacrificios y aprendizaje si la edad se convierte en el mayor impedimento para sobrevivir. A veces la debilidad me lleva a pensar incluso en que ese rechazo no es más que la penitencia que hemos de pagar por nuestra soberbia pasada, quienes un día debimos asumir la difícil misión de enseñar a aquellos jóvenes aprendices que, cargados de entusiasmo y arrogancia, querían emprender una carrera profesional. Hoy son ellos los elegidos y los que merecen toda la atención de quienes ahora se ven en el complicado dilema de resolver el grave problema del desempleo.
No es extraño que en un momento de inquietud e inmovilismo pretendan los empresarios rentabilizar sus inversiones con personal barato y desechable, antes que aprovechar la experiencia de quienes llevan años en cualquier profesión y ahora se encuentran en el paro. Comprendo que sean éstos menos explotables, menos propicios a la lealtad y a la aceptación de métodos no siempre apropiados; el miedo aborrece la competencia y es mucho mejor mantener alejado a quien puede saber más que quien ya disfruta de un trabajo estable, no sea que cambien las tornas y el empleador se vea superado por el empleado. O por pudor, pues a nadie le resulta agradable pagar una miseria a quien puede empapelar un despacho con sabiduría y eficiencia. Miedo, miedo, miedo... y necedad.
Es triste contemplar como, además, todos los políticos dedican sus esfuerzos a proporcionar a los empresarios todas las ventajas posibles para contratar jóvenes inexpertos en vez de trabajadores experimentados. Es una forma de agilizar el mercado laboral y, de paso, crear esa masa de proletarios fácil de dominar a golpe de pánico y penuria. Mientras, a los viejos siempre nos quedará un cenicero donde buscar colillas en Navidad. No es resentimiento, es la jodida realidad.
Ya termina el disco y me he propuesto que este sermón acabe simultáneamente. Contemplo en la portada al avatar de Ian Anderson haciendo un corte de mangas al universo. Y me convenzo de que ha llegado el momento de emularle y mandarlo todo a hacer leches. Aún quedan fuerzas y mucho mundo por recorrer, a pesar de que haya alcanzado esa edad en la que se es demasiado joven para morir pero demasiado viejo para que esta sociedad mezquina te deje vivir. Así que, salud queridos compatriotas; que os aproveche vuestra estupidez. Algún día, aquellos que os enseñaron a vivir se carcajearán de vuestra decadencia desde algún lugar en medio de la nada.
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
viernes, 30 de septiembre de 2011
viernes, 23 de septiembre de 2011
Cuaderno de vigilia II
¿Qué ocurriría si quienes deciden dedicar sus esfuerzos a la responsabilidad de gobernar un país consideraran a los ciudadanos más como personas que como electorado? Probablemente no verían la política como un medio de vida tanto como una pesada carga, por el enorme compromiso que su ejercicio les exigiría, y menos serían quienes querrían emprender semejante aventura.
¿De qué sirve lamentar el destrozo causado, cuando una vez abandonado el barco sabe que no tendrá que sufrir sus consecuencias? Es el acto supremo de cinismo que acoge el aspirante como medio de supervivencia. Es terrible contemplar la insignificancia del gobernante cuando rinde cuentas de su fracaso ante quienes pidió un día la confianza en sus capacidades. Impúdica actitud que se torna obscenidad cuando quien reconoce su derrota es incapaz de renunciar a sus privilegios.
¿Qué insana intención persigue quien lamenta la herencia recibida para justificar sus propios estragos? Si no fuera porque el español es un pueblo domesticado, capaz de tragar amargura a cambio de la protección de la insignificante existencia del individuo, y emboscado en sus anhelos al acecho de la tragedia ajena renegando del bien común, aquel que promete la salvación no tendría escapatoria cuando se demuestra su mentira. Sin embargo, confiamos en simples posibilidades y dividimos por infinito la esperanza.
Si el pueblo fuese capaz de perder el miedo a su libertad y demandase lo que le corresponde, probablemente dejaría de ser un simple instrumento del poder ajeno. Entonces el ejercicio de gobierno adquiriría una dimensión desconocida, pues debería realizarse en virtud de las auténticas necesidades. No bastaría con administrar pensando en la satisfacción de sus fieles, sino en el interés general más allá de particularismos. Se tomarían decisiones valientes, se emprenderían caminos arriesgados que conducen al bienestar público aunque quien gobierne la nave perezca en el intento. La política carecería de atractivo y quienes la eligieran deberían conocer sus peligros.
Sin embargo, nadie pagará por el mal causado ni por el que se causará.
¿De qué sirve lamentar el destrozo causado, cuando una vez abandonado el barco sabe que no tendrá que sufrir sus consecuencias? Es el acto supremo de cinismo que acoge el aspirante como medio de supervivencia. Es terrible contemplar la insignificancia del gobernante cuando rinde cuentas de su fracaso ante quienes pidió un día la confianza en sus capacidades. Impúdica actitud que se torna obscenidad cuando quien reconoce su derrota es incapaz de renunciar a sus privilegios.
¿Qué insana intención persigue quien lamenta la herencia recibida para justificar sus propios estragos? Si no fuera porque el español es un pueblo domesticado, capaz de tragar amargura a cambio de la protección de la insignificante existencia del individuo, y emboscado en sus anhelos al acecho de la tragedia ajena renegando del bien común, aquel que promete la salvación no tendría escapatoria cuando se demuestra su mentira. Sin embargo, confiamos en simples posibilidades y dividimos por infinito la esperanza.
Si el pueblo fuese capaz de perder el miedo a su libertad y demandase lo que le corresponde, probablemente dejaría de ser un simple instrumento del poder ajeno. Entonces el ejercicio de gobierno adquiriría una dimensión desconocida, pues debería realizarse en virtud de las auténticas necesidades. No bastaría con administrar pensando en la satisfacción de sus fieles, sino en el interés general más allá de particularismos. Se tomarían decisiones valientes, se emprenderían caminos arriesgados que conducen al bienestar público aunque quien gobierne la nave perezca en el intento. La política carecería de atractivo y quienes la eligieran deberían conocer sus peligros.
Sin embargo, nadie pagará por el mal causado ni por el que se causará.
martes, 20 de septiembre de 2011
Cuaderno de vigilia I
En algún momento de mi día perpetuo me pregunto qué sucedería si a quienes nos gobiernan el destino les asaltará de repente un impulso de sensatez y, en un gesto de grandeza para con sus semejantes del otro lado de la existencia, acordaran calcular la cantidad exacta de dinero que debe la Administración a los miles de profesionales y empresarios españoles por sus trabajos prestados durante los últimos años y, en un fabuloso acto de audacia y sensatez, lo pagara.
Lo más probable es que, superada la enorme sorpresa, muchas de estas personas y empresas intentarían saldar sus propias deudas con los bancos y proveedores. Otros quizás no lo hicieran, aunque se arriesgarían a continuar vagando por ese páramo de miseria al que, entonces se sabría, han llegado también por méritos propios. Pero con que la mayoría cumpliera con esas obligaciones, probablemente sus acreedores recuperarían buena parte de la confianza que perdieron cuando dejaron de pagar. No en vano, los bancos y cajas de ahorros verían llegar dinero fresco a sus cajones para aliviar sus no pocas dificultades, y los demás recuperarían algo de liquidez para a su vez saldar sus propias deudas.
Probablemente, quienes por fin vieran cubierto buena parte de su saldo negativo decidan desempolvar esas ideas y proyectos reservados para mejores momentos y, con ello, activar de nuevo el mercado con la esperanza de encontrar clientes. Eso para aquellos que aún creen en sus posibilidades y se sienten capaces de mantener su actividad económica. Los otros, los que prefieran coger el dinero y correr se convertirán en la cuota de riesgo que una medida así habría de calcular. Pero si quienes decidan escoger el camino del desarrollo encuentran el respaldo de los inversores, ahora sí convencidos de que tienen ante sí a auténticos emprendedores capaces y responsables, es probable que entre todos sea posible que todos los que sufren el drama del paro logren una oportunidad de demostrar sus aptitudes.
Si esos políticos contagiados de sentido común fuesen capaces de aprovechar ese probable impulso de la economía para proponer un nuevo modelo productivo basado en la competitividad, apoyado por el Estado en todas aquellas inversiones realmente necesarias y administrando los recursos de forma que el productor disponga de condiciones fiscales y laborales propicias, pero alejado de intervencionismos y tutelas en beneficio de intereses partidistas permitiendo a las empresas desarrollar sus proyectos en un mercado real regido por criterios de productividad y calidad, es muy probable que las empresas hagan un esfuerzo por adaptar sus métodos a las exigencias de la demanda y se despojen por fin de esa nociva dependencia de una administración pública paternalista que vela por sus excesos.
Y si ese Estado renacido después de saldar su deuda aun a costa de elevar el déficit público -que no es tan alto en comparación con el de otros países europeos mucho más poderosos- para tapar uno de los principales agujeros del privado -que éste sí está por las nubes, según no pocos economistas que mantienen su alma enjaulada no fuese a ser que se les vendiera al mejor postor político-, probablemente contemplaría con agrado cómo empieza a aumentar la recaudación por impuestos por la recuperación de la actividad productiva. Quizás entonces sería el momento de empezar a tapar el agujero financiero con quienes le prestan el dinero. Y sería probable que en un plazo más o menos corto este país empezara a funcionar otra vez.
Claro que deberían prever los gastos que a partir de esa catársis habrían de realizar. Pero no sería vano pensar en un saneamiento presupuestario gastando en aquello que realmente es necesario para fortalecer el estado del bienestar: sanidad, educación, infraestructuras básicas, pensiones, dependencia, etc., y desechar lo accesorio o innecesario: protocolo, promoción, propaganda, infraestructuras suntuarias (edificios emblemáticos, parques temáticos, aeropuertos inanes, carreteras duplicadas, etc.), servicios inútiles por falta de medios o demasiado dotados para su escaso uso por los ciudadanos, burocracia excesiva con demasiados niveles administrativos que en muchos casos son inútiles (diputaciones provinciales, mancomunidades, ayuntamientos minúsculos e innecesarios, instituciones consultivas a las que nadie hace caso, etc.) y una descomunal plantilla de cargos políticos en labores que perfectamente puede realizar el funcionariado, televisiones públicas deficitarias y sumisas a los intereses partidistas...
Y para aumentar los ingresos tampoco estaría mal buscar allí donde nunca se busca y airear los sótanos de la economía. Perseguir el fraude fiscal, la economía sumergida, imponer una fiscalidad realmente progresiva que grave la acumulación de capitales y premie la inversión... En fin, se trataría de que todo el mundo supiera que su dinero sirve para algo.
Cuando la visión se diluye -pues no dejan de ser ensoñaciones, delirios de desesperanza- caigo en la cuenta de que aún nadie me ha logrado explicar cómo se logra el crecimiento económico disminuyendo las inversiones mediante recortes presupuestarios discrecionales. Y se me engangrena el alma al pensar que envuelto en mentiras se esconde el otro camino para sortear la miseria: desmantelar el estado del bienestar poniendo en manos de los poderosos el control de los servicios básicos, aplicando una vez más la endemoninada doctrina de que cuanto más ganen los ricos más posibilidades habrá de que rebosen sus ganancias y algunas les caigan a los pobres. Pero en tanto eso sucede, para la derecha depredadora los pobres se pueden morir en su propio jugo. Al fin y al cabo, los españoles parecen reclamar entusiasmados un sitio al borde del abismo.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Torpezas
Hace mucho tiempo que pienso que el ejercicio de la política se desarrolla en una dimensión distinta a la del resto de los mortales, un lugar desde el que la realidad se percibe distorsionada por las estadísticas y en el que quien accede a él se transforma en una especie de humanoide regido por los mismos sentimientos que producen al resto de los seres la visión de sucesos desagradables a través de una pantalla de televisión. Se advierten lejanos, casi ficticios, como pertenecientes a un universo vulnerable del que nos sentimos protegidos por nuestra rutina. El hambre, la guerra o la miseria se nos antojan de otro mundo, peligros excepcionales que jamás podrán amenazarnos, y cerramos nuestras conciencias deseando que un día nos asomemos a la vida y todo sea parecido a lo que nos es propio.
Quienes aún permanecemos en esta dimensión cotidiana, afrontando cada día los rigores de una existencia incierta o las privaciones que nos impone un modelo económico imperfecto, debemos aparecer a los ojos de aquellos que han traspasado el umbral de la política como simples átomos que constituyen la materia de la que se sirven para fortalecer sus privilegios. Constituimos las cifras que sirven para calcular las probabilidades de su éxito, las cuales determinan sus decisiones. Por eso, ni siquiera la rabia de la sociedad es efectiva si no supera el umbral de riesgo establecido por las ecuaciones electorales.
Sólo por esa razón puedo explicarme que una banda de privilegiados tenga la desfachatez de hacer público su patrimonio ante una sociedad que sufre una de sus más dolorosas crisis, con personas al límite de sus posibilidades que ven cómo todos los años de experiencia laboral, ni su formación académica, ni su aptitud, ni siquiera su voluntad sirven de nada. Todas esas personas que prefirieron ser libres y ofrecer su esfuerzo al desarrollo del país en vez de vender su alma a unos partidos que han desvirtuado la política y han ensuciado las ideologías con demagogia y mentiras, hoy contemplan como aquellos que estaban obligados a preservar el bienestar colectivo muestran su soberbia sin pudor.
Pues que les aproveche. Se han lucido.
Quienes aún permanecemos en esta dimensión cotidiana, afrontando cada día los rigores de una existencia incierta o las privaciones que nos impone un modelo económico imperfecto, debemos aparecer a los ojos de aquellos que han traspasado el umbral de la política como simples átomos que constituyen la materia de la que se sirven para fortalecer sus privilegios. Constituimos las cifras que sirven para calcular las probabilidades de su éxito, las cuales determinan sus decisiones. Por eso, ni siquiera la rabia de la sociedad es efectiva si no supera el umbral de riesgo establecido por las ecuaciones electorales.
Sólo por esa razón puedo explicarme que una banda de privilegiados tenga la desfachatez de hacer público su patrimonio ante una sociedad que sufre una de sus más dolorosas crisis, con personas al límite de sus posibilidades que ven cómo todos los años de experiencia laboral, ni su formación académica, ni su aptitud, ni siquiera su voluntad sirven de nada. Todas esas personas que prefirieron ser libres y ofrecer su esfuerzo al desarrollo del país en vez de vender su alma a unos partidos que han desvirtuado la política y han ensuciado las ideologías con demagogia y mentiras, hoy contemplan como aquellos que estaban obligados a preservar el bienestar colectivo muestran su soberbia sin pudor.
Pues que les aproveche. Se han lucido.
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