Lo más probable es que, superada la enorme sorpresa, muchas de estas personas y empresas intentarían saldar sus propias deudas con los bancos y proveedores. Otros quizás no lo hicieran, aunque se arriesgarían a continuar vagando por ese páramo de miseria al que, entonces se sabría, han llegado también por méritos propios. Pero con que la mayoría cumpliera con esas obligaciones, probablemente sus acreedores recuperarían buena parte de la confianza que perdieron cuando dejaron de pagar. No en vano, los bancos y cajas de ahorros verían llegar dinero fresco a sus cajones para aliviar sus no pocas dificultades, y los demás recuperarían algo de liquidez para a su vez saldar sus propias deudas.
Probablemente, quienes por fin vieran cubierto buena parte de su saldo negativo decidan desempolvar esas ideas y proyectos reservados para mejores momentos y, con ello, activar de nuevo el mercado con la esperanza de encontrar clientes. Eso para aquellos que aún creen en sus posibilidades y se sienten capaces de mantener su actividad económica. Los otros, los que prefieran coger el dinero y correr se convertirán en la cuota de riesgo que una medida así habría de calcular. Pero si quienes decidan escoger el camino del desarrollo encuentran el respaldo de los inversores, ahora sí convencidos de que tienen ante sí a auténticos emprendedores capaces y responsables, es probable que entre todos sea posible que todos los que sufren el drama del paro logren una oportunidad de demostrar sus aptitudes.
Si esos políticos contagiados de sentido común fuesen capaces de aprovechar ese probable impulso de la economía para proponer un nuevo modelo productivo basado en la competitividad, apoyado por el Estado en todas aquellas inversiones realmente necesarias y administrando los recursos de forma que el productor disponga de condiciones fiscales y laborales propicias, pero alejado de intervencionismos y tutelas en beneficio de intereses partidistas permitiendo a las empresas desarrollar sus proyectos en un mercado real regido por criterios de productividad y calidad, es muy probable que las empresas hagan un esfuerzo por adaptar sus métodos a las exigencias de la demanda y se despojen por fin de esa nociva dependencia de una administración pública paternalista que vela por sus excesos.
Y si ese Estado renacido después de saldar su deuda aun a costa de elevar el déficit público -que no es tan alto en comparación con el de otros países europeos mucho más poderosos- para tapar uno de los principales agujeros del privado -que éste sí está por las nubes, según no pocos economistas que mantienen su alma enjaulada no fuese a ser que se les vendiera al mejor postor político-, probablemente contemplaría con agrado cómo empieza a aumentar la recaudación por impuestos por la recuperación de la actividad productiva. Quizás entonces sería el momento de empezar a tapar el agujero financiero con quienes le prestan el dinero. Y sería probable que en un plazo más o menos corto este país empezara a funcionar otra vez.
Claro que deberían prever los gastos que a partir de esa catársis habrían de realizar. Pero no sería vano pensar en un saneamiento presupuestario gastando en aquello que realmente es necesario para fortalecer el estado del bienestar: sanidad, educación, infraestructuras básicas, pensiones, dependencia, etc., y desechar lo accesorio o innecesario: protocolo, promoción, propaganda, infraestructuras suntuarias (edificios emblemáticos, parques temáticos, aeropuertos inanes, carreteras duplicadas, etc.), servicios inútiles por falta de medios o demasiado dotados para su escaso uso por los ciudadanos, burocracia excesiva con demasiados niveles administrativos que en muchos casos son inútiles (diputaciones provinciales, mancomunidades, ayuntamientos minúsculos e innecesarios, instituciones consultivas a las que nadie hace caso, etc.) y una descomunal plantilla de cargos políticos en labores que perfectamente puede realizar el funcionariado, televisiones públicas deficitarias y sumisas a los intereses partidistas...
Y para aumentar los ingresos tampoco estaría mal buscar allí donde nunca se busca y airear los sótanos de la economía. Perseguir el fraude fiscal, la economía sumergida, imponer una fiscalidad realmente progresiva que grave la acumulación de capitales y premie la inversión... En fin, se trataría de que todo el mundo supiera que su dinero sirve para algo.
Cuando la visión se diluye -pues no dejan de ser ensoñaciones, delirios de desesperanza- caigo en la cuenta de que aún nadie me ha logrado explicar cómo se logra el crecimiento económico disminuyendo las inversiones mediante recortes presupuestarios discrecionales. Y se me engangrena el alma al pensar que envuelto en mentiras se esconde el otro camino para sortear la miseria: desmantelar el estado del bienestar poniendo en manos de los poderosos el control de los servicios básicos, aplicando una vez más la endemoninada doctrina de que cuanto más ganen los ricos más posibilidades habrá de que rebosen sus ganancias y algunas les caigan a los pobres. Pero en tanto eso sucede, para la derecha depredadora los pobres se pueden morir en su propio jugo. Al fin y al cabo, los españoles parecen reclamar entusiasmados un sitio al borde del abismo.
Brutal.
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