viernes, 23 de septiembre de 2011

Cuaderno de vigilia II

¿Qué ocurriría si quienes deciden dedicar sus esfuerzos a la responsabilidad de gobernar un país consideraran a los ciudadanos más como personas que como electorado? Probablemente no verían la política como un medio de vida tanto como una pesada carga, por el enorme compromiso que su ejercicio les exigiría, y menos serían quienes querrían emprender semejante aventura.

¿De qué sirve lamentar el destrozo causado, cuando una vez abandonado el barco sabe que no tendrá que sufrir sus consecuencias? Es el acto supremo de cinismo que acoge el aspirante como medio de supervivencia. Es terrible contemplar la insignificancia del gobernante cuando rinde cuentas de su fracaso ante quienes pidió un día la confianza en sus capacidades. Impúdica actitud que se torna obscenidad cuando quien reconoce su derrota es incapaz de renunciar a sus privilegios.

¿Qué insana intención persigue quien lamenta la herencia recibida para justificar sus propios estragos? Si no fuera porque el español es un pueblo domesticado, capaz de tragar amargura a cambio de la protección de la insignificante existencia del individuo, y emboscado en sus anhelos al acecho de la tragedia ajena renegando del bien común, aquel que promete la salvación no tendría escapatoria cuando se demuestra su mentira. Sin embargo, confiamos en simples posibilidades y dividimos por infinito la esperanza.

Si el pueblo fuese capaz de perder el miedo a su libertad y demandase lo que le corresponde, probablemente dejaría de ser un simple instrumento del poder ajeno. Entonces el ejercicio de gobierno adquiriría una dimensión desconocida, pues debería realizarse en virtud de las auténticas necesidades. No bastaría con administrar pensando en la satisfacción de sus fieles, sino en el interés general más allá de particularismos. Se tomarían decisiones valientes, se emprenderían caminos arriesgados que conducen al bienestar público aunque quien gobierne la nave perezca en el intento. La política carecería de atractivo y quienes la eligieran deberían conocer sus peligros.

Sin embargo, nadie pagará por el mal causado ni por el que se causará.

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