Hace mucho tiempo que pienso que el ejercicio de la política se desarrolla en una dimensión distinta a la del resto de los mortales, un lugar desde el que la realidad se percibe distorsionada por las estadísticas y en el que quien accede a él se transforma en una especie de humanoide regido por los mismos sentimientos que producen al resto de los seres la visión de sucesos desagradables a través de una pantalla de televisión. Se advierten lejanos, casi ficticios, como pertenecientes a un universo vulnerable del que nos sentimos protegidos por nuestra rutina. El hambre, la guerra o la miseria se nos antojan de otro mundo, peligros excepcionales que jamás podrán amenazarnos, y cerramos nuestras conciencias deseando que un día nos asomemos a la vida y todo sea parecido a lo que nos es propio.
Quienes aún permanecemos en esta dimensión cotidiana, afrontando cada día los rigores de una existencia incierta o las privaciones que nos impone un modelo económico imperfecto, debemos aparecer a los ojos de aquellos que han traspasado el umbral de la política como simples átomos que constituyen la materia de la que se sirven para fortalecer sus privilegios. Constituimos las cifras que sirven para calcular las probabilidades de su éxito, las cuales determinan sus decisiones. Por eso, ni siquiera la rabia de la sociedad es efectiva si no supera el umbral de riesgo establecido por las ecuaciones electorales.
Sólo por esa razón puedo explicarme que una banda de privilegiados tenga la desfachatez de hacer público su patrimonio ante una sociedad que sufre una de sus más dolorosas crisis, con personas al límite de sus posibilidades que ven cómo todos los años de experiencia laboral, ni su formación académica, ni su aptitud, ni siquiera su voluntad sirven de nada. Todas esas personas que prefirieron ser libres y ofrecer su esfuerzo al desarrollo del país en vez de vender su alma a unos partidos que han desvirtuado la política y han ensuciado las ideologías con demagogia y mentiras, hoy contemplan como aquellos que estaban obligados a preservar el bienestar colectivo muestran su soberbia sin pudor.
Pues que les aproveche. Se han lucido.
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