martes, 29 de noviembre de 2011

Silencio elocuente

Cunde el nerviosismo en las redacciones de los medios de comunicación. El líder de la derecha y próximo timonel de los destinos de España continúa sin darles alpiste. No paran de cantar los periodistas ávidos de que empiece la fiesta y hasta a los aduladores se les nota cierta inquietud. Todos quieren que empiecen a caer los titulares y no cejan en sacudir el árbol, pero ni por esas. El nuevo caudillo es tenaz en su silencio, y ni siquiera sus vasallos más cercanos son capaces de contener su natural verborrea. De vez en cuando se desliza bajo la puerta del búnker algún matiz de lo que nos espera, pero nada lo suficientemente atractivo para que merezca el interés. Hasta las fuentes bien informadas parecen haberse secado, y sus confidentes pasan una sed insufrible.

¿Hablar? ¿Para qué? El rey de las locuciones no dice ni pío. Deja a alguno de sus notables que regatee al personal en las salas de prensa con crípticos mensajes que alimentan el desconcierto y estimulan las conjeturas. ¿Qué pasará dentro de 23 días? ¿Qué planes guarda celosamente el próximo presidente para calmar los ánimos de la población? ¿Vendrán tiempos oscuros o escampará cuando se haga con el cetro del poder absoluto? Dudas, dudas, dudas, dudas.

Mientras, en los territorios conquistados los feudatarios del nuevo régimen afilan las cuchillas y emprenden ese desmantelamiento del estado del bienestar echando a volar una retórica cuajada de eufemismos, soberbia y elusiones. ¿Para qué contar lo que se hará a partir de enero, si mis huestes ya lo están ejecutando con presteza en toda España? Para cuando el gran hombre discursee ya estará todo en marcha, y sólo será necesario elegir el ritmo adecuado para que no decaiga la marcha. Las hostias ya se las llevará quien corresponda, y mientras es mejor ir mareando la perdiz con aquellos que algo tendrán que decir cuando se desencadene el temporal: empresarios, banqueros, sindicatos y demás fuerzas vivas de una sociedad aturdida y expectante.

Deberían ir acostumbrándose los periodistas a recibir el alimento como si fueran pollos en una explotación ganadera. Unos están destinados a poner los huevos y los otros al matadero. Más de tres lustros sufriendo a la derecha en el poder curten los análisis, y si el tono general de su gestión lo va a marcar el estilo que ya han demostrado en esos territorios dominados, mucho me temo que la prensa española va a sufrir hambruna. Maestros en el arte de la propaganda, los estrategas de la derecha son capaces de negar lo evidente sin descomponer el semblante, con una naturalidad eclesiástica. Y al que no le guste, que le vayan dando por donde amargan los pepinos pues con el control absoluto de los recursos de un país es muy difícil prosperar si no se rinde vasallaje.

Quizás ahora que los silencios van a ser norma, los periodistas empiecen a adquirir esa perspectiva que les ha faltado durante estos últimos años y comprendan que la derecha no da nada sin recibir algo a cambio. Y el tributo se llama sumisión. Que diez millones de almas afines son muchas para andarse con remilgos y críticas a una gestión que parece más una revelación que el producto necesario de la realidad. Triste destino además de aquellos que piensen en la libertad de expresión como medio para contrarrestar la soberbia y el autoritarismo de unos individuos que ya se creen investidos de la potestad para hacer del país lo que les convenga. Les espera el olvido o algo peor.

Sólo si hay quien se decide a invertir en sentido crítico a riesgo de perder patrimonio, será posible plantar cara a la sucesión de soliloquios que nos esperan. Pero eso hoy es una quimera, sobre todo cuando quienes podrían hacerlo andan más ocupados en tapar los agujeros del casco que en reforzar la nave. Y así será muy difícil que esta gente entre en razón.

¿Qué queda entonces sino la acción popular? La calle será el nuevo escenario de la crítica, aunque visto el talante de los guardianes de la ortodoxia ciudadana es probable que termine siendo un fiasco y la hartura se cebe entre las masas hasta conducirlas al conformismo. Al fin y al cabo, cuatro años pasan rápido y siempre quedará el alivio de las urnas para devolver la cordura al país. Ahora bien, también es cierto que cuatro años dan para mucho y nadie sabe si lo que nos encontremos para entonces podrá ser rescatado.

No hay equilibrio en el control institucional, y sabiendo cómo se las gastan en la derecha mucho habrá que bregar para que se oiga la voz de la sociedad maltratada. Y más si como es lógico comienza en este periodo a despuntar el nuevo ciclo de recuperación económica que siempre sigue a las tinieblas. Sin embargo, habrá que estar muy pendientes del tributo que habrá que pagar por esa mejora y, sobre todo, si en ella no se ocultará de nuevo el mal de la crisis como así sucedió durante aquel añorado tiempo en el que hasta los chuchos vivían como marqueses.

¿Habrá aprendido la lección el pueblo? No lo creo.

Al tiempo.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Empieza la exclusión

Que los pobres no nos amarguen la fiesta. Es mejor hacerlos invisibles e impedir que sus necesidades mermen las condiciones de vida de quienes, al fin y al cabo, aún mantienen una situación económica más o menos estable y, además, están acojonados porque esta crisis no respeta a nadie. Además, qué son cinco millones de parados si una buena parte de los mismos se conforma con vivir en negro, explotados por esos que reclaman más ventajas para sus empresas sin ofrecer a cambio ni una oportunidad al desarrollo.

Los que ya eran pobres antes de que la crisis empezara a causar estragos entre la confiada clase media española, no tienen ya nada que perder y además han asumido naturalmente su condición de excluidos refugiándose en sus microsociedades de vulgaridad y subsistencia. Esos otros que vinieron de otros países en busca de una oportunidad para mejorar sus miserables vidas siempre pueden largarse de España, a menos que reúnan las características precisas para satisfacer las necesidades de la clase pudiente, en la que se incluyen muchos políticos, y acepten esa nueva y humillante esclavitud que les ofrecen; sólo tienen que desarrollar su capacidad de sumisión. Y aquellos que han caído en desgracia no tienen más que buscar la compasión de sus familiares o sencillamente reconocerse como menesterosos y mendigar la caridad del estado bajo la etiqueta de 'sin recursos'.

Que no se preocupe nadie, pues hay para todos. Otra cosa es que unos coman caliente y los otros se conformen con las sobras. A salvo las rentas de esa mezquina oligarquía burguesa que nutre con entusiasmo las arcas electorales de la derecha, ahora solo queda protegerlos de la incómoda presencia de los nuevos miserables. Nada mejor que echar mano de la libertad y volverle a dar una mano de esa mugre perversa que tan bien administran los neoliberales. Y así, con una simple maniobra legal imponer la selección de los usuarios de los servicios públicos aplicando esa falacia a la que llaman libertad de elección.

Sobre ella se sostiene ese intento de la derecha madrileña de establecer las unidades únicas en sanidad y educación o la mezquina y desvergonzada forma de negar la asistencia sanitaria a quienes han dejado de pertenecer al sistema, ya sea por desempleo o desarraigo, que están llevando a cabo en Murcia y Galicia. En el caso de Madrid, los pudientes burgueses podrán elegir colegio para sus hijos y, de no haberlo parado la Justicia, hasta la atención sanitaria que crean más apropiada para sus delicadas y exigentes saludes. No creo que los hijos de parados o inmigrantes de Lavapiés puedan ir a estudiar en masa a un colegio de Chamberí, ni que los hijos de los acomodados residentes del barrio de Salamanca decidan ir a hacerlo en Carabanchel. Cada cual en su espacio y dios en el de todos.

De nada sirve que la oposición se queje, porque ya pinta poco en el escenario político español. Y eso de sacar a las masas a la calle está por ver que surta efecto, dado que son muchos más los que prefieren no meterse en camisa de once varas y aún más los que están adiestrados para tragar carros y carretas con tal de no perder el chusco de pan con el que se conforman en tiempos tan inciertos como estos. Así, las cuentas a la derecha les salen cuadradas, y no creo que una manifestación más que otra les arredre para llevar a cabo esta copia imperfecta del modelo anglosajón que aplica a rajatabla aquello de que cada perrico se lama su pijico, y el que no llegue que le den por saco.

Con el socialismo entretenido en estofados internos, y unos comunistas tan enfervorecidos como irrelevantes, mucho me temo que nos espera una dosis letal de sacrificio y estupor. Movidos por ese ideario católico que apela a la compasión como bálsamo social, los dirigentes de la derecha aplicarán el rasero que les conviene para mantener contentos a esos todos que son los suyos, y mantener a raya a esos todos que no cuentan en sus cálculos de poder.

Al tiempo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Otro 20 de noviembre

Tres décadas y media después, de nuevo el 20 de noviembre marca un punto de inflexión en la Historia de España. Pero si en 1975 fue circunstancial, pues no creo que el dictador eligiera esa fecha para morirse, en 2011 ha sido deliberado y probablemente dentro de unos cuantos años se recuerde ese día como referente del nuevo tiempo que marcará los destinos de este país. No en vano, el escenario resultante de las elecciones generales determinará en buena medida el diseño político, social y económico que dibujarán los acontecimientos que, desde este momento, se sucederán durante un periodo de duración incierta. Lo interesante del proceso será comprobar el efecto que producirá en nuestras vidas y su resultado final.

Elementos de juicio hay de sobra para hacerse una idea clara de lo que nos espera, aunque bien es cierto que las condiciones económicas y sociales, ya no sólo en España sino en nuestro contexto internacional, influirán irremediablemente en el proceso político que se inicia ahora. Hasta qué punto podrá el nuevo gobierno realizar la gestión adecuada para afrontar estos desafíos es una incógnita, y no tanto porque no se sepa con certeza qué planes tienen sus responsables sino más bien por que es demasiado bien conocida nuestra actual debilidad frente a las implacables arremetidas del poder financiero.

Este inquietante punto de partida no es nada tranquilizador, por cuanto no sólo el desafío es extremo tanto como desasosegante la complacencia de los nuevos gobernantes con los intereses de quienes nos asedian. Y así, no alivia pensar que la presunta fortaleza del poder absoluto sea una garantía ni para apaciguar la voracidad de los mercados, ni mucho menos para preservar o al menos defender el estado del bienestar tal y como lo conocemos ahora. La enorme hipoteca que arrastra el Estado supone un pesado lastre para cualquier gobierno por mucha fuerza institucional que posea, y en tanto el capital no entiende de ideologías sino de hechos, es muy posible que este nuevo periodo traiga consigo unos sacrificios difíciles de aceptar por la misma ciudadanía que ayer le procuró el poder absoluto a la derecha, en otro ejercicio de ese apasionamiento insensato que ha caracterizado al pueblo español a lo largo de su historia.

Si la euforia por la victoria entre los dirigentes de la derecha no podía ocultar ese poso de amargura que le depara el tenebroso camino que habrán de recorrer a partir de ahora, no menos amargo resultaba el gesto contenido del candidato socialista quien en su deliberada soledad intentaba completar el ingrato servicio ofrecido a un partido descompuesto. La de ayer fue en conjunto una jornada penosa para los dos principales partidos, a los vencedores por lo que les espera a partir de ahora y al perdedor por comprobar la ruina de su proyecto político. Entre ambos resonaba el pueril entusiasmo de quienes han hecho caja con la sangría ajena, a sabiendas de que su lugar en este nuevo orden sigue siendo irrelevante.

Muchas son las evidencias que proporciona este nuevo reparto del poder institucional en España y ninguna de ellas ofrece el más mínimo motivo para el entusiasmo. En primer lugar, la derecha logra el poder absoluto en el Estado con 186 diputados. Ni ese rescoldo de esperanza que siempre permanece a pesar de los insistentes presagios ha tenido en esta ocasión una oportunidad. Conforme iban apareciendo datos oficiales no asombraba tanto la confirmación de las predicciones con respecto al vencedor anunciado, como que refutaran a peor el resultado que las mismas concedían al PSOE. El perverso modelo electoral que rige en España ha impuesto su virtud de favorecer al ganador con un resultado que no refleja en realidad el apoyo efectivo recibido del electorado, pues apenas ha obtenido algo más de medio millón de votos con respecto a las elecciones de 2008.

Ese es un dato que debería tener en cuenta la derecha a la hora de administrar lo obtenido. Ni en los momentos más propicios logra el PP alcanzar los votos suficientes para afirmar el poder, y en esas circunstancias una representación mayoritaria en el Parlamento puede convertirse en un arma defectuosa. A pesar de su evidente incremento representativo, saben los estrategas de la derecha que su poder es aún vulnerable y bien harían en no dejarse llevar por la soberbia en un momento tan sensible para el pueblo español. Ya que si bien semejante mayoría les garantiza cierta comodidad para completar la legislatura, no es menos cierto que una gestión contundente puede acarrearles no pocos problemas sociales y, seguramente, una más que previsible derrota futura. Y más si se tiene en cuenta que la grave situación del país les exige esa eficiencia que han predicado durante los últimos años y, a la vez, cautela y perspectiva a la hora de tomar decisiones. De poco sirve ya la retórica y menos aún el victimismo; el recurso de la herencia recibida colará menos de lo que creen entre el electorado, y el previsible deterioro de las condiciones económicas y sociales durante los próximos meses puede convertir la calle en un poderoso enemigo a poco que se dejen llevar por sus veleidades ultraliberales. El magro aumento de votos les demuestra que no han ganado la suficiente confianza del electorado como para disfrazar con autoritarismo la demora en las soluciones efectivas a los problemas de la población.

Dos circunstancias juegan, no obstante, a su favor. La primera es el enorme poder territorial que posee el PP. A falta de saber qué sucederá en Andalucía, cuando en marzo se celebren las elecciones autonómicas allí, la derecha cuenta ahora con el apoyo firme de la mayoría de autonomías y ayuntamientos. Si no se dejan llevar por antojos centralistas, le será muy sencillo al Gobierno estatal repartir responsabilidades entre sus vasallos autonómicos, para administrar con más garantías los beneficios y perjuicios de las políticas que emprendan, sobre todo en lo que se refiere a los ajustes presupuestarios y la aplicación de las leyes sociales más controvertidas como la del aborto o el matrimonio entre homosexuales. Una decisión no exenta de riesgos, por cuanto puede acarrear el deterioro de los gobiernos regionales más débiles, pero que relativiza el impacto de las medidas más impopulares que tomen a partir de ahora.

El segundo factor favorable para la derecha en esta flamante legislatura es la atomización de la representación política en el Parlamento y, sobre todo, la fragmentación de la izquierda. Por fortuna, aún es el PSOE el que tiene la última palabra en cuanto a las reformas de calado que se propongan en el Congreso, dado que para obtener los dos tercios más uno de la Cámara es imprescindible su concurso. Sin embargo, su posición como primer partido de la oposición se ha debilitado considerablemente al irrumpir con mucha mayor fuerza tanto IU como UPyD que, posiblemente, articulen un discurso alternativo despojado de lastres institucionales y, por lo tanto, más cercano al ciudadano aunque no menos demagógico. En esta tesitura, la voluntad manifiesta del líder de la derecha de buscar el apoyo del resto de partidos para elaborar las políticas que hagan frente a la crisis económica y social puede convertirse en un arma poderosísima para anular la acción opositora de los partidos de izquierdas y, en mayor medida, del PSOE gracias a que probablemente contará de inicio con el apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y canarios aunque también es cierto que a éstos no les queda apenas margen de maniobra para imponer sus criterios e intereses.

La duda es si el PP, que ahora reclama al resto de partidos el apoyo y la lealtad que sus dirigentes negaron sistemáticamente al PSOE durante la pasada legislatura, impondrá sus criterios en un alarde de integrismo o si dará una oportunidad al diálogo y aceptará determinadas propuestas de la oposición que beneficien el interés general. Aunque visto lo visto y con el precedente de sus gobiernos autonómicos, es de temer que el rodillo parlamentario actúe de forma permanente y eso permita a la izquierda encontrar lugares comunes en los que oponer medidas que, aun siendo inútiles, sí que estimulen un estado de opinión entre la ciudadanía que contribuya a moderar mediante la acción social el previsible autoritarismo de la derecha. No obstante, la última palabra siempre la tendrán nuestros acreedores que no cejarán en su empeño de rentabilizar la debilidad de un Estado en horas bajas.

A pesar de todo, en la otra orilla no está todo perdido. Como ya he dicho, la apabullante victoria de la derecha y la acumulación de poder territorial puede convertirse en un inconveniente para su labor de gobierno, puesto que ya no habrá de cara a la opinión pública ningún recurso al que aferrarse para justificar los errores o las arbitrariedades que cometan sus dirigentes en el ejercicio del poder. Esta circunstancia puede presentarse como la gran oportunidad de la izquierda para renovar su imagen desde la unidad o, si ésta no fuese posible, desde el fortalecimiento del PSOE como partido hegemónico en detrimento de formaciones volubles como IU o UPyD.

Los resultados electorales demuestran que la caída del PSOE se debe a un trasvase de votos hacia esas dos formaciones políticas y a la abstención, dado que como queda dicho la derecha no ha conseguido aumentar sus apoyos en la misma medida que sus resultados. Es claro que, aunque tocado, el PSOE no ha perdido su potencial y sólo es necesario acertar en cómo recuperarlo. Siete millones de votos no es una cifra desdeñable y más cuando se sabe dónde están los cuatro y pico perdidos. Por eso, esta derrota se puede convertir en una oportunidad para regenerar de una vez por todas la izquierda española y ofrecer una alternativa ya no sólo creíble por el electorado, sino capaz de engendrar gobiernos fuertes que hagan frente con garantías y eficacia a los desafíos del capital, y asuman una posición de firmeza en las instituciones internacionales sin ceder terreno ideológico.

A pesar de que la soledad del candidato ante la derrota tuvo su toque de patetismo, hay que reconocer que la rapidez con que el secretario general del PSOE ha anunciado la convocatoria del congreso ordinario del partido es un signo de la voluntad de recomponer el destrozo, y afrontar la nueva legislatura desde la oposición con un nuevo aspecto más adecuado a las esencias ideológicas y adaptado a las exigencias de las actuales situaciones doméstica e internacional. El tiempo dirá si el proceso que se abrirá a partir de ahora en el PSOE toma el camino correcto o, sencillamente, procura matizar sus carencias en un nuevo ejercicio de ensimismamiento. El toque de atención recibido en las elecciones no debería dejar lugar a otra opción que no sea la renovación absoluta de sus dirigentes y el fortalecimiento de sus estrategias políticas en base a sus principios ideológicos. Y la primera tarea es buscar un líder.

Introduzco aquí una pequeña coda, porque quiero hacer hincapié en la a mi juicio no tan sorprendente soledad del candidato en su comparecencia pública tras la derrota de su partido. Y no me sorprende porque Rubalcaba fue coherente al culminar con ese acto un ejercicio de soledad. Sin poder orgánico alguno y con el enorme peso de su participación en el Gobierno ya proscrito, Rubalcaba se prestó a realizar un sacrificio supremo por el socialismo en el otoño de su carrera política. Estuvo sólo desde el principio y perdió solo, se rodeó de un grupo de personas tan entusiastas como impotentes ante la avalancha de unos hechos tan tenaces como desfavorables, y al final supo salvar el tipo consiguiendo mantener una cantidad de votos que permiten a su sucesor afrontar con garantías el penoso camino que le espera para recuperar la estima y la credibilidad del electorado de izquierdas. Rubalcaba ha sido como ese viejo y experimentado entrenador de fútbol a quien recurre la directiva de un prestigioso equipo en horas bajas en una especie de acto desesperado para salvar una temporada de fracasos; el hombre llega a un club dirigido por unos personajes resignados y huidizos, una plantilla desmotivada y más pendiente de sus carreras particulares y una afición que se debate entre el desconcierto y el desprecio por tantos disgustos y desengaños; el viejo entrenador sabe que le espera una misión casi imposible, pero con su saber hacer y mucha tenacidad logra evitar el descenso del equipo, aunque eso a ojos de sus indolentes jefes no sea suficiente ni alivie el malestar de la hinchada. Rubalcaba me recuerda a cuando el Real Madrid fichó a Arsenio Iglesias en 1996 con la esperanza de que pudiera enmendar la calamitosa campaña del equipo bajo el mando de Jorge Valdano. Iglesias vino con su cuaderno y su experiencia e hizo lo que pudo, pero se fue por la puerta de atrás.

La pregunta que me hago insistentemente hoy es si Rubalcaba puede ser ese líder que necesita el PSOE para conseguir reconstruir el partido desde la izquierda, y si no sumar los apoyos del resto de opciones de la misma ideología en un proyecto común que pueda asumir un discurso coherente y realista que atraiga a los votantes progresistas e ilusione al resto de la población, sí al menos fortalecer al partido con nuevas estrategias de comunicación e imponga una disciplina en sus dirigentes para crear una estructura federal que se aleje del tradicional cainismo, y devuelva a sus líderes regionales los argumentos precisos para que el proyecto socialista obtenga la difusión que necesita. Tras muchas vueltas llego a una conclusión provisional de que no creo que Rubalcaba sea la persona apropiada, tanto por pertenecer a una etapa que es necesario matizar como por su carencias políticas. Este hombre es un magnífico gestor pero le falta esa capacidad de seducción que un líder ha de tener para embelesar a las masas. Esa chispa. Aunque dicho esto, no tengo la menor duda de que sus conocimientos y sabiduría serán indispensables en esa necesaria regeneración política del socialismo.

Mucho camino le queda al PSOE por delante para reconstruir el destrozo causado por las urnas, aunque cuenta con dos ventajas. Una es la debilidad de los partidos que le disputan el espacio de la izquierda y la otra el enorme potencial humano del que dispone. Tanto en IU como en UPyD saben que los buenos resultados obtenidos en estas elecciones son accidentales, y que su labor parlamentaria se antojará irrelevante frente a la apisonadora de la derecha. De poco les servirá la retórica de sus dirigentes si al final sus propuestas no producen el efecto deseado, y sólo la administración del descontento social les podrá reportar ciertas glorias que no por estimables serán menos inanes cuando el electorado compruebe que sus demandas se estrellan contra el poderoso muro de la mayoría, y no disponen además de las instancias necesarias para canalizar sus reclamaciones al estar todas las instituciones del Estado en manos de la derecha.

A esa impotencia se unirá la excesiva fragmentación de la estructura orgánica de IU, con doce partidos en liza pastoreados por los monolíticos comunistas, y la carencia ideológica del partido de Rosa Díez, cuyo discurso ambiguo y demagógico terminará por diluirse en el pantano de la inconcreción y dejará de ser alternativa. Un partido prefabricado sin mucho desarrollo y otro que reedita la vieja impresión de una jaula de grillos en la que todos quieren ocupar un espacio de notoriedad. Quien conozca la historia sabrá que el peor enemigo de IU es su estructura construida sobre una falacia asamblearia dirigida con mano de hierro por el PCE, y más pronto que tarde ese enorme poder obtenido en las urnas desatará las guerras intestinas a las que ya tienen acostumbrado a su atribulada parroquia.

El PSOE quedará como única alternativa a la voracidad de la derecha y, al final como siempre, el electorado de izquierdas buscará refugio en sus propuestas. Será entonces el momento de afianzar a esa ciudadanía y ofrecer al resto de la izquierda la alternativa del proyecto común, aunque antes los nuevos líderes del socialismo deberán demostrar su aptitud para liderar ese proceso. No les queda otro camino, pues intentar disfrazar de falso progresismo una estructura caduca sólo contribuirá a fortalecer esa fragmentación de la izquierda. Perdido ya todo el poder, es el momento de que el PSOE recupere sus esencias ideológicas y ofrezca un proyecto en el que los progresistas nos sintamos identificados.

La derecha ha alcanzado en estas elecciones su tope y es más que probable que su acción de gobierno deteriore su imagen irremediablemente. El poder es una carga muy pesada y tanto como ha acumulado el PP puede aplastarle. No les queda a sus dirigentes mucho margen de maniobra, y ahora es el momento de demostrar su incapacidad y sus mentiras. Pero para eso es necesario que el PSOE cambie su estilo y abogue por una mejor comunicación, con mensajes creíbles y contundentes que demuestren a la sociedad que no ha renunciado a su identidad. Marcar las distancias con las instituciones gobernadas por la derecha y proteger el interés general siempre que se vea amenazado, pactando incluso con la derecha siempre que se acepten las condiciones indispensables para reforzar la visión de estado del socialismo ante la ciudadanía, y despojarse de ese divismo que ha caracterizado a algunos de sus dirigentes para acercarse más a la población y hacerle comprender que están con los ciudadanos.

Una metamorfosis que la actual situación les permite llevar a cabo con el sosiego necesario para no cometer errores. La cuestión es si sabrán hacerlo.

No me cabe la menor duda de que nos esperan tiempos muy duros aunque interesantes, pues España se enfrenta a un periodo insólito que pondrá a prueba nuestra cultura democrática. Siento la decepción por comprobar cómo se puede obtener el poder desde posturas destructivas e insidiosas, menospreciando esa lealtad que ahora reclama la derecha para afrontar las dificultades de la gestión que le espera, y con la complicidad de una sociedad que ha demostrado una insensatez que le pasará factura más pronto que tarde. Es cierto que sólo desde la unidad es posible resolver las complejas operaciones que permitirá salir de esta grave crisis económica, pero esa unidad no se puede obtener a cualquier precio y mucho me temo que la soberbia de la derecha no permitirá encontrar esos espacios de consenso tan imprescindibles en estos momentos. La presión que recibirá nuestro país a partir de ahora exige una amplitud de miras que no veo entre los dirigentes de la derecha y si bien el Gobierno saliente ha cometido enormes errores, justo es reconocer que al menos ha logrado que nuestro país conserve aún su soberanía. Esa es la mejor herencia que recibirá el nuevo Ejecutivo del PP, y sus miembros deberían ser capaces de administrarla con sentido de Estado y aprovechar que aún sobrevivimos como país para ofrecer generosidad y sensatez. Quizás así sea posible enfrentar el asedio y no tenga la sociedad que sufrir males mayores.

El tiempo lo dirá.

jueves, 17 de noviembre de 2011

¿Y ahora qué?

El político, seguro de su victoria, gritaba 'pan para todos' y una masa de pobres diablos, hambrientos pero entusiastas, le aclamaba. Sigilosamente, un hombrecillo insignificante se acerco al eufórico aspirante y le susurró al oído: 'primero tendrás que pagar el que me debes'. Y al político le costó más trabajo sonreír.

Culminado con inusitado éxito el derrocamiento de los gobiernos legítimos de Grecia e Italia y la posterior y rápida toma del poder, el poder financiero encomienda a sus fiduciarios el no menos urgente desmantelamiento del estado del bienestar y la imposición de las nuevas normas del orden mundial que han perseguido desde los albores del capitalismo moderno. Ha conseguido el dinero narcotizar con habilidad a la clase política hasta conseguir una generación de estadistas lo suficientemente ambiciosos, ineptos, dóciles y maleables como para llevar a cabo sus propósitos. Éstos, a su vez, han conseguido domesticar a las sociedades a base de un intervencionismo, a veces grosero, que ha dibujado las nuevas fronteras de la desigualdad con la complacencia y, en no pocas ocasiones, complicidad de una serie de poderes públicos que se han visto abducidos tanto por la codicia de sus directivos como por la necesidad de mantener el tipo en medio de un mercado tan exigente como hostil. Empresarios, sindicatos, medios de comunicación y, sobre todo en el sur de Europa, la Iglesia católica han aceptado con entusiasmo el cautiverio impuesto por el presupuesto público, convirtiéndose en siervos de un cliente aparentemente omnipotente que hoy se revela vulnerable por las enormes deudas contraídas con esa plutocracia difusa que les ha estado dirigiendo los pasos durante todo este tiempo.

Los ciudadanos han participado de este despropósito embelesados por la posibilidad de alcanzar una posición social imposible con los recursos que han tenido a su alcance. Muy poca gente era capaz de reparar en la temeraria gestión de las administraciones públicas, cuando era posible obtener todo aquello que se deseara con una facilidad insólita. Ensimismados en ese falso bienestar, los individuos de las sociedades desarrolladas se sumaron al frenesí con un entusiasmo que hoy les pasa factura. Engañadas o no por los enviados del todopoderoso dinero, las gentes ofrecieron gustosas su libertad y hoy se les reclama un gravoso pago por aquellos excesos.

Recurren entonces a ese mismo Estado que siempre ha asegurado velar por sus intereses y encuentran sus puertas cerradas y las arcas vacías. Ese abandono les inquieta e irrita, y buscan a la desesperada soluciones que les conducen a alternativas tan impotentes como la que desprecian. Y ya rehenes todos del dinero, unos y otros esperan con ansia el anunciado cambio como si de eso dependiera su futuro. Los hechos, sin embargo, se encargan de demostrar lo contrario.

Es cierto que ya no merece la pena buscar en los errores pasados una explicación a nuestra actual vulnerabilidad. El actual gobierno los ha cometido en exceso y de nada sirve argumentar las circunstancias que han motivado esa deriva. Es lógico que el ciudadano esté disgustado con quienes han dirigido el país hasta ahora y busquen soluciones en otras opciones políticas. Las encuestas pronostican ese cambio en España y nada parece anunciar que no se vaya a producir. Falta saber en qué medida se producirá, qué consecuencias traerá para los perdedores y, sobre todo, qué medidas tienen preparadas quienes obtengan la victoria para afrontar el desafío (hasta ahora sólo son bocetos).

Ahora bien, es claro que quien se haga con el gobierno de la nave no lo va a tener nada fácil. El principal riesgo es saber hasta qué punto ese nuevo ejecutivo tendrá libertad para emprender las reformas necesarias y, sobre todo, hasta qué punto podrá mantener las actuales estructuras del estado del bienestar. Desde luego, lo que se percibe entre la maleza no es precisamente tranquilizador, y menos lo será aún si el poder financiero logra concluir con éxito el brutal asedio que ha iniciado sobre nuestra economía, tras completar la aniquilación de Italia. El peligro de elegir un gobierno tutelado de antemano por el mercado es una sombra ominosa que planea sobre nuestras cabezas, determinando en buena medida los sacrificios que tendremos que aceptar y padecer. Falta saber si quienes nos gobiernen a partir del próximo lunes serán capaces de eludir la presión o si, en cambio, sucumbirán ante ella entregando el país a los poderosos en perjuicio del interés general de los ciudadanos.

Si al ideario esencial de la derecha debemos atenernos, mucho me temo que la sociedad será la que salga perdiendo en este envite. Y no es que piense que el socialismo, tal y como se encuentra en estos momentos, será capaz de presentar batalla con más garantías dada su debilidad orgánica y el enorme peso de la gestión realizada durante estos últimos cuatro años, sino que creo firmemente que la responsabilidad ideológica que sustancia su ejercicio de la política le exige unas actitudes mucho más adecuadas al interés común que las que pueda adoptar la derecha.

En cualquier caso, sirva como alivio el saber que aún no se ha perdido la guerra. El estado del problema exige decisiones difíciles, valientes y, sobre todo, comunes. El territorio por el que España comenzará a transitar a partir del lunes puede ser el más hostil que haya conocido en su pueril democracia. La cuestión es si imperará de una vez por todas el compromiso político con la ciudadanía o si, en cambio, los partidos volverán a enquistarse en sus ambiciones orgánicas dando lugar de nuevo a un escenario de confrontación que no contribuirá más que a alimentar la voracidad de los mercados.

Hasta ahora ha sido así y, desde luego, he echado de menos la firmeza de un jefe de Estado que, como en Italia pero con algo más de margen de maniobra y un poco de perspectiva social, hubiese reunido a todos los líderes políticos en torno a una mesa y tras dar un puñetazo sobre ella haberles exigido un acuerdo que sacara a España del pozo, y le proporcionara las armas precisas para combatir a los insaciables mercados. Pero como no ha sido así y mientras tanto nuestros políticos han preferido devorarse unos a otros ante la divertida mirada de los poderosos, sólo queda esperar que el encarnizamiento con nuestro país sirva de acicate a la responsabilidad.

Ya que no ha sido posible durante los últimos cuatro años, quizás sería ya el momento de aparcar la soberbia y alcanzar un acuerdo político que obligue a todos los partidos con representación parlamentaria a cumplir un programa común de reformas estructurales que, por un lado, atienda a las necesidades financieras del propio Estado y, por otro, preserve los derechos esenciales de la sociedad española. Ha llegado el momento de la grandeza política y, como clamaba el líder de la derecha no hace mucho, es el momento de los líderes y no de los tecnócratas. Ahora falta que ese propósito se haga realidad, antes de que el propio aspirante se encuentre con que, a no mucho tardar, alguien le desposea de su flamante cargo en favor de algún otro asesor jubilado de Goldman Sachs y España se integre así en el selecto club de las sucursales de este enorme banco en que se está convirtiendo el planeta.