Que los pobres no nos amarguen la fiesta. Es mejor hacerlos invisibles e impedir que sus necesidades mermen las condiciones de vida de quienes, al fin y al cabo, aún mantienen una situación económica más o menos estable y, además, están acojonados porque esta crisis no respeta a nadie. Además, qué son cinco millones de parados si una buena parte de los mismos se conforma con vivir en negro, explotados por esos que reclaman más ventajas para sus empresas sin ofrecer a cambio ni una oportunidad al desarrollo.
Los que ya eran pobres antes de que la crisis empezara a causar estragos entre la confiada clase media española, no tienen ya nada que perder y además han asumido naturalmente su condición de excluidos refugiándose en sus microsociedades de vulgaridad y subsistencia. Esos otros que vinieron de otros países en busca de una oportunidad para mejorar sus miserables vidas siempre pueden largarse de España, a menos que reúnan las características precisas para satisfacer las necesidades de la clase pudiente, en la que se incluyen muchos políticos, y acepten esa nueva y humillante esclavitud que les ofrecen; sólo tienen que desarrollar su capacidad de sumisión. Y aquellos que han caído en desgracia no tienen más que buscar la compasión de sus familiares o sencillamente reconocerse como menesterosos y mendigar la caridad del estado bajo la etiqueta de 'sin recursos'.
Que no se preocupe nadie, pues hay para todos. Otra cosa es que unos coman caliente y los otros se conformen con las sobras. A salvo las rentas de esa mezquina oligarquía burguesa que nutre con entusiasmo las arcas electorales de la derecha, ahora solo queda protegerlos de la incómoda presencia de los nuevos miserables. Nada mejor que echar mano de la libertad y volverle a dar una mano de esa mugre perversa que tan bien administran los neoliberales. Y así, con una simple maniobra legal imponer la selección de los usuarios de los servicios públicos aplicando esa falacia a la que llaman libertad de elección.
Sobre ella se sostiene ese intento de la derecha madrileña de establecer las unidades únicas en sanidad y educación o la mezquina y desvergonzada forma de negar la asistencia sanitaria a quienes han dejado de pertenecer al sistema, ya sea por desempleo o desarraigo, que están llevando a cabo en Murcia y Galicia. En el caso de Madrid, los pudientes burgueses podrán elegir colegio para sus hijos y, de no haberlo parado la Justicia, hasta la atención sanitaria que crean más apropiada para sus delicadas y exigentes saludes. No creo que los hijos de parados o inmigrantes de Lavapiés puedan ir a estudiar en masa a un colegio de Chamberí, ni que los hijos de los acomodados residentes del barrio de Salamanca decidan ir a hacerlo en Carabanchel. Cada cual en su espacio y dios en el de todos.
De nada sirve que la oposición se queje, porque ya pinta poco en el escenario político español. Y eso de sacar a las masas a la calle está por ver que surta efecto, dado que son muchos más los que prefieren no meterse en camisa de once varas y aún más los que están adiestrados para tragar carros y carretas con tal de no perder el chusco de pan con el que se conforman en tiempos tan inciertos como estos. Así, las cuentas a la derecha les salen cuadradas, y no creo que una manifestación más que otra les arredre para llevar a cabo esta copia imperfecta del modelo anglosajón que aplica a rajatabla aquello de que cada perrico se lama su pijico, y el que no llegue que le den por saco.
Con el socialismo entretenido en estofados internos, y unos comunistas tan enfervorecidos como irrelevantes, mucho me temo que nos espera una dosis letal de sacrificio y estupor. Movidos por ese ideario católico que apela a la compasión como bálsamo social, los dirigentes de la derecha aplicarán el rasero que les conviene para mantener contentos a esos todos que son los suyos, y mantener a raya a esos todos que no cuentan en sus cálculos de poder.
Al tiempo.
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