lunes, 23 de julio de 2012

El mensajero no siempre tiene la culpa

Si no conociera ya la historia, quizás ahora podría dudar de que el presidente murciano pudo ser víctima de la pérfida astucia de un periodista desaprensivo, que aprovechó la confianza del entrevistado para manipular sus palabras y conseguir así el ansiado titular. Pero precisamente porque conozco el paño, puedo asegurar que no fue así. Y no sólo porque el corte de la conversación que La Opinión ha publicado en su página web despeja todas las dudas, probando que el entrevistador no empleó añagaza alguna para arrancar tales declaraciones, sino porque las actitudes del entrevistado y sobre todo la de su guardia pretoriana no son excepcionales en casos como éste, así como tampoco lo es la ligereza dialéctica con que tal personaje suele desenvolverse en semejantes trances, movido quizás por esa campechanía tan valorada por sus adeptos.

Quien perteneciendo a la alicaída profesión periodística haya realizado una entrevista alguna vez, sabe que siempre se ha de andar con pies de plomo cuando se abordan asuntos especialmente delicados, pues corre el riesgo de que el protagonista de la pieza pueda sufrir un arresto de confianza y cometer alguna imprudencia que luego intentará solventar con más o menos habilidad o vehemencia cuando compruebe el efecto de sus declaraciones. Sin embargo, igual que el periodista ha de ser honesto en el ejercicio de su trabajo, el entrevistado debe ser consciente de con quien comparte sus reflexiones u opiniones y asumir la responsabilidad de las mismas, sobre todo cuando se le presupone unas aptitudes inherentes a la posición social o institucional que ocupa.

Así, no se puede culpar al mensajero de las torpezas cometidas, y más cuando la obligación de éste es corresponder a la confianza de la opinión pública con el relato estricto de lo que en esa conversación se ha tratado. Pretender lo contrario es pervertir el trabajo de un profesional que se debe a la verdad, tanto si se intenta corregir a priori el trabajo como si se busca enmendarlo una vez producido y publicado. Sobre todo cuando esa voluntad se expresa con desmentidos que pretenden menospreciar la profesionalidad del periodista, intentando sembrar la confusión entre la opinión pública con piruetas retóricas que ya resultan más bochornosas que efectivas.

Es cierto que no pocas veces el entrevistado exige disponer a priori de las preguntas que el periodista le va a formular en la entrevista, a fin de preparar sus respuestas recopilando la documentación precisa para que el contenido de la pieza sea provechoso para todos, y la opinión pública disponga de una información lo más fidedigna posible. Asimismo, tampoco es extraordinario que el personaje al que se entrevista reclame el borrador del trabajo antes de su publicación para corregir lo que considere fuera de contexto o, sencillamente, enmendar sus declaraciones. En ambos casos es decisión del periodista acceder a tales exigencias, pero si se aceptan está obligado a cumplirlas a rajatabla a riesgo de que el trabajo final no refleje el resultado perseguido y la información que se ofrezca al lector quede así adulterada por esas correcciones. No es poco frecuente encontrar entrevistas en algunos medios realizadas a la medida del personaje que realiza las declaraciones, convirtiéndose así el trabajo en un mero instrumento propagandístico sin el menor interés informativo.

No obstante, el entrevistado sabe que aunque se pacte el desarrollo de la conversación es imposible evitar que en el transcurso de la misma surjan cuestiones espontáneas que alteren el guión establecido. Es ahí donde la confianza, la profesionalidad y la habilidad de los interlocutores deben modelar el nuevo material obtenido para que el producto no adolezca de oportunismo o falsedad. Aferrarse al desliz denota poca honradez por parte del periodista, como desmentirlo por parte del entrevistado una vez que se han comprobado sus efectos demuestra necedad.

No sé si la entrevista que se publico en La Opinión estaba pactada o si se hizo a tumba abierta. En cualquier caso, el contenido de la misma es fiel al desarrollo tal y como demuestra la prueba de sonido que cualquiera puede escuchar. El presidente murciano dijo lo que dijo sin lugar a dudas, y si cuando expresó esa opinión estaba pensando en otra cosa será muy difícil de demostrar aunque sí de imponer mediante los métodos ya conocidos por quienes se dedican o nos hemos dedicado a esta profesión.

No quiero ni pensar la de presiones que deben estar sufriendo en ese periódico para enmendar un trabajo excelente que expresa a las claras no sólo los propósitos del gobierno que preside este individuo, sino la personalidad del mismo. Y más cuando tales declaraciones han traspasado las fronteras, siempre impermeables, de esta región para convertirse en titulares principales de todos los periódicos nacionales de este país. Imagino ademas el estupor de los censores murcianos y la rabia del principal medio de propaganda de este territorio, el diario La Verdad, que ha visto una vez más cómo el rival le arrebataba la gloria de la difusión.

Por desgracia el episodio no contiene material original. Es una nueva reposición de lo que hoy La Opinión, pero antes muchos otros diarios ya demolidos, han tenido que sufrir en su cotidiano trato con la clase política gobernante en esta región. Quizás sólo los viejos periodistas recuerden cómo se las gastaban los guardianes de la ortodoxia informativa cuando gobernaba el PSOE aquí, aunque bien es cierto que si aquellos censores eran aplicados en el empleo de la coacción, sus sucesores han logrado desarrollar y perfeccionar con pericia de artesano esas tácticas hasta convertir el espacio informativo en un erial donde muchos buenos profesionales han de enfrentarse a diario al dilema de realizar su trabajo con eficiencia o perder el trabajo y el prestigio.

Aquellos esbirros socialistas estaban amaestrados para cuidar de la integridad política de sus protegidos, e intentaban con denuedo que los entonces mucho más beligerantes medios de comunicación no obtuvieran la información precisa para desvelar los fallos en la gestión de las instituciones que gobernaban. Sin embargo, el cainismo de la izquierda propiciaba las fugas de información de las que nos servíamos los periodistas para acercarnos a la verdad que pretendían ocultar a la ciudadanía. Por supuesto que había presiones, pero no eran tan efectivas cuando de donde provenía la información era precisamente de los mismos ámbitos que se empeñaban en proteger, con lo que el valor documental adquiría un peso fundamental en la construcción de aquellos relatos. Tanto fue así que en la caída en desgracia del Gobierno de Collado tuvo un protagonismo esencial la acción periodística.

Con la llegada de la derecha al poder en 1995 todo empezó a cambiar. Los métodos eran otros, mucho más expeditivos, y la presión constante. Siendo como es la disciplina un rasgo característico de la derecha, las filtraciones empezaron a desaparecer y si las había eran pronto acalladas con autoridad. La información comenzó a fluir desde una sola fuente, el gabinete de presidencia o el del propio PP, que en realidad constituyen un sólo ente, y ningún dato tenía valor si no estaba avalado por el sanedrín de San Esteban. A pesar de ello, sí que había filtraciones pues resentidos los hay en todas las familias, pero cuando la información que se filtraba podía constituir un peligro entraba en juego la coacción y la amenaza. Ese método ha ido perfeccionándose a lo largo de los 17 años que la derecha lleva en el poder en esta región, variando tan sólo de estilo desde la grosería de sujetos atrabiliarios de intelecto proletario al melifluo engreimiento de sicarios entrenados en píos campus universitarios. Todos empeñados en anular el sentido crítico y someter la voluntad de los profesionales de la información mediante el control férreo de las fuentes de financiación de sus empresas.

Podría narrar mil experiencias pues 22 años de ejercicio dan para mucho, pero bastará con que confiese que el ejercicio del periodismo en la Región de Murcia es demasiado ingrato como para dedicarle el esfuerzo y la dedicación que exige. La política abomina de la información independiente y veraz y sus representantes han intentado siempre controlar los medios de comunicación, bien comprando la voluntad de sus profesionales con prebendas y trabajos seguros y bien remunerados, o bien asfixiando a sus empleadores con desalmadas artimañas financieras. Al final consiguieron crear una casta de periodistas sumisos que aceptaban con agrado ese cautiverio o sencillamente debían resignarse a cumplir con los dictados de la opinión oficial impuesta desde los estamentos del poder. A los díscolos se les persiguió, desprestigió o represalió sin más, depurando la profesión para adaptarla a sus propósitos.

A lo largo de estos 17 años, la derecha ha destruido carreras, vidas y aspiraciones profesionales; ha empujado a muchos periodistas al exilio o sencillamente los ha anulado. Por eso, cuando leo trabajos valientes como el del periodista de La Opinión no puedo más que abandonar el silencio y denunciar el daño enorme que esta casta de necios que han obtenido el poder con engaños y amenazas han causado a la profesión periodística en esta región. A la vez debo elogiar la valentía de los directivos de ese periódico que autorizaron la publicación de semejante entrevista, pues sé que su decisión no está exenta de riesgos. Y sólo debo esperar que este sea el principio de la recuperación de ese espíritu indómito que caracterizó a los profesionales de la información durante tantos años en esta región, para que sirva de contrapeso al despotismo ejercido por la clase política y una advertencia de que su futuro está en manos de la verdad.

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