miércoles, 22 de agosto de 2012

Interludio desolado

Estoy seguro de que esos individuos que gozan de unos privilegios impropios a su esfuerzo, obtenidos gracias a nuestra confianza y, por supuesto, a sus mañas para aprovechar los ardides políticos, no pueden evitar que la realidad social les asalte la mirada cuando salen a la calle. Y aunque el cristal de la ventanilla de su vehículo oficial distorsione las imágenes que al otro lado se suceden en el trayecto, no serán capaces de soslayar la desolación que crece cada día en ese universo que dicen gobernar. La miseria cunde por doquier y cada vez son más parecidos a ellos los que reclaman caridad. Es difícil esquivar esas miradas indefinidas que expresan la pérdida de la dignidad humana; en algunas hay odio o desprecio, pero en muchas ya ni eso. Han superado el trance de las emociones para eclipsarse en esas lágrimas perpetuas que se resisten a manar aferradas aún a un resquicio de orgullo, o simplemente a una esperanza cada vez más remota de que algún día surja una oportunidad para recuperar la integridad.

Las monedas compasivas carecen de valor cuando ni siquiera sirven para restañar la herida de la exclusión. Me duele verles jalonar las aceras con sus manos tendidas. ¿Qué puedo hacer si no exigir esa humanidad que nos hace dignos?

¿Qué estamos haciendo? Somos seres humanos, no números en una estadística que conduce al poder. Y por mucho que se intente falsear el cálculo, ocultando bajo las alfombras de la civilización los restos de este lento naufragio y así facilitarles el sueño a esos criminales que alimentan la tragedia, ninguno de ellos podrá evitar que su conciencia quede manchada por las muchas vidas que destrozan cada día.

Esa realidad que deben contemplar es su realidad. Malditos sean.

lunes, 13 de agosto de 2012

El alimento del delirio (adenda)

Hace un rato me he cruzado con dos chicos que arrastraban una carretilla repleta de hierros retorcidos de enorme tamaño. Portaban con una sonrisa blanca tal cargamento por una calle del barrio donde aún moran esos burgueses reticentes a las nuevos y cómodos suburbios residenciales que crecieron como setas en los tiempos de la gran estafa. El porte delataba el inminente bienestar del que sus propietarios gozarían a buen seguro, cuando el beneficio que el explotador les proporcione cuando adquiera esa chatarra. Sin duda un buen día para dos invisibles, a pesar de que saben que sus esfuerzos no serán recompensados como merecen, y quien les compre la basura que han recuperado obtendrá mucho más dinero sin verter ni una gota de sudor.

Los viandantes les observan con desprecio, pues no en vano los intrusos transitan por calles estrechas y obligan a aquellos a dejarles paso. Incluso he llegado a oír a alguno de los transeúntes escupirles maldiciones que los dos chicos parecían obviar no tanto porque no las entendieran, como por la alegría del buen negocio. Unos días más al borde del barranco bien valen el insulto.

En una esquina cercana, un tipo pone banda sonora a la escena interpretando con torpeza boleros en un roñoso acordeón desafinado. Parece ausente, ensimismado en unas notas que se rebelan en cada acorde,  tocando con esa pereza que sólo lo inútil proporciona, pues nadie parece reparar en su esfuerzo y de ahí que el platillo que tiene a sus pies apenas contenga un par de monedas, que seguramente habrá colocado él como señuelo.

Quizás nadie sabrá nunca quiénes son y cuáles son sus sueños, pero cuando veo la actitud de mis vecinos comprendo que nadie les echaría de menos. Sólo cuando algún demagogo les vilipendia en sus discursos parece que la gente cae en la cuenta de su existencia, y aplaude la idea de deshacerse de ellos para dejar de contemplar cómo escarban en la basura o nos incomodan con sus estridencias. Tanto es así que hasta que la penuria se ha convertido en un peligro ecuménico, los inmigrantes eran uno de los problemas recurrentes para la gente de bien. Y no es que hoy hayan dejado de serlo, sino que hay problemas mucho más cercanos que preocupan a la ciudadanía y adquieren protagonismo en las encuestas.

Eso lo saben los oportunistas y alimentan su discurso con promesas de limpieza de sangre que obtienen el apoyo de una cantidad preocupante de ciudadanos. Convierten al inmigrante en el chivo expiatorio de sus excesos y nutren el delirio que conduce a la deshumanización. Sujetos como el alcalde de Badalona han construido su discurso sobre los cimientos de esa limpieza étnica y cultural, y han recibido el poder popular para llevarla a cabo. Acusan al inmigrante ilegal de no cumplir con las normas cívicas que exige nuestra sociedad, de ser parásitos que se aprovechan del esfuerzo ajeno sin cumplir con las obligaciones comunes. Y mientras haya una mayoría de ciudadanos que se lo crean, tales razones obtendrán carta de naturaleza y la sociedad española se adentrará en las tinieblas de la iniquidad.


sábado, 11 de agosto de 2012

El alimento del delirio

Cerca de donde vivo hay una gasolinera. Está situada en una calle que conduce hacia la autovía que sirve como principal vía de escape de esta ciudad tórrida y deprimente que se conoce por Murcia. Un lugar muy frecuentado por los ciudadanos en el que hasta hace un par de años se congregaban cada día antes del amanecer cientos de personas, que esperaban pacientemente que apareciese alguien que les recogiese para ir al tajo. La mayoría aguardaba en silencio; apenas hay nada qué compartir con el rival. Expectantes ante la aparición de alguna furgoneta de la que se apeara el capataz que les diera la oportunidad de conseguir algunos euros con los que comer o quién sabe qué. Esos capataces acudían emboscados entre la penumbra del alba y eran rápidos en su elección, quizás conscientes de la infamia de sus actos, aunque igualmente cautivos de la necesidad; sabían que les había tocado la misión más sucia en ese cambalache de desesperación montado por desconocidos amos.

Hacia dónde viajaban aquellos vehículos cargados de carne humana nunca se supo, porque nadie se preocupó por saberlo. Aunque de haberlo querido saber, hubiese bastado con que se acercaran a alguna de las por aquel entonces innumerables urbanizaciones con campo de golf incluido que se realizaban por doquier en esta región para comprobar dónde se cocía este perverso negocio. En las inmediaciones, y siempre ocultos en algún recodo desapercibido se levantaban ominosas chabolas en las que se hacinaban varias de estas personas en condiciones infrahumanas. Los más afortunados o los que habían conseguido traer a sus familias, malvivían en cochambrosas casas situadas en reductos olvidados de alguna aldea cercana, por las que pagaban alquileres abusivos a sus astutos propietarios que veían así rentabilizadas aquellas ruinas.

Sin contrato ni derechos, eran inexistentes. Cobraban por jornada y en efectivo, y después de pagar la comisión del capataz que les había elegido, apenas les quedaba algo de dinero para malvivir hasta el siguiente golpe de suerte. Y así un día tras otro, hasta que todo acabó y aunque aún hay quienes siguen yendo cada mañana a esa gasolinera en busca de esa oportunidad que ya no aparece, la mayoría espera ahora la caridad de sus semejantes en las esquinas de una ciudad que les hace transparentes. Son de piel morena y apenas hablan nuestro idioma. Y puedo asegurar que jamás les he visto traspasar la puerta del centro de salud que hay frente a mi casa, aunque sé que viven en ruinosas viviendas a escasos metros de él. Nunca se les quiso, ni siquiera cuando regaban con su sudor el fabuloso futuro que nos auguraba la gente de bien que les explotó hasta la extenuación.

Me encontré con ese espectáculo cuando regresé a Murcia después de seis años fuera de aquí, y me espantó que nadie le diera importancia. En el periódico para el que trabajaba entonces intenté sin éxito que se le prestara atención, pero siempre despachaban mis propuestas con un 'a nadie le importa eso'. Aproveché entonces una conversación que mantuve con el entonces secretario general de Comisiones Obreras para hacerle partícipe de tal situación, y me respondió que no podían hacer nada porque nadie había denunciado irregularidad alguna y ellos no podían (en realidad no querían) actuar por su cuenta. Sí que conseguí al menos un arresto de compasión por parte de aquel individuo, pero no más. Y así, nadie quiso saber a quien servían aquellos desesperados que hoy, como ayer, no importan.

Por eso, qué más da si se mueren en su miseria. Nadie reparará en ellos y apenas procurarán cierto incomodo a quien deba ir a retirar sus despojos. Ante el desprecio de esta sociedad, al menos los paladines de la derecha han sido consecuentes al expresar su voluntad de desprenderse de ellos negándoles de oficio los derechos que nunca disfrutaron. '¡Que vuelvan a sus países!', dijo uno de esos atildados prohombres no hace mucho. Aunque le faltó añadir: 'al fin y al cabo ya no nos hacen falta'.

Se les ha sacado a los inmigrantes ilegales todo el pringue posible y hoy no son más que un estorbo que, en ocasiones, afean la imagen de las ciudades deambulando con sus andrajos por las calles en busca de caridad. O, aún peor, pueden convertirse en la vanguardia de esa famélica legión de miserables que este gobierno está empeñado en engrosar con sus criminales decisiones. No tienen nada que perder y eso es un peligro a los ojos de quienes guardan con celo sus cada vez más escasas posesiones. La católica España ya no tiene ni para compasión, y además no votan.

Hace unos años, cuando esa humanitaria esclavitud alcanzó un apogeo insoportable, el gobierno socialista decidió emprender una campaña de regularización de los inmigrantes con el fin de acabar con esas atroces prácticas laborales y combatir el fraude. La reacción de la derecha fue una vez más estruendosa, y no pocos empresarios esclavistas aleccionaron a su mano de obra para que eludieran la oportunidad que se les ofrecía y lograran una estabilidad en un país cada vez más hostil. A pesar de todo, fueron miles los que se acogieron a aquella medida y consiguieron una ciudadanía que les proporcionó tantos derechos sociales como complicaciones laborales: ya no eran tan rentables.

Al fin y al cabo, los socialistas quisieron ser consecuentes con sus principios ideológicos aunque el método no fuese todo lo eficaz que hubiesen deseado, sobre todo por las reticencias de los gobiernos de derechas en algunas autonomías como ésta o la Valenciana, precisamente donde más economía sumergida se había detectado. En estos lugares prefirieron proteger los intereses de los esclavistas antes de permitir la regularización de su mano de obra ilegal. Y así, la gasolinera siguió llenándose de almas en pena a la vista de todo el mundo.

Aunque este es un país enfermo de hipocresía y cinismo, la cuestión es qué debe hacer el Gobierno con los inmigrantes ilegales. Y aunque sólo fuese en consideración al enorme esfuerzo que realizaron cuando la economía marchaba bien, se les debería dar la oportunidad de regularizar su situación y formar parte de un sistema que aunque imperfecto no puede prescindir de una mano de obra cualificada como esa. Sobre todo, cuando aún se les emplea en oficios que desprecian los propios españoles y sin gozar de los derechos de cualquier ciudadano. ¿O es que ya no hay ilegales en el campo o en la construcción?

Condenarles a la muerte es de criminales, por mucho que haya demasiados individuos que aplaudan la decisión y clamen por una campaña de detención y deportación como la que han emprendido en Grecia. Es mezquino culpar al más desamparado de los delirios de una mayoría de necios sin alma, que creen y aceptan las peligrosas falacias de un grupo de políticos sin escrúpulos. Este país no puede perder su dignidad cayendo en esa clase de tácticas demagógicas. Pero si se permite que se lleve a cabo esa sádica medida contra la inmigración ilegal estaremos avanzando hacia territorios que nos alejan de la más básica condición humana.


martes, 7 de agosto de 2012

El problema es la solución

Quizás no se tome en cuenta por lógica emocional y por eso se vaya imponiendo como un paradigma en el imaginario popular, conforme se suceden los acontecimientos y la gente empieza a sufrir sus efectos en carne propia y colectiva. Pero el creciente rechazo social a la clase política, a la que percibe como el principal inconveniente para salvar el escollo de la crisis, es el síntoma más evidente del declive de una nación. Pues en tanto los legisladores democráticamente elegidos han de ser quienes escojan los medios más idóneos para la buena administración de un país, nadie debería obviar el peligro que supondría la ruptura del contrato social si se desprecia a las instituciones. Al contrario, una sociedad sana y libre debe exigir a sus representantes electos el cumplimiento de sus obligaciones, y para ello es imprescindible realizar un esfuerzo de análisis que permita la deliberación desde un punto de vista crítico. Sólo así, los políticos sabrán que se enfrentan a una ciudadanía exigente que demanda la atención propia de un estado de libertades basado en la equidad y la justicia.

Es cierto que en una sociedad tan gregaria e individualista como la española, es muy difícil esperar más reacción que la que permite la defensa de los intereses propios. La cual se atribuye tradicionalmente a la acción de los poderes públicos, por lo que cuando éstos se baten en retirada imponiendo un modelo de convivencia en el que prevalece el principio de oportunidad sobre la solidaridad, es lógico que el descontento se traslade a un estadio íntimo que se expresa con el rechazo a quien se considera responsable del problema. La protesta visible queda así ideologizada, perdiendo fuerza al ser interpretada por quienes son objetivo de la misma como parte de la controversia corporativa más que como un reflejo fehaciente del disentimiento ciudadano.

Cuando aún hay mucho que perder, el desprecio de los ciudadanos a la clase dirigente es el mejor recurso para expresar el rechazo a las medidas que adopta sin arriesgar la estabilidad social y laboral que aún se conserva. Nada que objetar en aras de la libertad de criterio, siempre que esa protesta callada se refleje después en una elección razonable cuando se ha de ejercer ese derecho; sin embargo, el problema se suscita cuando el desprecio a la clase política se expresa rechazando un sistema que sólo los ciudadanos podemos cambiar con nuestro voto. Pues si se elude ese deber, dejamos el futuro de la nación en manos de ese nuevo fundamentalismo partidista que prolifera en torno al clientelismo fomentado por las instituciones.

Además deberíamos tener en cuenta que ese terror al silencio electoral mueve a los partidos políticos a encogerse en un conservadurismo nocivo para el desarrollo del estado de derecho, al centrar sus acciones en fidelizar a su electorado cautivo valiéndose de los defectos del modelo electoral que rige en España, el cual favorece un bipartidismo que hoy por hoy sigue imponiendo su imperio tal y como documentan las recurrentes encuestas que se vienen realizando mes a mes. La cuestión, si la abstención es el resultado de ese rechazo social a la gestión política, no es tanto para los partidos aumentar la base social como aplicar el cálculo electoral a los sufragios obtenidos sea cual sea su monto total.

Un rasgo de madurez democrática es, sin duda, valorar las propuestas políticas teniendo en cuenta el contexto general en las que se plantean, analizando su conveniencia y efectividad y rechazando todo aquello que huela a sofisma. Para ello es necesario contar con la información precisa y despojarse de las interpretaciones interesadas, para así conocer con certeza el terreno que se pisa y por el que nos habrán de guiar quienes se elijan para ello. Es tan fácil como rechazar a quien, estando en medio del desierto, nos promete cruzarlo sin beber agua.

Por decepcionante (o terrible) que sea no queda otra alternativa que confiar en la clase política para superar los graves problemas que hoy oscurecen la vida de los españoles. El pueblo tiene todo el derecho a despreciarlos y detestarlos, pero a la vez ha de ser consciente de que queridos u odiados los políticos electos son nuestra única baza. Lo contrario conduciría al caos. Por eso el ciudadano debe vender muy caro su voto, pues el valor del mismo depende de la capacidad para expresar sus exigencias dejando claro que no es patrimonio de nadie.

Un país callado es enemigo de sí mismo. De nada sirve el desprecio si los políticos no son conscientes de él, y la mejor forma de hacérselo saber es a viva voz. No en la calle con consignas premeditadas, sino en aquellos foros donde se esperan actos de adhesión inquebrantable o sencilla condescendencia. Y son los individuos mejor formados, esos que sí atesoran los conocimientos precisos para expresar un criterio autorizado, quienes lideren esa reacción popular con generosidad y altura de miras. El cine, el teatro, el arte, la literatura, la ciencia, el conocimiento debe tomar conciencia de su responsabilidad, y en los teatros, universidades, ateneos, novelas y canciones se debe expresar el sentir de un pueblo oprimido que necesita el apoyo del intelecto. La cultura no puede ser cómplice de este desatino y debe alzar la voz para que se oiga en todos los lugares de este país y libere las conciencias del miedo que les impone el poder.

En España se está gestando una historia que necesita quienes la sepan narrar para que todos aquellos que aman la libertad y el progreso le encuentren sentido. Es necesario acabar con esa sociedad que ni sabe ni contesta, porque ese es el camino de la sumisión. Y si los políticos han de ser nuestra vanguardia, la voz de la sociedad debe dictarles sus actos.