Hace un rato me he cruzado con dos chicos que arrastraban una carretilla repleta de hierros retorcidos de enorme tamaño. Portaban con una sonrisa blanca tal cargamento por una calle del barrio donde aún moran esos burgueses reticentes a las nuevos y cómodos suburbios residenciales que crecieron como setas en los tiempos de la gran estafa. El porte delataba el inminente bienestar del que sus propietarios gozarían a buen seguro, cuando el beneficio que el explotador les proporcione cuando adquiera esa chatarra. Sin duda un buen día para dos invisibles, a pesar de que saben que sus esfuerzos no serán recompensados como merecen, y quien les compre la basura que han recuperado obtendrá mucho más dinero sin verter ni una gota de sudor.
Los viandantes les observan con desprecio, pues no en vano los intrusos transitan por calles estrechas y obligan a aquellos a dejarles paso. Incluso he llegado a oír a alguno de los transeúntes escupirles maldiciones que los dos chicos parecían obviar no tanto porque no las entendieran, como por la alegría del buen negocio. Unos días más al borde del barranco bien valen el insulto.
En una esquina cercana, un tipo pone banda sonora a la escena interpretando con torpeza boleros en un roñoso acordeón desafinado. Parece ausente, ensimismado en unas notas que se rebelan en cada acorde, tocando con esa pereza que sólo lo inútil proporciona, pues nadie parece reparar en su esfuerzo y de ahí que el platillo que tiene a sus pies apenas contenga un par de monedas, que seguramente habrá colocado él como señuelo.
Quizás nadie sabrá nunca quiénes son y cuáles son sus sueños, pero cuando veo la actitud de mis vecinos comprendo que nadie les echaría de menos. Sólo cuando algún demagogo les vilipendia en sus discursos parece que la gente cae en la cuenta de su existencia, y aplaude la idea de deshacerse de ellos para dejar de contemplar cómo escarban en la basura o nos incomodan con sus estridencias. Tanto es así que hasta que la penuria se ha convertido en un peligro ecuménico, los inmigrantes eran uno de los problemas recurrentes para la gente de bien. Y no es que hoy hayan dejado de serlo, sino que hay problemas mucho más cercanos que preocupan a la ciudadanía y adquieren protagonismo en las encuestas.
Eso lo saben los oportunistas y alimentan su discurso con promesas de limpieza de sangre que obtienen el apoyo de una cantidad preocupante de ciudadanos. Convierten al inmigrante en el chivo expiatorio de sus excesos y nutren el delirio que conduce a la deshumanización. Sujetos como el alcalde de Badalona han construido su discurso sobre los cimientos de esa limpieza étnica y cultural, y han recibido el poder popular para llevarla a cabo. Acusan al inmigrante ilegal de no cumplir con las normas cívicas que exige nuestra sociedad, de ser parásitos que se aprovechan del esfuerzo ajeno sin cumplir con las obligaciones comunes. Y mientras haya una mayoría de ciudadanos que se lo crean, tales razones obtendrán carta de naturaleza y la sociedad española se adentrará en las tinieblas de la iniquidad.
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