Cerca de donde vivo hay una gasolinera. Está situada en una calle que conduce hacia la autovía que sirve como principal vía de escape de esta ciudad tórrida y deprimente que se conoce por Murcia. Un lugar muy frecuentado por los ciudadanos en el que hasta hace un par de años se congregaban cada día antes del amanecer cientos de personas, que esperaban pacientemente que apareciese alguien que les recogiese para ir al tajo. La mayoría aguardaba en silencio; apenas hay nada qué compartir con el rival. Expectantes ante la aparición de alguna furgoneta de la que se apeara el capataz que les diera la oportunidad de conseguir algunos euros con los que comer o quién sabe qué. Esos capataces acudían emboscados entre la penumbra del alba y eran rápidos en su elección, quizás conscientes de la infamia de sus actos, aunque igualmente cautivos de la necesidad; sabían que les había tocado la misión más sucia en ese cambalache de desesperación montado por desconocidos amos.
Hacia dónde viajaban aquellos vehículos cargados de carne humana nunca se supo, porque nadie se preocupó por saberlo. Aunque de haberlo querido saber, hubiese bastado con que se acercaran a alguna de las por aquel entonces innumerables urbanizaciones con campo de golf incluido que se realizaban por doquier en esta región para comprobar dónde se cocía este perverso negocio. En las inmediaciones, y siempre ocultos en algún recodo desapercibido se levantaban ominosas chabolas en las que se hacinaban varias de estas personas en condiciones infrahumanas. Los más afortunados o los que habían conseguido traer a sus familias, malvivían en cochambrosas casas situadas en reductos olvidados de alguna aldea cercana, por las que pagaban alquileres abusivos a sus astutos propietarios que veían así rentabilizadas aquellas ruinas.
Sin contrato ni derechos, eran inexistentes. Cobraban por jornada y en efectivo, y después de pagar la comisión del capataz que les había elegido, apenas les quedaba algo de dinero para malvivir hasta el siguiente golpe de suerte. Y así un día tras otro, hasta que todo acabó y aunque aún hay quienes siguen yendo cada mañana a esa gasolinera en busca de esa oportunidad que ya no aparece, la mayoría espera ahora la caridad de sus semejantes en las esquinas de una ciudad que les hace transparentes. Son de piel morena y apenas hablan nuestro idioma. Y puedo asegurar que jamás les he visto traspasar la puerta del centro de salud que hay frente a mi casa, aunque sé que viven en ruinosas viviendas a escasos metros de él. Nunca se les quiso, ni siquiera cuando regaban con su sudor el fabuloso futuro que nos auguraba la gente de bien que les explotó hasta la extenuación.
Me encontré con ese espectáculo cuando regresé a Murcia después de seis años fuera de aquí, y me espantó que nadie le diera importancia. En el periódico para el que trabajaba entonces intenté sin éxito que se le prestara atención, pero siempre despachaban mis propuestas con un 'a nadie le importa eso'. Aproveché entonces una conversación que mantuve con el entonces secretario general de Comisiones Obreras para hacerle partícipe de tal situación, y me respondió que no podían hacer nada porque nadie había denunciado irregularidad alguna y ellos no podían (en realidad no querían) actuar por su cuenta. Sí que conseguí al menos un arresto de compasión por parte de aquel individuo, pero no más. Y así, nadie quiso saber a quien servían aquellos desesperados que hoy, como ayer, no importan.
Por eso, qué más da si se mueren en su miseria. Nadie reparará en ellos y apenas procurarán cierto incomodo a quien deba ir a retirar sus despojos. Ante el desprecio de esta sociedad, al menos los paladines de la derecha han sido consecuentes al expresar su voluntad de desprenderse de ellos negándoles de oficio los derechos que nunca disfrutaron. '¡Que vuelvan a sus países!', dijo uno de esos atildados prohombres no hace mucho. Aunque le faltó añadir: 'al fin y al cabo ya no nos hacen falta'.
Se les ha sacado a los inmigrantes ilegales todo el pringue posible y hoy no son más que un estorbo que, en ocasiones, afean la imagen de las ciudades deambulando con sus andrajos por las calles en busca de caridad. O, aún peor, pueden convertirse en la vanguardia de esa famélica legión de miserables que este gobierno está empeñado en engrosar con sus criminales decisiones. No tienen nada que perder y eso es un peligro a los ojos de quienes guardan con celo sus cada vez más escasas posesiones. La católica España ya no tiene ni para compasión, y además no votan.
Hace unos años, cuando esa humanitaria esclavitud alcanzó un apogeo insoportable, el gobierno socialista decidió emprender una campaña de regularización de los inmigrantes con el fin de acabar con esas atroces prácticas laborales y combatir el fraude. La reacción de la derecha fue una vez más estruendosa, y no pocos empresarios esclavistas aleccionaron a su mano de obra para que eludieran la oportunidad que se les ofrecía y lograran una estabilidad en un país cada vez más hostil. A pesar de todo, fueron miles los que se acogieron a aquella medida y consiguieron una ciudadanía que les proporcionó tantos derechos sociales como complicaciones laborales: ya no eran tan rentables.
Al fin y al cabo, los socialistas quisieron ser consecuentes con sus principios ideológicos aunque el método no fuese todo lo eficaz que hubiesen deseado, sobre todo por las reticencias de los gobiernos de derechas en algunas autonomías como ésta o la Valenciana, precisamente donde más economía sumergida se había detectado. En estos lugares prefirieron proteger los intereses de los esclavistas antes de permitir la regularización de su mano de obra ilegal. Y así, la gasolinera siguió llenándose de almas en pena a la vista de todo el mundo.
Aunque este es un país enfermo de hipocresía y cinismo, la cuestión es qué debe hacer el Gobierno con los inmigrantes ilegales. Y aunque sólo fuese en consideración al enorme esfuerzo que realizaron cuando la economía marchaba bien, se les debería dar la oportunidad de regularizar su situación y formar parte de un sistema que aunque imperfecto no puede prescindir de una mano de obra cualificada como esa. Sobre todo, cuando aún se les emplea en oficios que desprecian los propios españoles y sin gozar de los derechos de cualquier ciudadano. ¿O es que ya no hay ilegales en el campo o en la construcción?
Condenarles a la muerte es de criminales, por mucho que haya demasiados individuos que aplaudan la decisión y clamen por una campaña de detención y deportación como la que han emprendido en Grecia. Es mezquino culpar al más desamparado de los delirios de una mayoría de necios sin alma, que creen y aceptan las peligrosas falacias de un grupo de políticos sin escrúpulos. Este país no puede perder su dignidad cayendo en esa clase de tácticas demagógicas. Pero si se permite que se lleve a cabo esa sádica medida contra la inmigración ilegal estaremos avanzando hacia territorios que nos alejan de la más básica condición humana.
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