Sospecho que tras las insistentes demandas de los comerciantes de la Puerta del Sol y ahora de la patronal madrileña está la mano de la derecha rediviva.
Tras la lamentable, innecesaria e inútil acción policial en Barcelona contra los acampados en la Plaza de Cataluña, y la parva respuesta política ante la imprudencia y desfachatez del consejero de Interior catalán, muchos de los gobernantes autonómicos y municipales han redoblado sus presiones para que el Ministerio del Interior disuelva las concentraciones.
La derecha, legitimada por las urnas, nunca ha aceptado tal protesta aunque la haya tolerado mientras duraba la campaña.
Ahora que el PSOE está tocado de muerte quieren rematarlo y han abierto varios frentes en su asedio al poder, entre los que se encuentran el movimiento 15 M.
Con Rubalcaba, ministro del Interior, como posible candidato a las Generales, la protesta ciudadana adquiere un cariz esencial en esa campaña de aniquilación.
Es curioso que tras inducir a la ruptura del pacto con los sindicatos sobre convenios colectivos, la patronal madrileña haya asumido el protagonismo en esa reclamación de desalojo. No es un secreto la afinidad al PP del presidente de los empresarios de Madrid.
El objetivo es forzar al ministro a ordenar ese desalojo para manchar su imagen ante la ciudadanía y mermar sus posibilidades electorales.
Temo que el desinterés creciente de los medios de comunicación y la presión de los comerciantes y determinadas asociaciones ciudadanas cercanas al PP obliguen a Interior a tomar medidas.
Los comerciantes de las zonas de protesta han adoptado una postura victimista ante la continuidad de las acampadas, apelando al manido chantaje de la pérdida de empleo. ¿Es cierto que iban a contratar a 1.500 personas este mes? ¿Es cierto que sufren tan onerosas pérdidas? Es la opinión de una asociación y no se disponen de datos fehacientes para contrastarla.
Los medios de comunicación han ido perdiendo interés por estas protestas a medida que sus propuestas no se concretan y empiezan a contemplarlas como algo insustancial que ha perdida la fuerza de la sorpresa inicial. La derecha mediática aprovecha esa retirada de los focos para arremeter con inusitada fuerza contra los acampados, empleando la demagogia más soez y exigiendo medidas contundentes para acabar con su protesta. Y han convertido al Gobierno en el responsable de un problema de orden público
El Ejecutivo se debe a todos los ciudadanos y, aunque hasta ahora ha mantenido una actitud comprensiva y tolerante con los revoltosos, no tengo claro que pueda soportar mucho más tiempo el acoso de los empresarios, los políticos de la derecha y sus medios de comunicación afines. Y más cuando ese descontento se está extendiendo por otras ciudades aunque las acampadas no lleguen ni por asomo a las dimensiones de la de Sol.
Prevengo de que todo el esfuerzo realizado por tantos miles de personas no sirva de nada si finalmente consigue la derecha convertir la protesta en un inconveniente, que fuerce un desalojo prematuro de las acampadas.
La esencia de una protesta ha de ser enfrentar a las reacciones de los afectados por ellas. Es evidente que el malestar expresado por la patronal madrileña y los políticos de derechas a quienes sirve es un síntoma de que la revuelta empieza a tener sus consecuencias.
El Gobierno habría de tomar medidas, pero no de la naturaleza que reclama la derecha sino precisamente atendiendo las demandas de los acampados. Sería provechoso que unos y otros hablaran e intentaran entenderse para naturalizar unas propuestas tan necesarias como posibles. El diálogo es fundamental en este proceso y unos y otros lo han de emplear para que todo lo sucedido hasta ahora tenga sentido. Y ese diálogo se debe plantear sobre unas bases de generosidad y razón.
Evidentemente, de ese debate han de nacer unos compromisos que con el debido control lleguen a dar lugar a propuestas factibles para mejorar nuestro sistema democrático. Ese acuerdo beneficiaría las aspiraciones de unos y otros, dado que tanto necesita la izquierda renovar su ideario como a los revoltosos tener un referente político para conseguir hacer realidad sus demandas.
El resto de partidos de la izquierda habrían de contribuir con sus ideas y propuestas a que dicho acuerdo diera lugar a una hora de ruta que permitiera reformar aquellas leyes y modelos que perjudican a la democracia. Para ello deberían despojarse de sus intereses partidistas y atender a las demandas ciudadanas.
Obviamente ese diálogo sólo se podría iniciar sobre un programa que recoja las demandas posibles para un sistema constitucional como el nuestro, además de una metodología argumentada que permita ofrecer los mecanismos jurídicos y políticos para hacerlas realidad, huyendo de retóricas y romanticismos.
La dispersión de las posturas ideológicas y corporativas de los acampados no ayuda en ese proceso, por lo que sería conveniente armar un discurso coherente que identifique el movimiento con el mayor apoyo posible, de forma que queden aislados los grupos más reaccionarios.
Sólo así creo que se podría evitar que la derecha se salga con la suya. Demostrando que la ciudadanía sabe emplear mejor las palabras que las porras.
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