Una vez que la 'banda de los cuatro' dirigentes del PP valenciano, encabezada por el mismísimo presidente del Gobierno de esa comunidad, se haya declarado culpable de los delitos por los que iban a ser juzgados, la sociedad española se enfrenta al dilema crucial de valorar no ya el comportamiento fraudulento por el que serán condenados, sino la actitud que todos ellos han mostrado ante las acusaciones hoy probadas y aceptadas, así como la de los líderes de su partido y, por encima de todo, la de la propia organización política a la que representan en sí misma. Es fundamental que todo esto se tenga en cuenta, y más cuando llueve sobre mojado, puesto que no es la primera vez que el PP fundamental una estrategia política sobre la mentira y el obstruccionismo a la justicia y las instituciones de toda índole.
El ciudadano debe concluir si la mentira es aceptable en el juego político, si aquellos en quienes ha depositado su confianza para que gestionen su estabilidad social y económica son dignos de poseer semejante poder, cuando se muestran incapaces no ya de realizar esa labor con honradez y dignidad sino de empañarla con la mentira y la manipulación.
Es un momento crucial para el futuro de un país sumido en una crisis de valores inédita, no tanto por la novedad en sus rasgos internos como por constituir un rasgo definitorio ante el mundo al que pertenecemos. La imagen de las instituciones españolas en un contexto internacional quedaría en entredicho si la ciudadanía no impusiese una condena ejemplar a los que traicionan su confianza, más allá de la que la justicia les haya aplicado. El castigo del pueblo ha de ser implacable, a no ser que prefiera ser cómplice de tales delitos y asumir su condición de coartada para el fraude y la mentira.
Decía que llueve sobre mojado porque no es la primera vez que la derecha se ampara en la mentira para eludir sus responsabilidades, y proteger sus privilegios institucionales. No se debe olvidar jamás el mezquino tratamiento que le dispensó el Gobierno del PP a los terribles atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Ni siquiera habían recuperado los restos de las víctimas cuando altos cargos de aquel Ejecutivo, encabezados por su presidente, José María Aznar, y destacados dirigentes del PP mintieron sin escrúpulos ni decencia a la opinión pública. Y lo peor fue que, demostrada su iniquidad, mantuvieron esa mentira viva con un vigor inusitado durante el tiempo que transcurrió hasta la sentencia que demostraba su equivoco, y aún más allá hoy siguen algunos aferrados a ese embuste sin que se haya oído una condena clara por parte de quienes les amparan.
Y no, no fueron aquellos tristes sucesos los que llevaron al PSOE a la victoria. Si acaso constituyeron un siniestro corolario a cuatro años de mentiras e insidias, desprecios y silencios, bien reflejados en el desastre del Prestige o el accidente del avión militar en Turquía, pero elevados a la categoría de arte con el irritante empeño por llevar al país a una guerra absurda y falaz, tal y como su evolución se ha encargado de demostrar, empleando argumentos pueriles unos e insultantes los más y procedimientos legales y legislativos absolutamente tendenciosos cuando no fraudulentos. Aquel 'creanme, en Irak hay armas de destrucción masiva' quedará en la lápida de la Historia como uno de los epígrafes más perversos y desalmados que identificó un periodo cargado de sombras y desprecio. Y mientras eso sucedía en los exteriores del poder, en la intimidad se gestaba el mal que hoy ha eclosionado y que se niegan a aceptar: una crisis económica brutal y una enorme estafa no dejan de ser ingredientes indispensables de un estilo de vida tan atractivo como nocivo, al que sin embargo se entregó una sociedad demasiado confiada, desinformada, ambiciosa e imprudente. Los ciudadanos sufrieron cuatro años de rancio autoritarismo y al final pasaron una factura más onerosa de la que los confiados líderes del PP esperaban. Pero hoy pagamos las consecuencias de aquella farsa.
Es la herencia envenenada que nos legaron quienes hoy se ofrecen como salvadores de una patria que ellos han contribuido a demoler. No es nuevo que la derecha, como garante de la oligarquía y los valores individuales, jamás ha aceptado una derrota. Basta con echar la mirada atrás y comprobar que los conservadores cuando han sido privados del poder lo han intentado recuperar por todos los medios posibles, sin escrúpulo alguno. Si en 1934 fue el poder económico y la Iglesia las que espolearon el asalto de la derecha al Gobierno republicano, desde 2004 se sumó el poder mediático y la acción desestabilizadora de las comunidades autónomas en un empeño casi fanático por recuperar el poder. Sin descanso, el PP ha ahogado en todos los frentes la labor del gobierno socialista, que ha sufrido como nunca antes las consecuencias de sus errores, llevando al país a una situación insostenible que ha traído como consecuencia el descontento general de una sociedad necesitada de soluciones a sus problemas.
La mentira, la demagogia y el filibusterismo han sido las armas que ha empleado la derecha para conducir a España al caos. Si bien, una magnífica estrategia de comunicación les ha permitido presentar a la sociedad un panorama en el que ellos aparecen como únicos garantes de la estabilidad. Tanto que incluso la mentira se acepta como mal menor siempre que la gestión de gobierno sirva para cubrir unas necesidades esenciales. El PP ha sabido modular con una precisión de relojero los tiempos de este acoso y la participación de cada uno de sus actores afines para cohesionarlo. El resultado es una imagen de inestabilidad que perjudica a la credibilidad del país en los foros internacionales y, lo que es peor, espolea la acción especulativa de los mercados ante una aparente cuando no deliberada paralización del mercado financiero interno. ¿Volvería la inversión si vuelve el PP al poder? Habrá que verlo, aunque no sería de extrañar una reactivación económica al amparo de una más que probable desregulación de sus métodos de negocio.
Por su parte, la paralización del gobierno central, las hipotecas ideológicas y un estilo de hacer política basado menos desquiciado han impedido al PSOE hacer frente a este asedio indiscriminado, aceptando ya no sólo las insistentes arremetidas de la derecha en sede parlamentaria sino su persistente obstrucción a la labor ejecutiva, además del permanente estado de opinión procurado desde una cada vez mayor y más ruidosa pléyade de medios de comunicación adscritos a los intereses de los conservadores. Ante esa acometida, ni el presidente del Gobierno ni su partido han sido capaces de reforzar su imagen ni en el interno del país ni frente a los organismos internacionales, ni mucho menos ante el poder financiero. A ello se suma una indefinición del ideario que sustenta el socialismo, pues no por atender las demandas del entorno político al que se pertenece se debería renunciar a los valores que identifican a un proyecto de izquierdas. Muchos expertos han demostrado que es posible enfrentar los rigores económicos globales con medidas ingeniosas que no perjudiquen en exceso a las clases menos pudientes. Se trata de un mejor aprovechamiento de los recursos y, sobre todo, de afrontar con valentía y audacia los desafíos del poder oligárquico con reformas que permitan asentar un modelo productivo más justo y equitativo. Eso sí, para lograrlo es necesario renunciar a las garantías políticas que reporta la sumisión al poder económico, y soportar las consecuencias que de ello se deriven. Se trata de elegir entre estabilidad política o estabilidad social: preservar privilegios o repartirlos. Ese es el dilema, en el que no valen las ambiciones de poder.
Unos y otros han logrado que España sea un estado en fase de espera a los ojos del mundo desarrollado. Los socialistas por su manifiesta impotencia y los conservadores a fuerza de desprestigiar a su gobierno en cualquier foro internacional. Nunca antes que recuerde se había atacado tanto al propio país en el extranjero. La ansiedad por conseguir el poder a toda costa ha llevado a la derecha española a ofrecer un espectáculo desolador allí por donde han pasado sus líderes. Su estrategia del poder a toda costa ha procurado mayores perjuicios al país de lo que se pueda imaginar. Esa deslealtad, asentada en un cúmulo de retórica, demagogia y tendenciosas manipulaciones de la realidad, ha dibujado un panorama casi tercermundista que no se corresponde con la realidad. Sin embargo, esa dialéctica apocalíptica le está dando unos resultados electorales excepcionales al PP, cuyos dirigentes se ven cada día más cerca del ansiado poder absoluto, al presentarse ante la audiencia internacional como la única vía para sacar al país del pozo en el que, no se olvide nunca, ellos lo metieron con sus políticas depredadoras y embriagadoras de espíritus débiles e inocentes. La derecha fue durante sus ocho años de poder la que ayudó a edificar el falso paraíso en el que se perdieron millones de españoles. Sin embargo, hoy son los socialistas quienes han de procurar salvar a España del desastre. Ese es el valor de una gestión que muchos se empeñan en no ver, una vez más embrujados por los cantos de sirena de los taimados conservadores.
Ya lo lograron en 1995/96 cuando en un alarde de cinismo sin parangón ejercieron el poder que se les había confiado con un estilo cercano y gentil que embaucó a la opinión pública de forma extraordinaria. En su papel de corderos, los conservadores ofrecieron su perfil más social y se ganaron a la sociedad. Ese disfraz amable les permitió fabricar algunas de las reformas más nocivas para el país que se recuerden como la Ley del Suelo y, sobre todo, consolidar un poder que, ya con mayoría absoluta a parti del 2000, les permitió mostrar su auténtico aspecto autoritario y soberbio. Es cierto que el momento en el que les toco el poder era propicio. Con una crisis productiva de calado sectorial, valiosas empresas públicas para privatizar, un poder económico rendido a un modelo ultraliberal que le reportaba unos beneficios incalculables sin casi arriesgar nada a cambio, y una sociedad ávida de emociones y dinero, al PP no le supuso un esfuerzo especialmente grande estimular el crecimiento económico extraordinario que, quizás con otras estructuras sociales y empresariales menos raquíticas y medrosas, hubiese resultado menos ficticio. Aquel modelo se construyo sobre bases endebles y sólo logró debilitar aún más las estructuras productivas y sociales de un país incapaz por recursos propios de ascender a esas alturas de vértigo. Pero sus efectos euforizantes resultaron beneficiosos tanto que se han convertido hoy en una especie de paraíso perdido al que muchos aspiran a volver.
Sin embargo, las circunstancias actuales son muy diferentes a las de 1996. Los resultados de aquella ensoñación se han revelado terribles e implacables. Hoy ya no queda casi nada que vender, ni los banqueros están para muchas aventuras de incierto final. El elevado paro es casi estructural y los cimientos del edificio productivo están agrietados. No se aprovechó el crecimiento para establecer unas estructuras económicas estables basadas en el conocimiento, la productividad y la competitividad; se mantuvieron los vicios si acaso maquillados con una rentabilidad tan alta como superflua, y el tradicional castigo a la inteligencia sigue tan vivo como siempre. El pueblo además demanda soluciones no sacrificios, y el entorno geopolítico impone una exigencias difíciles de eludir con medidas contigentes. Quien deba asumir el poder tras las próximas elecciones tendrá ante sí un desafío colosal que sólo se puede enfrentar con sentido común, ingenio y valentía. De nada servirá el victimismo y reprochar herencias adulteradas. Quien no sepa atender los problemas reales de este país, fracasará.
Es cierto que sólo un cambio podría despejar el camino. Sin embargo, esa necesidad no implica tanto un trasvase de poder a la derecha como una variación en las estrategias del propio socialismo. Darle el poder al PP sería bendecir la actual política de recortes e injusticias, sería sentenciar el ostracismo del pueblo y aceptar la mentira y la insidia como instrumentos válidos para acceder al poder. No son conjeturas, son hechos que 'la banda de los cuatro' se ha encargado de ratificar en Valencia. No es posible la prosperidad cuando se juega con cartas marcadas, y la derecha no está en condiciones de transmitir una confianza al pueblo lo suficientemente poderosa como para rescatarlo de la miseria.
Es el momento de reflexionar y valorar las opciones que se nos presentan, pues un paso en falso sólo pueden acelerar nuestra caída en el vacío.
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