domingo, 3 de julio de 2011

¿Quién es ese político?

El escritor Javier Marías se pregunta en el artículo que todos los domingos publica en la revista de El País  (http://www.elpais.com/articulo/portada/quieren/ser/politicos/elpepusoceps/20110703elpepspor_13/Tes) por qué se quiere ser político en un país donde son tan despreciados por la población. Una interesante reflexión que ilustra con la descripción no menos certera de los cinco perfiles que, según él, caracterizan a quienes eligen emprender la carrera política, pero que quizás por falta de espacio demasiado esbozada aunque ello no le reste fuerza para inducir al lector inquieto a realizar un análisis de esa cuestión.

No tengo nada que objetar a los cinco itinerarios de la política que propone Marías en su artículo, si bien todos ellos dependen de un matiz indispensable: el apoyo electoral o lo que es igual el beneplácito del ciudadano. Independientemente de los motivos que impulsen a cualquier individuo a optar por la política activa, el acceso al cargo institucional, ya sea ejecutivo o legislativo -que en definitiva es lo que distingue popularmente al político, dado que los militantes apenas cuentan en ese imaginario-, requiere de unas premisas que anulan en esencia su voluntad desde el momento que ha de aceptar unas normas impuestas no tanto ya por la ideología que sustancia la opción partidista que elija como el interés corporativo que surge de su puesta en valor. Es decir, cualquier ciudadano que, insisto, por la razón que sea se mete en política ha de renunciar a su libertad de pensamiento en favor de una disciplina orgánica.

A partir de ahí, sólo aquellos capaces de aglutinar los apoyos necesarios dentro de esa estructura corporativa optarán a ocupar unas posiciones de privilegio en las listas electorales que se someten al escrutinio público. Y dentro de este selecto grupo, sólo unos pocos alcanzarán las cotas de notoriedad suficientes para ser reconocidos por la opinión pública, ya sea con carácter general en el caso de los líderes nacionales o particular si se trata de aquellos que circunscriben su acción a los territorios más familiares (comunidades y ayuntamientos).

El auténtico valor de esta representatividad que permite a tantos y tantos individuos observar no pocas ventajas en la política es el anonimato, inducido por la extraordinaria y deliberada desinformación de los ciudadanos cautivos de un modelo regido por las marcas, que subordina a las ideas, las ideologías, los programas, las propuestas y, por supuesto, a las personas. Ese apoyo tácito del electorado, que identifica a sus líderes con esas marcas más que con sus propuestas o su idoneidad, sirve para legitimar los actos de quienes luego demuestran su clara ineptitud en el ejercicio del poder o un desprecio manifiesto por el interés general que, en todos los casos, aseguran defender por ser la razón que les mueve a asumir tan onerosa misión. La garantía de recibir una parte del botín institucional sea cual sea la participación en unas elecciones, permite a los políticos eludir el deterioro de su imagen ante la ciudadanía tal y como reflejan las encuestas y delimitar así ese universo particular que les permite mantener a buen recaudo los privilegios obtenidos de la urnas, a cambio de lealtad al líder y a las estrategias que lo sostienen.

La enorme desinformación que existen entre la sociedad abona este modelo. Es paradójico que en un momento de extraordinario desarrollo de los instrumentos de comunicación, la población adolezca de tan pocos conocimientos de su realidad política. Es como si la sociedad viviera en medio del mar en un barco que no sabe gobernar y, además, no supiera nadar; lo deja todo en manos de la tripulación y confía en que habrán lanchas salvavidas para todos si algún día la nave naufraga. Es sonrojante comprobar cómo el ciudadano desconoce a quienes le administran la vida, y lo es aún más que ni siquiera haga propósito de enmienda y reconozca que le gustaría conocerlos. Parece le da igual quien se siente en los despachos o en los escaños con tal de que sus decisiones le beneficien mal que bien. Y si los hay en abundancia que apenas son capaces de reconocer a algunos de los líderes políticos más visibles, el número de indolentes se eleva hasta cantidades insólitas cuando se trata de identificar a todos los demás.

Ese dulce anonimato es el principal factor que justifica todas las razones que Marías expone para identificar a quienes ven en la política la forma idónea para alcanzar un bienestar que ninguna otra vía más convencional podría proporcionarles. Propone además a quienes expresan su frustración por el mal funcionamiento de este sistema de convivencia que detecten al impostor, al oportunista, al indeseable o al inepto entre la masa política y le afeen la conducta. Loable misión si no fuera porque quienes hoy se quejan son incapaces de saber a quien dirigir sus demandas, por lo que irremediablemente han de caer en el prejuicio de las etiquetas y lanzar sus críticas y exigencias a los partidos, cometiendo el error de hacer tabla rasa y corriendo el peligro de caer en el pensamiento único.

Sólo con una democracia de personas es posible sanear la vida política en este país. Pero ese es otro cantar.

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