Agosto de 2011 ya ha adquirido la entidad suficiente para aparecer en las cronologías, que servirán de guía a los historiadores del futuro para explicar a sus contemporáneos los hitos fundamentales de lo que con seguridad considerarán el mayor golpe conocido al estado del bienestar. El mundo desarrollado libra este mes una de sus batallas más intensas en la peculiar pero cruenta guerra que estalló el 2 de abril de 2009, tras la declaración formal de hostilidades al poder financiero que se produjo en la cumbre del G20 celebrada en Londres.
Allí, los países más desarrollados del planeta creyeron consolidar un plan de acción para hacer frente a una aparente crisis de los modelos económicos capitalistas vigentes durante la primera década del siglo XXI, motivada por los excesos de los mercados financieros amparados por gobiernos de inspiración ultraliberal liderados por la administración republicana en Estados Unidos. La catástrofe de las hipotecas basura en ese país se reveló como síntoma inequívoco del agotamiento del sistema monetarista adoptado por los estados por imposición del mercado global al que pertenecen, ya sea de forma individual o colectiva. Dicho sistema tenía su máxima expresión en las políticas de estímulo del consumo privado y de inversión inmobiliaria, aunque bajo esos grandes epígrafes se ocultara un modelo económico basado en la libertad de acción absoluta de los mercados financieros y su enorme dominio sobre las tesorerías nacionales. Los estados confiaron el desarrollo de sus sociedades a los mercados, sirviéndose de ellos para financiar sus proyectos y, al mismo ritmo, hipotecando su libertad de acción con una acumulación excesiva de deuda que habría de servir de arma al poder financiero para su previsible defensa ante un eventual cambio de rumbo en las acciones de gobierno, encaminadas a preservar el estado del bienestar.
La primera reunión del G20, en noviembre de 2008 en Washington, sirvió para que las atribuladas naciones acordaran una declaración de intenciones que, sin embargo, no suponía entonces un riesgo para la estabilidad de los mercados, toda vez que aún creían que éstos contribuirían a resolver un problema que consideraban solidario. Agotadas las medidas de distensión, meros guiños que incluyeron ingentes paquetes de ayudas estatales a los bancos para salvarlos de la quiebra y, por parte del mercado financiero, sacrificios rituales como el de Lehman Brothers o la intervención alemana de determinadas entidades lastradas por inversiones demasiado arriesgadas, pronto se comprobó que aquellos gestos no iban a evitar que estallara la guerra.
La rebeldía del gobierno islandés, al negarse a pagar la deuda que tenía contraída con bancos británicos, y el inicio de un proceso de profunda reconversión de su sistema financiero en el que no se contemplaba satisfacer al mercado financiero sino preservar la estabilidad presupuestaria del estado, y salvar así su modelo económico y social, desató los recelos y la ansiedad en el poder económico global que temía un contagio de otras economías, con el peligro cierto de una suspensión de pagos general que lo hubiese colocado en una situación muy delicada.
Las cumbres de Londres primero y Pittsburgh después, en las que las naciones morosas mostraron su intención de reformar el capitalismo con medidas contundentes de control de los mercados financieros, y la decisión de algunos estados de echar mano de su presupuesto para estimular la economía a base de grandes inversiones que generaran un aumento de la productividad y, con ella, del empleo, sirvieron para que el poder financiero iniciara su implacable ofensiva. Curiosamente fue en Estados Unidos, hasta entonces adalid del modelo ultraliberal y en ese momento gobernado por los demócratas, donde se inició esta vuelta a la economía social con varias iniciativas que inquietaron a los mercados. Sin embargo, el empeño de la administración de Obama por ampliar los derechos civiles contribuyó a debilitar su posición frente a la reacción del poder financiero. La costosísima reforma sanitaria y la reducción de los gastos en defensa, por poner dos ejemplos, trajeron consigo un aumento de la deuda y una progresiva reducción de las inversiones privadas en sectores productivos estratégicos -la intervención estatal de General Motors para salvar a la empresa de la quiebra fue un ejemplo manifiesto de esa decadencia-, y proporcionó nuevas armas al mercado que no iba a consentir que le hicieran perder el control sobre sus negocios y mucho menos mermar las posibilidades de obtener más riqueza. El fracaso de las medidas de estímulo se reflejó en un deterioro de la economía productiva y un aumento del paro, lo que elevó el descontento popular que fue bien aprovechado por sus rivales republicanos para recuperar el poder legislativo en el país y, además, convertirse en los garantes en Washington de los intereses de la oligarquía estadounidense.
Ese mismo correlato se repitió en todos aquellos países que imitaron la iniciativa. El aumento del déficit público causado por esas políticas presupuestarias mermaron la capacidad de los estados para hacer frente a la deuda pendiente con los inversores privados, y ese fue el flanco por donde los mercados han lanzado su ataque. En una acción conjunta sin precedentes, bancos, aseguradoras y fondos de inversión atacan sin piedad a los estados imponiendo su ley. Para ello han contado con el apoyo de las agencias de calificación, la ambigüedad de muchas naciones que aún disfrutan de solidez económica y una legión de especuladores sin escrúpulos ocultos en países gobernados por regímenes totalitarios o en paraísos fiscales; y se han aprovechado de los corsés políticos de los diferentes gobernantes, quienes anteponen sus intereses electorales a la necesidad de atender las necesidades generales de las sociedades que administran, y sobre todo de la debilidad de las instituciones supranacionales que, como la Unión Europea, se ven incapaces de consensuar medidas que atajen la presión de los mercados sobre algunos de sus miembros, al carecer de una norma común de obligado cumplimiento y quedar al arbitrio de los intereses particulares de los estados que la componen.
La caída en desgracia de Grecia, Portugal e Irlanda, y el asedio despiadado sobre España e Italia no son más que hitos de una cacería sin cuartel que ya se ha cobrado su pieza mayor, Estados Unidos. Y sólo la amenaza que se cierne sobre países como Francia o Bélgica puede dar lugar a una necesaria reacción de los estados soberanos frente a los ataques del mercado. Un contraataque que, sin embargo, tendrá poca relevancia si antes no participan en él países como Alemania, Holanda e incluso el Reino Unido, pues sólo de esa forma las instituciones comunitarias europeas dispondrán de los apoyos necesarios para diseñar una política común que fortalezca las economías nacionales, mediante medidas proteccionistas que contrarresten los ataques de los especuladores y permitan la estabilidad necesaria para garantizar el pago de la enorme deuda que acumulan los estados o, al menos, permitan la reestructuración de la misma de forma que se imponga la responsabilidad común de todos los implicados sin que sean los ciudadanos quienes deban sufrir las consecuencias más nefastas.
Esa reacción de las naciones necesita del concurso de otros países desarrollados como Japón, Canadá, Corea del Sur o Australia y otros emergentes como Brasil, India, México o Argentina, donde aún impera la libertad política. Todos ellos pueden acumular la fuerza suficiente para contrarrestar el avance de democracias imperfectas como las de Rusia, Sudáfrica o Indonesia, y tiranías como las que dominan Arabia Saudí y China. Lo paradójico es que son estos dos últimos países, junto a algunas dictaduras del Golfo Pérsico, los que se han convertido en tierras de promisión para Europa y Estados Unidos, controlando buena parte de la deuda soberana de estas naciones y determinando en buena medida el desarrollo de sus economías.
Triste futuro para las democracias tradicionales si han de someterse a los designios de los tiranos. No carece de ironía comprobar como los todopoderosos países desarrollados malvenden su estabilidad a quienes abominan de los derechos humanos, al ser incapaces de encontrar una vía común que les libre del acoso de sus acreedores. Una vez más la mezquina ambición paraliza a nuestros gobernantes sin que las innumerables víctimas que están causando sus indecisiones sirvan para recordarles que también ellos pertenecieron a esa masa que hoy contempla desolada cómo el mundo libre se aboca al abismo, incapaz de evitar la victoria de la dictadura del dinero.
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
sábado, 6 de agosto de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
Un rato en el mercado
Gratifica comprobar cómo las sorpresas agradables de la vida anidan donde menos se las espera. Son esas sorpresas que me reconcilian con la sociedad y proporcionan nuevos argumentos para la esperanza. Esas sorpresas que demuestran que es necesario mirar más allá de lo que nos muestra el paisaje, observar la vida desde un gran ventanal y no desde la rácana mirilla que nos ofrecen los notarios de una realidad que luego de contemplarla resulta parcial e interesada, revelándose como su realidad.
Hoy he ido al mercado de abastos a comprar algunos víveres con los que sobrevivir al encierro que me ha impuesto el ambiente inhóspito que produce el calor en esta tierra. El establecimiento presentaba un aspecto desolador, tanto que he echado de menos la irritación que me produce el deambular por sus pasillos sorteando parroquianos y los ejercicios de descaro de algunos cuando intentan saltarse el turno en cualquier puesto. Muchos de ellos estaban cerrados y en los que aún resistían la escasez de clientes imperaba la tristeza. Como mi frutero de cabecera había optado por desertar, he ido a otro puesto a comprar unos melocotones y las naranjas necesarias para unos cuantos zumos matutinos. Y mira por donde he encontrado allí una de esas sorpresas a las que me refiero.
Movida seguramente por esa rara complicidad que nace de la penalidad, al menos aparente, la tendera me preguntó si no me iba de vacaciones. Como no venía a cuento contarle que, de momento, disfruto de vacaciones perpetuas por no haber quien quiera servirse de mis conocimientos y habilidades para ganar dinero, le he respondido con una evasiva que, curiosamente, ha dado lugar a una conversación sobre las dificultades que debemos sufrir quienes somos víctimas de esta crisis a la que momentos después se ha sumado su marido, quien andaba por allí colocando el género más por matar el tiempo que por seducir a una clientela inexistente o como si poniendo a la vista las piezas más lustrosas lograse invocar de la nada a una legión de famélicos consumidores de peras y manzanas.
No es que la conversación que hemos mantenido haya sido excepcional, pues tan sólo nos hemos limitado a intercambiar pareceres acerca de la situación política y económica del momento, tanto en España como en esta región. Pero me he maravillado de que dos desconocidos de ideales y afinidades políticas divergentes hayamos podido conversar sin caer en tópicos ni pretender más que analizar una realidad desde diferentes puntos de vista. Luego, cuando regresaba a mi casa cargado con las bolsas de la compra, me ha embargado una tristeza pesada al comprobar que un acto de comunicación tan natural entre dos personas inteligentes que solo buscaban las claves para ser un poco más felices se haya convertido en algo tan extraordinario.
Hoy he ido al mercado de abastos a comprar algunos víveres con los que sobrevivir al encierro que me ha impuesto el ambiente inhóspito que produce el calor en esta tierra. El establecimiento presentaba un aspecto desolador, tanto que he echado de menos la irritación que me produce el deambular por sus pasillos sorteando parroquianos y los ejercicios de descaro de algunos cuando intentan saltarse el turno en cualquier puesto. Muchos de ellos estaban cerrados y en los que aún resistían la escasez de clientes imperaba la tristeza. Como mi frutero de cabecera había optado por desertar, he ido a otro puesto a comprar unos melocotones y las naranjas necesarias para unos cuantos zumos matutinos. Y mira por donde he encontrado allí una de esas sorpresas a las que me refiero.
Movida seguramente por esa rara complicidad que nace de la penalidad, al menos aparente, la tendera me preguntó si no me iba de vacaciones. Como no venía a cuento contarle que, de momento, disfruto de vacaciones perpetuas por no haber quien quiera servirse de mis conocimientos y habilidades para ganar dinero, le he respondido con una evasiva que, curiosamente, ha dado lugar a una conversación sobre las dificultades que debemos sufrir quienes somos víctimas de esta crisis a la que momentos después se ha sumado su marido, quien andaba por allí colocando el género más por matar el tiempo que por seducir a una clientela inexistente o como si poniendo a la vista las piezas más lustrosas lograse invocar de la nada a una legión de famélicos consumidores de peras y manzanas.
No es que la conversación que hemos mantenido haya sido excepcional, pues tan sólo nos hemos limitado a intercambiar pareceres acerca de la situación política y económica del momento, tanto en España como en esta región. Pero me he maravillado de que dos desconocidos de ideales y afinidades políticas divergentes hayamos podido conversar sin caer en tópicos ni pretender más que analizar una realidad desde diferentes puntos de vista. Luego, cuando regresaba a mi casa cargado con las bolsas de la compra, me ha embargado una tristeza pesada al comprobar que un acto de comunicación tan natural entre dos personas inteligentes que solo buscaban las claves para ser un poco más felices se haya convertido en algo tan extraordinario.
miércoles, 3 de agosto de 2011
La dialéctica de los puños y las pistolas
El 29 de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid se celebró el acto fundacional de la Falange, en el que uno de sus fundadores José Antonio Primo de Rivera expuso las razones de su causa en pronunció un encendido discurso del que quedó en la memoria la frase que titula este artículo. El uso de la violencia es legítimo siempre que sea para defender los altos propósitos que atienden a los fines que perseguía su partido. Y así fue.
Me viene a la cabeza esa frase cuando leo las declaraciones de los comerciantes madrileños ante las protestas ciudadanas por el desalojo de las personas que permanecían concentradas en la Puerta del Sol. Y me aterra pensar que haya gente en este país que aún reclame violencia para preservar sus intereses. Y es que basta con que las razones que alientan esa demanda sean consideradas legítimas y nobles por parte de quienes carecen de la mínima educación, para que la fina frontera que separa la sensatez del caos salte en mil pedazos y asistamos a sucesos tan terribles como los que acaecieron hace unos días en Noruega.
Me repugna que individuos que ocupan cargos representativos apelen a la violencia para resolver una controversia que, a la postre, les afecta a ellos tan directamente como a quienes están luchando en las plazas de muchas ciudades españolas.
Me repugna que estos personajes disfruten además del amparo de gobiernos mezquinos como el de la Comunidad de Madrid, capaz de someter a su pueblo a una presión indecente mientras sus miembros se reparten el botín de privilegios que les ha otorgado una democracia imperfecta e injusta.
Me repugna que muchos conciudadanos que permanecen a salvo de los rigores de la crisis contemplen con complacencia cómo se reprime a quienes luchan por mejorar un país a la deriva, asediado por quienes aún alaban las glorias de la dictadura. No son espectadores sino víctimas.
Y me repugna que se usurpen los símbolos de mi país en beneficio de ideologías falaces y totalitarias, confesionales e integristas, con un obsceno sesgo mercantilista que supera los valores más esenciales de la condición humana.
El cristianismo necesita pobres para hacer valer la virtud de la caridad. La repugnante oligarquía madrileña quiere pobres aunque sea a garrotazos.
Me viene a la cabeza esa frase cuando leo las declaraciones de los comerciantes madrileños ante las protestas ciudadanas por el desalojo de las personas que permanecían concentradas en la Puerta del Sol. Y me aterra pensar que haya gente en este país que aún reclame violencia para preservar sus intereses. Y es que basta con que las razones que alientan esa demanda sean consideradas legítimas y nobles por parte de quienes carecen de la mínima educación, para que la fina frontera que separa la sensatez del caos salte en mil pedazos y asistamos a sucesos tan terribles como los que acaecieron hace unos días en Noruega.
Me repugna que individuos que ocupan cargos representativos apelen a la violencia para resolver una controversia que, a la postre, les afecta a ellos tan directamente como a quienes están luchando en las plazas de muchas ciudades españolas.
Me repugna que estos personajes disfruten además del amparo de gobiernos mezquinos como el de la Comunidad de Madrid, capaz de someter a su pueblo a una presión indecente mientras sus miembros se reparten el botín de privilegios que les ha otorgado una democracia imperfecta e injusta.
Me repugna que muchos conciudadanos que permanecen a salvo de los rigores de la crisis contemplen con complacencia cómo se reprime a quienes luchan por mejorar un país a la deriva, asediado por quienes aún alaban las glorias de la dictadura. No son espectadores sino víctimas.
Y me repugna que se usurpen los símbolos de mi país en beneficio de ideologías falaces y totalitarias, confesionales e integristas, con un obsceno sesgo mercantilista que supera los valores más esenciales de la condición humana.
El cristianismo necesita pobres para hacer valer la virtud de la caridad. La repugnante oligarquía madrileña quiere pobres aunque sea a garrotazos.
Échale la culpa al boogie
Uno de mis terrores de infancia atendía por el 'Picazorros', y era un joven quinqui a quien un mal paso en su vida le convirtió en el origen de todos los males. No había suceso desagradable del que se tuviese noticia en el que se viera la mano criminal de aquel chaval. Las madres nos advertían de los lugares que no debíamos frecuentar si queríamos evitar un mal encuentro con él, e incluso cuando a causa de una tormenta se iba la luz, no faltaba cuando escampaba quien jurase haberlo visto encaramado a una torreta de alta tensión cortando los cables. No sé si aquel enemigo público hizo gala de su fama, pero el día que su familia decidió cambiar de aires respiré tranquilo, como imagino que le sucedería a muchos de mis vecinos. Tiempo después me lo encontré por la calle y me costó reconocerlo embutido en una imagen de ciudadano respetable que pasaba completamente desapercibida. Me alegré de que hubiese superado los prejuicio y me sentí ridículo.
Hace unos días, cuando miraba las imágenes del presidente del Gobierno anunciando el adelanto electoral y su retirada de la política, me acordé del 'Picazorros' y en ese momento supe que el tiempo terminaría haciendo justicia con uno de los políticos más vilipendiados, insultados, injuriados, calumniados, maltratados, acosados y perseguidos desde Manuel Azaña. José Luis Rodríguez Zapatero sucumbía al perder todo margen de maniobra ante el terrible asedio de un nuevo totalitarismo que posee, como Jano, dos caras que en realidad forman una: por un lado la difusa llamada poder financiero, y por el otro la patente llamada derecha política. Principio y final sin saber muy bien cual es uno y cual otro, pues ambos son medio y fin.
El presidente se iba como se fue Adolfo Suárez, desquiciado por unos enemigos ciegos e implacables, que lo han convertido en franquicia de todos los males, incluidos los causados por la negligencia de sus acusadores. Como a Suarez, cuyo innegable ascendente político termino siendo reconocido con no poco cinismo por quienes contribuyeron a su caída, Zapatero deberá esperar el veredicto del tiempo para ver ponderada su labor y su talante -sí, esa cualidad que él mismo promocionó y que luego pervirtieron en chanza sus adversarios. Ha sido un presidente honrado que siempre ha enfrentado las groserías con educación y serenidad, capaz de hacer posible la utopía y leal con unos ideales que le llevaron a conceder al pueblo español los mayores avances sociales que se han conocido en democracia. Logros que no enmiendan las torpezas que todo político comete en el ejercicio del poder, pero sí las matizarían en un contexto de estabilidad económica, ni sus debilidades ante desafíos necesarios para el progreso del país como la libertad religiosa, la educación, la cultura o la regeneración política, aunque nadie podía negar que poseía las herramientas precisas para superarlos si hubiese contado con tiempo y serenidad.
Nadie puede negar tampoco que le ha ganado la batalla al terrorismo de ETA, a pesar de que muchos se empeñen en identificar esta labor con la torpe confianza que mostró antes del atentado de Barajas. Hoy la banda criminal no es más que un espectro de lo que fue, y más pronto que tarde habrá de rendirse, aunque temo que aquellos que esperan saborear esas glorias no sepan administrar con tiento el último aliento de los violentos y lo que parece inminente vuelva a adquirir brios y se prolongue más tiempo de lo deseable. No hay más que escuchar con detenimiento las intenciones que muchos prohombres de la derecha divulgan por doquier a propósito de la presencia de los independentistas vascos en las instituciones. Pero esa será otra peripecia que habremos de vivir, o sufrir.
La labor de gobierno de Zapatero no ha gozado ni de un minuto de tregua. Desde el primer momento tras su victoria electoral en 2004, la derecha se embarco en un frenesí revanchista con el único fin de recuperar el poder que creía merecer. Son tantas las acciones emprendidas por la derecha en ese empeño que necesitaría diez bitácoras como esta para poder reseñarlas. Baste afirmar que no se ha conocido campaña de acoso tan brutal hacia un gobierno legítimo desde la que sufrió Azaña en 1934 por parte de la CEDA de Gil Robles. En estos ocho años España ha asistido a una terrible y continua ceremonia de la infamia oficiada desde todos los frentes posibles: clero, empresariado, poder financiero, víctimas del terrorismo, colegios profesionales, justicia, colectivos sociales, medios de comunicación, comunidades autónomas y ayuntamientos. Los talleres de la disciplina del PP mantienen una actividad febril suministrando munición a una legión de clientes entusiastas o cautivos que la emplean sin cuartel, sembrando el país de sospechas e insidias e inoculando en la ciudadanía una percepción de la realidad completamente deformada, fomentando la aversión hacia el origen de todos los problemas: Zapatero.
Para ello cuentan con que en España se abomina de los hombres de Estado. Para una sociedad anclada en la inseguridad que impone una visión particularista del bienestar, y que concibe al Estado como el garante de todas sus necesidades con una peculiar concepción de la equidad en el reparto de la riqueza, es difícil arbitrar políticas que contemplen la solidaridad como principio esencial. Para el español esa solidaridad se acepta en tanto cubre las necesidades de cada individuo o, en el mejor de los casos, de la unidad familiar. Ir más allá sigue siendo una quimera. Los españoles prefieren caudillos, ya sea un melifluo general cruel y puritano, que un taumaturgo de astucia zorruna o un lechuguino engreído con ansias de notoriedad social. España no existe salvo en los campos de fútbol, y si vence a sus rivales.
Por eso, es curioso observar cómo muchas voces siguen preguntándose por qué Zapatero no prefirió dimitir antes de traicionar sus ideales, al imponer a la ciudadanía las traumáticas medidas económicas que le impuso la Unión Europea para salvar el escollo de la crisis a la que condujo el temerario modelo productivo diseñado e impuesto por los gobiernos de la derecha entre 2000 y 2004. Y yo pienso que la auténtica traición a España hubiese sido esa dimisión, pues con ella Zapatero habría demostrado más lealtad a la política que a su país. Aparte de que su dimisión no hubiese evitado la imposición de dichas medidas, pues otro las hubiera aplicado sin remedio, el hecho de que decidiese hacer frente a sus responsabilidad como gobernante electo y atender las necesidades del Estado por encima del falaz propósito de preservar las esencias ideológicas que defiende, le erige como un gestor valiente y capaz que pensó más en el interés general. El resultado está a la vista, pues tras los innumerables y terribles ataques del poder financiero en el contexto internacional, y político en el interno, España aún mantiene el tipo a pesar de las gravísimas consecuencias sociales que nos está acarreando esta crisis económica. Quizás algún día se reconozca esa visión de Estado tan rara en estos días, y quien deba asumir el desafío del poder tras las elecciones generales del 20 de noviembre sepa administrar con sabiduría y eficiencia lo conseguido hasta ahora.
Pues la pregunta que habríamos de hacernos quienes aún poseemos sentido crítico es qué consideración tendría la ciudadanía de Zapatero si no hubiese mediado esta crisis económica. Lo seguro es que habría podido hacer frente con más energía a los envites de la ansiosa derecha, y si bien su errores le habrían pasado factura electoral desde luego no hubiesen propiciado que este presidente salga de nuestras vidas por la puerta de atrás y como uno de los mayores apestados de la Historia. Quizás dentro de un tiempo España vuelva a cruzarse con Zapatero por la calle y se admire de su talante. Y quizás entonces nos sintamos ridículos y avergonzados, cuando hayamos comprobado como esa mezquindad aldeana que ensució su figura fue incapaz de llegar a su altura.
Hace unos días, cuando miraba las imágenes del presidente del Gobierno anunciando el adelanto electoral y su retirada de la política, me acordé del 'Picazorros' y en ese momento supe que el tiempo terminaría haciendo justicia con uno de los políticos más vilipendiados, insultados, injuriados, calumniados, maltratados, acosados y perseguidos desde Manuel Azaña. José Luis Rodríguez Zapatero sucumbía al perder todo margen de maniobra ante el terrible asedio de un nuevo totalitarismo que posee, como Jano, dos caras que en realidad forman una: por un lado la difusa llamada poder financiero, y por el otro la patente llamada derecha política. Principio y final sin saber muy bien cual es uno y cual otro, pues ambos son medio y fin.
El presidente se iba como se fue Adolfo Suárez, desquiciado por unos enemigos ciegos e implacables, que lo han convertido en franquicia de todos los males, incluidos los causados por la negligencia de sus acusadores. Como a Suarez, cuyo innegable ascendente político termino siendo reconocido con no poco cinismo por quienes contribuyeron a su caída, Zapatero deberá esperar el veredicto del tiempo para ver ponderada su labor y su talante -sí, esa cualidad que él mismo promocionó y que luego pervirtieron en chanza sus adversarios. Ha sido un presidente honrado que siempre ha enfrentado las groserías con educación y serenidad, capaz de hacer posible la utopía y leal con unos ideales que le llevaron a conceder al pueblo español los mayores avances sociales que se han conocido en democracia. Logros que no enmiendan las torpezas que todo político comete en el ejercicio del poder, pero sí las matizarían en un contexto de estabilidad económica, ni sus debilidades ante desafíos necesarios para el progreso del país como la libertad religiosa, la educación, la cultura o la regeneración política, aunque nadie podía negar que poseía las herramientas precisas para superarlos si hubiese contado con tiempo y serenidad.
Nadie puede negar tampoco que le ha ganado la batalla al terrorismo de ETA, a pesar de que muchos se empeñen en identificar esta labor con la torpe confianza que mostró antes del atentado de Barajas. Hoy la banda criminal no es más que un espectro de lo que fue, y más pronto que tarde habrá de rendirse, aunque temo que aquellos que esperan saborear esas glorias no sepan administrar con tiento el último aliento de los violentos y lo que parece inminente vuelva a adquirir brios y se prolongue más tiempo de lo deseable. No hay más que escuchar con detenimiento las intenciones que muchos prohombres de la derecha divulgan por doquier a propósito de la presencia de los independentistas vascos en las instituciones. Pero esa será otra peripecia que habremos de vivir, o sufrir.
La labor de gobierno de Zapatero no ha gozado ni de un minuto de tregua. Desde el primer momento tras su victoria electoral en 2004, la derecha se embarco en un frenesí revanchista con el único fin de recuperar el poder que creía merecer. Son tantas las acciones emprendidas por la derecha en ese empeño que necesitaría diez bitácoras como esta para poder reseñarlas. Baste afirmar que no se ha conocido campaña de acoso tan brutal hacia un gobierno legítimo desde la que sufrió Azaña en 1934 por parte de la CEDA de Gil Robles. En estos ocho años España ha asistido a una terrible y continua ceremonia de la infamia oficiada desde todos los frentes posibles: clero, empresariado, poder financiero, víctimas del terrorismo, colegios profesionales, justicia, colectivos sociales, medios de comunicación, comunidades autónomas y ayuntamientos. Los talleres de la disciplina del PP mantienen una actividad febril suministrando munición a una legión de clientes entusiastas o cautivos que la emplean sin cuartel, sembrando el país de sospechas e insidias e inoculando en la ciudadanía una percepción de la realidad completamente deformada, fomentando la aversión hacia el origen de todos los problemas: Zapatero.
Para ello cuentan con que en España se abomina de los hombres de Estado. Para una sociedad anclada en la inseguridad que impone una visión particularista del bienestar, y que concibe al Estado como el garante de todas sus necesidades con una peculiar concepción de la equidad en el reparto de la riqueza, es difícil arbitrar políticas que contemplen la solidaridad como principio esencial. Para el español esa solidaridad se acepta en tanto cubre las necesidades de cada individuo o, en el mejor de los casos, de la unidad familiar. Ir más allá sigue siendo una quimera. Los españoles prefieren caudillos, ya sea un melifluo general cruel y puritano, que un taumaturgo de astucia zorruna o un lechuguino engreído con ansias de notoriedad social. España no existe salvo en los campos de fútbol, y si vence a sus rivales.
Por eso, es curioso observar cómo muchas voces siguen preguntándose por qué Zapatero no prefirió dimitir antes de traicionar sus ideales, al imponer a la ciudadanía las traumáticas medidas económicas que le impuso la Unión Europea para salvar el escollo de la crisis a la que condujo el temerario modelo productivo diseñado e impuesto por los gobiernos de la derecha entre 2000 y 2004. Y yo pienso que la auténtica traición a España hubiese sido esa dimisión, pues con ella Zapatero habría demostrado más lealtad a la política que a su país. Aparte de que su dimisión no hubiese evitado la imposición de dichas medidas, pues otro las hubiera aplicado sin remedio, el hecho de que decidiese hacer frente a sus responsabilidad como gobernante electo y atender las necesidades del Estado por encima del falaz propósito de preservar las esencias ideológicas que defiende, le erige como un gestor valiente y capaz que pensó más en el interés general. El resultado está a la vista, pues tras los innumerables y terribles ataques del poder financiero en el contexto internacional, y político en el interno, España aún mantiene el tipo a pesar de las gravísimas consecuencias sociales que nos está acarreando esta crisis económica. Quizás algún día se reconozca esa visión de Estado tan rara en estos días, y quien deba asumir el desafío del poder tras las elecciones generales del 20 de noviembre sepa administrar con sabiduría y eficiencia lo conseguido hasta ahora.
Pues la pregunta que habríamos de hacernos quienes aún poseemos sentido crítico es qué consideración tendría la ciudadanía de Zapatero si no hubiese mediado esta crisis económica. Lo seguro es que habría podido hacer frente con más energía a los envites de la ansiosa derecha, y si bien su errores le habrían pasado factura electoral desde luego no hubiesen propiciado que este presidente salga de nuestras vidas por la puerta de atrás y como uno de los mayores apestados de la Historia. Quizás dentro de un tiempo España vuelva a cruzarse con Zapatero por la calle y se admire de su talante. Y quizás entonces nos sintamos ridículos y avergonzados, cuando hayamos comprobado como esa mezquindad aldeana que ensució su figura fue incapaz de llegar a su altura.
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