Uno de mis terrores de infancia atendía por el 'Picazorros', y era un joven quinqui a quien un mal paso en su vida le convirtió en el origen de todos los males. No había suceso desagradable del que se tuviese noticia en el que se viera la mano criminal de aquel chaval. Las madres nos advertían de los lugares que no debíamos frecuentar si queríamos evitar un mal encuentro con él, e incluso cuando a causa de una tormenta se iba la luz, no faltaba cuando escampaba quien jurase haberlo visto encaramado a una torreta de alta tensión cortando los cables. No sé si aquel enemigo público hizo gala de su fama, pero el día que su familia decidió cambiar de aires respiré tranquilo, como imagino que le sucedería a muchos de mis vecinos. Tiempo después me lo encontré por la calle y me costó reconocerlo embutido en una imagen de ciudadano respetable que pasaba completamente desapercibida. Me alegré de que hubiese superado los prejuicio y me sentí ridículo.
Hace unos días, cuando miraba las imágenes del presidente del Gobierno anunciando el adelanto electoral y su retirada de la política, me acordé del 'Picazorros' y en ese momento supe que el tiempo terminaría haciendo justicia con uno de los políticos más vilipendiados, insultados, injuriados, calumniados, maltratados, acosados y perseguidos desde Manuel Azaña. José Luis Rodríguez Zapatero sucumbía al perder todo margen de maniobra ante el terrible asedio de un nuevo totalitarismo que posee, como Jano, dos caras que en realidad forman una: por un lado la difusa llamada poder financiero, y por el otro la patente llamada derecha política. Principio y final sin saber muy bien cual es uno y cual otro, pues ambos son medio y fin.
El presidente se iba como se fue Adolfo Suárez, desquiciado por unos enemigos ciegos e implacables, que lo han convertido en franquicia de todos los males, incluidos los causados por la negligencia de sus acusadores. Como a Suarez, cuyo innegable ascendente político termino siendo reconocido con no poco cinismo por quienes contribuyeron a su caída, Zapatero deberá esperar el veredicto del tiempo para ver ponderada su labor y su talante -sí, esa cualidad que él mismo promocionó y que luego pervirtieron en chanza sus adversarios. Ha sido un presidente honrado que siempre ha enfrentado las groserías con educación y serenidad, capaz de hacer posible la utopía y leal con unos ideales que le llevaron a conceder al pueblo español los mayores avances sociales que se han conocido en democracia. Logros que no enmiendan las torpezas que todo político comete en el ejercicio del poder, pero sí las matizarían en un contexto de estabilidad económica, ni sus debilidades ante desafíos necesarios para el progreso del país como la libertad religiosa, la educación, la cultura o la regeneración política, aunque nadie podía negar que poseía las herramientas precisas para superarlos si hubiese contado con tiempo y serenidad.
Nadie puede negar tampoco que le ha ganado la batalla al terrorismo de ETA, a pesar de que muchos se empeñen en identificar esta labor con la torpe confianza que mostró antes del atentado de Barajas. Hoy la banda criminal no es más que un espectro de lo que fue, y más pronto que tarde habrá de rendirse, aunque temo que aquellos que esperan saborear esas glorias no sepan administrar con tiento el último aliento de los violentos y lo que parece inminente vuelva a adquirir brios y se prolongue más tiempo de lo deseable. No hay más que escuchar con detenimiento las intenciones que muchos prohombres de la derecha divulgan por doquier a propósito de la presencia de los independentistas vascos en las instituciones. Pero esa será otra peripecia que habremos de vivir, o sufrir.
La labor de gobierno de Zapatero no ha gozado ni de un minuto de tregua. Desde el primer momento tras su victoria electoral en 2004, la derecha se embarco en un frenesí revanchista con el único fin de recuperar el poder que creía merecer. Son tantas las acciones emprendidas por la derecha en ese empeño que necesitaría diez bitácoras como esta para poder reseñarlas. Baste afirmar que no se ha conocido campaña de acoso tan brutal hacia un gobierno legítimo desde la que sufrió Azaña en 1934 por parte de la CEDA de Gil Robles. En estos ocho años España ha asistido a una terrible y continua ceremonia de la infamia oficiada desde todos los frentes posibles: clero, empresariado, poder financiero, víctimas del terrorismo, colegios profesionales, justicia, colectivos sociales, medios de comunicación, comunidades autónomas y ayuntamientos. Los talleres de la disciplina del PP mantienen una actividad febril suministrando munición a una legión de clientes entusiastas o cautivos que la emplean sin cuartel, sembrando el país de sospechas e insidias e inoculando en la ciudadanía una percepción de la realidad completamente deformada, fomentando la aversión hacia el origen de todos los problemas: Zapatero.
Para ello cuentan con que en España se abomina de los hombres de Estado. Para una sociedad anclada en la inseguridad que impone una visión particularista del bienestar, y que concibe al Estado como el garante de todas sus necesidades con una peculiar concepción de la equidad en el reparto de la riqueza, es difícil arbitrar políticas que contemplen la solidaridad como principio esencial. Para el español esa solidaridad se acepta en tanto cubre las necesidades de cada individuo o, en el mejor de los casos, de la unidad familiar. Ir más allá sigue siendo una quimera. Los españoles prefieren caudillos, ya sea un melifluo general cruel y puritano, que un taumaturgo de astucia zorruna o un lechuguino engreído con ansias de notoriedad social. España no existe salvo en los campos de fútbol, y si vence a sus rivales.
Por eso, es curioso observar cómo muchas voces siguen preguntándose por qué Zapatero no prefirió dimitir antes de traicionar sus ideales, al imponer a la ciudadanía las traumáticas medidas económicas que le impuso la Unión Europea para salvar el escollo de la crisis a la que condujo el temerario modelo productivo diseñado e impuesto por los gobiernos de la derecha entre 2000 y 2004. Y yo pienso que la auténtica traición a España hubiese sido esa dimisión, pues con ella Zapatero habría demostrado más lealtad a la política que a su país. Aparte de que su dimisión no hubiese evitado la imposición de dichas medidas, pues otro las hubiera aplicado sin remedio, el hecho de que decidiese hacer frente a sus responsabilidad como gobernante electo y atender las necesidades del Estado por encima del falaz propósito de preservar las esencias ideológicas que defiende, le erige como un gestor valiente y capaz que pensó más en el interés general. El resultado está a la vista, pues tras los innumerables y terribles ataques del poder financiero en el contexto internacional, y político en el interno, España aún mantiene el tipo a pesar de las gravísimas consecuencias sociales que nos está acarreando esta crisis económica. Quizás algún día se reconozca esa visión de Estado tan rara en estos días, y quien deba asumir el desafío del poder tras las elecciones generales del 20 de noviembre sepa administrar con sabiduría y eficiencia lo conseguido hasta ahora.
Pues la pregunta que habríamos de hacernos quienes aún poseemos sentido crítico es qué consideración tendría la ciudadanía de Zapatero si no hubiese mediado esta crisis económica. Lo seguro es que habría podido hacer frente con más energía a los envites de la ansiosa derecha, y si bien su errores le habrían pasado factura electoral desde luego no hubiesen propiciado que este presidente salga de nuestras vidas por la puerta de atrás y como uno de los mayores apestados de la Historia. Quizás dentro de un tiempo España vuelva a cruzarse con Zapatero por la calle y se admire de su talante. Y quizás entonces nos sintamos ridículos y avergonzados, cuando hayamos comprobado como esa mezquindad aldeana que ensució su figura fue incapaz de llegar a su altura.
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