miércoles, 3 de agosto de 2011

La dialéctica de los puños y las pistolas

El 29 de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid se celebró el acto fundacional de la Falange, en el que uno de sus fundadores José Antonio Primo de Rivera expuso las razones de su causa en pronunció un encendido discurso del que quedó en la memoria la frase que titula este artículo. El uso de la violencia es legítimo siempre que sea para defender los altos propósitos que atienden a los fines que perseguía su partido. Y así fue.

Me viene a la cabeza esa frase cuando leo las declaraciones de los comerciantes madrileños ante las protestas ciudadanas por el desalojo de las personas que permanecían concentradas en la Puerta del Sol. Y me aterra pensar que haya gente en este país que aún reclame violencia para preservar sus intereses. Y es que basta con que las razones que alientan esa demanda sean consideradas legítimas y nobles por parte de quienes carecen de la mínima educación, para que la fina frontera que separa la sensatez del caos salte en mil pedazos y asistamos a sucesos tan terribles como los que acaecieron hace unos días en Noruega.

Me repugna que individuos que ocupan cargos representativos apelen a la violencia para resolver una controversia que, a la postre, les afecta a ellos tan directamente como a quienes están luchando en las plazas de muchas ciudades españolas.

Me repugna que estos personajes disfruten además del amparo de gobiernos mezquinos como el de la Comunidad de Madrid, capaz de someter a su pueblo a una presión indecente mientras sus miembros se reparten el botín de privilegios que les ha otorgado una democracia imperfecta e injusta.

Me repugna que muchos conciudadanos que permanecen a salvo de los rigores de la crisis contemplen con complacencia cómo se reprime a quienes luchan por mejorar un país a la deriva, asediado por quienes aún alaban las glorias de la dictadura. No son espectadores sino víctimas.

Y me repugna que se usurpen los símbolos de mi país en beneficio de ideologías falaces y totalitarias, confesionales e integristas, con un obsceno sesgo mercantilista que supera los valores más esenciales de la condición humana.

El cristianismo necesita pobres para hacer valer la virtud de la caridad. La repugnante oligarquía madrileña quiere pobres aunque sea a garrotazos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario