jueves, 4 de agosto de 2011

Un rato en el mercado

Gratifica comprobar cómo las sorpresas agradables de la vida anidan donde menos se las espera. Son esas sorpresas que me reconcilian con la sociedad y proporcionan nuevos argumentos para la esperanza. Esas sorpresas que demuestran que es necesario mirar más allá de lo que nos muestra el paisaje, observar la vida desde un gran ventanal y no desde la rácana mirilla que nos ofrecen los notarios de una realidad que luego de contemplarla resulta parcial e interesada, revelándose como su realidad.

Hoy he ido al mercado de abastos a comprar algunos víveres con los que sobrevivir al encierro que me ha impuesto el ambiente inhóspito que produce el calor en esta tierra. El establecimiento presentaba un aspecto desolador, tanto que he echado de menos la irritación que me produce el deambular por sus pasillos sorteando parroquianos y los ejercicios de descaro de algunos cuando intentan saltarse el turno en cualquier puesto. Muchos de ellos estaban cerrados y en los que aún resistían la escasez de clientes imperaba la tristeza. Como mi frutero de cabecera había optado por desertar, he ido a otro puesto a comprar unos melocotones y las naranjas necesarias para unos cuantos zumos matutinos. Y mira por donde he encontrado allí una de esas sorpresas a las que me refiero.

Movida seguramente por esa rara complicidad que nace de la penalidad, al menos aparente, la tendera me preguntó si no me iba de vacaciones. Como no venía a cuento contarle que, de momento, disfruto de vacaciones perpetuas por no haber quien quiera servirse de mis conocimientos y habilidades para ganar dinero, le he respondido con una evasiva que, curiosamente, ha dado lugar a una conversación sobre las dificultades que debemos sufrir quienes somos víctimas de esta crisis a la que momentos después se ha sumado su marido, quien andaba por allí colocando el género más por matar el tiempo que por seducir a una clientela inexistente o como si poniendo a la vista las piezas más lustrosas lograse invocar de la nada a una legión de famélicos consumidores de peras y manzanas.

No es que la conversación que hemos mantenido haya sido excepcional, pues tan sólo nos hemos limitado a intercambiar pareceres acerca de la situación política y económica del momento, tanto en España como en esta región. Pero me he maravillado de que dos desconocidos de ideales y afinidades políticas divergentes hayamos podido conversar sin caer en tópicos ni pretender más que analizar una realidad desde diferentes puntos de vista. Luego, cuando regresaba a mi casa cargado con las bolsas de la compra, me ha embargado una tristeza pesada al comprobar que un acto de comunicación tan natural entre dos personas inteligentes que solo buscaban las claves para ser un poco más felices se haya convertido en algo tan extraordinario.

1 comentario:

  1. Iba a comentarte algo sobre este post, pero después de borrar varios comentarios, me decido simplemente por enviarte todo el ánimo posible.
    Un fuerte abrazo.

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