viernes, 7 de octubre de 2011

El terror de la derecha al fin de ETA

Será por que sus líderes perciben cercano el ansiado poder absoluto, que la derecha afina su cálculo de riesgos para proteger sus aspiraciones de inesperados e indeseables acontecimientos que las mermen o, en cualquier caso, concedan un respiro al decaído rival político. Y el terrorismo, a pesar de ocupar ahora una posición residual en la escala de temores de los votantes, siempre es un valor seguro en la mezquina pugna política, por lo que el cada vez más probable anuncio de la rendición de ETA se percibe con callada inquietud en los despachos del PP.

A ninguno de los dirigentes conservadores le gustaría encontrarse con que el Gobierno agónico de Zapatero pasa a la Historia por haber sido ante el que se humillen los criminales, pues no sería ningún secreto que, de inmediato, esa noticia acapararía la atención de la opinión pública desarmando a la derecha durante un tiempo de su principal instrumento de derribo: la crisis económica. Además, saben con certeza que un suceso de esa importancia sería un acicate fundamental para las aspiraciones socialistas, cuyos líderes no tardarían en utilizarlo en su provecho electoral con todas sus fuerzas.

No por otra razón puedo entender la arenga, sucia y desalmada, que lanzó Aznar, caudillo amado y añorado de la derecha, ante sus embelesadas huestes en ese aquelarre que celebran en Málaga estos días. Un discurso cargado de insidia y rencor con el que buscó el menosprecio de sus adeptos y voceros a tantos años de esfuerzo para acabar con ETA, invertido por el Gobierno socialista y las fuerzas del orden público a costa de innumerables sacrificios, peligros y, no se olvide jamás, obstáculos por parte de esa propia derecha que hoy nos quiere gobernar.

Siempre he creído que utilizar el terrorismo como argumento de controversia política es indecente, porque luchar contra el crimen es una obligación que trasciende a las ideologías o idearios. Sin embargo, ETA no sólo ha ocupado un lugar destacado en las ofertas electorales de todos los partidos políticos desde que disfrutamos de democracia en España, sino que en no pocas ocasiones se ha utilizado como arma arrojadiza para desprestigiar al rival. Hay pocas actitudes más mezquinas que instrumentalizar el dolor ajeno mediante el amparo a espurias asociaciones de víctimas, imbuidas de una evidente ansia de venganza y dirigidas por individuos obtusos más preocupados de su trascendencia pública que de ejercer de catalizadores del dolor de quienes han sufrido el terror.

Sin embargo, cuando oigo a tan siniestro personaje lanzar tales infamias en público, me viene a la cabeza la estúpida y dolosa connivencia mantenida por esa derecha que nos quiere gobernar y aquellas belicosas y obedientes asociaciones de víctimas del terrorismo, para menoscabar la política antiterrorista llevada a cabo por el Gobierno -¿es necesario recordar que ha sido el único Ejecutivo que pidió permiso al Parlamento para negociar con ETA?- con exaltados actos públicos llenos de insultos y falacias a mayor gloria del ruin beneficio de un partido político.

Entristece pensar que los partidos políticos se debatan en una carrera sin control para aprovechar en beneficio propio el fin del terrorismo: pues si los unos lo temen, no es un secreto que los otros lo desean aunque en silencio, no en vano sería un hito en nuestra historia que nadie quiere dejar escapar. Pero si la derecha ya ha mostrado sus cartas -no hace mucho el valorado Basagoiti reconocía que el fin de ETA le proporcionaría muchos votos al PP, gracias a su alianza política con el PSE en Euskadi-, bien harían los socialistas evitar que la corriente de insignificancia política y humana demostrada por el caudillo conservador les arrastrase a un debate tan estéril como irritante.

La España sensata e instruida sabrá reconocer los méritos de los socialistas en la derrota de ETA, y así se lo premiará en su momento. Si el fin está cerca, es mejor que lleve su ritmo y llegue en su momento esté quien esté en el poder. Sería muy triste que ETA se convirtiese en árbitro de una pugna electoral, aunque en esta ocasión fuese por una buena noticia y no por cargar con otra víctima, como así sucedió en la campaña electoral de las generales de 2008. Entiendo que es difícil eludir la tentación, pero unos cuantos votos no merecen ya el riesgo de empañar la categoría humana de un candidato eficaz como Rubalcaba.

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