Cuando arrecia el aguacero, una cosa es echar mano del chubasquero para protegerse y cuando amaine el temporal arrumbarlo en el armario, y otra muy distinta es emular al anfibio y convertir el terreno en un cenagal para que la lluvia cobre sentido.
Claro que esta opción no se le puede ofrecer al deprimido personal, hastiado ya de tanta humedad. Y lo mejor es pasar de puntillas por los charcos para evitar resbalones. Sobre todo cuando parece que las botas de agua son más resistentes que otras veces, y el terreno seco ya se otea en el horizonte como una meta casi segura.
Así el melifluo caudillo de la derecha agiliza sus culebrinas retóricas y con ambigüedad calculada reúne a la prensa para largar una arenga insustancial, en su nuevo papel de hombre de Estado investido de la suprema responsabilidad de "devolver la felicidad a los españoles" (sic). Caramelos envenenados que inoculan el virus de la sumisión, y que los esperanzados españoles recogen entusiasmados como inocentes niños a la puerta de un colegio.
Sabe la derecha que el rival está casi noqueado, que el paro y la incertidumbre constituyen el nuevo terrorismo para los ciudadanos, y que el discurso de la izquierda se rompe en mil pedazos teniendo como víctima principal al partido hegemónico hoy caído en desgracia. Del lado de los tenderos, vascos y catalanes perfilan sus estrategias para tratar con el nuevo mercader omnipotente. Y los poderes fácticos ya hacen sus cuentas para reclamarle todo el apoyo que le han prestado durante el catastrófico periodo vivido durante los gobiernos socialistas, a pesar de que muchos de ellos no hayan perdido mucho de ese poder que ya poseían en tiempos de Aznar.
El gran problema de España es que el fraude forma parte de la estructura básica de su edificio social y económico, y que combatirlo sería como si se le quitara una viga a riesgo de hacer una parte importante del mismo. El fraude fiscal, la economía sumergida y la desigualdad impositiva soportan buena parte del desarrollo económico español y se han aceptado como prácticas necesarias para impedir males mayores. Ninguno de los líderes políticos puede garantizar que una reforma encaminada a regular todas esas prácticas no causará un perjuicio considerable a la estabilidad del país, por lo que la única forma de emprender esa necesaria tarea es comenzar inculcando nuevas pautas de conducta entre la población, a la vez que se regulan las prácticas fraudulentas. Un trabajo arduo que requiere de un largo periodo de tiempo y del concurso de las instituciones internacionales, a fin de sellar los resquicios legales por los que se escapen los más astutos.
También sabe la derecha que la actual situación de España no requiere de terapias como la que caracterizó su primera experiencia de gobierno. Queda ya muy poco que privatizar y lo que resta es demasiado sensible como para hacerlo con prisas y soberbia. Aunque sea el principal objetivo, necesitará un gesto de buena voluntad de parte de aquellos que esperan el advenimiento de los conservadores como el maná para imponer su siniestro plan ultraliberal, como así ya han expresado muchos representantes empresariales con no poco entusiasmo y ninguna cautela. Y no es claro que los expectantes estén muy dispuestos a dar demasiado margen a quienes han apoyado con todas sus fuerzas, en la esperanza de volver a disfrutar de condiciones propicias para ganar dinero a espuertas. Ya se verá.
El pueblo, mientras tanto, aguarda esperanzado que se vuelvan a abrir las puertas de un paraíso que recuerdan feraz y cómodo. No saben que al otro lado ya no queda nada que cosechar y lo que encuentren sea más un purgatorio en el que deban renunciar a muchos de sus derechos, a la vez que aceptar unas condiciones de vida infinitamente más gravosas que las que ahora tienen. La derecha sabe que ya no puede ofrecer ambrosía y pretende convencer al pueblo con chocolate de algarroba. Al fin y al cabo es un bocado dulce que alivia la amargura, pero nada más lejos de lo que la gente se imagina.
España necesita ahora ese acto de grandeza política que la derecha ha negado durante años en su mezquina obsesión por recuperar el poder. Sé que tras las elecciones ese será el camino que exijan los nuevos gobernantes a los perdedores, querrán compartir con ellos los sinsabores que sufrirán impotentes ante una realidad mucho más terrible que la que se percibe; querrán entonces un pacto de Estado para sacar a España de la crisis, imponiendo sus criterios y bajo la amenaza de un empeoramiento de las condiciones de vida. Y lo más probable es que consigan ese ansiado apoyo, pues la otra vía es sólo la dictadura.
Sin embargo, su engreimiento les impedirá aceptar con humildad que sólo son un engranaje más de la máquina política que habrá de sacar al país de la recesión y, como a principios de siglo, caerán de nuevo en el embeleso y el autoritarismo creyéndose a salvo de todo mal gracias al enorme poder que atesorarán a partir del año que viene.
Triste panorama el que se avecina.
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