Queda un mes para que se celebren las elecciones generales y nada parece indicar que pueda producirse un resultado distinto a lo que prevén las encuestas, es decir, la contundente victoria de la derecha y el severo castigo que sufrirá el PSOE. La única incógnita que animará la jornada será, como diría un comentarista deportivo, la dimensión de la goleada. No es extraño, por tanto que cunda el desánimo en el socialismo y sus actos públicos parezcan más una terapia emocional que la necesaria manifestación de una opción real de gobierno. Y, por el contrario, la derecha esté ya repartiéndose el botín sin poder disimular con altas dosis de cinismo su entusiasmo por la certeza de lograr el ansiado poder, tras ocho años de intenso asedio al Gobierno socialista.
Cada comparecencia pública del candidato socialista se antoja como un acto de contrición por los errores cometidos. La energía de Rubalcaba parece a veces impostada por esa actitud mendicante de entusiasmo que adopta ante los dirigentes de su partido, a sabiendas de las reticencias de un electorado que parece ansioso por pasar el trago amargo de la derrota cuanto antes. Parece ese marido infiel a quien se le ha sorprendido en pleno adulterio que, arrepentido, se empeña en pedir perdón y jurar que nunca más volverá a engañar a su esposa. Sin embargo sabe que el mal está hecho y por mucho que intente demostrar su lealtad deberá asumir la penitencia que le impone la pérdida de confianza y, al menos durante un tiempo más o menos prolongado, habrá de cargar con la sospecha no sólo de la esposa ultrajada sino de quienes estimándola reprueban su actitud y esperan unas evidentes pruebas de redención, cuestionando sus buenos propósitos al recelar de una voluntad debilitada por su natural inclinación a la promiscuidad y las circunstancias que determinan su conducta. Y más cuando hay evidencias que reflejan claras contradicciones entre sus intenciones y sus actos.
No de otra forma se puede interpretar que el candidato socialista clame contra el desmantelamiento del estado del bienestar que, con sigilo y astucia, ha emprendido la derecha allí donde gobierna y, por otro lado, esquiva con cinismo que su partido participa en ese empeño desde su posición de gobierno en Navarra. Es difícil de entender para el votante de izquierda tal contradicción y, desde luego, no contribuye a dar credibilidad a su promesa de defender los servicios públicos a toda costa. No se puede estar en misa y repicando, y menos aún cuando ha de transitar por un territorio hostil.
Pues no sólo ha de enfrentarse a la evidencia de esos hechos que refutan cuantos esfuerzos haga por regenerar el ideario de izquierdas que identifica a su partido, y que le ha colocado en una posición de inferioridad frente a las propuestas de partidos que no han ejercido la acción de gobierno, sino que se las ha de ver con unas circunstancias sociales y económicas inéditas y poco favorables para quien, no en vano, representa al partido que ostenta el Gobierno de España y al que la ciudadanía responsabiliza de la situación crítica por la que atraviesa el país y, por extensión, del deterioro de sus condiciones de vida.
De poco sirve ofrecer un compromiso de renovación cuando aún se sufren las consecuencias de una gestión que se percibe errática y que, por mucho que haya servido para impedir males mayores y hunda sus raíces en las políticas depredadoras de la derecha en el pasado, ha sumido a la sociedad española en una realidad dramática amenazada además por un futuro tan incierto como inquietante.
¿Cómo garantizar a los ciudadanos que no se volverán a cometer esos errores si obtienen su confianza? ¿Cómo explicar que medidas que hoy se proponen como apropiadas y factibles no se hayan tomado antes para haber evitado esta situación crítica? Es muy difícil hacer entender a una sociedad deprimida y hastiada de promesas vanas que las medicinas para aliviar sus males estaban disponibles cuando se detectaron los primeros síntomas, pero que no se pudo o se supo emplearlas entonces por razones circunstanciales. Eso sólo contribuye a alimentar el desánimo, la desconfianza y la rabia, además de mostrar una ambigüedad que nutre la debilidad del candidato y su partido. Cómo si no demostrar que a partir de ahora aquellas medicinas podrán emplearse y curar el mal si, aparentemente, no han cambiado las condiciones que supuestamente impidieron utilizarlas entonces y, más bien al contrario, parecen haberse exacerbado.
Ante esa incógnita es lógico pensar que una población desengañada prefiera dar una oportunidad a otras terapias, aunque en este caso la desesperación pueda llevarles a aceptar los remedios milagrosos de los charlatanes, tan inútiles como peligrosos para el bienestar social. La sociedad necesita esperanza, aunque esta se revele después vana y nociva para sus intereses. Es enorme la ceguera que causa la necesidad y el resentimiento, y el pueblo español sufre con especial agresividad el trauma de una crisis intensa y caprichosa que ha adquirido unas características epidémicas: nadie está libre del contagio.
Esa especial cualidad de esta crisis puede explicar la deriva de una buena parte de la sociedad española hacia posturas conservadoras, y de otra gran cantidad de ciudadanos hacia el resentimiento y la desafección del partido que hasta ahora ha representado sus convicciones progresistas.
Los datos de intención de voto no dejan lugar a dudas y conforme pasan los días se amplía aún más la diferencia que separa a ambos partidos hegemónicos, además de conceder a las opciones políticas circunstanciales -IU, UPyD y Equo- unas probabilidades bastante estimables para lo que realmente son capaces de ofrecer y, por supuesto, asumir y cumplir. No obstante, conviniendo en la volatilidad de estos resultados, hay otros datos en estas encuestas que aportan una información muchísimo más rica para definir el estado de opinión y entender mejor la tendencia de la población hacia una u otra opción política.
En el sondeo de Metroscopia publicado por El País el domingo 16 de octubre el apartado dedicado a conocer la opinión de los españoles sobre la crisis económica es especialmente interesante. Según esto, el 95% de los encuestados afirma que la situación económica del país es mala o muy mala, el 77% cree que la crisis no ha tocado fondo aún, y el 92% que aún falta tiempo para la recuperación; en cambio, el 40% de los encuestados revela que su situación económica familiar es buena o muy buena, y el 29% la califica de regular, mientras que un considerable pero minoritario 31% la considera mala o muy mala. El escenario que resumen estos datos es bien claro: una mayoría de la población aún mantiene una situación económica estable en un ambiente hostil e incierto y sin perspectivas de mejora a corto plazo. El terreno perfecto para que arraigue el conservadurismo.
La población española se siente amenazada. Los que aún mantienen sus recursos más o menos estables no les son extraños los dramas ajenos que contemplan a diario, como si de fatales avisos se trataran; los que han sido engullidos por la crisis y engrosan el batallón de damnificados se sienten impotentes ante las responsabilidades que ya no pueden asumir; y todos ellos están desprotegidos por un Estado que se muestra incapaz de resolver los problemas ni hacer frente a los desafíos que le plantean los actores externos de esta crisis, los mercados y las instituciones internacionales a las que pertenece. Nunca antes una depresión económica había sembrado tanto desasosiego entre los ciudadanos. Es lógico pensar que unos y otros se aferren a cualquier tablón que encuentren en su camino para salvarse del naufragio. Y también que quienes aún tienen no quieran perderlo, y los que ya lo han perdido deseen recuperarlo.
En la lógica política, los gobiernos aparecen a los ojos de la sociedad como los principales responsables del bienestar público. Cabe argumentar que en tiempos de bonanza económica, cuando hay recursos para repartir, la percepción del ciudadano sobre el bien general es mucho más patente que cuando se impone la necesidad y son los bienes propios los únicos que pueden preservar la estabilidad individual. En un estado crítico, la amenaza de la ruina es lo único democrático pues el ciudadano tiende a protegerse y proteger a su familia frente a los riesgos procedentes del exterior, y de esa forma se distorsiona la idea del interés general al considerarlo un obstáculo para la supervivencia. El individualismo se impone así en el desarrollo cotidiano de una sociedad en peligro, y los integrantes de esa comunidad se convierten en lobos que se miden con cautela en defensa de sus respectivos territorios.
En ese contexto es poco efectivo el discurso socialista del reparto de la riqueza, pues lo que pretende el individuo no es tanto compartir sus bienes como que alguien se los proteja de los peligros del entorno. Un terreno abonado para las ideas neoliberales que estimulan el desarrollo individual del ciudadano frente a la opción de atender las necesidades del desvalido. Se impone así la ley del más fuerte. En medio del naufragio no hay valores sociales que valgan, y de eso se aprovecha la derecha para imponer su ideario cristiano de premio y redención, compasión y castigo, para el que son imprescindibles los pecadores y, por supuesto, los menesterosos que habrán de redimir sus pecados tomando como ejemplo a los virtuosos que han sabido aceptar y obedecer la ley divina impuesta por sus profetas.
Ese discurso de la solidaridad tiene poco calado en una sociedad amenazada tendente a la supervivencia, y capaz de aceptar cualquier medida que les permita afrontar la crisis aunque ello le suponga sacrificios propios y aumente la desgracia ajena. El desgraciado se hace invisible para el que aún goza de estabilidad y, en ocasiones, se convierte en una carga de la que hay que prescindir en beneficio de un concepto de bienestar colectivo absolutamente excluyente y holístico, pues el ciudadano se aferra a la idea de que todo va bien si a él le va bien. Y más cuando ni siquiera aquellos que pusieron un pie en el paraíso del empleo estable están a salvo.
Al otro lado, en ese infierno que empiezan a frecuentar muchos de los que hasta hace un par de años se sentían protegidos por sus conocimientos, formación o patrimonio, cunde el estupor, la resignación y la rabia. Muchos se sienten doblemente abandonados: por aquellos a quienes exigen protección y por sus propios semejantes, esos que en otros tiempos los aceptaban como iguales y hoy les rehuyen como si fueran apestados que les mostraran la horrible cara de la fatalidad. La decadencia alumbra rincones de la sociedad que hasta entonces permanecían en penumbra, y los ciudadanos menesterosos contemplan las desigualdades que siempre habían estado ahí. Reclaman entonces justicia ante los privilegios adquiridos por una casta de ciudadanos que han sabido valerse de sus esfuerzos durante años, y se sienten ultrajados frente a una clase política que ha permitido y, en no pocas ocasiones, alentado y participado de una rapiña que hoy se percibe obscena. Esos nuevos indignados confraternizan con quienes siempre han militado en el bando de los excluidos y alimentan una aversión hacia el sistema que rige sus vidas.
Ese es el germen de un movimiento social de rechazo hacia los aspectos que caracterizan un sistema democrático imperfecto que nutre las desigualdades, y relega al ciudadano a un plano secundario al privarle de los instrumentos precisos para moderar los excesos de quienes pilotan el país. Sin embargo, pese a las buenas intenciones y un insólito poder de convocatoria este movimiento ciudadano es víctima de sus propias virtudes.
El 15-M es un movimiento heterogéneo en el que se mezclan renegados, excluidos y amenazados si una estructura ni un discurso concretos; amalgaman una serie de sensibilidades y aspiraciones muy dignas que carecen de la metodología apropiada para convertirse en verdaderas alternativas eficientes a los modelos convencionales defendidos por los partidos políticos. El filósofo Zygmunt Bauman lo ha definido con acierto como un movimiento emocional carente de pensamiento, y teme que a pesar de defender unas ideas comunes su dispersión impida que se apliquen por igual en todos los lugares, debido a las especiales circunstancias de cada sociedad. "Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean", asegura Bauman. Y añade: “La emoción es inestable e inapropiada para configurar nada coherente y duradero”.
El movimiento social de protesta que surge de este conglomerado se advierte demasiado proteico y, por ello, tendente a la subsidiariedad, como ya se ha comprobado con la incorporación de algunos de sus más destacados miembros a listas de partidos de izquierdas, y en particular IU, cuyos líderes han conseguido parasitar con sigilo a buena parte de los grupos más o menos organizados que han impulsado esta, ya menos espontánea y horizontal, oposición ciudadana.
Y no podía ser de otro modo, dado que el PSOE se ha convertido en un partido sistémico alejado del sentir popular y, lo que es peor, responsable de sus problemas. De poco sirve que el candidato socialista intente atraer para su proyecto la voluntad de los revoltosos con propuestas como la dación en pago de los inmuebles hipotecados, la reducción de los privilegios de la Iglesia católica o tímidas reformas de la ley electoral, pues es difícil aceptar que hoy sea posible lo que durante tantos años se ha rechazado como inapropiado para la estabilidad de un país.
Aunque bien es cierto que sólo un partido con la fortaleza representativa suficiente sería capaz de hacer realidad muchas de las reclamaciones del electorado de izquierdas, puesto que en tanto rija el actual modelo electoral poco o nada podrían hacer los partidos minoritarios en un Parlamento dominado por la derecha, quedando todas estas propuestas en meros esfuerzos testimoniales que no contribuirían a la necesaria regeneración del sistema democrático español, no lo es menos que el mayor apoyo ciudadano que le auguran las encuestas a estos partidos circunstanciales podría ser un alivio para democracia -que no para el PSOE- si es que con ello se logra llevar al Parlamento una mayor proporcionalidad de fuerzas.
Pero mucho me temo que la suerte está echada y en poco o nada podrán contribuir la izquierda a evitar que la apisonadora conservadora aniquile el estado del bienestar, con la complacencia de una mayoría de ciudadanos que contemplan en la derecha una alternativa viable a sus necesidades. Y más cuando son legión los que creen que una uniformidad política en las instituciones facilitará la gobernabilidad de los diferentes territorios.
Qué equivocados están aquellos que, en algunas comunidades periféricas, esperan ver fluir la riqueza cuando el Estado esté en manos de la misma derecha que les gobierna de cerca. Las estrategias políticas obedecen a un cálculo minucioso de conveniencias y mucho me temo que el PP mimará aquellas comunidades que le sean provechosas para sus aspiraciones electorales y, en cualquier caso, atenderá en la medida de las posibilidades que le permitan las circunstancias las necesidades de esas otras en las que la estabilidad política está garantizada. Pobres murcianos y valencianos, porque sufrirán de su partido el mismo desprecio que siempre han reprochado al PSOE gobernante como premio a su fidelidad ciega e inquebrantable.
Ese mismo cálculo que rige los actos de la derecha sirve también para demostrar a los socialistas sus escasas posibilidades electorales en el asalto que se avecina. Saben en los sótanos socialistas, allí donde se cuece la demoscopia, que sin hegemonía territorial es muy difícil obtener buenos resultados en unos comicios generales. Y en estos momentos ya ni Andalucía les es propicia.
En cualquier caso, líbrenme los dioses falsos de estar en el pellejo de quien obtenga el poder el mes que viene porque se va a encontrar un país ingobernable. La derecha verá a todos sus señores feudales exigiendo una atención que no podrá satisfacer, porque no son muchos los recursos con los que contará para, al menos el primer año, hacer frente a los enormes problemas presupuestarios que sufren los gobiernos autónomos. Algo que hará crecer el descontento entre esa población ansiosa de soluciones y pondrá a prueba la lealtad de sus esbirros periféricos. Y qué decir de un casi quimérico gobierno socialista en medio de un pantano lleno de caimanes hambrientos. Con todas los recursos transferidos a las insaciables autonomías, poco podría hacer ese gobierno más que esquivar los innumerables cuchillos que le lanzarían a diario sin más defensa que una Constitución deteriorada y el recurso del decreto. Un sindiós, vaya.
Y eso sin contar con que todos los poderes fácticos de este país ya dan por descontada la victoria de la derecha y afilan sus garras para atrapar la parte del botín que les corresponde por los servicios prestados durante ocho años de acoso inplacable al Gobierno central. No quiero ni pensar cómo manifestarían su decepción los patronos, banqueros, obispos, vengadores del terrorismo, líderes de opinión tendenciosa y demás peones de esta partida que ya muestra sus últimas bazas. Tal es la ansiedad de los depredadores que ni siquiera pueden contener su locuacidad y ya enseñan sus cartas.
Especialmente inquietante es el impulso que los empresarios han dado a su avidez por hacernos regresar al siglo XIX y convertirnos en mera mercancía de saldo en beneficio de sus intereses más lucrativos. Ya no hay pudor para exigir una reforma brutal del mercado laboral en la que se establezca el despido objetivo de 12 días, se prolonguen los contratos en prácticas hasta la jubilación si nos descuidamos y, para evitar incómodos reproches, se restringe el derecho a la huelga y se reduce la representación sindical en las empresas, aparte por supuesto de suprimir impuestos y borrar todo lo que huela a regulación de los mercados. Vayamos como corderos al matadero porque es la única forma de agarrar un chusco de pan que llevarse a la boca.
Y alabemos al privatizador porque de él será el reino de los cielos. Sanidad y educación para quien se la pueda pagar, y al resto compasión y caridad. Que se mueran los pobres, pues no son necesarios en esa gloriosa cruzada por salir de la crisis. Y a quien no le mate el hambre que lo haga la polución, pues como asegura la futura alcaldesa de Madrid bajo la nube de mierda sublimada que cubre sus futuros dominios, "más asfixia el paro". Impagable.
Ha de saber el lector que la iniciativa privada se rige por la ley de la rentabilidad. Así, nadie invierte un chavo si no aspira a obtener como poco dos. Si se paga por que le curen o por estudiar en confortables instalaciones vedadas a incómodos inmigrantes y menesterosos obligados a aprender algo, es lógico exigir un buen servicio aunque luego la gente se muera igual en los hospitales privados y se licencie a los jóvenes igual de ignorantes que cuando iniciaron sus estudios, pero siempre se podrá decir que disfrutaron de un trato óptimo. Es fácil imaginar que si se quiere ceder al capital privado la gestión de los servicios públicos en su actual estado, los beneficios previstos sólo se podrían obtener de dos formas: o ajustando los recursos no tanto a las necesidades de la población como a la capacidad del inversor, es decir, recortándolos, o bien recibiendo de la administración pública los recursos que compensen las pérdidas previsibles, con lo que estaríamos haciendo un pan como una torta. Quien no se haya enterado aún de cómo funciona este negocio que estudie el caso de los ferrocarriles británicos y lo entenderá.
Este perverso modelo sólo acarreará más gastos al Estado y peores servicios al ciudadano. Eso sí, aquel que pueda pagárselo no tendrá problemas en recibir una buena atención en los mismos lugares donde ahora ya la pueden encontrar.
Entre tanta penumbra aún quiero dar una oportunidad al optimismo y pensar que queda un resquicio para la esperanza de que el pueblo español, o al menos el que aún cree en el progreso y el servicio público, impida dentro de un mes que España caiga en manos de unos individuos que no han demostrado aptitud alguna para hacerse con el gobierno de este país. Ya no digo que sea Rubalcaba el que acapare ese arrebato de sentido común, pues sus pecados son demasiado graves como para conseguir la redención en tan poco tiempo, pero sí que entre unos y otros logren evitar el despotismo de la mayoría absoluta.
Para eso, los socialistas deben sacudirse el desánimo y las telarañas y recuperar la iniciativa. Simular al menos un poco de entusiasmo o, como poco, evitar que sus dirigentes se lo deban pedir cada vez que se reúnen, permitir al candidato que crea en sus posibilidades y pasar a la acción. Y un primer paso sería que todos los dirigentes periféricos se tomaran en serio su responsabilidad en esta campaña y dejaran de ser invisibles. Es claro que ofrecer un proyecto que hasta el propio Gobierno del país se encarga de contradecir con cada una de las decisiones que viene tomando en las últimas semanas, de poco va a servir para convencer al electorado. Por lo que, sin menosprecio de esa oferta, los socialistas deberían empezar a desmontar la gran falacia de la derecha atacando allí donde más duele.
Hasta ahora es la derecha la que domina el terreno informativo, con constantes actos públicos en sus diferentes feudos, declaraciones provocadoras que siempre dejan al PSOE en una posición de defensa, escenificaciones de sus naderías como esos libros horrendos que han publicado dos de sus más conspicuos líderes para gozo de sus incondicionales, el permanente apoyo del orbe mediático que han construido a golpe de talonario -y que veremos a ver en qué se queda cuando completen la misión y no haya para repartir entre todos-, y como colofón moderno la invasión del espacio virtual de las redes sociales con una infantería de entusiastas que llenan foros y demás lugares comunes de alabanzas al líder y brutales críticas al adversario.
¿Y donde están los socialistas? La verdad es que no lo sé, porque si al disimulo de los dirigentes territoriales se le une esa actitud indulgente del candidato con la que pretende ofrecer una imagen pública serena y reflexiva que, sin embargo, parece más impostada que otra cosa, será muy difícil que se le tome en serio o, al menos, que muchos ciudadanos caigan en la cuenta del disparate que se proponen llevar a cabo votando a la derecha o, sencillamente, quedándose en su casa rumiando su resentimiento. Con el poco tiempo que queda y con todo en contra, más le vale al PSOE lanzarse al campo de batalla con el machete entre los dientes y empezar a arrancar el disfraz de cordero a los lobos de la derecha, empleando para ello todo el arsenal que le proporciona la historia y, aún más, las barbaridades que sin pudor empiezan a cometer allí donde gobiernan.
Es cuestión de días.
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