lunes, 21 de noviembre de 2011

Otro 20 de noviembre

Tres décadas y media después, de nuevo el 20 de noviembre marca un punto de inflexión en la Historia de España. Pero si en 1975 fue circunstancial, pues no creo que el dictador eligiera esa fecha para morirse, en 2011 ha sido deliberado y probablemente dentro de unos cuantos años se recuerde ese día como referente del nuevo tiempo que marcará los destinos de este país. No en vano, el escenario resultante de las elecciones generales determinará en buena medida el diseño político, social y económico que dibujarán los acontecimientos que, desde este momento, se sucederán durante un periodo de duración incierta. Lo interesante del proceso será comprobar el efecto que producirá en nuestras vidas y su resultado final.

Elementos de juicio hay de sobra para hacerse una idea clara de lo que nos espera, aunque bien es cierto que las condiciones económicas y sociales, ya no sólo en España sino en nuestro contexto internacional, influirán irremediablemente en el proceso político que se inicia ahora. Hasta qué punto podrá el nuevo gobierno realizar la gestión adecuada para afrontar estos desafíos es una incógnita, y no tanto porque no se sepa con certeza qué planes tienen sus responsables sino más bien por que es demasiado bien conocida nuestra actual debilidad frente a las implacables arremetidas del poder financiero.

Este inquietante punto de partida no es nada tranquilizador, por cuanto no sólo el desafío es extremo tanto como desasosegante la complacencia de los nuevos gobernantes con los intereses de quienes nos asedian. Y así, no alivia pensar que la presunta fortaleza del poder absoluto sea una garantía ni para apaciguar la voracidad de los mercados, ni mucho menos para preservar o al menos defender el estado del bienestar tal y como lo conocemos ahora. La enorme hipoteca que arrastra el Estado supone un pesado lastre para cualquier gobierno por mucha fuerza institucional que posea, y en tanto el capital no entiende de ideologías sino de hechos, es muy posible que este nuevo periodo traiga consigo unos sacrificios difíciles de aceptar por la misma ciudadanía que ayer le procuró el poder absoluto a la derecha, en otro ejercicio de ese apasionamiento insensato que ha caracterizado al pueblo español a lo largo de su historia.

Si la euforia por la victoria entre los dirigentes de la derecha no podía ocultar ese poso de amargura que le depara el tenebroso camino que habrán de recorrer a partir de ahora, no menos amargo resultaba el gesto contenido del candidato socialista quien en su deliberada soledad intentaba completar el ingrato servicio ofrecido a un partido descompuesto. La de ayer fue en conjunto una jornada penosa para los dos principales partidos, a los vencedores por lo que les espera a partir de ahora y al perdedor por comprobar la ruina de su proyecto político. Entre ambos resonaba el pueril entusiasmo de quienes han hecho caja con la sangría ajena, a sabiendas de que su lugar en este nuevo orden sigue siendo irrelevante.

Muchas son las evidencias que proporciona este nuevo reparto del poder institucional en España y ninguna de ellas ofrece el más mínimo motivo para el entusiasmo. En primer lugar, la derecha logra el poder absoluto en el Estado con 186 diputados. Ni ese rescoldo de esperanza que siempre permanece a pesar de los insistentes presagios ha tenido en esta ocasión una oportunidad. Conforme iban apareciendo datos oficiales no asombraba tanto la confirmación de las predicciones con respecto al vencedor anunciado, como que refutaran a peor el resultado que las mismas concedían al PSOE. El perverso modelo electoral que rige en España ha impuesto su virtud de favorecer al ganador con un resultado que no refleja en realidad el apoyo efectivo recibido del electorado, pues apenas ha obtenido algo más de medio millón de votos con respecto a las elecciones de 2008.

Ese es un dato que debería tener en cuenta la derecha a la hora de administrar lo obtenido. Ni en los momentos más propicios logra el PP alcanzar los votos suficientes para afirmar el poder, y en esas circunstancias una representación mayoritaria en el Parlamento puede convertirse en un arma defectuosa. A pesar de su evidente incremento representativo, saben los estrategas de la derecha que su poder es aún vulnerable y bien harían en no dejarse llevar por la soberbia en un momento tan sensible para el pueblo español. Ya que si bien semejante mayoría les garantiza cierta comodidad para completar la legislatura, no es menos cierto que una gestión contundente puede acarrearles no pocos problemas sociales y, seguramente, una más que previsible derrota futura. Y más si se tiene en cuenta que la grave situación del país les exige esa eficiencia que han predicado durante los últimos años y, a la vez, cautela y perspectiva a la hora de tomar decisiones. De poco sirve ya la retórica y menos aún el victimismo; el recurso de la herencia recibida colará menos de lo que creen entre el electorado, y el previsible deterioro de las condiciones económicas y sociales durante los próximos meses puede convertir la calle en un poderoso enemigo a poco que se dejen llevar por sus veleidades ultraliberales. El magro aumento de votos les demuestra que no han ganado la suficiente confianza del electorado como para disfrazar con autoritarismo la demora en las soluciones efectivas a los problemas de la población.

Dos circunstancias juegan, no obstante, a su favor. La primera es el enorme poder territorial que posee el PP. A falta de saber qué sucederá en Andalucía, cuando en marzo se celebren las elecciones autonómicas allí, la derecha cuenta ahora con el apoyo firme de la mayoría de autonomías y ayuntamientos. Si no se dejan llevar por antojos centralistas, le será muy sencillo al Gobierno estatal repartir responsabilidades entre sus vasallos autonómicos, para administrar con más garantías los beneficios y perjuicios de las políticas que emprendan, sobre todo en lo que se refiere a los ajustes presupuestarios y la aplicación de las leyes sociales más controvertidas como la del aborto o el matrimonio entre homosexuales. Una decisión no exenta de riesgos, por cuanto puede acarrear el deterioro de los gobiernos regionales más débiles, pero que relativiza el impacto de las medidas más impopulares que tomen a partir de ahora.

El segundo factor favorable para la derecha en esta flamante legislatura es la atomización de la representación política en el Parlamento y, sobre todo, la fragmentación de la izquierda. Por fortuna, aún es el PSOE el que tiene la última palabra en cuanto a las reformas de calado que se propongan en el Congreso, dado que para obtener los dos tercios más uno de la Cámara es imprescindible su concurso. Sin embargo, su posición como primer partido de la oposición se ha debilitado considerablemente al irrumpir con mucha mayor fuerza tanto IU como UPyD que, posiblemente, articulen un discurso alternativo despojado de lastres institucionales y, por lo tanto, más cercano al ciudadano aunque no menos demagógico. En esta tesitura, la voluntad manifiesta del líder de la derecha de buscar el apoyo del resto de partidos para elaborar las políticas que hagan frente a la crisis económica y social puede convertirse en un arma poderosísima para anular la acción opositora de los partidos de izquierdas y, en mayor medida, del PSOE gracias a que probablemente contará de inicio con el apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y canarios aunque también es cierto que a éstos no les queda apenas margen de maniobra para imponer sus criterios e intereses.

La duda es si el PP, que ahora reclama al resto de partidos el apoyo y la lealtad que sus dirigentes negaron sistemáticamente al PSOE durante la pasada legislatura, impondrá sus criterios en un alarde de integrismo o si dará una oportunidad al diálogo y aceptará determinadas propuestas de la oposición que beneficien el interés general. Aunque visto lo visto y con el precedente de sus gobiernos autonómicos, es de temer que el rodillo parlamentario actúe de forma permanente y eso permita a la izquierda encontrar lugares comunes en los que oponer medidas que, aun siendo inútiles, sí que estimulen un estado de opinión entre la ciudadanía que contribuya a moderar mediante la acción social el previsible autoritarismo de la derecha. No obstante, la última palabra siempre la tendrán nuestros acreedores que no cejarán en su empeño de rentabilizar la debilidad de un Estado en horas bajas.

A pesar de todo, en la otra orilla no está todo perdido. Como ya he dicho, la apabullante victoria de la derecha y la acumulación de poder territorial puede convertirse en un inconveniente para su labor de gobierno, puesto que ya no habrá de cara a la opinión pública ningún recurso al que aferrarse para justificar los errores o las arbitrariedades que cometan sus dirigentes en el ejercicio del poder. Esta circunstancia puede presentarse como la gran oportunidad de la izquierda para renovar su imagen desde la unidad o, si ésta no fuese posible, desde el fortalecimiento del PSOE como partido hegemónico en detrimento de formaciones volubles como IU o UPyD.

Los resultados electorales demuestran que la caída del PSOE se debe a un trasvase de votos hacia esas dos formaciones políticas y a la abstención, dado que como queda dicho la derecha no ha conseguido aumentar sus apoyos en la misma medida que sus resultados. Es claro que, aunque tocado, el PSOE no ha perdido su potencial y sólo es necesario acertar en cómo recuperarlo. Siete millones de votos no es una cifra desdeñable y más cuando se sabe dónde están los cuatro y pico perdidos. Por eso, esta derrota se puede convertir en una oportunidad para regenerar de una vez por todas la izquierda española y ofrecer una alternativa ya no sólo creíble por el electorado, sino capaz de engendrar gobiernos fuertes que hagan frente con garantías y eficacia a los desafíos del capital, y asuman una posición de firmeza en las instituciones internacionales sin ceder terreno ideológico.

A pesar de que la soledad del candidato ante la derrota tuvo su toque de patetismo, hay que reconocer que la rapidez con que el secretario general del PSOE ha anunciado la convocatoria del congreso ordinario del partido es un signo de la voluntad de recomponer el destrozo, y afrontar la nueva legislatura desde la oposición con un nuevo aspecto más adecuado a las esencias ideológicas y adaptado a las exigencias de las actuales situaciones doméstica e internacional. El tiempo dirá si el proceso que se abrirá a partir de ahora en el PSOE toma el camino correcto o, sencillamente, procura matizar sus carencias en un nuevo ejercicio de ensimismamiento. El toque de atención recibido en las elecciones no debería dejar lugar a otra opción que no sea la renovación absoluta de sus dirigentes y el fortalecimiento de sus estrategias políticas en base a sus principios ideológicos. Y la primera tarea es buscar un líder.

Introduzco aquí una pequeña coda, porque quiero hacer hincapié en la a mi juicio no tan sorprendente soledad del candidato en su comparecencia pública tras la derrota de su partido. Y no me sorprende porque Rubalcaba fue coherente al culminar con ese acto un ejercicio de soledad. Sin poder orgánico alguno y con el enorme peso de su participación en el Gobierno ya proscrito, Rubalcaba se prestó a realizar un sacrificio supremo por el socialismo en el otoño de su carrera política. Estuvo sólo desde el principio y perdió solo, se rodeó de un grupo de personas tan entusiastas como impotentes ante la avalancha de unos hechos tan tenaces como desfavorables, y al final supo salvar el tipo consiguiendo mantener una cantidad de votos que permiten a su sucesor afrontar con garantías el penoso camino que le espera para recuperar la estima y la credibilidad del electorado de izquierdas. Rubalcaba ha sido como ese viejo y experimentado entrenador de fútbol a quien recurre la directiva de un prestigioso equipo en horas bajas en una especie de acto desesperado para salvar una temporada de fracasos; el hombre llega a un club dirigido por unos personajes resignados y huidizos, una plantilla desmotivada y más pendiente de sus carreras particulares y una afición que se debate entre el desconcierto y el desprecio por tantos disgustos y desengaños; el viejo entrenador sabe que le espera una misión casi imposible, pero con su saber hacer y mucha tenacidad logra evitar el descenso del equipo, aunque eso a ojos de sus indolentes jefes no sea suficiente ni alivie el malestar de la hinchada. Rubalcaba me recuerda a cuando el Real Madrid fichó a Arsenio Iglesias en 1996 con la esperanza de que pudiera enmendar la calamitosa campaña del equipo bajo el mando de Jorge Valdano. Iglesias vino con su cuaderno y su experiencia e hizo lo que pudo, pero se fue por la puerta de atrás.

La pregunta que me hago insistentemente hoy es si Rubalcaba puede ser ese líder que necesita el PSOE para conseguir reconstruir el partido desde la izquierda, y si no sumar los apoyos del resto de opciones de la misma ideología en un proyecto común que pueda asumir un discurso coherente y realista que atraiga a los votantes progresistas e ilusione al resto de la población, sí al menos fortalecer al partido con nuevas estrategias de comunicación e imponga una disciplina en sus dirigentes para crear una estructura federal que se aleje del tradicional cainismo, y devuelva a sus líderes regionales los argumentos precisos para que el proyecto socialista obtenga la difusión que necesita. Tras muchas vueltas llego a una conclusión provisional de que no creo que Rubalcaba sea la persona apropiada, tanto por pertenecer a una etapa que es necesario matizar como por su carencias políticas. Este hombre es un magnífico gestor pero le falta esa capacidad de seducción que un líder ha de tener para embelesar a las masas. Esa chispa. Aunque dicho esto, no tengo la menor duda de que sus conocimientos y sabiduría serán indispensables en esa necesaria regeneración política del socialismo.

Mucho camino le queda al PSOE por delante para reconstruir el destrozo causado por las urnas, aunque cuenta con dos ventajas. Una es la debilidad de los partidos que le disputan el espacio de la izquierda y la otra el enorme potencial humano del que dispone. Tanto en IU como en UPyD saben que los buenos resultados obtenidos en estas elecciones son accidentales, y que su labor parlamentaria se antojará irrelevante frente a la apisonadora de la derecha. De poco les servirá la retórica de sus dirigentes si al final sus propuestas no producen el efecto deseado, y sólo la administración del descontento social les podrá reportar ciertas glorias que no por estimables serán menos inanes cuando el electorado compruebe que sus demandas se estrellan contra el poderoso muro de la mayoría, y no disponen además de las instancias necesarias para canalizar sus reclamaciones al estar todas las instituciones del Estado en manos de la derecha.

A esa impotencia se unirá la excesiva fragmentación de la estructura orgánica de IU, con doce partidos en liza pastoreados por los monolíticos comunistas, y la carencia ideológica del partido de Rosa Díez, cuyo discurso ambiguo y demagógico terminará por diluirse en el pantano de la inconcreción y dejará de ser alternativa. Un partido prefabricado sin mucho desarrollo y otro que reedita la vieja impresión de una jaula de grillos en la que todos quieren ocupar un espacio de notoriedad. Quien conozca la historia sabrá que el peor enemigo de IU es su estructura construida sobre una falacia asamblearia dirigida con mano de hierro por el PCE, y más pronto que tarde ese enorme poder obtenido en las urnas desatará las guerras intestinas a las que ya tienen acostumbrado a su atribulada parroquia.

El PSOE quedará como única alternativa a la voracidad de la derecha y, al final como siempre, el electorado de izquierdas buscará refugio en sus propuestas. Será entonces el momento de afianzar a esa ciudadanía y ofrecer al resto de la izquierda la alternativa del proyecto común, aunque antes los nuevos líderes del socialismo deberán demostrar su aptitud para liderar ese proceso. No les queda otro camino, pues intentar disfrazar de falso progresismo una estructura caduca sólo contribuirá a fortalecer esa fragmentación de la izquierda. Perdido ya todo el poder, es el momento de que el PSOE recupere sus esencias ideológicas y ofrezca un proyecto en el que los progresistas nos sintamos identificados.

La derecha ha alcanzado en estas elecciones su tope y es más que probable que su acción de gobierno deteriore su imagen irremediablemente. El poder es una carga muy pesada y tanto como ha acumulado el PP puede aplastarle. No les queda a sus dirigentes mucho margen de maniobra, y ahora es el momento de demostrar su incapacidad y sus mentiras. Pero para eso es necesario que el PSOE cambie su estilo y abogue por una mejor comunicación, con mensajes creíbles y contundentes que demuestren a la sociedad que no ha renunciado a su identidad. Marcar las distancias con las instituciones gobernadas por la derecha y proteger el interés general siempre que se vea amenazado, pactando incluso con la derecha siempre que se acepten las condiciones indispensables para reforzar la visión de estado del socialismo ante la ciudadanía, y despojarse de ese divismo que ha caracterizado a algunos de sus dirigentes para acercarse más a la población y hacerle comprender que están con los ciudadanos.

Una metamorfosis que la actual situación les permite llevar a cabo con el sosiego necesario para no cometer errores. La cuestión es si sabrán hacerlo.

No me cabe la menor duda de que nos esperan tiempos muy duros aunque interesantes, pues España se enfrenta a un periodo insólito que pondrá a prueba nuestra cultura democrática. Siento la decepción por comprobar cómo se puede obtener el poder desde posturas destructivas e insidiosas, menospreciando esa lealtad que ahora reclama la derecha para afrontar las dificultades de la gestión que le espera, y con la complicidad de una sociedad que ha demostrado una insensatez que le pasará factura más pronto que tarde. Es cierto que sólo desde la unidad es posible resolver las complejas operaciones que permitirá salir de esta grave crisis económica, pero esa unidad no se puede obtener a cualquier precio y mucho me temo que la soberbia de la derecha no permitirá encontrar esos espacios de consenso tan imprescindibles en estos momentos. La presión que recibirá nuestro país a partir de ahora exige una amplitud de miras que no veo entre los dirigentes de la derecha y si bien el Gobierno saliente ha cometido enormes errores, justo es reconocer que al menos ha logrado que nuestro país conserve aún su soberanía. Esa es la mejor herencia que recibirá el nuevo Ejecutivo del PP, y sus miembros deberían ser capaces de administrarla con sentido de Estado y aprovechar que aún sobrevivimos como país para ofrecer generosidad y sensatez. Quizás así sea posible enfrentar el asedio y no tenga la sociedad que sufrir males mayores.

El tiempo lo dirá.

1 comentario:

  1. No tengo fuerza para comentar nada. Me sentaré a esperar, como tanta gente callada por cansancio.

    ResponderEliminar