jueves, 14 de junio de 2012

Miserables

¿Qué más debe suceder para que los políticos salgan de su refugio y cumplan con las obligaciones que han asumido desde el momento en que los españoles les concedimos la confianza para gobernar este país? ¿Cuándo va a pegar el puñetazo sobre la mesa nuestro jefe de Estado y va a encerrar a todos los representantes políticos hasta que acuerden un plan para salvar España? ¿A qué esperan los ciudadanos para exigir que no nos dejen caer en el abismo, mientras quienes se han beneficiado de nuestra desgracia huyen con sus dineros a confortables y seguros parapetos más allá de nuestras fronteras?

Una de dos: o toda la información a la que la gente puede acceder es falsa o estamos en manos de una auténtica banda de irresponsables. España vive un estado de emergencia que puede estallar en cualquier momento, y el pueblo sigue sumido en la confusión y el miedo. El silencio ya no es una opción; es necesario hablar mucho y claro de cuáles son nuestras alternativas y tomar decisiones valientes para proteger nuestra estabilidad. ¿Qué buscan nuestros políticos?

¡Basta de mentiras! Miren a los ojos de la gente y asuman su fracaso. Intenten por lo menos salvar la poca dignidad que les queda y aúnen esfuerzos. Limpien de mangantes nuestras vidas y empecemos todos juntos a defender España. Sus miserables vidas no valen nada en medio de las ruinas, y sus privilegios se pueden convertir en su peor condena si al final conducen al pueblo a la indigencia moral.

Han fracasado. Se aferran con ahínco a sus cargos hurtando a la sociedad todos sus derechos. Malditos sean mil veces por habernos puesto en peligro. No se merecen ni la atención que reclaman en tanto no sean capaces de cumplir con sus responsabilidades. Es hora ya de que se ganen el sueldo que les pagamos con nuestro esfuerzo y abandonen esa actitud engreída e insultante para cubrir sus vergüenzas. Me dan asco, mucho asco.

No es incompetencia, es vileza. Ni sus esbirros, ni sus legiones de imbéciles crédulos pueden ocultar ya que han destruido todo un país con sus estafas y mangoneos. Han vendido nuestro futuro a unos cuantos depravados que se han enriquecido con nuestro sacrificio, y siguen intentado embaucarnos con ilusiones vanas y trapacerías. ¿Quiénes son ustedes, políticos miserables, para arruinar las vidas de tantos millones de personas? ¿De dónde han salido? ¿Qué mierda de privilegios habrían obtenido de no ser porque nosotros, el pueblo español, decidimos un día confiarles nuestras vidas? ¿Hasta cuándo nos van a engañar?

Están jugando con fuego. Ya no les va a servir la complacencia de tanto ignorante egoísta que prefiere arrodillarse para proteger su miserable existencia. Llegará un momento en que no encontrarán a nadie que les quiera creer y entonces habrán logrado aniquilarnos. ¿Tan ruines son?

¡Hagan algo ya! Nos hundimos sin remedio. Miren a su alrededor por una vez en sus vidas y contemplen la ruinas de sus actos. Entonces se darán cuenta de lo insignificantes que son y que, al final, sólo se llevarán a la tumba un legado de dolor y desolación. Que les aproveche.

lunes, 11 de junio de 2012

Ofensas

No ofende quien quiere sino quien puede. Así, quien ofende sabe que su ofensa puede tener efecto sólo si el destinatario de la misma es consciente de merecerla. Quienes nos sentimos ofendidos por las palabras y actos -incluso omisiones- de la casta política española, sabemos que nos merecemos ese trato sencillamente porque conocemos nuestros pecados, aunque en muchos casos nos resistamos a admitirlos. El primero de ellos es permitir con nuestra indulgencia que esa gente disfrute de unos privilegios que ni por asomo podríamos obtener de nuestro esfuerzo cotidiano, y que ellos gocen de esa posición por el sencillo hecho de haber logrado -con métodos no siempre dignos- una posición de favor en las listas electorales de sus respectivos partidos. La opacidad de esos procesos, consentida por el electorado, permite a una serie de ciudadanos conseguir una posición social y económica que nos está vedada al resto de los mortales, a menos claro es que despidamos a la dignidad dignidad y vendamos nuestra voluntad al mejor postor renunciando a esos valores que nos hacen seres libres en una sociedad aparentemente libre. Hay que tener en cuenta que para ingresar en ese exclusivo club de la política institucional es necesario aprender a obedecer, mentir y engañar -que no es lo mismo-, difuminar los principios personales en favor de los que rigen la ideología elegida y aceptar las normas que impone la pertenencia a un partido político. Tragarse el orgullo personal y defender sin ambages el corporativo, y actuar como dictan las reglas estéticas del grupo al que se pretende pertenecer. Es decir, serlo y parecerlo.

Claro que se puede optar por permanecer al otro lado del espejo y contemplar con indolencia cómo se expolia el país de las maravillas, maldiciendo la hora en que decidimos abrirles la puerta a sus habitantes con esos votos que nos hurtaron con falsas promesas y mucha condescendencia. Sabedores de nuestro error, las mentiras, las ineptitudes, los silencios y la soberbia con que hoy nos devuelven la confianza obtenida se convierten en lacerantes ofensas que nos irritan por saber que ya no hay más remedio que soportarlas y, sobre todo, porque nos las merecemos a causa de nuestra candidez. Y mientras tendremos que seguir pagando la factura del dispendio de nuestros políticos y sus ahijados.

Es cierto que muchos ni se enteran o prefieren no enterarse de que les están ofendiendo. Al fin y al cabo el ensimismamiento en sus problemas les permite vivir a oscuras y quizás así sean más felices. Un día llegan al mercado y se encuentran con que los precios han subido, pero como tienen que comer compran menos y pagan lo que se les pida; otro día llega cualquier recibo de cualquier tasa, impuesto o deuda contraída y aunque comprueban con disgusto que ha subido la cuota, lo pagan y a otra cosa; si para operarse de un juanete han de esperar una eternidad y el amiguete de turno no les puede colar, pues pagan al médico que les atiende en el consultorio y se operan en su clínica; si para no obligar a sus hijos a compartir aula con moros o negratas es preciso pagar para mandarlos a un colegio concertado -aunque sea religioso y no se crea en dios-, se paga y tan contentos; si a primeros de mes ven que ganan cien euros menos y ya no hay forma de negociar con el patrón para mejorar las condiciones de trabajo ni caer enfermos, no pasa nada, se anulan determinados gastos o se aprovisionan de aspirinas y en paz, no sea que por quejarse terminen perdiendo el empleo y se depriman como el vecino de enfrente que se tiró treinta años currando como un cabrón, lleva en el paro tres años y no hay nadie que le quiera contratar porque ya está viejo y tiene demasiada experiencia. Y así hasta conseguir una sociedad domesticada por la amenaza y sometida a una tenaz redención por los pecados cometidos en el pasado; claro que nadie les advirtió entonces que comprar un coche nuevo o marchar de viaje al Caribe estaba por encima de sus posibilidades. ¿Ofendidos? Para nada. En todo caso resignados e indulgentes con quienes les imponen unos sacrificios que a ellos no les incumben.

En este escenario no es extraño asistir a grandiosas representaciones de la ofensa. Cuando antes de ir al fútbol a costa del erario público, el presidente del Gobierno compareció para comunicar sus impresiones acerca del rescate solicitado a la Unión Europea, sólo los ofendidos parecieron interesarse por qué diría y cómo. Sabedor de que su audiencia no era especialmente crítica, el sujeto se mostró radiante y desenfadado, como esos hipotecados primerizos que muestran su júbilo por haber conseguido el dinero necesario para comprar su primera vivienda sin pensar en las obligaciones contraídas ni en lo que ellas supondrán para su estabilidad financiera futura. Nunca antes había escuchado a alguien engañar con tanto desparpajo. Sabedor de que sus huestes de fieles y esbirros mediáticos estarían preparando la interpretación adecuada de sus palabras, para intoxicar a la opinión pública cautiva y condenar a la controversia a la crítica. Al principio me recordó el chusco episodio de los hilitos de plastilina, pero luego temblé al recordar que si estos tipos fueron capaces de mentir sobre el dolor de las familias que perdieron a alguien en los atentados de Atocha, cómo no serían capaces de trapacear sobre algo en comparación menos dramático como un rescate financiero.

El fracaso político se divulga mucho mejor en domingo y cuando tienes a todo el país pendiente del fútbol. El presidente se fue a Polonia a sabiendas de que en España estaba todo resuelto. Y no le faltó razón. Solo que lo que él zanja como resuelto no es lo que creemos quienes le escuchamos. Resuelto está el diseño de la mentira que envolverá el resultado del fracaso de su gestión. Los artesanos del engaño a sueldo del PP ya tienen preparada la doctrina que se encargarán de predicar los lacayos autonómicos, divulgar los esbirros a sueldo en los medios de comunicación afines y acatar la legión de crédulos fanáticos que habrán de asentarla como axioma sin atisbo de enmienda. "Un préstamo es, no un rescate", es el lema. Y quien ose cuestionarlo será blasfemo y poco patriota. Las mentiras se alimentan con la credulidad del ingenuo y del oportunista. Y en España, por desgracia, abundan.

¿Cuantas mentiras más harán falta para que la oposición política salga de su letargo, o esas masas indignadas desafíen de nuevo a la autoridad con sus cánticos mudos en las plazas públicas? Esa es una pregunta que me hago insistentemente y no hallo respuesta. Puede ser que socialistas y comunistas carezcan de los vatios de sonido que amplificaron la protesta derechista cuando gobernaba Zapatero, o también que adolezcan del ímpetu que proporcionan los argumentos, o que sencillamente sean pocos los focos mediáticos que iluminan sus críticas, o que no sepan ni siquiera qué hacer ante el entusiasmo de los fieles del PP y la indolencia del resto de la sociedad.

Sea como sea, resulta ofensivo contemplar la actitud de un líder socialista que no parece haber encontrado aún su lugar en la actual escena política. Aferrado a una confusa dialéctica cargada de lugares comunes, no se percibe en su discurso ni un atisbo de esa pedagogía tan necesaria para mostrar a la ciudadanía el error ajeno, ni la contundencia con la que debería impulsar sus críticas, sino más bien al contrario una irritante condescendencia que a veces parece complicidad. Parece que no se ha dado cuenta aún de que no hay nada que construir con la derecha; de que sus opiniones son irrelevantes y corre el peligro de convertirse en un cándido útil para los fines del PP. Es mucho lo que se juega este país como para que la única alternativa plausible a este gobierno de embusteros adopte la actitud de Don Tancredo. No se trata ni mucho menos de imitar la inopinada rabia aniquiladora de la derecha en sus años de oposición, pero sí se echa de menos algo más de entusiasmo en la denuncia y claridad en las propuestas alternativas, pues aún no conocemos cuáles son las recetas del PSOE para salir de esta crisis más allá de la tibia declaración de intenciones que constituyó el último y fracasado programa electoral. Es hora ya de que el PSOE supere sus complejos y haga frente al proceso emprendido por la derecha para instaurar en España una versión moderna del despotismo.

Ofendidos o no, somos muchos los que creemos que se avecinan tiempos oscuros para el país si nadie es capaz de amortiguar la irrefrenable caída de la sociedad en la apatía y el desengaño.



domingo, 10 de junio de 2012

El fracaso de un país

Llamadlo como gustéis: rescate, préstamo, ayuda, donación o limosna, pero lo sucedido ayer representa el fracaso de un país. Cuando alguien es incapaz de solventar por sus propios medios un problema y pide ayuda, está reconociendo explícitamente su impotencia y la ineficacia de sus métodos. En esas circunstancias se impone un ejercicio de humildad, que no de sometimiento, y el reconocimiento del error o errores cometidos; sólo así y haciendo propósito de enmienda es posible conservar la dignidad y, si acaso, afrontar con entereza las consecuencias que acarreará esa resignación. Ocultar la realidad o manipularla al antojo de intereses propios no es más que abonar la confusión y ofender a quienes, en definitiva, vamos a terminar pagando los desperfectos.

Que España iba a necesitar ayuda extranjera era algo que se sabía desde hace mucho tiempo, incluso antes de que la derecha obtuviera el poder ansiado durante ocho años. Era cuestión de tiempo y oportunidad, ya que el peso de la economía española obligaba a las instituciones europeas a modular con destreza el procedimiento de rescate. Afortunadamente, y a diferencia de los casos de Portugal, Irlanda o Grecia en donde el mal había contaminado las estructuras básicas de la economía, en España el foco estaba bien localizado en el poder financiero y de ahí que Bruselas haya podido diseñar un nuevo modelo de rescate más discrecional y aparentemente menos invasivo para los intereses generales que los aplicados en los otros países. Sin embargo, están por ver las condiciones que conlleva tal desembolso y su efecto directo sobre la gestión presupuestaria, o lo que es lo mismo qué importe de la factura nos tocará pagar a los ciudadanos.

Es cierto que, a estas alturas, un sacrificio más o menos empieza a resultar irrelevante en su fase de anuncio puesto que sus efectos no se sentirán hasta su plena aplicación; y para eso aún faltan algunos meses. Quizás en ese momento, muchos caigan en la cuenta de las dificultades que habrán de sufrir aunque el tradicional conservadurismo de la sociedad española permita a los gobernantes salvar el escollo del descontento, y aferrarse a un poder cada vez más resbaladizo. Al fin y al cabo, el partido en el poder goza de un respaldo parlamentario e institucional lo suficientemente sólido como para esquivar la rabia social y, con más de tres años por delante, creerá que es más que probable que los ánimos se serenen más por agotamiento o impotencia que por aceptación, siempre que se sepa administrar bien la ayuda obtenida y reporte algún resultado favorable a corto plazo. El problema es que no será así.

Lo más triste en este relato no es que España haya tenido que capitular y dejarse intervenir por la Unión Europea, sino que ha sido el penoso corolario de un proceso caracterizado por la ineptitud y las mentiras en el que tanto la sociedad como sus instituciones públicas y privadas han sido protagonistas.

Los políticos han antepuesto sus intereses partidistas embaucando tenazmente a toda una ciudadanía que, por su parte, se ha dejado engañar creyendo quizás que esta crisis no era más que un pequeño desperfecto en la máquina debido a su excesivo uso y esperando que una vez reparado volvería a caer en ese plácido sueño de riqueza. Sin embargo, la obstinada realidad demostró que la máquina no estaba averiada sino definitivamente inservible, y que los que debían arreglarla no tenían ni la menor idea de hacerlo. El anterior gobierno quiso enmascarar la gravedad de la rotura negándola y, cuando ya no pudo ocultarlo más, intentando remedios ineficaces y en ocasiones pueriles; enfrente, otros se arrogaban la posesión del remedio infalible y pidieron una oportunidad despreciando a los que intentaban repararla en vez de ofrecer sus conocimientos y herramientas. Consiguieron esa confianza y hoy demuestran que ni entonces sabían como arreglarla ni hoy lo saben. Y como no parece quedar otra solución que cambiarla, piden ayuda para comprar una nueva. La cuestión es si acertarán con el modelo y si éste funcionará adecuadamente para cubrir las necesidades reales del país. Me temo que no.

Y lo creo así porque el Gobierno -y su esquivo presidente- sigue engañando a la opinión pública, y lo hacen con esa suficiencia de quien se sabe respaldado por una horda de fanáticos, una sociedad entumecida y demasiado crédula, y además carece de rivales políticos e institucionales. Un paraíso donde crece la arrogancia, el despotismo y la falacia. La derecha sabe que en un país silenciado por el miedo y la burda propaganda, se acepta la engañifa como mal menor siempre que quede a salvo una mayoría adecuada de ingenuos con poder adquisitivo y se alimente regularmente a quienes gozan de riqueza y poder social.

Resulta ofensivo contemplar a todo un presidente del Gobierno alimentar la trágica pantomima con un ejercicio de orgullo patrio arrogándose el mérito de la atención europea e intentando ofrecer una imagen de normalidad yéndose al fútbol porque, según dijo, "todo está resuelto". ¿Cabe más desfachatez? Pues sí. Aferrado a la nomenclatura marcial que caracteriza el discurso de la derecha, el señor presidente niega la evidencia maquillando el fracaso de su gestión con la afirmación de que el dinero que ha pedido a la Unión Europea no es más que un préstamo que servirá para que los bancos españoles empiecen a repartirlo entre los agobiados empresarios, para que éstos inviertan en sus negocios y, como por ensalmo, empiecen a contratar gente a mansalva. Una de dos: o este señor es imbécil sin remedio o el personaje más irresponsable, ruin y embustero que se ha conocido en España desde los tiempos de Viriato.

En primer lugar, este no es un crédito privado sino público: los estados europeos prestan al Estado español unas cantidades para un fin concreto, afrontar con garantías la reforma financiera nacional. Por eso, es el Estado español el que deberá devolver ese dinero cuando toque más un 3% de interés. Es decir, que si hasta ahora era el BCE el que prestaba directamente a los bancos o compraba bonos soberanos para aliviar la presión de los especuladores, ahora es el Estado el que se hace responsable de esos créditos y deberá responder de ellos con sus recursos. Si eso no es condicionar el funcionamiento de la macroeconomía española, que venga Friedmann y nos lo explique.

El crédito se liberará a plazos y aún no se sabe cómo el Gobierno español distribuirá el dinero que reciba y en qué condiciones lo entregará a los bancos necesitados. Es más, tampoco sabemos cual es el estado real del sistema financiero español hasta que los auditores emitan su dictamen, por lo que es muy probable que nos encontremos con nuevas y desagradables sorpresas en breve. Después habrá que saber qué habrán de hacer los bancos que reciban este dinero PÚBLICO -puesto que desde el momento en que el crédito se endosa al Estado, es el erario público el que responde de su gestión y devolución-, qué contrapartidas deberán aceptar y cómo lo devolverán, si es que lo devuelven, y en qué plazo. Mal negocio sería si el Estado recibiera el dinero en préstamo y lo repartiera como ayudas a fondo perdido.

La Unión Europea ha dejado muy claro que vigilará la gestión de ese préstamo. Entonces cabe preguntarse si el dinero se destina a aliviar la presión del enorme pasivo de las entidades bancarias y sanear sus cuentas, cuánto quedará para estimular el crédito a particulares y empresas. Es lógico pensar que si el deterioro del sistema financiero se debe en buena medida a la alocada gestión crediticia durante los años de frenesí inmobiliario, ahora se establezcan rígidos controles en ese ámbito a fin de que no se asuman nuevos riesgos. Ese criterio obligaría a una supervisión mucho más estricta de la viabilidad de los créditos que se estudien y, por tanto, apenas variaría la actual situación determinada por la solvencia de quien los solicita como requisito indispensable para su obtención. Es una falacia asegurar que con la llegada de dinero fresco a las arcas de los bancos se estimulará el crédito, sin aclarar que los mismos sólo llegarán a quienes puedan garantizar su devolución y asumir los altos intereses que a buen seguro se impondrán para rentabilizar esas operaciones. A buen seguro, transcurrirá mucho tiempo antes de que los bancos se atrevan a asumir determinados riesgos y, por lo tanto, que nadie espere un festival crediticio a corto plazo. Así pues, miente el presidente cuando anuncia que este dinero servirá para la reactivación económica del país, pues sólo recibirá dinero quien lo pueda devolver. Como hasta ahora.

Tampoco está claro si a los bancos que reciban dinero de estos préstamos se les permitirá negociar con él en el mercado. Paralizado como está el crédito interbancario por la escasa fiabilidad de las entidades financieras españolas -con calificaciones miserables-, con unos inversores poco dados ya a aventuras que no les reporten beneficios rápidos y cuantiosos, y con unos ciudadanos más inclinados a guardar el dinero bajo el colchón que a dejarse embriagar con productos financieros poco creíbles dados los fiascos de los últimos años, poco margen de maniobra les quedará a los bancos españoles para jugar al monopoly con el dinero que reciban y, desde luego, sería imprudente que no se supervisará al detalle cualquier producto que se pusiera en el mercado para evitar malas prácticas o estafas.

También habría que saber si quienes han sido los responsables de que España se endeude con toda Europa rendirán cuentas y pagarán por sus errores, o si la derecha utilizará ese viejo y burdo recurso del patriotismo para enmascarar tanto fraude. Sería deseable que uno de los aspectos a vigilar por quienes les han rescatado de la hecatombe sea precisamente la aptitud y honradez de quienes habrán de gestionar el dinero prestado, evitando esa complicidad tóxica entre política y poder financiero que ha sido el origen de este desastre. No pueden ser sólo esos ejecutivos prescindibles, ni menos aún los trabajadores de las entidades financieras, los que paguen la factura con despidos y depuraciones; hay que buscar en las plantas nobles de los bancos y cajas a esos esbirros del poder político que las han arruinado mientras se llenaban los bolsillos con suculentos sueldos y pensiones. Sólo así se recuperará la credibilidad, aunque me temo que los políticos no estén dispuestos a desprenderse de tan jugosa presa y, mutatis mutandi, intenten conservar el control financiero para sus delirios de grandeza.

Es cierto que con esta intervención extranjera de la soberanía española habrá mucho más control de nuestra política económica -y sacrificios-, por mucho que ese falaz y arrogante presidente del Gobierno asegure que no será así. Quizás así deban asumir las imprescindibles políticas de estímulo presupuestario que ya se están auspiciando desde Francia y Estados Unidos, y atempere ese expolio de los servicios públicos que iniciaron nada más lograr el poder. Sería incongruente que nuestros prestamistas aboguen en Bruselas por la inversión pública y los sufridos prestatarios se empeñen en vender al capital privado todo lo que puedan. Si esta intervención contribuye a detener ese festín de fieras depredadoras, bienvenida sea. Es preferible pagar más impuestos para que se estimule la inversión pública que pagarles a los amiguetes de poder las tarifas que les parezca por servicios que ya se supone que financiamos con nuestro sacrificio.

Por todo ello, este rescate no es ni por asomo la panacea para los problemas económicos de España. Por eso no está todo resuelto, señor prsidente. Ni mucho menos. Todo está por resolver, y ahora tendremos que soportar ya no sólo la despiadada presión de las políticas restrictivas del Gobierno de la derecha sino también la de unos prestamistas que querrán saber qué hacemos con su dinero. Miente una vez más el individuo que nos gobierna cuando asegura que sus reformas van por el buen camino. No es así, y la prueba es que la economía española se deteriora cada vez más y las previsiones no son nada alagüeñas.

Señores políticos: han fracasado. Ejerzan su orgullo en asumir su derrota. Sean dignos por una vez.

Demasiada desgracia para tanta mentira y arrogancia. En los otros países rescatados, los gobernantes al menos fueron capaces de reconocer sus errores y marcharse, pero aquí se prefiere enmascarar la realidad con arrebatos de orgullo patriotero y estupideces. Esta gentuza fue incapaz de aunar esfuerzos cuando aún estaban a tiempo de hacer frente a la crisis económica, y prefirieron unos atrincherarse en sus ingenuidades y los otros desprestigiar al gobierno dentro y fuera del país. Ahora comprobamos, sumidos en el terror, que ni unos ni otros son capaces de resolver el problema ensimismados como están en conservar sus opciones de poder. Repugna esa frivolidad de la clase política en un momento en el que los depredadores sangran a toda una sociedad.

Pero la pregunta que me hago es: ¿Y qué quiere esa sociedad?


viernes, 8 de junio de 2012

Alegorías cotidianas

Esta mañana he ido a una estafeta de correos que se encuentra en unos grandes almacenes. Suele haber dos empleados atendiendo a la clientela, pero hoy sólo había uno y la cola era considerable. Un tipo, quien quizás no había enviado jamás una carta que requiriera más que el preceptivo sello, se afanaba en rellenar unos impresos mientras el funcionario pasaba el rato atareado con no sé qué tarea en su ordenador. El tiempo pasaba y la cola seguía creciendo. De repente aparece una señora de esas que usan el lamento con habilidad pasmosa y pregunta si para poner un sello había que guardar semejante cola; ante el silencio de los presentes, la mujer se adelanta hasta el mostrador y, quizás por estar aburrido o por pura inercia -no contemplo la malevolencia-, el funcionario la atiende servicial ante la pasividad de los que esperan. La señora, ufana, se marcha sin agradecer la incomprensible amabilidad. Al pasar por mi lado, le reprocho que se haya colado, pero sólo recibo una mirada de desprecio. Asqueado, me marcho.

Luego pensé en que había asistido una de esas alegorías que fabrica lo cotidiano. Un servicio mermado que provoca un perjuicio a unos clientes que contemplan impasibles como un semejante hace trampas para conseguir lo que los demás pretenden de buena lid. Y concluyo que en este pobre país sólo hay una alternativa si se aspira a un buen servicio: o tomar el atajo fraudulento o pagar.

Los españoles ya están acostumbrados a pagar por obtener aquello que les corresponde por derecho, y por eso no es extraño que a muchos no les escandalice que esa opción se convierta en norma. Y todo ante el silencio indolente o cómplice de quienes han aceptado el fraude como una vía idónea para acceder a lo que consideran propio aun siendo de todos.