lunes, 11 de junio de 2012

Ofensas

No ofende quien quiere sino quien puede. Así, quien ofende sabe que su ofensa puede tener efecto sólo si el destinatario de la misma es consciente de merecerla. Quienes nos sentimos ofendidos por las palabras y actos -incluso omisiones- de la casta política española, sabemos que nos merecemos ese trato sencillamente porque conocemos nuestros pecados, aunque en muchos casos nos resistamos a admitirlos. El primero de ellos es permitir con nuestra indulgencia que esa gente disfrute de unos privilegios que ni por asomo podríamos obtener de nuestro esfuerzo cotidiano, y que ellos gocen de esa posición por el sencillo hecho de haber logrado -con métodos no siempre dignos- una posición de favor en las listas electorales de sus respectivos partidos. La opacidad de esos procesos, consentida por el electorado, permite a una serie de ciudadanos conseguir una posición social y económica que nos está vedada al resto de los mortales, a menos claro es que despidamos a la dignidad dignidad y vendamos nuestra voluntad al mejor postor renunciando a esos valores que nos hacen seres libres en una sociedad aparentemente libre. Hay que tener en cuenta que para ingresar en ese exclusivo club de la política institucional es necesario aprender a obedecer, mentir y engañar -que no es lo mismo-, difuminar los principios personales en favor de los que rigen la ideología elegida y aceptar las normas que impone la pertenencia a un partido político. Tragarse el orgullo personal y defender sin ambages el corporativo, y actuar como dictan las reglas estéticas del grupo al que se pretende pertenecer. Es decir, serlo y parecerlo.

Claro que se puede optar por permanecer al otro lado del espejo y contemplar con indolencia cómo se expolia el país de las maravillas, maldiciendo la hora en que decidimos abrirles la puerta a sus habitantes con esos votos que nos hurtaron con falsas promesas y mucha condescendencia. Sabedores de nuestro error, las mentiras, las ineptitudes, los silencios y la soberbia con que hoy nos devuelven la confianza obtenida se convierten en lacerantes ofensas que nos irritan por saber que ya no hay más remedio que soportarlas y, sobre todo, porque nos las merecemos a causa de nuestra candidez. Y mientras tendremos que seguir pagando la factura del dispendio de nuestros políticos y sus ahijados.

Es cierto que muchos ni se enteran o prefieren no enterarse de que les están ofendiendo. Al fin y al cabo el ensimismamiento en sus problemas les permite vivir a oscuras y quizás así sean más felices. Un día llegan al mercado y se encuentran con que los precios han subido, pero como tienen que comer compran menos y pagan lo que se les pida; otro día llega cualquier recibo de cualquier tasa, impuesto o deuda contraída y aunque comprueban con disgusto que ha subido la cuota, lo pagan y a otra cosa; si para operarse de un juanete han de esperar una eternidad y el amiguete de turno no les puede colar, pues pagan al médico que les atiende en el consultorio y se operan en su clínica; si para no obligar a sus hijos a compartir aula con moros o negratas es preciso pagar para mandarlos a un colegio concertado -aunque sea religioso y no se crea en dios-, se paga y tan contentos; si a primeros de mes ven que ganan cien euros menos y ya no hay forma de negociar con el patrón para mejorar las condiciones de trabajo ni caer enfermos, no pasa nada, se anulan determinados gastos o se aprovisionan de aspirinas y en paz, no sea que por quejarse terminen perdiendo el empleo y se depriman como el vecino de enfrente que se tiró treinta años currando como un cabrón, lleva en el paro tres años y no hay nadie que le quiera contratar porque ya está viejo y tiene demasiada experiencia. Y así hasta conseguir una sociedad domesticada por la amenaza y sometida a una tenaz redención por los pecados cometidos en el pasado; claro que nadie les advirtió entonces que comprar un coche nuevo o marchar de viaje al Caribe estaba por encima de sus posibilidades. ¿Ofendidos? Para nada. En todo caso resignados e indulgentes con quienes les imponen unos sacrificios que a ellos no les incumben.

En este escenario no es extraño asistir a grandiosas representaciones de la ofensa. Cuando antes de ir al fútbol a costa del erario público, el presidente del Gobierno compareció para comunicar sus impresiones acerca del rescate solicitado a la Unión Europea, sólo los ofendidos parecieron interesarse por qué diría y cómo. Sabedor de que su audiencia no era especialmente crítica, el sujeto se mostró radiante y desenfadado, como esos hipotecados primerizos que muestran su júbilo por haber conseguido el dinero necesario para comprar su primera vivienda sin pensar en las obligaciones contraídas ni en lo que ellas supondrán para su estabilidad financiera futura. Nunca antes había escuchado a alguien engañar con tanto desparpajo. Sabedor de que sus huestes de fieles y esbirros mediáticos estarían preparando la interpretación adecuada de sus palabras, para intoxicar a la opinión pública cautiva y condenar a la controversia a la crítica. Al principio me recordó el chusco episodio de los hilitos de plastilina, pero luego temblé al recordar que si estos tipos fueron capaces de mentir sobre el dolor de las familias que perdieron a alguien en los atentados de Atocha, cómo no serían capaces de trapacear sobre algo en comparación menos dramático como un rescate financiero.

El fracaso político se divulga mucho mejor en domingo y cuando tienes a todo el país pendiente del fútbol. El presidente se fue a Polonia a sabiendas de que en España estaba todo resuelto. Y no le faltó razón. Solo que lo que él zanja como resuelto no es lo que creemos quienes le escuchamos. Resuelto está el diseño de la mentira que envolverá el resultado del fracaso de su gestión. Los artesanos del engaño a sueldo del PP ya tienen preparada la doctrina que se encargarán de predicar los lacayos autonómicos, divulgar los esbirros a sueldo en los medios de comunicación afines y acatar la legión de crédulos fanáticos que habrán de asentarla como axioma sin atisbo de enmienda. "Un préstamo es, no un rescate", es el lema. Y quien ose cuestionarlo será blasfemo y poco patriota. Las mentiras se alimentan con la credulidad del ingenuo y del oportunista. Y en España, por desgracia, abundan.

¿Cuantas mentiras más harán falta para que la oposición política salga de su letargo, o esas masas indignadas desafíen de nuevo a la autoridad con sus cánticos mudos en las plazas públicas? Esa es una pregunta que me hago insistentemente y no hallo respuesta. Puede ser que socialistas y comunistas carezcan de los vatios de sonido que amplificaron la protesta derechista cuando gobernaba Zapatero, o también que adolezcan del ímpetu que proporcionan los argumentos, o que sencillamente sean pocos los focos mediáticos que iluminan sus críticas, o que no sepan ni siquiera qué hacer ante el entusiasmo de los fieles del PP y la indolencia del resto de la sociedad.

Sea como sea, resulta ofensivo contemplar la actitud de un líder socialista que no parece haber encontrado aún su lugar en la actual escena política. Aferrado a una confusa dialéctica cargada de lugares comunes, no se percibe en su discurso ni un atisbo de esa pedagogía tan necesaria para mostrar a la ciudadanía el error ajeno, ni la contundencia con la que debería impulsar sus críticas, sino más bien al contrario una irritante condescendencia que a veces parece complicidad. Parece que no se ha dado cuenta aún de que no hay nada que construir con la derecha; de que sus opiniones son irrelevantes y corre el peligro de convertirse en un cándido útil para los fines del PP. Es mucho lo que se juega este país como para que la única alternativa plausible a este gobierno de embusteros adopte la actitud de Don Tancredo. No se trata ni mucho menos de imitar la inopinada rabia aniquiladora de la derecha en sus años de oposición, pero sí se echa de menos algo más de entusiasmo en la denuncia y claridad en las propuestas alternativas, pues aún no conocemos cuáles son las recetas del PSOE para salir de esta crisis más allá de la tibia declaración de intenciones que constituyó el último y fracasado programa electoral. Es hora ya de que el PSOE supere sus complejos y haga frente al proceso emprendido por la derecha para instaurar en España una versión moderna del despotismo.

Ofendidos o no, somos muchos los que creemos que se avecinan tiempos oscuros para el país si nadie es capaz de amortiguar la irrefrenable caída de la sociedad en la apatía y el desengaño.



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