viernes, 8 de junio de 2012

Alegorías cotidianas

Esta mañana he ido a una estafeta de correos que se encuentra en unos grandes almacenes. Suele haber dos empleados atendiendo a la clientela, pero hoy sólo había uno y la cola era considerable. Un tipo, quien quizás no había enviado jamás una carta que requiriera más que el preceptivo sello, se afanaba en rellenar unos impresos mientras el funcionario pasaba el rato atareado con no sé qué tarea en su ordenador. El tiempo pasaba y la cola seguía creciendo. De repente aparece una señora de esas que usan el lamento con habilidad pasmosa y pregunta si para poner un sello había que guardar semejante cola; ante el silencio de los presentes, la mujer se adelanta hasta el mostrador y, quizás por estar aburrido o por pura inercia -no contemplo la malevolencia-, el funcionario la atiende servicial ante la pasividad de los que esperan. La señora, ufana, se marcha sin agradecer la incomprensible amabilidad. Al pasar por mi lado, le reprocho que se haya colado, pero sólo recibo una mirada de desprecio. Asqueado, me marcho.

Luego pensé en que había asistido una de esas alegorías que fabrica lo cotidiano. Un servicio mermado que provoca un perjuicio a unos clientes que contemplan impasibles como un semejante hace trampas para conseguir lo que los demás pretenden de buena lid. Y concluyo que en este pobre país sólo hay una alternativa si se aspira a un buen servicio: o tomar el atajo fraudulento o pagar.

Los españoles ya están acostumbrados a pagar por obtener aquello que les corresponde por derecho, y por eso no es extraño que a muchos no les escandalice que esa opción se convierta en norma. Y todo ante el silencio indolente o cómplice de quienes han aceptado el fraude como una vía idónea para acceder a lo que consideran propio aun siendo de todos.

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