lunes, 21 de septiembre de 2015

La paradoja indeseable

(Este es el artículo que apareció en La Opinión de Murcia en su edición del pasado 17 de septiembre.   Siempre escribo sin pensar si se leerá o no el artículo, ni lo que pensarán quienes lo lean. Al fin y al cabo, para mí escribir no es más que una terapia contra la indiferencia. Y lo publico aquí porque ya que dispongo de este espacio, más vale que tenga algo de vida. Lo reproduzco tal cual, aunque también se puede consultar en la dirección: http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2015/09/17/paradoja-indeseable/677539.html)


Imaginen a alguien que gasta enormes cantidades de dinero en juegos de azar con el propósito de proporcionar una buena vida a su familia, y cuando después de mucho perder logra ganar una fortuna se encuentra con que su pareja lo ha abandonado harta de sus insensateces y los acreedores le han vuelto a dejar en la ruina. Ha sido víctima de una de esas paradojas indeseables en la que el ansiado éxito conduce a una situación aún peor que la de partida.

Cataluña y España se encaminan irremediablemente hacia una de esas situaciones, pues con todas las vías de diálogo colapsadas y una relación de franca confrontación, el más que probable éxito electoral del frente nacionalista catalán obligará a sus promotores a la declaración unilateral de independencia, asumiendo de ese modo unas consecuencias impredecibles.

Ya no caben más dilaciones ni malabarismos retóricos; el camino está trazado y lleva al desafío. Las leyes y la voluntad del Gobierno central impiden otra opción. Ni siquiera si se produjese un cambio de color político en el Estado a fin de año, y accediera al poder un gobierno más posibilista, sería posible una solución satisfactoria para ambas partes, pues la necesaria reforma de la Constitución para permitir iniciar el proceso secesionista exigiría un consenso que la derecha nunca estaría dispuesta a alcanzar, mientras posea una fuerza política suficiente en las instituciones.

Por otro lado, cualquier desviación de la ruta independentista traicionaría el ideario que sustancia el movimiento y frustraría las expectativas de la masa social que lo respalda, que ya se encuentra al límite del hartazgo tras tanta reivindicación inane. De ese modo, si termina pesando el pragmatismo, como ha sucedido en la Grecia de Tsipras, a los promotores de la independencia les sobreviene un arresto de prudencia, y deciden no arriesgar el bienestar de los catalanes en una aventura de incierto resultado, la única alternativa que les resta es la renuncia y su posterior desaparición del mapa político español, adaptando sus partidos al escenario legal vigente en el país. Y así se produciría la primera de esas paradojas indeseables, pues el éxito electoral del frente nacionalista puede conducir a su desaparición y al fortalecimiento de los vínculos entre Cataluña y España.

Ahora bien, si los nacionalistas decidieran jugar la baza de lo inesperado y cumplieran sus propósitos, nada garantiza que las autoridades de Madrid y Bruselas estén realmente preparadas para hacer frente a la nueva situación que se plantearía. La gran relevancia social y económica de Cataluña en el contexto europeo obligaría a las instituciones de la UE a abordar la crisis con mucha más cautela de la que se deduce de las invectivas pronunciadas por algunos de sus líderes, a demanda de Rajoy.

La cartesiana Europa ha demostrado poca agilidad de respuesta cuando la realidad desborda sus cálculos. Ya se sufrió con la crisis económica de 2008 y ahora se vuelve a repetir con la migratoria. La frecuente colisión de los intereses políticos y económicos de los diversos países de la UE ralentiza, cuando no impide, las reacciones ante situaciones críticas. Bruselas suele confiar demasiado en el cálculo analítico y en el poder persuasivo de sus burócratas, pero no siempre le ha de salir tan bien la jugada como en el caso de Grecia.

Y menos cuando lo que está en juego es la estabilidad de las inversiones. Ya está más que demostrado que el dinero y la política (por ese orden) marcan el ritmo decisorio en las instituciones europeas. Y en Cataluña, como en Grecia, el objetivo tácito es proteger las inversiones a toda costa. Tales intereses confluyentes en una región demasiado importante y dinámica, obligaría a los países de la UE a reformular sus cálculos para proteger a sus inversores, y no sería aventurado pensar que, tras un primer rechazo protocolario, se inclinaran por el mal menor de una Cataluña independiente pero convenientemente controlada. Incluso si con tal postura contrarían al Gobierno español y elevan el riesgo de activar procesos similares en otras regiones de Europa. El dinero es el dinero.

Tampoco Rajoy tendría mucho margen de maniobra ante un órdago semejante. Si se descarta la intervención militar, pues ningún presidente de gobierno en su sano juicio tomaría semejante decisión, las sanciones que podría imponer al comercio catalán no se prolongarían demasiado en el tiempo, sencillamente por que ello perjudicaría también a la economía española, dada la enorme cantidad de intereses económicos que mantienen las empresas de todo el país en Cataluña. Eso sin contar con el desgaste político que le acarrearía someter a los habitantes de esa región a una campaña de acoso demasiado agresiva, sobre todo cuando el PP está a las puertas de unas elecciones generales en las que puede perder el poder.

Todo ello conduciría a la derecha a otra de esas paradojas indeseables, según la cual disponiendo de todos los recursos para haber negociado una salida razonable a la crisis catalana, autorizando sin más el referéndum exigido por la Generalitat, ha preferido la confrontación como táctica política en busca de réditos electorales.

Claro que la independencia tampoco es sinónimo de estabilidad, pues de alcanzarse ese estadio estaría por ver si el nuevo Gobierno catalán es capaz de administrar el éxito. No sería raro prever un enfrentamiento entre los partidos que componen la actual coalición independentista, dadas las profundas diferencias ideológicas que los separan. Una mala gestión de la gobernabilidad podría abocar a una ruptura institucional y a la inevitable convocatoria de nuevas elecciones, en las que una derrota del frente nacionalista llevaría a la posible reversión de la situación al punto de partida y culminando así el proceso de independencia en un más que probable fiasco.

A fin de cuentas, este es uno de esos ejemplos de la necedad los políticos al entablar un estúpido combate de orgullos en el que da igual quien venza porque siempre terminan perdiendo los mismos: los ciudadanos. Y esa es la más indeseable de las paradojas. 



jueves, 20 de noviembre de 2014

Enjundia a media tarde

He abierto la ventana de la habitación donde me encuentro para que se disipe el humo del tabaco. Como todavía no hace demasiado frío, un grupo de personas se ha sentado en la terraza del bar de abajo, y hablan en voz alta (como es lo normal por estas tierras) y al unísono (como no podía ser de otra forma). De repente una de las voces se impone sobre las demás y declama:

"Hay una película en la que le disparan a 'guaiaérh' y no le dan; pero detrás hay un caballo, pijo... un puto caballo, y tampoco le dan las balas. Vale que a 'guaiaérh' no le den las balas porque pasen a un palmo, pero el caballo ocupa mucho más sitio y tampoco le dan; lo suyo es que hubieran matado al caballo, ¿no?".

Aparte de que me costó descifrar que hablaba de Wyatt Earp, aunque no sé a cual de las versiones cinematográficas se refería (puede ser cualquiera), el planteamiento tenía su lógica. Tampoco sé si alguno de los contertulios le prestaba atención, porque la algarabía de voces continuaba mientras hablaba. De repente, un extraño silencio. Como si se hubieran evaporado, como si nada hubiese sucedido. Igual han sido imaginaciones mías.

viernes, 8 de agosto de 2014

Las caras de la explotación

Cuando leí que el hombre más rico del mundo había propuesto organizar el trabajo en tres jornadas  de 12 horas a la semana, recordé la historia de un viejo y muy querido amigo quien llevaba empleado así varios meses. Trabajaba de lunes a miércoles en una tienda de comestibles de nueve de la mañana a nueve de la noche ininterrumpidamente. Allí, además de atender a los clientes, debía reponer el género, limpiar y administrar el establecimiento. Y todo por algo más de 800 euros al mes. Me contó que empezó trabajando 10 horas al día de lunes a viernes, por lo que ganaba apenas mil euros, y que decidió acortar y concentrar su jornada laboral con la intención de disponer de tiempo libre para buscar alguna ocupación adicional que complementase tan ridículo sueldo. Sobre todo teniendo en cuenta que su lugar de trabajo se encontraba a 150 kilómetros de su domicilio y que, después de hacer muchas cuentas, le salía más barato alojarse dos noches en una pensión y comer un par de bocadillos en la tienda. Aun así, la mayor parte del jornal lo invertía en acudir al trabajo, por lo que a fin de mes, una vez pagadas las facturas y demás gastos vitales, apenas le quedaban unos pocos euros para caprichos como tomar un café de vez en cuando. Me contó también que cada miércoles terminaba tan harto y agotado que el viaje de vuelta a casa se le antojaba una liberación, tanto como una condena levantarse cada lunes a las seis de la mañana para emprender de nuevo el camino de vuelta al trabajo. Se quejaba de lo difícil que era sacarse la mugre que se quedaba entre las uñas, algo irritante para una persona tan pulcra como él, de lo duro que era soportar la soberbia de algunos clientes que se creían con derecho a faltarle al respeto por ser lo que era, o del cansancio que le causaba cargar con pesadas cajas de fruta o de cualquier otro artículo cuando había que reponerlo. 

Pero más que nada lamentaba el intenso dolor que sentía en su orgullo al verse obligado a realizar un trabajo así para sobrevivir, después de todo el tiempo y el esfuerzo que invirtió en conseguir una licenciatura y los 22 años que dedicó a ejercer de periodista, durante los cuales llegó a ocupar cargos de responsabilidad y emprendió iniciativas culturales que obtuvieron cierto éxito de público. Aquel tiempo fue aplastado por la codicia y la necedad de unos cuantos oportunistas que hoy corretean serviles por los jardines del poder, y que desprecian la experiencia, la honradez y la objetividad.

Recordé esta historia cuando observo cómo políticos y empresarios vuelven a imponer la explotación laboral como única vía de supervivencia para millones de personas, pues la alternativa es la exclusión social. De nada sirve el talento cuando se trata con gente inepta y desalmada que solo ansía obtener el máximo beneficio a cambio del menor coste posible. En ese mundo ideal de los explotadores no cabe la formación ni la experiencia ni la cualificación de los trabajadores, sólo su capacidad para cubrir largas y duras jornadas de trabajo a cambio de un sueldo miserable y sin garantía de futuro. Esa gente nos ha convertido en carne de cañón, meros objetos despreciables si las circunstancias lo exigen.




domingo, 23 de septiembre de 2012

Cabos sueltos (A propósito del panegírico que Vargas Llosa dedica a Esperanza Aguirre)

Debo confesar que mi estado de ánimo no ha permitido dedicar ni un minuto de tiempo (aunque por desgracia me sobra) a compartir mis pensamientos en este espacio. Hasta hoy que, mientras tomaba mi rutinario café matutino, he leído el artículo que le dedica Mario Vargas Llosa a la ex presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, en El País. Como quiera que desde la llegada de la derecha al poder llevo esperando leer u oír la voz de los intelectuales españoles, analizando la realidad que se nos está imponiendo desde esa objetividad que sólo el conocimiento otorga, más allá de palabras tiznadas de corporativismo de algunos que se aferran a la notoriedad adscribiéndose a nuevos experimentos políticos, la opinión que el escritor peruano expresa en dicho artículo me ha causado estupor y tristeza. Y no tanto porque piense que todo el mundo ha de compartir mis certezas, como por comprobar que alguien que cuentan con mi respeto intelectual haya sometido su incuestionable capacidad analítica (o al menos yo se la presupongo) a su afinidad ideológica o acaso personal con alguien como Aguirre, quien desde mi punto de vista ha atesorado más sombras que luces a lo largo de su trayectoria pública.

Sin duda reconozco el derecho del ínclito escribidor a expresar sus opiniones con la libertad que la razón otorga, faltaría más. Pero echo de menos siquiera una pizca de crítica en medio de este guiso de encomios, sobre todo cuando basta echar un vistazo al relato concreto de su actividad (que no a la interpretación de sus actos) para comprobar que lo obtenido aun ofreciendo beneficios ha causado también no poco dolor entre sus administrados. Al parecer, o Vargas Llosa no ha querido contar con las víctimas o Aguirre ha logrado con acierto su evidente propósito de sacarlas del plano general de sus obras. En cualquier caso, los caídos no parecen existir a la vista del observador, tanto como quienes se han visto favorecidos por las políticas de Aguirre componen un cuadro formidable que confunde al quien lo contempla.

Nadie duda (y yo tampoco) de la fortaleza física y espiritual de una persona como Aguirre, que ha sabido aplicar al pie de la letra el reglamento del liberalismo conservador, amén de erigir un baluarte político que la ha convertido en un referente esencial en su partido y ante una nada despreciable porción de la sociedad madrileña y, por extensión, española. Pero si el propósito (y el logro) es claro para los encomiastas, no lo parecen tanto ni el método ni la actitud empleados para alcanzarlo. Y esa elusión en el artículo de Vargas Llosa es lo que me entristece.

Si bien es cierto que la salud económica de Madrid es bastante más apreciable que la de otras comunidades autónomas (al menos según las estadísticas), no lo es menos que durante estos últimos cinco años se ha duplicado el índice de pobreza en ese territorio. Un dato que quizás sólo sirva de apunte en la cuenta de resultados del neoliberalismo, y que apenas refleje un designio insoslayable para alcanzar las cotas perseguidas de bienestar aplicando el concepto de 'destrucción creativa' acuñado por Schumpeter. Se trata de barrer de la vista el desperdicio del capitalismo, para permitir el desarrollo de lo aprovechable una vez adaptado éste a las nuevas condiciones impuestas por el poder establecido.

En el caso de las políticas de Aguirre, ese saneamiento viene acompañado de una eugenesia social que aparta al débil o al inconformista del proceso de desarrollo económico, amparando tan sólo a quien se somete a las nuevas directrices programadas bien con entusiasmo, oportunismo o sencilla y cruel resignación. El nuevo modelo establece unas condiciones que abjuran de los derechos básicos que rigen las relaciones laborales y sociales basadas en el estado del bienestar canónico, para ofrecer una alternativa simple de estabilidad o protección. Se despoja así a la fuerza de trabajo de su libertad para elegir, otorgándole sólo una vía de subsistencia y reservando la prosperidad sólo para aquellos capaces de renunciar al sentido de discernimiento.

Así, el neoliberalismo ofrece protección a cambio de libertad convirtiendo a los individuos en indignos de lo uno y lo otro, tal y como dejó dicho Benjamin Franklin. Una vía que quizás resulte atractiva en sociedades timoratas y mal educadas como la española en un momento de dificultad como el que atravesamos hoy en día, aunque en puridad no aporta nada nuevo dado que ese era el paradigma que caracterizaba a la gestión pública durante el franquismo. Si ese es el modelo que tanto encandila a Vargas Llosa, no puedo estar más que en desacuerdo con él.

Para llevar a cabo ese plan sin perder el sueño es necesaria una presencia de ánimo y una personalidad poderosas. Sólo se de esa forma es posible conciliar escrúpulos y cinismo, y forjar un personaje tan querido como temido y, por supuesto, odiado. Hábil y artera como pocas, nada es improvisado en la actitud de Aguirre. Ni aquella espontánea ignorancia cuando se hizo cargo de administrar la cultura española, convertida después en virtud a base de candidez y paciente simpatía ante los despiadados sarcasmos de la opinión pública, a la que terminó ganándose con un calculado don de gentes, ni a su expresiva soberbia durante los sucesivos mandatos autonómicos, administrando el desdén con medido provecho. Una personalidad que la convirtió en alguien imprescindible para el equilibrio tanto del gobierno madrileño como del partido al que pertenece.

Supo para ello (y quizás Vargas Llosa también lo sepa) armar un sólido mecano de lealtades y temores que sirvió para protegerse de cuantos peligros le acecharon durante sus mandatos. Administró con tiento los favores para rodearse de fieles y desarbolar a los desafectos, a fin de consolidar una mayoría electoral conveniente que le permitiera garantizarse el poder y otorgar al partido una garantía política impagable que además reforzaba su posición dominante en la dirección del mismo. Para ello supo maquiavelar para hacerse con el control de todos los canales que comunicaban su gestión con la sociedad, y así empresarios, clero, periodistas, no pocos intelectuales resentidos, y sindicatos se rindieron a su poder ávidos de obtener un lugar en ese paraíso neoliberal que parecía imparable. Todos ellos sabían que su prosperidad dependía de no contrariar a la poderosa Aguirre, y se rindieron a ese clientelismo que le ha reportado sucesivas mayorías electorales con las que justificaba la imposición de su personal concepción del despotismo.

Me resisto a pensar que el escritor peruano no supiera que para construir ese edificio majestuoso y exclusivo de vanas ilusiones, Aguirre atentó contra los más básicos preceptos de la libertad que tanto defiende. En primer lugar mediante el control de los medios de comunicación, con Telemadrid a la vanguardia, y con el arbitrario reparto de licencias de radio y televisión así como el apoyo a determinados grupos periodísticos afines que dieron lugar a la aparición de obedientes subproductos informativos dirigidos por auténticos sicarios de la insidia, cuya misión era ensalzar las obras de su benefactora a la vez que proscribir todo lo que evidenciara sus miserias y crueldades. Y en segundo lugar fomentando el control de los medios financieros, con Cajamadrid en primera línea, a base de colocar a sus fieles en los cuadros directivos con capacidad de decisión desde donde se ejecutaban las inversiones más convenientes a los intereses de Gobierno regional y el partido que representa.

El dominio de las cuentas públicas permitió engendrar un presupuesto político que alentó el clientelismo y cautivó a un número suficiente de madrileños, cuya estabilidad dependía de la prosperidad de las empresas para las que trabajaban que, a la vez, estaban sujetas a las inversiones públicas de forma directa o indirecta. Y la verdad es que me sorprende que siendo la inhibición del poder público en el proceso económico uno de los principios de ese liberalismo que defienden tanto Aguirre como Vargas Llosa, el Gobierno de Madrid se caracterizase precisamente por un intervencionismo tan acusado en el desarrollo empresarial de esa comunidad, ya fuese de forma directa mediante las concesiones públicas como a través del control político de los negocios privados.

De la cultura (aspecto destacado en el artículo del Nobel) prefiero hablar en una pieza aparte, porque es preciso contrastar sus apreciaciones con las que expresa en un reciente ensayo.

Y por fin en todo lo dicho influye una de las incuestionables virtudes de Aguirre, si no la más destacada, tal es su habilidad para eludir las adversidades y regatear las desviaciones de sus cortesanos, sacando siempre provecho de las crisis con un envidiable dominio de la retórica, una firmeza de carácter casi granítica (sólo esas lágrimas que osaron empañar sus ojos en su despedida lograron humanizarla acaso un segundo), y unas convicciones que le permitieron afrontar sin atisbo de vergüenza los más peliagudos asuntos con los que debió enfrentarse, tales como la corrupción o sus principios ideológicos. Sacó provecho de todos sus deslices y contratiempos, y en la hora de su despedida aún dejó indeleble una estela de sospecha que mantiene en guardia a propios y extraños.

Entiendo que su aprecio personal y la afinidad ideológica hayan movido al conspicuo escritor a mostrar su respeto por la figura de Esperanza Aguirre, pero alguien como él no debería pasar por alto las miserias que se ocultan bajo el manto del prestigio. Y si no, alguien se lo debería hacer ver.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Interludio desolado

Estoy seguro de que esos individuos que gozan de unos privilegios impropios a su esfuerzo, obtenidos gracias a nuestra confianza y, por supuesto, a sus mañas para aprovechar los ardides políticos, no pueden evitar que la realidad social les asalte la mirada cuando salen a la calle. Y aunque el cristal de la ventanilla de su vehículo oficial distorsione las imágenes que al otro lado se suceden en el trayecto, no serán capaces de soslayar la desolación que crece cada día en ese universo que dicen gobernar. La miseria cunde por doquier y cada vez son más parecidos a ellos los que reclaman caridad. Es difícil esquivar esas miradas indefinidas que expresan la pérdida de la dignidad humana; en algunas hay odio o desprecio, pero en muchas ya ni eso. Han superado el trance de las emociones para eclipsarse en esas lágrimas perpetuas que se resisten a manar aferradas aún a un resquicio de orgullo, o simplemente a una esperanza cada vez más remota de que algún día surja una oportunidad para recuperar la integridad.

Las monedas compasivas carecen de valor cuando ni siquiera sirven para restañar la herida de la exclusión. Me duele verles jalonar las aceras con sus manos tendidas. ¿Qué puedo hacer si no exigir esa humanidad que nos hace dignos?

¿Qué estamos haciendo? Somos seres humanos, no números en una estadística que conduce al poder. Y por mucho que se intente falsear el cálculo, ocultando bajo las alfombras de la civilización los restos de este lento naufragio y así facilitarles el sueño a esos criminales que alimentan la tragedia, ninguno de ellos podrá evitar que su conciencia quede manchada por las muchas vidas que destrozan cada día.

Esa realidad que deben contemplar es su realidad. Malditos sean.

lunes, 13 de agosto de 2012

El alimento del delirio (adenda)

Hace un rato me he cruzado con dos chicos que arrastraban una carretilla repleta de hierros retorcidos de enorme tamaño. Portaban con una sonrisa blanca tal cargamento por una calle del barrio donde aún moran esos burgueses reticentes a las nuevos y cómodos suburbios residenciales que crecieron como setas en los tiempos de la gran estafa. El porte delataba el inminente bienestar del que sus propietarios gozarían a buen seguro, cuando el beneficio que el explotador les proporcione cuando adquiera esa chatarra. Sin duda un buen día para dos invisibles, a pesar de que saben que sus esfuerzos no serán recompensados como merecen, y quien les compre la basura que han recuperado obtendrá mucho más dinero sin verter ni una gota de sudor.

Los viandantes les observan con desprecio, pues no en vano los intrusos transitan por calles estrechas y obligan a aquellos a dejarles paso. Incluso he llegado a oír a alguno de los transeúntes escupirles maldiciones que los dos chicos parecían obviar no tanto porque no las entendieran, como por la alegría del buen negocio. Unos días más al borde del barranco bien valen el insulto.

En una esquina cercana, un tipo pone banda sonora a la escena interpretando con torpeza boleros en un roñoso acordeón desafinado. Parece ausente, ensimismado en unas notas que se rebelan en cada acorde,  tocando con esa pereza que sólo lo inútil proporciona, pues nadie parece reparar en su esfuerzo y de ahí que el platillo que tiene a sus pies apenas contenga un par de monedas, que seguramente habrá colocado él como señuelo.

Quizás nadie sabrá nunca quiénes son y cuáles son sus sueños, pero cuando veo la actitud de mis vecinos comprendo que nadie les echaría de menos. Sólo cuando algún demagogo les vilipendia en sus discursos parece que la gente cae en la cuenta de su existencia, y aplaude la idea de deshacerse de ellos para dejar de contemplar cómo escarban en la basura o nos incomodan con sus estridencias. Tanto es así que hasta que la penuria se ha convertido en un peligro ecuménico, los inmigrantes eran uno de los problemas recurrentes para la gente de bien. Y no es que hoy hayan dejado de serlo, sino que hay problemas mucho más cercanos que preocupan a la ciudadanía y adquieren protagonismo en las encuestas.

Eso lo saben los oportunistas y alimentan su discurso con promesas de limpieza de sangre que obtienen el apoyo de una cantidad preocupante de ciudadanos. Convierten al inmigrante en el chivo expiatorio de sus excesos y nutren el delirio que conduce a la deshumanización. Sujetos como el alcalde de Badalona han construido su discurso sobre los cimientos de esa limpieza étnica y cultural, y han recibido el poder popular para llevarla a cabo. Acusan al inmigrante ilegal de no cumplir con las normas cívicas que exige nuestra sociedad, de ser parásitos que se aprovechan del esfuerzo ajeno sin cumplir con las obligaciones comunes. Y mientras haya una mayoría de ciudadanos que se lo crean, tales razones obtendrán carta de naturaleza y la sociedad española se adentrará en las tinieblas de la iniquidad.


sábado, 11 de agosto de 2012

El alimento del delirio

Cerca de donde vivo hay una gasolinera. Está situada en una calle que conduce hacia la autovía que sirve como principal vía de escape de esta ciudad tórrida y deprimente que se conoce por Murcia. Un lugar muy frecuentado por los ciudadanos en el que hasta hace un par de años se congregaban cada día antes del amanecer cientos de personas, que esperaban pacientemente que apareciese alguien que les recogiese para ir al tajo. La mayoría aguardaba en silencio; apenas hay nada qué compartir con el rival. Expectantes ante la aparición de alguna furgoneta de la que se apeara el capataz que les diera la oportunidad de conseguir algunos euros con los que comer o quién sabe qué. Esos capataces acudían emboscados entre la penumbra del alba y eran rápidos en su elección, quizás conscientes de la infamia de sus actos, aunque igualmente cautivos de la necesidad; sabían que les había tocado la misión más sucia en ese cambalache de desesperación montado por desconocidos amos.

Hacia dónde viajaban aquellos vehículos cargados de carne humana nunca se supo, porque nadie se preocupó por saberlo. Aunque de haberlo querido saber, hubiese bastado con que se acercaran a alguna de las por aquel entonces innumerables urbanizaciones con campo de golf incluido que se realizaban por doquier en esta región para comprobar dónde se cocía este perverso negocio. En las inmediaciones, y siempre ocultos en algún recodo desapercibido se levantaban ominosas chabolas en las que se hacinaban varias de estas personas en condiciones infrahumanas. Los más afortunados o los que habían conseguido traer a sus familias, malvivían en cochambrosas casas situadas en reductos olvidados de alguna aldea cercana, por las que pagaban alquileres abusivos a sus astutos propietarios que veían así rentabilizadas aquellas ruinas.

Sin contrato ni derechos, eran inexistentes. Cobraban por jornada y en efectivo, y después de pagar la comisión del capataz que les había elegido, apenas les quedaba algo de dinero para malvivir hasta el siguiente golpe de suerte. Y así un día tras otro, hasta que todo acabó y aunque aún hay quienes siguen yendo cada mañana a esa gasolinera en busca de esa oportunidad que ya no aparece, la mayoría espera ahora la caridad de sus semejantes en las esquinas de una ciudad que les hace transparentes. Son de piel morena y apenas hablan nuestro idioma. Y puedo asegurar que jamás les he visto traspasar la puerta del centro de salud que hay frente a mi casa, aunque sé que viven en ruinosas viviendas a escasos metros de él. Nunca se les quiso, ni siquiera cuando regaban con su sudor el fabuloso futuro que nos auguraba la gente de bien que les explotó hasta la extenuación.

Me encontré con ese espectáculo cuando regresé a Murcia después de seis años fuera de aquí, y me espantó que nadie le diera importancia. En el periódico para el que trabajaba entonces intenté sin éxito que se le prestara atención, pero siempre despachaban mis propuestas con un 'a nadie le importa eso'. Aproveché entonces una conversación que mantuve con el entonces secretario general de Comisiones Obreras para hacerle partícipe de tal situación, y me respondió que no podían hacer nada porque nadie había denunciado irregularidad alguna y ellos no podían (en realidad no querían) actuar por su cuenta. Sí que conseguí al menos un arresto de compasión por parte de aquel individuo, pero no más. Y así, nadie quiso saber a quien servían aquellos desesperados que hoy, como ayer, no importan.

Por eso, qué más da si se mueren en su miseria. Nadie reparará en ellos y apenas procurarán cierto incomodo a quien deba ir a retirar sus despojos. Ante el desprecio de esta sociedad, al menos los paladines de la derecha han sido consecuentes al expresar su voluntad de desprenderse de ellos negándoles de oficio los derechos que nunca disfrutaron. '¡Que vuelvan a sus países!', dijo uno de esos atildados prohombres no hace mucho. Aunque le faltó añadir: 'al fin y al cabo ya no nos hacen falta'.

Se les ha sacado a los inmigrantes ilegales todo el pringue posible y hoy no son más que un estorbo que, en ocasiones, afean la imagen de las ciudades deambulando con sus andrajos por las calles en busca de caridad. O, aún peor, pueden convertirse en la vanguardia de esa famélica legión de miserables que este gobierno está empeñado en engrosar con sus criminales decisiones. No tienen nada que perder y eso es un peligro a los ojos de quienes guardan con celo sus cada vez más escasas posesiones. La católica España ya no tiene ni para compasión, y además no votan.

Hace unos años, cuando esa humanitaria esclavitud alcanzó un apogeo insoportable, el gobierno socialista decidió emprender una campaña de regularización de los inmigrantes con el fin de acabar con esas atroces prácticas laborales y combatir el fraude. La reacción de la derecha fue una vez más estruendosa, y no pocos empresarios esclavistas aleccionaron a su mano de obra para que eludieran la oportunidad que se les ofrecía y lograran una estabilidad en un país cada vez más hostil. A pesar de todo, fueron miles los que se acogieron a aquella medida y consiguieron una ciudadanía que les proporcionó tantos derechos sociales como complicaciones laborales: ya no eran tan rentables.

Al fin y al cabo, los socialistas quisieron ser consecuentes con sus principios ideológicos aunque el método no fuese todo lo eficaz que hubiesen deseado, sobre todo por las reticencias de los gobiernos de derechas en algunas autonomías como ésta o la Valenciana, precisamente donde más economía sumergida se había detectado. En estos lugares prefirieron proteger los intereses de los esclavistas antes de permitir la regularización de su mano de obra ilegal. Y así, la gasolinera siguió llenándose de almas en pena a la vista de todo el mundo.

Aunque este es un país enfermo de hipocresía y cinismo, la cuestión es qué debe hacer el Gobierno con los inmigrantes ilegales. Y aunque sólo fuese en consideración al enorme esfuerzo que realizaron cuando la economía marchaba bien, se les debería dar la oportunidad de regularizar su situación y formar parte de un sistema que aunque imperfecto no puede prescindir de una mano de obra cualificada como esa. Sobre todo, cuando aún se les emplea en oficios que desprecian los propios españoles y sin gozar de los derechos de cualquier ciudadano. ¿O es que ya no hay ilegales en el campo o en la construcción?

Condenarles a la muerte es de criminales, por mucho que haya demasiados individuos que aplaudan la decisión y clamen por una campaña de detención y deportación como la que han emprendido en Grecia. Es mezquino culpar al más desamparado de los delirios de una mayoría de necios sin alma, que creen y aceptan las peligrosas falacias de un grupo de políticos sin escrúpulos. Este país no puede perder su dignidad cayendo en esa clase de tácticas demagógicas. Pero si se permite que se lleve a cabo esa sádica medida contra la inmigración ilegal estaremos avanzando hacia territorios que nos alejan de la más básica condición humana.