El mismo día que las altas esferas académicas concedieron a la Universidad de Caniculandia la posibilidad de obtener un crédito de 5,3 millones de euros para impulsar proyectos de investigación, contemplo con estupor el peregrinar de cientos de estudiantes universitarios cargados de botellas de plástico llenas de alcohol de beber hacia el recinto que la propia universidad ha elegido para darles la bienvenida, bajo el lema 'Hábitos saludables'. Curiosa paradoja, me dije, pues mientras unos venden la excelencia de la institución otros se resignen a la imparable idiocia juvenil de haber convertido la borrachera en un fin, y no en ese medio que muchos emplean para superar miedos, inseguridades y timideces, o en esa inevitable consecuencia de una animada reunión de amigos. Y pensé en los decorados de esas películas que antaño se utilizaban para ambientar otras épocas o lugares y que sólo servían para engañar al espectador, pues tras esas vistosas fachadas sólo había andamios y tramoya en vez de esos lugares habitables que se dibujan en la imaginación.
Una universidad de cartón piedra que celebra con regocijo un premio de consolación, incomprensiblemente más cuantioso que algunos de los otorgados a instituciones distinguidas con una mención más relevante, y que me lleva a conjeturar si ese escrutinio a la excelencia académica no es más que otra pantomima o una tómbola donde siempre toca, si no un pito, una pelota. Por mucho que me lo expliquen, no logro comprender esa componenda por la que el premio de consolación se acoge con alborozo eludiendo la autocrítica. Porque si se aspira a la medalla de oro y se logra la de bronce algo no ha debido de funcionar, y el valor de la medalla no es motivo para evitar hacer un examen de conciencia y a conciencia para detectar y resolver los problemas de la institución, y admitir que la excelencia se alcanza con buena gestión, tenacidad, ideas y constancia, en vez de brindar por algo que apesta a farsa política
El corolario de ese vodevil académico bien puede ser ese rebaño de almas en pena en pos de una folloneta triste y deslavazada y que luego habrán de llenar las aulas de las facultades; y aunque no oculto mi satisfacción por que algunos de los auténticos universitarios se puedan beneficiar de ese dinero, espero que aprovechen la oportunidad para obtener los beneficios necesarios que permitan devolver el préstamo cuando toque. Porque si lo que se le ha concedido a la Universidad de Caniculandia es un crédito, deduzco que lo tendrá que devolver algún día. Y por eso deseo que quienes deban gestionar el dinero lo hagan con sensatez, no sea que luego sólo tengan para devolver los envases vacíos del botellón.
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
miércoles, 27 de octubre de 2010
viernes, 8 de octubre de 2010
Efectos del destrozo climático en Caniculandia IX. Performances
La acción artística o, como gustan de llamarla los iniciados, performance refleja el signo de los tiempos como ninguna manifestación estética en la que el público forma parte activa. Forma de expresión apreciable en la que las emociones íntimas del artistas se exponen de manera solidaria, espontánea y muchas veces críptica, que estimula la imaginación del observador, a quien se exige un esfuerzo de interpretación saludable aunque no siempre efectivo. Pero también es el territorio del oportunista, el advenedizo y el charlatán. Discernir entre lo realmente nutricio para el espíritu y la mera chanza es, por desgracia, patrimonio de unas élites intelectuales que no siempre aciertan en sus elecciones movidos habitualmente por unos gustos o intereses más que discutibles. Aunque en esa controversia radica la esencia del valor artístico, no es posible llegar al fondo del asunto cuando quien ostenta el mando elude la discusión estableciendo criterios absolutos e inapelables sobre la calidad o la conveniencia de una u otra obra artística. Sin embargo, lo que en el mercado del arte es axioma, en la creación espontánea cabe la discrepancia manifestada en la indiferencia del consumidor. El activista artístico puede proponer sus obras y encontrar el rechazo del público pues su propuesta es efímera y el valor relativo, quedando en la mayoría de ocasiones para consumo interno de fieles y abnegados seguidores. Esa es la mejor identidad del arte activo, y su mayor inconveniente.
La ciudad se ha llenado de performances. Por doquier hay artistas que someten sus obras al escrutinio del público, aunque en este caso no importa la reacción de la audiencia en tanto juegan sobre seguro: cobrar, cobrarán gusten o no. Y eso es un buen argumento para digerir el desprecio o la incomprensión, salvo que el orgullo les dicte lo contrario. La ciudadanía adocenada aceptará sin rechistar sus propuestas, como buen escudo humano para justificar la enorme inversión de dinero público realizada para saciar las ansias de trascendencia de unos cuantos pueblerinos aspirantes a una gloria que se les revela esquiva. No creo que haya muchos paisanos que aprecien el esfuerzo de los artistas por comunicar unos mensajes sencillos con métodos demasiados complejos, aunque a buen seguro que harán las delicias de los estetas de saldo que pueblan estos pagos periféricos.
Para compensar el empacho de trascendentalismo, los arquitectos de la medianía que gobiernan el ayuntamiento y conocen bien los gustos de sus administrados han contraatacado con una performance más cañí, cercana y comprensible para la parroquia. Se trata de un cuadro de hazañas bélicas en la que grupos de 'aficionados a la Historia' -cómo duele eso- representan a su manera gloriosas gestas militares de todos los tiempos. Es decir que, con los artefactos artísticos y las batallitas vivientes llenando el espacio público, no va a haber quien salga a la calle estos días.
La intención, una vez más, es hacer partícipe a todo dios de las ocurrencias de los gobernantes con la aldeana idea de que si les gusta a ellos le tiene que gustar por fuerza a todos. No sé dónde está escrito que la administración pública tiene derecho a molestar a los vecinos hasta altas horas de la madrugada, pero performance o no, el estruendo brutal que me privó del sueño anoche no tiene justificación alguna. Quizás los organizadores del festejo se marcharon a dormir a una hora prudente y lejos de semejante algarabía, y dejaron a sus invitados disfrutando de los decibelios, pero quienes madrugamos les tendremos muy en cuenta las horas de sueño perdidas. Aunque sea por el arte.
La ciudad se ha llenado de performances. Por doquier hay artistas que someten sus obras al escrutinio del público, aunque en este caso no importa la reacción de la audiencia en tanto juegan sobre seguro: cobrar, cobrarán gusten o no. Y eso es un buen argumento para digerir el desprecio o la incomprensión, salvo que el orgullo les dicte lo contrario. La ciudadanía adocenada aceptará sin rechistar sus propuestas, como buen escudo humano para justificar la enorme inversión de dinero público realizada para saciar las ansias de trascendencia de unos cuantos pueblerinos aspirantes a una gloria que se les revela esquiva. No creo que haya muchos paisanos que aprecien el esfuerzo de los artistas por comunicar unos mensajes sencillos con métodos demasiados complejos, aunque a buen seguro que harán las delicias de los estetas de saldo que pueblan estos pagos periféricos.
Para compensar el empacho de trascendentalismo, los arquitectos de la medianía que gobiernan el ayuntamiento y conocen bien los gustos de sus administrados han contraatacado con una performance más cañí, cercana y comprensible para la parroquia. Se trata de un cuadro de hazañas bélicas en la que grupos de 'aficionados a la Historia' -cómo duele eso- representan a su manera gloriosas gestas militares de todos los tiempos. Es decir que, con los artefactos artísticos y las batallitas vivientes llenando el espacio público, no va a haber quien salga a la calle estos días.
La intención, una vez más, es hacer partícipe a todo dios de las ocurrencias de los gobernantes con la aldeana idea de que si les gusta a ellos le tiene que gustar por fuerza a todos. No sé dónde está escrito que la administración pública tiene derecho a molestar a los vecinos hasta altas horas de la madrugada, pero performance o no, el estruendo brutal que me privó del sueño anoche no tiene justificación alguna. Quizás los organizadores del festejo se marcharon a dormir a una hora prudente y lejos de semejante algarabía, y dejaron a sus invitados disfrutando de los decibelios, pero quienes madrugamos les tendremos muy en cuenta las horas de sueño perdidas. Aunque sea por el arte.
jueves, 7 de octubre de 2010
Efectos del destrozo climático en Caniculandia VIII. De repente, la CULTURA
Hoy, los modernos han invadido Caniculandia. Días atrás, avanzadillas de espíritus impávidos deambulaban por las calles pastoreados bien por un sujeto vestido de traje, una matrona septentrional o alguno de los cientos de calvos deliberados que habitan en un país de las maravillas culturales que sólo existe en la imaginación de los advenedizos con mando en plaza. Observaban los edificios y a las gentes con ojos escrutadores, casi antroplógicos, y con esa ingenua evanescencia que sólo puede desarrollar quien tiene hilo directo con las musas. Vinieron a preparar el terreno para el desembarco de la CULTURA en su versión encuentro-artístico-internacional-yo-me-lo-guiso-yo-me-lo-como, que los guardianes de las esencias intelectuales de nuestra querida gobernación se han comprado con el dinero de otros (de todos), para engalanar sus periféricas pesonalidades ante un mundo terco en su indiferencia. Otro festín etéreo e inaccesible para unas gentes que se caracterizan por vivir a años luz de esa curiosidad que alimenta el conocimiento. Pues es paradójico que en una tierra donde se lee poco o nada, apenas hay salas de cine, ni un solo teatro, los fondos de las bibliotecas son abisales y la música no supera el estadio de lo banal, exista un empeño tan arduo por atraer la atención de las élites intelectuales a base de actividades tan herméticas como inútiles. Se empeñan algunos en convertir a la cultura en un medio, cuando es realmente un fin, un producto al que se accede cuando antes se ha adquirido una formación adecuada que estimula esa avidez por el saber; se empeñan en el mito despreciando el logos. Y me divierte contemplar ese combate de indiferencias, una, la de los visitantes, impuesta por la etiqueta y la otra, la de las gentes, por la ignorancia. Ambas fuerzas se miden cuando sus caminos convergen en los espacios públicos aún no vedados por la esencia que las naturaliza, y resulta grotesca la colisión del recelo de unos y la sorpresa de otros, sabedores cada cual que jamás se producirá la simbiosis que sueñan los promotores de esta farsa. Entonces me pregunto: ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Por qué?
Hoy es el día de los epígonos, de los ansiosos opositores a un lugar en la gloria. En grupo y desafiando las más elementales normas de la elegancia con una estética estricta, se dirigían esta mañana hacia las ruinas del centro cultural, pretendido santuario de la sabiduría, en donde recibirían dosis precisas de doctrina y canapés. Es una gran compañía de teatro en la que cada actor asume su papel con una disciplina casi castrense. Algunos embelesados, otros erráticos, presurosos los más, todos camino de esa gran fiesta que durará ¡tres meses! Y todo al módico precio de cuatro millones de euros. Los mismos que no verán ferias del libro, bibliotecas, auditorios, filmotecas, escuelas... El mito se impone, la realidad también.
No sé cuántos lugareños se convertirán a la cultura verdadera después de este alarde de imaginación, pero es claro que mucho se tendrán que esforzar sus promotores para obtener algo de atención más allá de nuestras fronteras sin invertir un euro, ya que si bien no dudo de la calidad de quienes van a participar en este sarao, tampoco dudo de que su propuesta no es precisamente algo que llame la atención en un lugar que vive ajeno a todo cuanto se inventa, idea, crea o imagina y no tenga una utilidad doméstica. Las gentes deglutirán este banquete de vanidad, lo metabolizarán y lo olvidarán mientras esperan el momento para sacar a algún santo en procesión, ir a la verbena o hartarse de embutido y cerveza. Nadie reparará en el aluvión de creatividad que inundará la ciudad. Será la ceremonia de la invisibilidad aunque todo esté a la vista, y de la incomprensión aunque los cortesanos se empeñen en explicarla mil veces. Sin embargo, los ciudadanos son el argumento que justifica este acontecimiento. Quizás no lo sepan ni asistan a la fiesta, pero son ellos quienes la pagan y, por lo tanto, quienes deben disfrutarla. Aunque no entiendan nada ni les interese entender. El pueblo ignorante vuelve así a ser rehén de los intereses particulares de un grupo de personajes que aspiran a la excelencia por atajos inaceptables.
Cuando se renuncia al logos de nada sirve el mito, insisto. Alimentar los espíritus envanecidos de un puñado de esnobs no es razón suficiente para convertir la cultura en una forma de entretenimiento. Es necesario discernir entre ocio y cultura, e impedir que converjan por razones espurias como el interés político. "Si es arte, no es arte para todos, y si es arte para todos, no es arte", escribió el compositor Arnold Schoenberg. El arte es una ciencia privilegiada sólo destinada a quienes son capaces de valorarla. Es necesario, no obstante, que se produzcan este tipo de acontecimientos, si bien nunca desde la promoción pública pues de esa forma se falsea la intención. La cultura debe estar a disposición de cualquiera que desee consumirla, pero jamás ha de ser un recurso para saciar las aspiraciones particulares de una élite; la producción cultural ha de ser consecuente con su espíritu y dirigirse a quienes la requieren. La labor de la iniciativa pública es procurar al pueblo los medios necesarios para requerir la cultura, nunca al revés, pues de esta forma contribuyen a banalizar el significado de la creatividad obligando a los artistas a adaptar sus obras al gusto de una audiencia inculta con el fin de poder subsistir. Y así es como se aniquila el ingenio.
Hoy es el día de los epígonos, de los ansiosos opositores a un lugar en la gloria. En grupo y desafiando las más elementales normas de la elegancia con una estética estricta, se dirigían esta mañana hacia las ruinas del centro cultural, pretendido santuario de la sabiduría, en donde recibirían dosis precisas de doctrina y canapés. Es una gran compañía de teatro en la que cada actor asume su papel con una disciplina casi castrense. Algunos embelesados, otros erráticos, presurosos los más, todos camino de esa gran fiesta que durará ¡tres meses! Y todo al módico precio de cuatro millones de euros. Los mismos que no verán ferias del libro, bibliotecas, auditorios, filmotecas, escuelas... El mito se impone, la realidad también.
No sé cuántos lugareños se convertirán a la cultura verdadera después de este alarde de imaginación, pero es claro que mucho se tendrán que esforzar sus promotores para obtener algo de atención más allá de nuestras fronteras sin invertir un euro, ya que si bien no dudo de la calidad de quienes van a participar en este sarao, tampoco dudo de que su propuesta no es precisamente algo que llame la atención en un lugar que vive ajeno a todo cuanto se inventa, idea, crea o imagina y no tenga una utilidad doméstica. Las gentes deglutirán este banquete de vanidad, lo metabolizarán y lo olvidarán mientras esperan el momento para sacar a algún santo en procesión, ir a la verbena o hartarse de embutido y cerveza. Nadie reparará en el aluvión de creatividad que inundará la ciudad. Será la ceremonia de la invisibilidad aunque todo esté a la vista, y de la incomprensión aunque los cortesanos se empeñen en explicarla mil veces. Sin embargo, los ciudadanos son el argumento que justifica este acontecimiento. Quizás no lo sepan ni asistan a la fiesta, pero son ellos quienes la pagan y, por lo tanto, quienes deben disfrutarla. Aunque no entiendan nada ni les interese entender. El pueblo ignorante vuelve así a ser rehén de los intereses particulares de un grupo de personajes que aspiran a la excelencia por atajos inaceptables.
Cuando se renuncia al logos de nada sirve el mito, insisto. Alimentar los espíritus envanecidos de un puñado de esnobs no es razón suficiente para convertir la cultura en una forma de entretenimiento. Es necesario discernir entre ocio y cultura, e impedir que converjan por razones espurias como el interés político. "Si es arte, no es arte para todos, y si es arte para todos, no es arte", escribió el compositor Arnold Schoenberg. El arte es una ciencia privilegiada sólo destinada a quienes son capaces de valorarla. Es necesario, no obstante, que se produzcan este tipo de acontecimientos, si bien nunca desde la promoción pública pues de esa forma se falsea la intención. La cultura debe estar a disposición de cualquiera que desee consumirla, pero jamás ha de ser un recurso para saciar las aspiraciones particulares de una élite; la producción cultural ha de ser consecuente con su espíritu y dirigirse a quienes la requieren. La labor de la iniciativa pública es procurar al pueblo los medios necesarios para requerir la cultura, nunca al revés, pues de esta forma contribuyen a banalizar el significado de la creatividad obligando a los artistas a adaptar sus obras al gusto de una audiencia inculta con el fin de poder subsistir. Y así es como se aniquila el ingenio.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Interludio metafísico
En la cuna del pícaro, la trampa es tradición. En la propia naturaleza de este pueblo coexiste un deseo de alteridad con la marcada presunción de trascendencia. Nos miramos en el espejo y vemos el otro, el que deseamos ser, pero el orgullo desprecia el esfuerzo y se buscan atajos. A lo largo de nuestra Historia no son pocos los episodios que reflejan este carácter artero y desprejuiciado de nuestras gentes, sobre todo de las más notorias, a la hora de aspirar al poder en cualquiera de sus acepciones, aunque esa vía ha sido usual en cualquier clase social aunque siempre dentro de su estricto ámbito de existencia. La globalización ha difuminado las fronteras de clase y hoy todos somos clientes, hasta el extremo de que el consumo ha cohesionado a una sociedad marcada por la diversidad de culturas, lenguas, actitudes y tradiciones. Es decir, todos somos iguales ante el mercado. Y en tanto el objetivo es obtener el máximo beneficio de los recursos disponibles, el código moral adquiere un significado laxo que permite un acceso más cómodo a la prosperidad e impone el individualismo como paradigma de progreso. Surge así una curiosa topología social por la que los grupos tradicionales se moldean hasta adquirir la forma pretendida sin que por ello cambien las propiedades que los identifican. No son pocos quienes manteniendo la más absoluta indigencia educativa han alcanzado la aceptación y, en no menos ocasiones, la admiración de la comunidad cuando han alcanzado una posición económica desahogada. Son desde ese momento 'el otro' al que aspiraban y 'el otro' al que aspiran los demás, es decir un 'anti-otro'. Incorporan entonces las conductas que identifican a quienes ostentan el poder económico, sin que por ello se altere su naturaleza primordial.
En el otro extremo, el de la clase social acomodada, esa topología es endógena, casi íntima y viene marcada por la moda o el mimetismo. En ambos casos tiene una intención proteccionista ante el empuje de esos nuevos miembros que exigen un lugar en el paraíso. Como la convergencia es inevitable, pues existen lugares comunes que ambas fuerzas van a frecuentar como rasgos identificativos de su posición social, se impone un esfuerzo de adaptación para mantener a salvo las esencias del grupo original. Y es ahí donde se produce la colisión de cinismos que da lugar a una curiosa simbiosis de intereses cuyo resultado es la trampa.
La corrupción de las estructuras sociales, políticas y económicas es, en esencia, la perfecta conjunción entre el poderoso biológico, 'el otro', y el natural, 'el anti-otro'. La precedencia del primero en la jerarquía social le permite emplear con más eficiencia las herramientas que la comunidad pone a su alcance, es el que diseña la estrategia y establece las tácticas; el 'anti-otro' se encarga de ponerlas en práctica. Si el objetivo fundamental de 'el otro' es la preservación del poder, lo que le permite capear con garantías cualquier fallo del sistema, el del 'anti-otro' es la obtención de mayores beneficios en el menor plazo posible para permitirle mantener el ritmo que le impone su nueva posición social. Las estrategias son en ambos casos las mismas mientras que las tácticas pueden variar según el 'anti-otro' que las lleve a cabo, pues los hay perspicaces, prudentes y, por supuesto, temerarios. No existe, sin embargo, una relación directa entre estas cualidades y los riesgos que puedan causar, ya que en el ámbito de la trampa adquiere una importancia enorme la variable emocional. Sin embargo, en tanto el poderoso natural es el mejor seguro para el 'otro', esa variable no deja de ser un instrumento de regulación del grupo, como una especie de selección natural que sanea sus estructuras.
Es el 'anti-otro' el que está expuesto y en última instancia quien debe rendir cuentas. Cierto es que, al igual que el poderoso biológico se protege con la avidez del natural, éste puede establecer a su vez las propias defensas con un sinfín de medios: empresariales, políticos, informativos, culturales, sociales, religiosos, etc., si bien ello suele dar lugar a una interdependencia que en no pocos casos incrementa la vulnerabilidad del 'anti-otro', al exigir unos esfuerzos mayores para controlar el funcionamiento de todos sus recursos afines. De ahí que se tienda al corporativismo mediante instituciones orgánicas como partidos políticos, asociaciones económicas y empresariales, religiosas e incluso deportivas que permitan una cobertura más sólida al desarrollo de los intereses particulares, contaminando la naturaleza de dichas instituciones y pervirtiendo su funcionamiento y objetivos.
Es esa intoxicación del espacio público, ideológico, académico y corporativo la que distorsiona el origen de la corrupción, al inocular a la opinión pública la percepción de que es la institución la corrupta, e incluso corruptora, y no algunos de sus miembros, esos 'anti-otros' que actúan amparados por aspirantes al 'otro'. Cuando, en vez de discernir sobre la responsabilidad de la corrupción, la sociedad advierte en la institución una vía para saciar esa alteridad se produce la quiebra del sistema de valores y el último refugio para la sensatez estalla en pedazos. Y cuando el flujo interclasista aumenta desmesuradamente su caudal, tal y como ha sucedido en España en los últimos diez años, es imposible impedir que la percepción de la trampa no se diluya en un creciente deseo de prosperidad y se establezca el imperio del 'anti-otro', bien vigilado por el dominio discreto del 'otro' que ve crecer su renta, su poder y su seguridad.
El fruto de todo este proceso es un clientelismo férreo que sirve de salvoconducto en periodos críticos, cuando se produce una quiebra del sistema y lo que queda de justicia procura imponer algo de orden. Es entonces que actúa ese darwinismo social que regula el estadio dominado por el 'anti-otro', despojándose de aquellos elementos sacrificables en beneficio de la estabilidad de una estructura social absolutamente cautiva, que sin embargo es la principal víctima de los excesos pasados.
En el otro extremo, el de la clase social acomodada, esa topología es endógena, casi íntima y viene marcada por la moda o el mimetismo. En ambos casos tiene una intención proteccionista ante el empuje de esos nuevos miembros que exigen un lugar en el paraíso. Como la convergencia es inevitable, pues existen lugares comunes que ambas fuerzas van a frecuentar como rasgos identificativos de su posición social, se impone un esfuerzo de adaptación para mantener a salvo las esencias del grupo original. Y es ahí donde se produce la colisión de cinismos que da lugar a una curiosa simbiosis de intereses cuyo resultado es la trampa.
La corrupción de las estructuras sociales, políticas y económicas es, en esencia, la perfecta conjunción entre el poderoso biológico, 'el otro', y el natural, 'el anti-otro'. La precedencia del primero en la jerarquía social le permite emplear con más eficiencia las herramientas que la comunidad pone a su alcance, es el que diseña la estrategia y establece las tácticas; el 'anti-otro' se encarga de ponerlas en práctica. Si el objetivo fundamental de 'el otro' es la preservación del poder, lo que le permite capear con garantías cualquier fallo del sistema, el del 'anti-otro' es la obtención de mayores beneficios en el menor plazo posible para permitirle mantener el ritmo que le impone su nueva posición social. Las estrategias son en ambos casos las mismas mientras que las tácticas pueden variar según el 'anti-otro' que las lleve a cabo, pues los hay perspicaces, prudentes y, por supuesto, temerarios. No existe, sin embargo, una relación directa entre estas cualidades y los riesgos que puedan causar, ya que en el ámbito de la trampa adquiere una importancia enorme la variable emocional. Sin embargo, en tanto el poderoso natural es el mejor seguro para el 'otro', esa variable no deja de ser un instrumento de regulación del grupo, como una especie de selección natural que sanea sus estructuras.
Es el 'anti-otro' el que está expuesto y en última instancia quien debe rendir cuentas. Cierto es que, al igual que el poderoso biológico se protege con la avidez del natural, éste puede establecer a su vez las propias defensas con un sinfín de medios: empresariales, políticos, informativos, culturales, sociales, religiosos, etc., si bien ello suele dar lugar a una interdependencia que en no pocos casos incrementa la vulnerabilidad del 'anti-otro', al exigir unos esfuerzos mayores para controlar el funcionamiento de todos sus recursos afines. De ahí que se tienda al corporativismo mediante instituciones orgánicas como partidos políticos, asociaciones económicas y empresariales, religiosas e incluso deportivas que permitan una cobertura más sólida al desarrollo de los intereses particulares, contaminando la naturaleza de dichas instituciones y pervirtiendo su funcionamiento y objetivos.
Es esa intoxicación del espacio público, ideológico, académico y corporativo la que distorsiona el origen de la corrupción, al inocular a la opinión pública la percepción de que es la institución la corrupta, e incluso corruptora, y no algunos de sus miembros, esos 'anti-otros' que actúan amparados por aspirantes al 'otro'. Cuando, en vez de discernir sobre la responsabilidad de la corrupción, la sociedad advierte en la institución una vía para saciar esa alteridad se produce la quiebra del sistema de valores y el último refugio para la sensatez estalla en pedazos. Y cuando el flujo interclasista aumenta desmesuradamente su caudal, tal y como ha sucedido en España en los últimos diez años, es imposible impedir que la percepción de la trampa no se diluya en un creciente deseo de prosperidad y se establezca el imperio del 'anti-otro', bien vigilado por el dominio discreto del 'otro' que ve crecer su renta, su poder y su seguridad.
El fruto de todo este proceso es un clientelismo férreo que sirve de salvoconducto en periodos críticos, cuando se produce una quiebra del sistema y lo que queda de justicia procura imponer algo de orden. Es entonces que actúa ese darwinismo social que regula el estadio dominado por el 'anti-otro', despojándose de aquellos elementos sacrificables en beneficio de la estabilidad de una estructura social absolutamente cautiva, que sin embargo es la principal víctima de los excesos pasados.
Efectos del destrozo climático en Caniculandia VII. Acabada la fiesta, siempre viene la cuenta.
Hace tiempo escribí -y por alguna de las entradas de más abajo debe andar- la fascinación que siento por el corrupto, por su sangre fría para negar la evidencia y la naturalidad con la que asume la desagradable notoriedad que le proporciona el delito. Ahora ya no sé si lo que siento es decepción, tristeza, rabia o temor, al contemplar cómo afloran sin cesar los frutos hediondos de aquellas semillas perversas que se sembraron durante los años de frenesí que vivimos en esta tierra podrida. Observo desde mi encierro cómo se desmoronan los frágiles muros que se levantaron entonces, construidos con fantásticas promesas de prosperidad, mentiras poderosas que despertaron ilusiones en gentes ingenuas y codiciosas que hoy se revelan fútiles y destructivas. Aquellos que un día, sin pudor, paseaban su poder espurio ante las complacientes y envidiosas miradas de sus semejantes, ahora emplean estratagemas para eludir las consecuencias de su temeridad frente a esos mismos espíritus desamparados hoy aunque aún expectantes y deseosos de que vuelva todo a ser como antes. ¿No se han dado cuenta ya de que hace mucho tiempo que la fiesta terminó y ahora hay que pagar la cuenta? Parece que no, tal es la impotencia que sienten ante los retos de la existencia, como el vasallaje al que están acostumbrados.
Es esta una sociedad cautiva, incapaz de liberarse de unas ataduras fortalecidas a lo largo de los años. Una enorme tela de araña cayó sobre esta tierra hace quince años y todos quedaron atrapados en ella, como simples moscas al servicio de sus señores. La trampa generaba riqueza y todos se beneficiaron de ella en mayor o menor medida; el fango fue la base de una fabulosa torre en el que todos podían vivir a cambio de silencio, lealtad y fe. Los administradores, elegidos por el pueblo, distribuyeron las oportunidades por doquier mientras se repartían una riqueza que nadie fiscalizaba porque a nadie le importaba lo que ganasen si ellos podían obtener lo suficiente. Tanto tienes, tanto asciendes. Como por ensalmo, quienes un lunes tenían diez el viernes atesoraban mil, y la tentación era demasiado poderosa como para tener en cuenta la ley. La fiesta estaba demasiado animada como para pensar en los excesos; cómo renunciar a un trabajo, por duro e injusto que fuese, si todos sabían que quien abandonaba la torre estaba condenado al destierro. Un páramo de subsistencia se convertía en tierra de promisión. 'Que se mueran los feos, los aguafiestas y los agoreros'. Nadie pensó que la irrevocable e inapelable realidad dictaría sentencia tarde o temprano, y si alguien lo hizo no quiso admitirlo o se guardó de hacerlo por el temor a ser expulsado de la sala de fiestas.
Hoy pagamos las consecuencias y lo peor está por llegar. Buscan culpables, pero nadie asume su culpa. Políticos, banqueros, empresarios, comerciantes, trabajadores... ¿Quién nos ha llevado al desastre? La respuesta es sencilla: todos. Pero no hay valor suficiente para hacer el necesario examen de conciencia y aceptar que nunca estuvimos preparados para administrar la riqueza. Los banqueros hicieron su negocio, los demás nos aprovechamos de la complacencia y quienes debían controlar que todo anduviese por caminos seguros prefirieron mirar hacia otro lado mientras aumentaban sus privilegios. Todos hemos sido víctimas de esta tormenta de insensatez, contribuyendo a su fortalecimiento y permitiendo la ignominia. Ahora toca pagar la cuenta, pero no hay de dónde sacar el dinero.
Ya no es una cuestión de confianza, pues es claro que quienes montaron esta farsa siguen aspirando a la seguridad del poder. Es la hora de exigir una reparación, un cambio de rumbo, nuevos capitanes que traigan ilusión, ideas y seguridad. Da igual la ideología política o el partido en el que militen. Es el momento de las ideas y no de los lemas, de la audacia y no del miedo. Y es la sociedad la que debe demandar esa nueva expectativa, amortizando un pasado frenético en beneficio de un futuro más acogedor y sereno. Es el momento de la creatividad, la excelencia y la sensatez.
Pero soy pesimista, pues veo con tristeza cómo las gentes que hoy sufren los males de aquella impudicia sólo esperan su vuelta. Nadie quiere asumir el fin de un ciclo y la necesaria evolución, sino que jalean esa terrible lucha por el poder que mantienen izquierdas y derechas como esos guerreros agotados que aún pelean en un campo de batalla devastado. Me entristece la ceguera de quienes hace mucho tiempo debieron unir sus fuerzas para hacer frente a un temporal que nos sigue azotando con renovadas fuerzas. Mientras, las víctimas siguen aumentando y nadie mueve un dedo por ellas. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que el camino que nos queda por andar no conduce hacia una nueva fiesta?
Es esta una sociedad cautiva, incapaz de liberarse de unas ataduras fortalecidas a lo largo de los años. Una enorme tela de araña cayó sobre esta tierra hace quince años y todos quedaron atrapados en ella, como simples moscas al servicio de sus señores. La trampa generaba riqueza y todos se beneficiaron de ella en mayor o menor medida; el fango fue la base de una fabulosa torre en el que todos podían vivir a cambio de silencio, lealtad y fe. Los administradores, elegidos por el pueblo, distribuyeron las oportunidades por doquier mientras se repartían una riqueza que nadie fiscalizaba porque a nadie le importaba lo que ganasen si ellos podían obtener lo suficiente. Tanto tienes, tanto asciendes. Como por ensalmo, quienes un lunes tenían diez el viernes atesoraban mil, y la tentación era demasiado poderosa como para tener en cuenta la ley. La fiesta estaba demasiado animada como para pensar en los excesos; cómo renunciar a un trabajo, por duro e injusto que fuese, si todos sabían que quien abandonaba la torre estaba condenado al destierro. Un páramo de subsistencia se convertía en tierra de promisión. 'Que se mueran los feos, los aguafiestas y los agoreros'. Nadie pensó que la irrevocable e inapelable realidad dictaría sentencia tarde o temprano, y si alguien lo hizo no quiso admitirlo o se guardó de hacerlo por el temor a ser expulsado de la sala de fiestas.
Hoy pagamos las consecuencias y lo peor está por llegar. Buscan culpables, pero nadie asume su culpa. Políticos, banqueros, empresarios, comerciantes, trabajadores... ¿Quién nos ha llevado al desastre? La respuesta es sencilla: todos. Pero no hay valor suficiente para hacer el necesario examen de conciencia y aceptar que nunca estuvimos preparados para administrar la riqueza. Los banqueros hicieron su negocio, los demás nos aprovechamos de la complacencia y quienes debían controlar que todo anduviese por caminos seguros prefirieron mirar hacia otro lado mientras aumentaban sus privilegios. Todos hemos sido víctimas de esta tormenta de insensatez, contribuyendo a su fortalecimiento y permitiendo la ignominia. Ahora toca pagar la cuenta, pero no hay de dónde sacar el dinero.
Ya no es una cuestión de confianza, pues es claro que quienes montaron esta farsa siguen aspirando a la seguridad del poder. Es la hora de exigir una reparación, un cambio de rumbo, nuevos capitanes que traigan ilusión, ideas y seguridad. Da igual la ideología política o el partido en el que militen. Es el momento de las ideas y no de los lemas, de la audacia y no del miedo. Y es la sociedad la que debe demandar esa nueva expectativa, amortizando un pasado frenético en beneficio de un futuro más acogedor y sereno. Es el momento de la creatividad, la excelencia y la sensatez.
Pero soy pesimista, pues veo con tristeza cómo las gentes que hoy sufren los males de aquella impudicia sólo esperan su vuelta. Nadie quiere asumir el fin de un ciclo y la necesaria evolución, sino que jalean esa terrible lucha por el poder que mantienen izquierdas y derechas como esos guerreros agotados que aún pelean en un campo de batalla devastado. Me entristece la ceguera de quienes hace mucho tiempo debieron unir sus fuerzas para hacer frente a un temporal que nos sigue azotando con renovadas fuerzas. Mientras, las víctimas siguen aumentando y nadie mueve un dedo por ellas. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que el camino que nos queda por andar no conduce hacia una nueva fiesta?
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