La acción artística o, como gustan de llamarla los iniciados, performance refleja el signo de los tiempos como ninguna manifestación estética en la que el público forma parte activa. Forma de expresión apreciable en la que las emociones íntimas del artistas se exponen de manera solidaria, espontánea y muchas veces críptica, que estimula la imaginación del observador, a quien se exige un esfuerzo de interpretación saludable aunque no siempre efectivo. Pero también es el territorio del oportunista, el advenedizo y el charlatán. Discernir entre lo realmente nutricio para el espíritu y la mera chanza es, por desgracia, patrimonio de unas élites intelectuales que no siempre aciertan en sus elecciones movidos habitualmente por unos gustos o intereses más que discutibles. Aunque en esa controversia radica la esencia del valor artístico, no es posible llegar al fondo del asunto cuando quien ostenta el mando elude la discusión estableciendo criterios absolutos e inapelables sobre la calidad o la conveniencia de una u otra obra artística. Sin embargo, lo que en el mercado del arte es axioma, en la creación espontánea cabe la discrepancia manifestada en la indiferencia del consumidor. El activista artístico puede proponer sus obras y encontrar el rechazo del público pues su propuesta es efímera y el valor relativo, quedando en la mayoría de ocasiones para consumo interno de fieles y abnegados seguidores. Esa es la mejor identidad del arte activo, y su mayor inconveniente.
La ciudad se ha llenado de performances. Por doquier hay artistas que someten sus obras al escrutinio del público, aunque en este caso no importa la reacción de la audiencia en tanto juegan sobre seguro: cobrar, cobrarán gusten o no. Y eso es un buen argumento para digerir el desprecio o la incomprensión, salvo que el orgullo les dicte lo contrario. La ciudadanía adocenada aceptará sin rechistar sus propuestas, como buen escudo humano para justificar la enorme inversión de dinero público realizada para saciar las ansias de trascendencia de unos cuantos pueblerinos aspirantes a una gloria que se les revela esquiva. No creo que haya muchos paisanos que aprecien el esfuerzo de los artistas por comunicar unos mensajes sencillos con métodos demasiados complejos, aunque a buen seguro que harán las delicias de los estetas de saldo que pueblan estos pagos periféricos.
Para compensar el empacho de trascendentalismo, los arquitectos de la medianía que gobiernan el ayuntamiento y conocen bien los gustos de sus administrados han contraatacado con una performance más cañí, cercana y comprensible para la parroquia. Se trata de un cuadro de hazañas bélicas en la que grupos de 'aficionados a la Historia' -cómo duele eso- representan a su manera gloriosas gestas militares de todos los tiempos. Es decir que, con los artefactos artísticos y las batallitas vivientes llenando el espacio público, no va a haber quien salga a la calle estos días.
La intención, una vez más, es hacer partícipe a todo dios de las ocurrencias de los gobernantes con la aldeana idea de que si les gusta a ellos le tiene que gustar por fuerza a todos. No sé dónde está escrito que la administración pública tiene derecho a molestar a los vecinos hasta altas horas de la madrugada, pero performance o no, el estruendo brutal que me privó del sueño anoche no tiene justificación alguna. Quizás los organizadores del festejo se marcharon a dormir a una hora prudente y lejos de semejante algarabía, y dejaron a sus invitados disfrutando de los decibelios, pero quienes madrugamos les tendremos muy en cuenta las horas de sueño perdidas. Aunque sea por el arte.
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