miércoles, 6 de octubre de 2010

Interludio metafísico

En la cuna del pícaro, la trampa es tradición. En la propia naturaleza de este pueblo coexiste un deseo de alteridad con la marcada presunción de trascendencia. Nos miramos en el espejo y vemos el otro, el que deseamos ser, pero el orgullo desprecia el esfuerzo y se buscan atajos. A lo largo de nuestra Historia no son pocos los episodios que reflejan este carácter artero y desprejuiciado de nuestras gentes, sobre todo de las más notorias, a la hora de aspirar al poder en cualquiera de sus acepciones, aunque esa vía ha sido usual en cualquier clase social aunque siempre dentro de su estricto ámbito de existencia. La globalización ha difuminado las fronteras de clase y hoy todos somos clientes, hasta el extremo de que el consumo ha cohesionado a una sociedad marcada por la diversidad de culturas, lenguas, actitudes y tradiciones. Es decir, todos somos iguales ante el mercado. Y en tanto el objetivo es obtener el máximo beneficio de los recursos disponibles, el código moral adquiere un significado laxo que permite un acceso más cómodo a la prosperidad e impone el individualismo como paradigma de progreso. Surge así una curiosa topología social por la que los grupos tradicionales se moldean hasta adquirir la forma pretendida sin que por ello cambien las propiedades que los identifican. No son pocos quienes manteniendo la más absoluta indigencia educativa han alcanzado la aceptación y, en no menos ocasiones, la admiración de la comunidad cuando han alcanzado una posición económica desahogada. Son desde ese momento 'el otro' al que aspiraban y 'el otro' al que aspiran los demás, es decir un 'anti-otro'. Incorporan entonces las conductas que identifican a quienes ostentan el poder económico, sin que por ello se altere su naturaleza primordial.
En el otro extremo, el de la clase social acomodada, esa topología es endógena, casi íntima y viene marcada por la moda o el mimetismo. En ambos casos tiene una intención proteccionista ante el empuje de esos nuevos miembros que exigen un lugar en el paraíso. Como la convergencia es inevitable, pues existen lugares comunes que ambas fuerzas van a frecuentar como rasgos identificativos de su posición social, se impone un esfuerzo de adaptación para mantener a salvo las esencias del grupo original. Y es ahí donde se produce la colisión de cinismos que da lugar a una curiosa simbiosis de intereses cuyo resultado es la trampa.
La corrupción de las estructuras sociales, políticas y económicas es, en esencia, la perfecta conjunción entre el poderoso biológico, 'el otro', y el natural, 'el anti-otro'. La precedencia del primero en la jerarquía social le permite emplear con más eficiencia las herramientas que la comunidad pone a su alcance, es el que diseña la estrategia y establece las tácticas; el 'anti-otro' se encarga de ponerlas en práctica. Si el objetivo fundamental de 'el otro' es la preservación del poder, lo que le permite capear con garantías cualquier fallo del sistema, el del 'anti-otro' es la obtención de mayores beneficios en el menor plazo posible para permitirle mantener el ritmo que le impone su nueva posición social. Las estrategias son en ambos casos las mismas mientras que las tácticas pueden variar según el 'anti-otro' que las lleve a cabo, pues los hay perspicaces, prudentes y, por supuesto, temerarios. No existe, sin embargo, una relación directa entre estas cualidades y los riesgos que puedan causar, ya que en el ámbito de la trampa adquiere una importancia enorme la variable emocional. Sin embargo, en tanto el poderoso natural es el mejor seguro para el 'otro', esa variable no deja de ser un instrumento de regulación del grupo, como una especie de selección natural que sanea sus estructuras.
Es el 'anti-otro' el que está expuesto y en última instancia quien debe rendir cuentas. Cierto es que, al igual que el poderoso biológico se protege con la avidez del natural, éste puede establecer a su vez las propias defensas con un sinfín de medios: empresariales, políticos, informativos, culturales, sociales, religiosos, etc., si bien ello suele dar lugar a una interdependencia que en no pocos casos incrementa la vulnerabilidad del 'anti-otro', al exigir unos esfuerzos mayores para controlar el funcionamiento de todos sus recursos afines. De ahí que se tienda al corporativismo mediante instituciones orgánicas como partidos políticos, asociaciones económicas y empresariales, religiosas e incluso deportivas que permitan una cobertura más sólida al desarrollo de los intereses particulares, contaminando la naturaleza de dichas instituciones y pervirtiendo su funcionamiento y objetivos.
Es esa intoxicación del espacio público, ideológico, académico y corporativo la que distorsiona el origen de la corrupción, al inocular a la opinión pública la percepción de que es la institución la corrupta, e incluso corruptora, y no algunos de sus miembros, esos 'anti-otros' que actúan amparados por aspirantes al 'otro'. Cuando, en vez de discernir sobre la responsabilidad de la corrupción, la sociedad advierte en la institución una vía para saciar esa alteridad se produce la quiebra del sistema de valores y el último refugio para la sensatez estalla en pedazos. Y cuando el flujo interclasista aumenta desmesuradamente su caudal, tal y como ha sucedido en España en los últimos diez años, es imposible impedir que la percepción de la trampa no se diluya en un creciente deseo de prosperidad y se establezca el imperio del 'anti-otro', bien vigilado por el dominio discreto del 'otro' que ve crecer su renta, su poder y su seguridad.
El fruto de todo este proceso es un clientelismo férreo que sirve de salvoconducto en periodos críticos, cuando se produce una quiebra del sistema y lo que queda de justicia procura imponer algo de orden. Es entonces que actúa ese darwinismo social que regula el estadio dominado por el 'anti-otro', despojándose de aquellos elementos sacrificables en beneficio de la estabilidad de una estructura social absolutamente cautiva, que sin embargo es la principal víctima de los excesos pasados.

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