Hace tiempo escribí -y por alguna de las entradas de más abajo debe andar- la fascinación que siento por el corrupto, por su sangre fría para negar la evidencia y la naturalidad con la que asume la desagradable notoriedad que le proporciona el delito. Ahora ya no sé si lo que siento es decepción, tristeza, rabia o temor, al contemplar cómo afloran sin cesar los frutos hediondos de aquellas semillas perversas que se sembraron durante los años de frenesí que vivimos en esta tierra podrida. Observo desde mi encierro cómo se desmoronan los frágiles muros que se levantaron entonces, construidos con fantásticas promesas de prosperidad, mentiras poderosas que despertaron ilusiones en gentes ingenuas y codiciosas que hoy se revelan fútiles y destructivas. Aquellos que un día, sin pudor, paseaban su poder espurio ante las complacientes y envidiosas miradas de sus semejantes, ahora emplean estratagemas para eludir las consecuencias de su temeridad frente a esos mismos espíritus desamparados hoy aunque aún expectantes y deseosos de que vuelva todo a ser como antes. ¿No se han dado cuenta ya de que hace mucho tiempo que la fiesta terminó y ahora hay que pagar la cuenta? Parece que no, tal es la impotencia que sienten ante los retos de la existencia, como el vasallaje al que están acostumbrados.
Es esta una sociedad cautiva, incapaz de liberarse de unas ataduras fortalecidas a lo largo de los años. Una enorme tela de araña cayó sobre esta tierra hace quince años y todos quedaron atrapados en ella, como simples moscas al servicio de sus señores. La trampa generaba riqueza y todos se beneficiaron de ella en mayor o menor medida; el fango fue la base de una fabulosa torre en el que todos podían vivir a cambio de silencio, lealtad y fe. Los administradores, elegidos por el pueblo, distribuyeron las oportunidades por doquier mientras se repartían una riqueza que nadie fiscalizaba porque a nadie le importaba lo que ganasen si ellos podían obtener lo suficiente. Tanto tienes, tanto asciendes. Como por ensalmo, quienes un lunes tenían diez el viernes atesoraban mil, y la tentación era demasiado poderosa como para tener en cuenta la ley. La fiesta estaba demasiado animada como para pensar en los excesos; cómo renunciar a un trabajo, por duro e injusto que fuese, si todos sabían que quien abandonaba la torre estaba condenado al destierro. Un páramo de subsistencia se convertía en tierra de promisión. 'Que se mueran los feos, los aguafiestas y los agoreros'. Nadie pensó que la irrevocable e inapelable realidad dictaría sentencia tarde o temprano, y si alguien lo hizo no quiso admitirlo o se guardó de hacerlo por el temor a ser expulsado de la sala de fiestas.
Hoy pagamos las consecuencias y lo peor está por llegar. Buscan culpables, pero nadie asume su culpa. Políticos, banqueros, empresarios, comerciantes, trabajadores... ¿Quién nos ha llevado al desastre? La respuesta es sencilla: todos. Pero no hay valor suficiente para hacer el necesario examen de conciencia y aceptar que nunca estuvimos preparados para administrar la riqueza. Los banqueros hicieron su negocio, los demás nos aprovechamos de la complacencia y quienes debían controlar que todo anduviese por caminos seguros prefirieron mirar hacia otro lado mientras aumentaban sus privilegios. Todos hemos sido víctimas de esta tormenta de insensatez, contribuyendo a su fortalecimiento y permitiendo la ignominia. Ahora toca pagar la cuenta, pero no hay de dónde sacar el dinero.
Ya no es una cuestión de confianza, pues es claro que quienes montaron esta farsa siguen aspirando a la seguridad del poder. Es la hora de exigir una reparación, un cambio de rumbo, nuevos capitanes que traigan ilusión, ideas y seguridad. Da igual la ideología política o el partido en el que militen. Es el momento de las ideas y no de los lemas, de la audacia y no del miedo. Y es la sociedad la que debe demandar esa nueva expectativa, amortizando un pasado frenético en beneficio de un futuro más acogedor y sereno. Es el momento de la creatividad, la excelencia y la sensatez.
Pero soy pesimista, pues veo con tristeza cómo las gentes que hoy sufren los males de aquella impudicia sólo esperan su vuelta. Nadie quiere asumir el fin de un ciclo y la necesaria evolución, sino que jalean esa terrible lucha por el poder que mantienen izquierdas y derechas como esos guerreros agotados que aún pelean en un campo de batalla devastado. Me entristece la ceguera de quienes hace mucho tiempo debieron unir sus fuerzas para hacer frente a un temporal que nos sigue azotando con renovadas fuerzas. Mientras, las víctimas siguen aumentando y nadie mueve un dedo por ellas. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que el camino que nos queda por andar no conduce hacia una nueva fiesta?
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