Hoy, los modernos han invadido Caniculandia. Días atrás, avanzadillas de espíritus impávidos deambulaban por las calles pastoreados bien por un sujeto vestido de traje, una matrona septentrional o alguno de los cientos de calvos deliberados que habitan en un país de las maravillas culturales que sólo existe en la imaginación de los advenedizos con mando en plaza. Observaban los edificios y a las gentes con ojos escrutadores, casi antroplógicos, y con esa ingenua evanescencia que sólo puede desarrollar quien tiene hilo directo con las musas. Vinieron a preparar el terreno para el desembarco de la CULTURA en su versión encuentro-artístico-internacional-yo-me-lo-guiso-yo-me-lo-como, que los guardianes de las esencias intelectuales de nuestra querida gobernación se han comprado con el dinero de otros (de todos), para engalanar sus periféricas pesonalidades ante un mundo terco en su indiferencia. Otro festín etéreo e inaccesible para unas gentes que se caracterizan por vivir a años luz de esa curiosidad que alimenta el conocimiento. Pues es paradójico que en una tierra donde se lee poco o nada, apenas hay salas de cine, ni un solo teatro, los fondos de las bibliotecas son abisales y la música no supera el estadio de lo banal, exista un empeño tan arduo por atraer la atención de las élites intelectuales a base de actividades tan herméticas como inútiles. Se empeñan algunos en convertir a la cultura en un medio, cuando es realmente un fin, un producto al que se accede cuando antes se ha adquirido una formación adecuada que estimula esa avidez por el saber; se empeñan en el mito despreciando el logos. Y me divierte contemplar ese combate de indiferencias, una, la de los visitantes, impuesta por la etiqueta y la otra, la de las gentes, por la ignorancia. Ambas fuerzas se miden cuando sus caminos convergen en los espacios públicos aún no vedados por la esencia que las naturaliza, y resulta grotesca la colisión del recelo de unos y la sorpresa de otros, sabedores cada cual que jamás se producirá la simbiosis que sueñan los promotores de esta farsa. Entonces me pregunto: ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Por qué?
Hoy es el día de los epígonos, de los ansiosos opositores a un lugar en la gloria. En grupo y desafiando las más elementales normas de la elegancia con una estética estricta, se dirigían esta mañana hacia las ruinas del centro cultural, pretendido santuario de la sabiduría, en donde recibirían dosis precisas de doctrina y canapés. Es una gran compañía de teatro en la que cada actor asume su papel con una disciplina casi castrense. Algunos embelesados, otros erráticos, presurosos los más, todos camino de esa gran fiesta que durará ¡tres meses! Y todo al módico precio de cuatro millones de euros. Los mismos que no verán ferias del libro, bibliotecas, auditorios, filmotecas, escuelas... El mito se impone, la realidad también.
No sé cuántos lugareños se convertirán a la cultura verdadera después de este alarde de imaginación, pero es claro que mucho se tendrán que esforzar sus promotores para obtener algo de atención más allá de nuestras fronteras sin invertir un euro, ya que si bien no dudo de la calidad de quienes van a participar en este sarao, tampoco dudo de que su propuesta no es precisamente algo que llame la atención en un lugar que vive ajeno a todo cuanto se inventa, idea, crea o imagina y no tenga una utilidad doméstica. Las gentes deglutirán este banquete de vanidad, lo metabolizarán y lo olvidarán mientras esperan el momento para sacar a algún santo en procesión, ir a la verbena o hartarse de embutido y cerveza. Nadie reparará en el aluvión de creatividad que inundará la ciudad. Será la ceremonia de la invisibilidad aunque todo esté a la vista, y de la incomprensión aunque los cortesanos se empeñen en explicarla mil veces. Sin embargo, los ciudadanos son el argumento que justifica este acontecimiento. Quizás no lo sepan ni asistan a la fiesta, pero son ellos quienes la pagan y, por lo tanto, quienes deben disfrutarla. Aunque no entiendan nada ni les interese entender. El pueblo ignorante vuelve así a ser rehén de los intereses particulares de un grupo de personajes que aspiran a la excelencia por atajos inaceptables.
Cuando se renuncia al logos de nada sirve el mito, insisto. Alimentar los espíritus envanecidos de un puñado de esnobs no es razón suficiente para convertir la cultura en una forma de entretenimiento. Es necesario discernir entre ocio y cultura, e impedir que converjan por razones espurias como el interés político. "Si es arte, no es arte para todos, y si es arte para todos, no es arte", escribió el compositor Arnold Schoenberg. El arte es una ciencia privilegiada sólo destinada a quienes son capaces de valorarla. Es necesario, no obstante, que se produzcan este tipo de acontecimientos, si bien nunca desde la promoción pública pues de esa forma se falsea la intención. La cultura debe estar a disposición de cualquiera que desee consumirla, pero jamás ha de ser un recurso para saciar las aspiraciones particulares de una élite; la producción cultural ha de ser consecuente con su espíritu y dirigirse a quienes la requieren. La labor de la iniciativa pública es procurar al pueblo los medios necesarios para requerir la cultura, nunca al revés, pues de esta forma contribuyen a banalizar el significado de la creatividad obligando a los artistas a adaptar sus obras al gusto de una audiencia inculta con el fin de poder subsistir. Y así es como se aniquila el ingenio.
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