sábado, 18 de diciembre de 2010

Interludio trágico

Contemplo desde la ventana a un hombre flaco que deambula por la calle. Viste con pulcritud y luce un aspecto aseado. De rostro adusto, camina vacilante como si no supiera o tuviera donde ir. De repente dirige sus pasos hacia el cenicero que hay en la puerta del centro de salud que se levanta frente a mi casa, escarba en los desperdicios que se acumulan en él e, impasible, se aleja hasta abandonar el plano de visión. Aparenta unos 60 años, una edad muy mala en los tiempos que corren, a la que se tiene trabajo, una pensión prematura, patrimonio, o un grave problema. No puedo evitar ese escalofrío que despeja la tenebrosa senda de la incertidumbre, y me retiro pensando en la monotonía de la existencia sin futuro, donde una colilla se convierte en una razón para vivir.

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