jueves, 9 de diciembre de 2010

Tonterías

"Tonto es el que hace tonterías", le decía el flemático Forrest Gump a su estupefacta interlocutora sentados en la parada del autobús. En efecto, las tonterías identifican al tonto aunque los haya de dos tipos: objetivos e inducidos. Los primeros tienen una naturaleza enigmática, determinada quizás por mandato genético, y los segundos son cautivos de las emociones, los sentimientos o las circunstancias. Los primeros son detectables, inventariables y controlables, de ahí que resulten inofensivos en la mayoría de las ocasiones; los segundos, en cambio, son imprevisibles, impetuosos y, por lo tanto, más peligrosos. Como entes emocionales fundamentados en la genética, cualquiera puede ser o hacer el tonto, aunque lejos de significar esto un inconveniente la comisión de tonterías es una práctica saludable para la sociedad, en tanto que dichas actitudes marcan las pautas de la sensatez. Lo peliagudo es el perjuicio causado por esas tonterías.

El que sigue es el relato de una enorme tontería o de un cúmulo insólito de ellas que, desgraciadamente, constituye el corolario de una certeza: el deterioro de la estructura social española provocado por la imperfecta concepción del modelo democrático. La crisis de los controladores aéreos ha evidenciado la vulnerabilidad de un Estado sometido al rigor de la rivalidad propio del individualismo, en perjuicio de un interés general que ha de imperar sobre cualquier ambición particular. La soberbia, el miedo, la codicia, la vanidad y la ira se han conjugado para articular las reacciones de unos y otros ante una situación no tan inopinada en su origen como en su ejecución y sus efectos. Pues si bien nadie era ajeno a la compleja controversia de una negociación laboral podría dar lugar a la aplicación de una medida extraordinaria tan inusitada como la declaración del estado de alarma en un país. Algo falla en una sociedad cuando degenera el entendimiento hasta esos extremos. Cuando se eclipsa la razón brillan las emociones, y alumbran tonterías.

Primera tontería. Los malvados controladores. Un grupo de controladores aéreos decide no acudir sin previo aviso a su puesto de trabajo en un momento tan sagrado para los españoles como es un puente festivo (y qué puente). El resultado es que miles de personas se quedan en tierra sin saber qué hacer, a otros cientos les pilla en pleno vuelo, y sectores económicos tan sensibles como el turismo o el transporte contemplan alarmados como se les descomponen las cajas registradoras. Total, un drama. Saben los empleados públicos rebeldes es que el Gobierno al que desafían y con el que llevan meses pugnando para conservar sus condiciones laborales es un animal herido al que pueden doblegar, pero que también puede defenderse con uñas y dientes, como así sucede finalmente. Resultado: vuelven al trabajo unas horas después convertidos por decreto en servidores de la patria a toque de corneta. Estos trabajadores tendrán poderosas razones para rendirse a la imprudencia, pero la perspicacia impone que todo órdago debe lanzarse con garantías de éxito aunque éste sea mínimo, y si no es así mejor abstenerse. Hay medios en un estado constitucional que permiten a los trabajadores reclamar o defender sus derechos, y la inteligencia proporciona las dosis precisas de mesura y astucia para lograr los propósitos perseguidos, si no en su totalidad al menos en una parte aceptable. Traspasar esos límites conduce al territorio de la tontería. Pues la soberbia se cobra soberbia.

Segunda tontería. Un Gobierno acorralado. La rebelión de los controladores le llega al Gobierno en un momento muy delicado (aunque me resulta difícil recordar alguno que no lo haya sido desde que el PSOE relevó a la derecha en el poder). Acorralado en todos sus flancos por una opinión pública descontenta, una oposición política implacable, y unos medios de comunicación parciales y despiadados, un Ejecutivo necesitado de credibilidad y confianza corre el peligro de resignar la eficacia a la estética mediante acciones efectistas que resaltan una naturaleza (el interés particular representado por un fortalecimiento de la imagen y la necesidad de transmitir un mensaje de firmeza al oponente, en este caso los controladores) que debería quedar velada por el necesario pragmatismo del fin que persigue, no otro que el interés general ante una acción ilegal y moralmente intolerable. 
Es cierto que la grave situación exigía acciones resolutivas y firmes. Cerrar el espacio aéreo y exigir a los revoltosos que depusiesen su actitud advirtiéndoles de las consecuencias que ella les podría acarrear son decisiones acertadas por congruentes. Las dudas me asaltan a propósito de la declaración del estado de alarma. Porque aunque fuese en ese momento el único recurso para imponer la normalidad, no deja de ser producto de la ira, y me inquieta comprobar que un motivo tan trivial como una negociación laboral lleve a un Gobierno a cometer la tontería de sentar semejante precedente. 
Aunque no puedo evitar preguntarme si un Gobierno menos asediado habría afrontado la crisis con la serenidad suficiente para resolverla sin necesidad de recurrir a medidas excepcionales. Pues me asalta la duda de si esa decisión obedeció a la certeza de que con ellas se resolvería el problema de inmediato o si, en cambio, fue el golpe definitivo en un combate que nunca debió iniciarse pero que ya no podía parar, a sabiendas de que quedarían como efecto de inventario ante la más que evidente imposibilidad de reparar el perjuicio ya ocasionado por una decisión imprevista, dado que la normalidad no imperó en los aeropuertos hasta 72 horas después de iniciada la crisis, y cientos de viajeros vieron frustrados definitivamente sus planes. La ira se cobra ira

Tercera tontería. La voraz oposición. Si el Gobierno pretendía reforzar su imagen con la actuación firme y decidida de sus miembros en esta crisis, ha debido llevarse una enorme decepción, puesto que difícilmente podrá rentabilizar su acción contundente con todo la maquinaria política y mediática en su contra.
Cuando oí al líder de la derecha española opinar sobre la crisis aérea, pensé que le había traicionado la inercia de la ola retórica basada en el reproche sobre la que navega desde que vio frustradas sus aspiraciones al poder. Porque consideré impropio de alguien que aspira a gobernar este país que fuese incapaz de doblegar sus palabras al necesario espíritu de Estado que se requiere en situaciones como la que se vivía en esos momentos y, en vez de ponerse a disposición del Gobierno para colaborar, aprovechara para advertirle de cuáles eran sus obligaciones y exigirle que resolviera el problema. La posterior comparecencia del individuo portavoz de la derecha abundando en las advertencias de su jefe confirmó que ni en situaciones extraordinarias darían tregua a sus rivales. Y el intercambio de acusaciones, reproches y amenazas que se produjo entre dirigentes del PSOE y el Gobierno por un lado, y los líderes de la derecha por el otro, demostró que las medidas extraordinarias en el país no afectaban al territorio político. Que el resto de partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales sólo opinara a demanda, expectantes ante la evolución de los sucesos pero incapaces de emitir una declaración concreta apoyando a un Gobierno en un estado de alarma, completó una escena desconcertante, muy triste e irresponsable de las organizaciones sociales y políticas españolas.
¿Fue el silencio expectante de todos ellos una coartada para los trabajadores rebeldes, al pensar que en él encontraban si no apoyo al menos comprensión o alternativa? Es posible. Aunque de lo que no me cabe ninguna duda es que esa soledad vigilada del Gobierno influyó de forma decisiva en su gestión de la crisis, matizando además una representación cargada de solemnidad y afectación que al fin y al cabo, no le han reportado el beneficio pretendido, pues en la reacción política tras la crisis lejos de brillar el alago arrecia el reproche.
  
Cuarta tontería. Los focos. Quien se entretuviera el fin de semana pasado en seguir por los medios de comunicación la crisis de los controladores, seguramente tendrá datos suficientes para trazar un certero perfil sociológico de los españoles, dado el enorme aluvión de 'historias humanas' ofrecidas ad nauseam. Salvo algún analista que se esforzó en explicar a la audiencia algunos matices de las decisiones que iban tomando en el Gobierno, y la intervención de algunos expertos desvelando el alcance de los acontecimientos, y todo ello en canales y periódicos que tengo por rigurosos en su tratamiento informativo, la inmensa mayoría de medios de comunicación sucumbieron a la tentación de llenar sus horarios con las opiniones de los afectados. Cómo se iba a desperdiciar semejante aglomeración de españoles cabreados, cuando la ira se ha convertido en la linea editorial de prácticamente todas las redacciones.
Si esa era la tendencia, cada cual colocó el foco allí donde encontrase alimento para su parcialidad y así, si en medios progresistas (pocos) se le daba voz a los moderados en los de la acera de enfrente (muchos) el tono enrojecía de cólera y reproche hacia los sufridos gobernantes. Incluso en programas de vertedero se hicieron eco de la crisis, buscando los casos más desquiciados y delirantes o a algunos faranduleros colgados en algún aeropuerto. Todo a mayor gloria de una audiencia ávida de morbo.
Entretanto, bustos parlantes, articulistas y voceros radiofónicos atizaban el fuego que ardía en torno a los controladores, presentándolos como auténticos terroristas aunque les otorgaran el cínico beneficio de la expresión.
Eché de menos que alguien describiera a la audiencia qué es un controlador, cual es su trabajo, sus problemas, sus inquietudes. Sólo sabemos a ciencia cierta que trabajan poco y cobran muchísimo dinero. Un desastre.

Quinta tontería. Los anónimos ciudadanos. Algunos no tan anónimos gracias al seguimiento exhaustivo al que los sometieron algunos periodistas. Muchos fueron los que vivieron la gran pesadilla, pero no fueron menos los que desde sus casas les contemplaban con una sensación que iba del alivio a la compasión, sin menosprecio de esa malévola satisfacción que algunos sienten ante el mal ajeno. Hubiese sido interesante conocer cuántos "¡Menos mal que decidimos quedarnos en casa!" se pronunciaron ese fin de semana en España.
No logro entender el motivo que mueve a la gente a airear sus sentimientos en público. Sé que la tentación de las cámaras es difícil de soslayar, pero hay muchas más razones para huir de ellas y preservar la intimidad. No siempre la efímera fama es el mejor vehículo con el que saciar la vanidad, pues siempre queda el olvido.

Conclusión. Pasada la tempestad vuelven las aguas a su cauce. Los revoltosos trabajan mientras esperan las anunciadas represalias. Los políticos vuelven a competir en su particular carrera hacia el poder. Los medios de comunicación sólo se hacen eco de la crisis de forma circunstancial. Los ciudadanos piensan en la Navidad. Haya paz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario