lunes, 27 de junio de 2011

El crepúsculo

Los últimos y ya tenues rayos del sol gastan su última broma del día al revelar una impúdica capa de polvo que cubre la mesa sobre la que ahora escribo esto. No ha tenido suficiente con abrasar todas las pocas ideas que se han atrevido a asomar el hocico (lo tienen, lo juro) este lunes insustancial, sino que ahora me muestra el resultado de la espasmódica ceremonia de abrir y cerrar la ventana en busca de esa brisa que, aunque leve, alivie la calentura y contribuya a contener el ya escandaloso consumo de electricidad que necesita el aparato de aire acondicionado para suplir con artificios y estruendos lo que, inclemente, me priva la climatología.

A mediodía he visto al tipo que presenta los pronósticos del tiempo sentenciando que el calor no se irá de aquí en los próximos días, e incluso anuncia que occidente cede sus rigores al oriente con lo que se espera aún más presión aunque aquí llueve sobre mojado como es costumbre. Enseñan imágenes de los termómetros marcando temperaturas indecentes en el norte (los del sur ya ni los sacan, pues no son noticia), y muestran a los hiperbóreos alarmados por el sofoco. Aquí en el sur reside la resignación, porque esto no ha hecho más que empezar y aún quedan muchas semanas para que el cuerpo se acostumbre a la torridez. Pero es difícil, muy difícil soportar el enorme peso de esta condena ya habitual.

Ya se va. Apenas queda un punto luminoso y obstinado que deslumbra al mirarlo. La penumbra del ocaso disipa la visión del polvo sobre la mesa. Pero sé que está ahí y creo que iré a por un trapo para limpiarlo.

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