viernes, 30 de septiembre de 2011

Demasiado joven para morir; demasiado viejo para... sobrevivir

He rescatado del armario de los discos un viejo trabajo de Jethro Tull, 'Too old to Rock'n'Roll: too young to die!' De repente me ha apetecido utilizar las canciones que incluye este magnífico trabajo que publicó la banda inglesa en 1976 como banda sonora, mientras le dedico unas palabras a la decepcionante experiencia de vivir en un país donde el talento y la experiencia están proscritos en favor de lo conveniente.

La Navidad pasada narré un episodio de la vida que presencié desde la ventana de mi casa. Un hombre entrado en años y bien parecido se acercaba al cenicero que hay en la puerta del centro de salud que hay enfrente y buscaba alguna colilla que aprovechar. Aquella escena me estremeció al pensar lo difícil que ha de ser la vida cuando la miseria te sale al encuentro en ese punto del trayecto en el que aún quedan fuerzas para continuar, pero ya no se goza de la energía y la voluntad de la juventud.

Casi un año después y en medio de una tiniebla cada vez más densa y tenebrosa, me pregunto si ha servido de algo tantos años de esfuerzos, sacrificios y aprendizaje si la edad se convierte en el mayor impedimento para sobrevivir. A veces la debilidad me lleva a pensar incluso en que ese rechazo no es más que la penitencia que hemos de pagar por nuestra soberbia pasada, quienes un día debimos asumir la difícil misión de enseñar a aquellos jóvenes aprendices que, cargados de entusiasmo y arrogancia, querían emprender una carrera profesional. Hoy son ellos los elegidos y los que merecen toda la atención de quienes ahora se ven en el complicado dilema de resolver el grave problema del desempleo.

No es extraño que en un momento de inquietud e inmovilismo pretendan los empresarios rentabilizar sus inversiones con personal barato y desechable, antes que aprovechar la experiencia de quienes llevan años en cualquier profesión y ahora se encuentran en el paro. Comprendo que sean éstos menos explotables, menos propicios a la lealtad y a la aceptación de métodos no siempre apropiados; el miedo aborrece la competencia y es mucho mejor mantener alejado a quien puede saber más que quien ya disfruta de un trabajo estable, no sea que cambien las tornas y el empleador se vea superado por el empleado. O por pudor, pues a nadie le resulta agradable pagar una miseria a quien puede empapelar un despacho con sabiduría y eficiencia. Miedo, miedo, miedo... y necedad.

Es triste contemplar como, además, todos los políticos dedican sus esfuerzos a proporcionar a los empresarios todas las ventajas posibles para contratar jóvenes inexpertos en vez de trabajadores experimentados. Es una forma de agilizar el mercado laboral y, de paso, crear esa masa de proletarios fácil de dominar a golpe de pánico y penuria. Mientras, a los viejos siempre nos quedará un cenicero donde buscar colillas en Navidad. No es resentimiento, es la jodida realidad.

Ya termina el disco y me he propuesto que este sermón acabe simultáneamente. Contemplo en la portada al avatar de Ian Anderson haciendo un corte de mangas al universo. Y me convenzo de que ha llegado el momento de emularle y mandarlo todo a hacer leches. Aún quedan fuerzas y mucho mundo por recorrer, a pesar de que haya alcanzado esa edad en la que se es demasiado joven para morir pero demasiado viejo para que esta sociedad mezquina te deje vivir. Así que, salud queridos compatriotas; que os aproveche vuestra estupidez. Algún día, aquellos que os enseñaron a vivir se carcajearán de vuestra decadencia desde algún lugar en medio de la nada.

1 comentario:

  1. Leo tus artículos y estoy prácticamente todo el rato asintiendo, pero con sentimiento de impotencia, vacío y derrota.
    Solamente espero que haya luz más allá de esta tormenta larga y oscura.

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