martes, 30 de noviembre de 2010

Si no llueve.

Si mañana no llueve iré a cortarme el pelo.
Si mañana no llueve compraré mortadela en el Corte Inglés.
Si mañana no llueve compondré una oda a los desconocidos.
Si mañana no llueve haré como el que oye llover.

De cómo el libro electrónico contribuirá al fin de la cultura

Daba ayer mis razones para no comprar nunca un lector de libros electrónicos. Y todas ellas se resumen en una: no me hace falta. A diferencia de otros artilugios tecnológicos que, como el teléfono móvil, han revolucionado los hábitos sociales, por ser avances útiles que amplían las posibilidades del individuo para desarrollar sus facultades y mejorar su calidad de vida, el libro electrónico no deja de ser hoy por hoy una opción alternativa a un bien, el libro convencional, que por sí mismo cumple sus funciones plenamente. No obstante, insisto en que estoy plenamente convencido de que el libro electrónico terminará ocupando un espacio destacado en el mercado, pero también lo estoy de que no logrará acabar con su versión en papel. Primero porque el mercado es exiguo y no lo exige, y segundo porque el libro electrónico se ha convertido en complemento de la tecnología.

A diferencia del teléfono móvil, que significó una extensión de su versión fija permitiendo una mayor libertad de movimiento al usuario y ampliando sus posibilidades de comunicación, pero que exigía una atención tecnológica exclusiva, el libro electrónico es cautivo de una tecnología que evoluciona por su cuenta y que lo incorpora como opción. Los lectores convencionales han quedado desfasados ante el empuje de esos ordenadores personales que llaman tabletas, mucho más versátiles y completos. Así, un aficionado a la lectura que decida optar por el libro electrónico se inclinará por invertir en aparatos de este tipo antes que en lectores exclusivos. En este caso, el continente aventaja al contenido y el libro electrónico pierde su esencia como bien necesario.

Antes de que los móviles adquirieran la utilidad que ofrecen hoy servían exclusivamente para comunicarse, y ha hecho falta que pasen treinta años para que se hayan impuesto como bien necesario para la sociedad. A pesar de lo cual no ha desaparecido la telefonía fija; es más, vive en la actualidad uno de sus mejores momentos gracias a las nuevas ofertas que lanzan las compañías de telecomunicaciones. El mercado ha procurado que ambas opciones convivan y sean útiles al consumidor. En este caso, los avances tecnológicos han sido simultáneos a las exigencias de los usuarios, preservando una esencia común: la comunicación.

Con el libro electrónico sucede lo contrario. La tecnología ha devorado la esencia del libro electrónico que aspiraba a ser la coartada para la promoción de los aparatos que permiten su lectura, con el prurito de seducir al público lector con una alternativa más estética que útil. Hoy no tiene sentido adquirir un lector primitivo cuando por un poco más se puede conseguir una tableta que lo incorpora como una contenido más de los muchos que ofrece. Perdida la batalla técnica, sólo le queda a los productores de lectores convencionales inundar el mercado de estos artefactos a precios de risa e u ofrecerlos a las empresas para que los empleen como regalos promocionales, que a buen seguro quedarán olvidados en algún cajón. No creo que poseer un aparato de éstos induzca a la lectura a un ciudadano que no lee. Así, el lector de libros electrónicos ingresará en el selecto club de los juguetes rotos sin haber alcanzado siquiera a la pubertad.

El mercado del libro electrónico nace tarado y, lo que es peor, desprotegido. Al perder el soporte esencial que le confiere exclusividad para convertirse en complemento de una oferta más amplia y, sobre todo, ajena a sus pretensiones, el libro electrónico tendrá que adaptarse a las exigencias de un mercado bastante peculiar y asumir las amenazas que habitan en el universo virtual. En primer lugar, el negocio editorial no dispone de un mercado lo suficientemente atractivo como para que las compañías tecnológicas le presten una atención especial, ni para que realicen las inversiones necesarias para la puesta en valor de sus productos. El poder económico sólo entiende de cifras, y con una población lectora de apenas el 50% y unas ventas menguantes, no creo que se deshaga en mimos. Si acaso, será la industria editorial la que deba convencer a la tecnológica de las posibilidades del producto, y no al revés, con lo que no quedará más salida que dar una vuelta de tuerca más a la banalización del producto editorial y por extensión de la cultura.

El desequilibrio existente en la industria editorial entre productores y consumidores tampoco es un dato muy alentador, pues si se trata de ampliar el mercado con nuevas alternativas el exceso de oferta alimenta la selección, y en este caso, los gustos del consumidor no cuentan tanto como el apoyo tácito de quienes han de dar visibilidad a los productos. ¿Cuántas editoriales que dedican su esfuerzos a la buena literatura morirán en el intento ante la falta de difusión? ¿Cuántas editoriales que hoy proporcionan obras interesantes deberán renunciar a sus señas de identidad para competir en un mercado adocenado, en el que ya no controlan el proceso de su producto? ¿Cuántas editoriales que hoy sobreviven con independencia deberán someterse a los rigores de plataformas conjuntas para hacer frente a la competencia, con mínimas garantías de rentabilidad? ¿Cuántas editoriales resistirán el embate y permanecerán fieles a sus principios?

Hoy son los distribuidores y los libreros quienes marcan la prosperidad de los editores. Ni siquiera los lectores determinan el éxito de un producto si éste no recibe las atenciones precisas por parte de esos agentes del mercado editorial. ¿Cómo se enfrentarán esas mismas editoriales a un reto en el que impera la cuenta de resultados de los entes difusos que dominan la red global? Con ingenio y habilidad, dirán algunos; adquiriendo una posición de fuerza mediante la unión de esfuerzos, dirán otros. ¿A cambio de qué?, me pregunto. ¿El libro electrónico amplia realmente las posibilidades de negocio de las pequeñas editoriales o sencillamente tendrán que resignarse a conservar su inferioridad frente a la gran industria, asumiendo por el contrario los riesgos que supone someterse a los rigores de un mercado incontrolable y desprotegido ante el pirateo? ¿Compensa jugar esta baza o contemplarla como un complemento al negocio tradicional?

Es inapelable que si el mercado se lo propone, el libro electrónico se impondrá y quien no se someta a esa tiranía estará fuera del negocio. Bastaría con que los editores acepten las condiciones, se suban al carro con todas las consecuencias y los libros vayan desapareciendo de las librerías paulatinamente, como sucedió en su día con las películas en VHS, y se impongan los formatos digitales. El negocio editorial reúne todas las condiciones para que esta distopía se haga realidad, pues la profunda crisis que atraviesa es una coartada perfecta para que las grandes cadenas de librerías se adapten a las exigencias del mercado, arrastrando a las editoriales y distribuidoras a resignarse a esta suerte y estimulando a las empresas tecnológicas a inventar nuevos formatos para los libros que permitan su venta al público en establecimientos convencionales. Una conjunción de estas características haría posible la revolución. Y lo único que la detiene aún es su rentabilidad. ¿Merece la pena invertir tanto dinero en transformar la industria del libro para una demanda tan magra? ¿Es el libro un bien necesario o accesorio? ¿Es mejor la acción concreta, centrando el negocio en internet, a pesar de que con ello se procure la ruina de un buen número de agentes activos en el mercado, como imprentas, distribuidores, libreros...? ¿Es posible concebir un mundo sin libros? La voracidad del mercado invita a pensar en lo peor.

Sin embargo, toda distopía tiene un reverso que si no la anula, al menos la contrarresta. Y como algunos venenos, la revolución tecnológica del libro contiene su propio antídoto. Y en este caso, el remedio se llama escritor. La industria editorial no sería nada sin los escritores. Es cierto que los hay a manta, que muchos de ellos carecen de los suficientes escrúpulos como para renunciar a la posibilidad de lograr una butaca en el teatro de las vanidades literarias, pero también es cierto que ninguno escribe por el amor al arte y todos esperan algún rédito por su trabajo, y que también saben que la intangibilidad de su obra trae consigo el descontrol de su posesión y, por lo tanto, una merma importante en su valor. Todos los escritores saben que el actual proceso de edición y venta de sus obras está sujeto a unas normas de protección que las ha mantenido a salvo de agresiones indeseables y, más o menos, siempre conservan una propiedad, un control que les confiere el valor preciso del bien tangible. Todos saben que dejar volar libres sus obras aunque las crean amaestradas supone colocarlas a tiro de los cazadores furtivos, y que una vez cobrada la presa se puede dar por perdida. Y, que yo sepa, a ninguno le hace gracia que le roben su trabajo.

Un ejemplar se puede prestar o regalar y, a puede ser leído por no más de cuatro o cinco personas que lo valorarán y recomendarán o no. El pirata es voraz, depredador, codicioso, acaparador. No se mueve por un interés concreto en su selección de víctimas, sino que arrasa con todo lo disponible por un sencillo deseo de posesión. Y es ingenioso, hábil, astuto y desalmado a la hora de buscar o fabricar métodos que le permitan obtener su botín. No es cierto que al pirata le inspiren razones románticas de rebeldía o disidencia frente a un mercado que impone unos precios abusivos, ni que recurra a esas vías por necesidad ante el escaso peculio. Es posible que algún pirata se ajuste a ese perfil, pero son los menos y, desde luego, el problema no radica en las personas sino en el sistema. El intercambio indiscriminado de archivos convierte a todos los que recurren a él en miembros selectos de esta banda de delincuentes sin que muchos de ellos ni siquiera lo sepan. Es ese fluir incontrolado de material ajeno lo que destruye el valor de la obra artística. Un libro colocado en la red es presa fácil para el pirata. La conclusión es bien sencilla: para qué comprar un libro digital si se puede conseguir gratis. Insisto, un libro se puede prestar o regalar, pero nunca a mil personas.

El mercado ha impuesto ya unas normas de conducta a los productores que, como tengo dicho, contribuyen a una banalización de la cultural que conduce a la sociedad al primitivismo. La desprotección de la propiedad intelectual sometiéndola al predador sólo contribuirá a desmontar los últimos reductos de creatividad, al restar incentivos al autor y devaluar su obra. Es posible acoger y aprovechar las bondades de las nuevas tecnologías siempre que se reserve una porción del patrimonio a salvo de sus riesgos. El libro convencional seguirá siendo un valor seguro para preservar la creatividad, sin menosprecio de las oportunidades que ofrece la tecnología. Para una editorial o un escritor, el libro electrónico puede ser una herramienta útil para dar salida a fondos de catálogo u obras que ya no tienen salida comercial por las vías tradicionales, con claras expectativas de rentabilidad. Si estos profesionales son capaces de aprovechar esas oportunidades, la revolución no dejará demasiadas víctimas por el camino.

Escritores y editores saben que esto es así y aún están a tiempo de reflexionar si les conviene meterse en este bancal embarrado a cambio de una promesa de prosperidad aún demasiado verde. Que miren a sus colegas músicos y comprueben su impotencia. Saben también que de nada sirve apelar ni a la tecnología ni a la ley, pues son tan versátiles que ninguna de las dos son capaces de ganar esta batalla: los avances tecnológicos al servicio del delito son más rápidos que sus adversarios. Saben que de nada servirá apelar a una ciudadanía abducida por los cantos de sirena de disidentes del ciberespacio que apelan constantemente a la solidaridad con altas dosis de demagogia y victimismo. Y saben que nada pueden esperar de las autoridades demasiado pendientes de mantener impoluta su imagen ante la sociedad para no ver mermadas sus opciones de conservar el poder, ni de los aspirantes a autoridades que hoy prometen una cosa y luego de lograr sus fines olvidan su promesa por las mismas razones que justifican la actitud de los que hoy mandan. El pirata es uno de los males más dañinos e incontrolables que hay hoy en día. Por eso sería un auténtico suicidio abandonar la trinchera y ponerse a tiro y no hay mercado que sea capaz de negar esta realidad. Y sería muy triste que por una insensatez anunciada vea dentro de un tiempo a un puñado de editores y escritores patéticos demandando en la calle que los gobernantes les saquen del berenjenal en el que se han metido.

Si la prudencia y la sensatez no son capaces de ejercer su efecto beneficioso en la totalidad de los escritores y editores, movidos por el miedo a perder el tren de la tecnología o un espacio en el nuevo mercado, al menos espero que otros tantos sean capaces de mantener viva la esencia de la creación literaria y la edición en editoriales y librerías refugio que sirvan para atender la demanda de los muchos lectores que se sentirán perdidos entre tanto gigabit suelto. Y así como la escoba sobrevive a la aspiradora, el teléfono fijo planta cara al móvil, el vinilo que todos creían aniquilado por el CD ha vuelto a los estantes de los grandes comercios, y los jóvenes pasean por la calle con aquellos descomunales auriculares que todos creían pasto de museo por incómodos e inútiles, los libreros, editores y escritores que aún crean en la creatividad resistan el asedio de los fríos libros electrónicos y mantengan las esencias de un arte que nunca se perderá. Toda revolución alumbra su tirano y es necesaria una última línea de defensa, al menos para que no desaparezca el atisbo de libertad que permite al ciudadano ser dueño de sus decisiones.

Interludio mendicante

Estaba en el bar tomando el café con el que todas las mañanas redimo la reclusión a la que me fuerza el desempleo, cuando se acercó a la barra un chico bien parecido y le pide al dueño del local "un euro para internet". El tabernero, estupefacto, se lo niega, y el joven se marcha no sin antes dar las gracias por la atención. En silencio me termino el café, pago y me marcho a casa dando gracias a los dioses por poder pagar aún mi tarifa plana.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Por qué nunca compraré un lector de libros electrónicos

Llega la Navidad, y con ella el dichoso dilema de qué regalar a los allegados (siempre que se pertenezca al selecto club de los empleados). Me cuentan que el lector de libros electrónicos puede por fin eclosionar, aunque esta letanía la llevo oyendo desde que el mercado se empeñó en colocar el curioso aparato y, hasta la fecha, lo único que ha logrado ha sido inquietar al universo editorial, cuyos planetas, asteroides y demás cuerpos interestelares no cejan en su empeño por hacer frente al desafío aunque ni siquiera haya asomado las orejas en toda su dimensión. Mientras, los mercaderes de tecnología no paran de inventar chismes cada vez más sofisticados que, eso sí, incluyen la opción de leer libros en ellos, si bien como complemento a un sinfín de utilidades ajenas a esa misión original. Lo cual me conduce a comprobar que, una vez más, triunfa el medio pero no el fin.
Lo siento por los paladines de la nueva era, pero yo nunca compraré un lector de libros electrónicos. Por varias razones:
La primera es sentimental. Tengo un marcapáginas de encaje de bolillo que elaboró mi madre, y un atril de madera que fabricó mi padre. Ambos objetos los utilizo con frecuencia y, evidentemente, resultan inútiles para un libro electrónico. Y yo que tengo un concepto siciliano de la familia, me resisto a renunciar a ellos.
La segunda es fruto de la costumbre. Me gusta pasear, porque además de permitirme airear el cuerpo es el momento en el que se me ocurren las ideas. Y me gusta hacerlo por la ciudad ya que, resignado a mezclarme con la humanidad, al menos la prefiero de paisano y no disfrazada con ese atuendo ridículo que viste para ir al campo o a los parques. En mis caminatas siempre hago un alto frente al escaparate de alguna librería y, en ocasiones, entro en ella a husmear por sus rincones en busca de algo para leer. Esas mismas librerías son para mí lugares de evasión, en los que mis preocupaciones parecen agostarse espantadas por tanto bálsamo contra la apatía. Por eso suelo pasar horas removiendo páginas como esos arqueólogos que buscan algún tesoro escondido bajo el sustrato de la realidad. A veces lo encuentro, otras no, pero siempre salgo de esos reductos de paz con el ánimo mucho más aseado. No me siento capaz de deambular por una librería virtual, sentado frente al ordenador por mucho que aprecie la quietud de mi hogar y estimule mis neuronas con alguna melodía agradable. Como tampoco me fío de lo cibernético y me gusta tocar lo que compro, no creo que pueda contribuir a que ese negocio virtual prospere.
La tercera obedece a una cuestión práctica. Un libro se puede perder, bien por olvido (frecuente) o por sustracción (extraordinario), o deteriorar. Un lector también se puede perder, bien por olvido (posible) o sustracción (probable), o deteriorar. Todo depende del azar o el cuidado que les dispensen sus propietarios. Es cierto que quien posea un lector no tendrá que contratar un porteador para transportar su biblioteca y podrá adquirir cualquier título de forma instantánea si ese es su gusto (siempre que disponga de la tecnología adecuada y las conexiones se lo permitan, claro), pero su pérdida o deterioro puede proporcionarle un mayor disgusto y, además, corre un riesgo que se escapa a su control: que el lector decida no funcionar. No sé de ningún libro que se resista a ser leído, pero de la impertinencia de la tecnología no tengo duda.
Y por último, una razón caracterológica. No me gusta mucho leer en público. Si acaso, ojeo la prensa en algún bar o si el viaje es largo entonces sí que doy una oportunidad al exhibicionismo, pero no soy de esos que se va a leer a la calle. Prefiero la soledad. Y no concibo ese momento sin sentir las sensaciones que me produce manejar un libro, las cuáles no me proporcionará un artilugio tan frío y soberano de sus entresijos.
Dicho queda. Ahora bien, aclaro que estas razones sólo a mí atañen y, a diferencia de los apologetas del libro electrónico que ven en su imperio la aniquilación del papel, debo reconocer las virtudes y posibilidades de esta nueva opción sin que por ello suponga una hecatombe. Así como la escoba, ese artilugio ancestral que ha sobrevivido a sus innumerables reinvenciones, es capaz de convivir con la aspiradora en todos los hogares, el libro lo hará con el lector. No son incompatibles, por mucho que se empeñen quienes han invertido tiempo y dinero en su promoción. Entiendo además que el libro electrónico es un medio muy útil para la edición científica, pues aporta al usuario mucha más operatividad en sus investigaciones (defender procedimientos tradicionales es puro romanticismo), o como instrumento didáctico para la enseñanza, y que probablemente las futuras generaciones de lectores lo aceptarán como medio fundamental. Pero mientras llega esa Arcadia, habrán de editarse aún muchos libros en papel para atender la demanda existente y, sobre todo, enfrentarse a las amenazas que acechan el negocio con armas poderosas que impidan el deterioro de la labor editorial, protejan a los escritores y, sobre todo, respeten a los lectores, pues sin ellos difícilmente podrán ver sus sueños hechos realidad.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Basura íntima

La gastronomía, esa nueva ciencia humanística que concita saberes tan variados como la química, la biología, las matemáticas, la historia o la antropología para desarrollar una nueva disciplina de conocimiento basada en el placer sensorial, debería seducir a espíritus sensibles, instruidos y educados, capaces de disfrutar de las sensaciones que proporciona su vasta diversidad y descubrir los secretos que se esconden entre esos alimentos embellecidos con el ingenio y la maña. Pero, a diferencia de otras fuentes de conocimiento más solidarias y exigentes, el placer que proporciona el arte culinario lo puede obtener todo aquel que disponga de una cuenta corriente portentosa (no incluyo aquí la variante popular, espontánea y atávica que muchos tenemos la suerte de disfrutar en nuestros hogares), el acceso a los templos del gran comer está abierto a conciencias de todo rango. Y será por eso que en no pocos de estos santuarios me he encontrado con la desagradable sorpresa de una meada reciente y grotesca, dejada por algún cliente que me ha precedido en mi visita al retrete. Si fuese un episodio extraordinario no le daría más importancia que la de concluir en la incongruente presencia de uno de esos intrusos del mal gusto cuya personalidad se haya en un estado primitivo, y que si anda por esos lugares es sencillamente porque se lo puede permitir. Sin embargo, el suceso es redundante y no es patrimonio de un lugar determinado donde la conducta de sus ciudadanos se reconozca más relajada de lo habitual, sino que humeantes meadas me han sorprendido en retretes de diferentes ciudades españolas, lo cual da lugar a una reflexión que va más allá de la sencilla anécdota, y que me lleva a pensar en la dimensión del desprecio por las normas de convivencia más básicas cuando supongo (y quizás sea ingenuo suponerlo) que si el dinero no da la felicidad tampoco reporta educación ni refuerza las buenas costumbres. O bien es que los cánones de la educación moderna no incluyen el aprecio por lo higiénico, o bien que esta democratización impostada de las manifestaciones culturales atraen más el convencionalismo social que al verdadero amor por las artes. Basta con visitar los retretes de museos, centros culturales, teatros, auditorios y demás catalizadores de la sensibilidad y la estética para comprobar que la meada pertinaz es ya una seña de identidad de nuestros queridos semejantes.
Recién llegado de Tokio, mi amigo Alfonso no tuvo mejor idea que entrar en el retrete de la estación de tren de Chamartín sin antes haber superado el síndrome de la distancia física y social. Y, claro, salió espantado ante semejante zafarrancho. Ya en el tren convocó a las ciencias sociales en busca de una explicación que, luego de permanecer unos días en su ciudad, dio por imposible o sencillamente alivió con esa dosis de resignación que todos debemos llevar a mano para superar los incontables motivos para afiliarse a la misantropía con los que nos topamos a diario.
Anoche fui al cine y, si no conté mal, seríamos apenas veinte los espectadores que nos reunimos en la sala. Al rato de empezar la película me entraron ganas de orinar y fui a los retretes del local. Allí, aparte de los urinarios adosados a la pared, hay cinco cabinas con sus correspondientes y convencionales tazas (o como quiera que se le llame a eso en el mundo moderno), dentro de las cuales permanecían sendas meadas. ¡En todas! Después de la irremediable conjoga, me decidí por hacer lo que siempre hago en estos casos: elegir la menos repugnante, quitarla de mi vista con un sencillo (de verdad, es muy sencillo) tirón de la cadena, y hacer lo que fui a hacer tras lo cual volví a tirar de la cadena (de verdad, es muy sencillo). Rabioso, regresé a mi butaca, pero afortunadamente la película era buena y me rescató del abismo.
Que por las aceras de mi ciudad transiten permanentemente esos monstruosos vehículos de limpieza recogiendo la mierda que arroja la ciudadanía es la imagen en alta definición del fracaso de nuestra sociedad. Y con tantos clientes (millones) no es de extrañar que el negocio de la limpieza de nuestra basura atraiga a tanto mercader avispado, y las municipalidades se atribulen en componendas no siempre limpias.
No sé si quien deja su huella úrica en los retretes públicos reproduce una costumbre arraigada que también practica en la intimidad de su hogar o si, en cambio, obedece a algún registro de rebeldía, aunque de la observación del comportamiento social me inclino por pensar en que esas actitudes reproducen el corolario del desprecio por el otro que define el individualismo que rige en el pensamiento liberal que ha arraigado en las sociedades occidentales.

martes, 23 de noviembre de 2010

El fin de la cultura

La cultura no es un derecho, es una opción. Sólo desde el conocimiento se puede obtener la aptitud necesaria para comprender y valorar las manifestaciones culturales ajenas e incluso, con los debidos estímulos, lograr producir las propias. La educación -y no estrictamente en su concepción académica- es el medio indispensable para alcanzar la cultura como fin. Creer y, más aún, concebir y presentar la cultura como un medio de excelencia es un error esencial que confunde a los individuos y los compartimenta, pues no son pocos los que hasta hace muy poco tiempo los que se sentían excluidos del desarrollo social por su escasa o nula formación cultural. Ese es el motivo por el cual, al irrumpir las leyes del mercado en el ámbito cultural y adaptar la oferta a una demanda difusa, muchos grupos sociales ajenos hasta ahora a la cultura se han visto habilitados para imponer unos gustos que contribuyen a banalizar la producción cultural. En este caso no es la audiencia la que se debe adaptar a un producto cultural objetivamente aceptable sino al revés, lo cual empobrece la oferta y, lo que aún es peor, impone unos criterios de rentabilidad en los que la calidad adquiere un significado laxo y cuestionable.
El error primordial en el proceso de democratización de la cultura radica en su adaptabilidad a una demanda poco instruida, desinformada y complaciente. No sería un problema si se supiera delimitar los conceptos de cultura y espectáculo, creación y entretenimiento, pero la soberbia del mercado impone unas reglas que reducen el ingenio a la nada en favor de propuestas comprensibles por la gran masa, y esas reglas han borrado cualquier frontera sometiendo a la cultura al imperio del espectáculo, y reduciéndola a espacios apartados, minoritarios y poco rentables.
Cómo se explica si no que los artistas más denostados por la crítica especializada (no la advenediza y servil) sean los que más reconocimiento reciben de la sociedad y de las instituciones que la representan (medios de comunicación, organismos públicos y privados que incorporan la cultura como un elemento estético a sus ofertas pero que acaparan la atención mayoritaria del público). La cultura-producto se convierte así en un arma poderosa para aniquilar el desarrollo del sentido crítico de una sociedad que no aspira más que a saciar sus necesidades de ocio con propuestas banales e insustanciales, que se consumen sin esfuerzo y se olvidan con rapidez sin dejar apenas huella ni lograr el propósito esencial de cualquier manifestación artística que es el desarrollo del conocimiento.
Como en otros sectores económicos, la cultura-producto se gestiona desde un número muy reducido de empresas, que controla todo el proceso productivo y se reparte el mercado y los gustos imponiendo tendencias bien calculadas con la seguridad de un consumo tan masivo como fugaz. Alrededor de estos núcleos empresariales orbita toda una constelación de negocios que van desde los que aspiran a ocupar un riconcito entre los elegidos produciendo la misma basura que ellos aunque con menos medios de promoción, hasta los que intentan mantener las esencias de la creación artística con grave riesgo de sus rentas personales, una visibilidad escasa y siempre al borde de la ruina. En medio se encuentra el auténtico grueso de esta especie de disidencia, que transita entre el deseo y la evidencia sumidos en un profundo cinismo que les lleva a predicar las bondades de la auténtica creación a la vez que se afanan por encontrar fórmulas que atraigan al mayor número de consumidores.
Esta estructura es diáfana en el mundo editorial. Frente a los grandes grupos que controlan el mercado de masas con ofertas sonrojantes, se encuentran los miles de pequeños sellos que intentan sobrevivir con propuestas tan interesantes como minoritarias que, no obstante, han de superar unos determinados controles de calidad ya sean marcados por el prestigio del autor (aunque se trate de una obra menor) o por la propia obra en sí (aunque sea una reedición con un nuevo formato y con algún prólogo ad hoc). No queda mucho margen de maniobra para los neófitos o desconocidos, a menos que recurran a editoriales ignotas con un recorrido muy corto. No quiero decir con esto que la labor editorial de todos estos sellos sea menos digna de encomio, sencillamente constato las dificultades que un mercado adocenado impone a una labor audaz que pretende diversificar la oferta y proponer opciones mucho más enriquecedoras para el público.
Sin embargo, un peligro se cierne sobre la creación cultural cuando el artista adapta su ingenio a las exigencias del mercado. No pocos son los creadores que en el deseo de que su obra adquiera visibilidad, se valore y la compren renuncian a sus verdaderas capacidades para producir obras que en absoluto reflejan su genio, en beneficio de la demanda. Ese es un mal que se extiende con demasiada rapidez en un mundo tan mercantilizado como éste y puede ser lo más destructivo que haya conocido el arte en toda su historia.
El mercado es implacable, pero así son sus leyes y en un sistema capitalista no hay mucho más que hacer que echar mano del ingenio y el esfuerzo para hacerse un hueco en él. El inconveniente más grave se produce cuando irrumpe en este mercado el poder público como un elemento activo con un alto poder desequilibrante. Las políticas culturales basadas en el proteccionismo han derivado en una de las versiones más dañinas y perversas de la acción pública en la cultura, tal es un pertinaz e impúdico intervencionismo que ha diseñado un nuevo escenario en la producción cultural marcado por el clientelismo. Lo que empezó con una política de estímulo y apoyo a la producción cultural se ha convertido en una opresiva dependencia que condiciona el desarrollo de la industria cultural con el desagradable contagio a la creatividad. Hoy no hay gestor o empresa cultural que no dependa de las ayudas públicas en su más diversas formas, y ese vasallaje se ha convertido en un arma aniquiladora en manos de determinados políticos para formar un cortejo a mayor gloria de sus aspiraciones personales o de los intereses del partido al que pertenece.
El poder público se habría de conformar con proporcionar al mercado consumidores de cultura instruidos y con sentido crítico mediante programas educativos que aprecien los conocimientos necesarios para valorar la creación artística en todas sus disciplinas, y gestionar con eficiencia los recursos necesarios para que la sociedad pueda acceder a dichos conocimientos y los creadores logren desarrollar sus capacidades con la garantía de poder afrontar las exigencias del mercado con posibilidades reales. Esto se logra mediante el mantenimiento con buena salud de museos, bibliotecas, archivos, filmotecas, etc. y estimulando la formación de grupos de lectura, talleres de escritura, música, teatro, artes plásticas, así como los centros especializados en dichas disciplinas con medios y profesionales apropiados, con el fin de que quienes demuestren sus capacidades puedan desarrollar unas técnicas adecuadas que sirvan como alimento a su creatividad. Y todo sin menosprecio de que los artistas puedan encontrar espacios públicos donde mostrar al público sus obras a cambio de un coste al alcance de cualquiera o bien con actividades abiertas aunque puntuales que sirvan para mostrar la grandeza de esa creación. Así se presentaría la cultura como una opción universal, democrática, que puede ser disfrutada por todo aquel que se sienta atraído por esas actividades o despertar el interés en aquellos a quienes les ha sido vedada o la sienten como algo lejano y extraño. Es una labor ardua que con la adecuada constancia puede conducir al éxito.
Sin embargo, el poder público ha preferido introducirse en la industria cultural como parte activa, despreciando esa cultura de base e imponiendo unos criterios mercantilistas fundamentados en la audiencia. La institución irrumpe en la cultura desde una posición ventajista al sustentar su apuesta con dinero público, convirtiéndose así en un competidor casi invencible y, sobre todo, desleal. El gestor público parte de unos criterios tan fatuos como peligrosos para lograr su propósito: máxima audiencia satisfecha. Contratar a los artistas más conocidos. Pero ser conocido no quiere decir que sea bueno. Invertir todo el dinero que haga falta. Aunque está claro que un mercado libre los precios se regulan en virtud de la oferta y la demanda, existen unos límites que muy pocos profesionales están dispuestos a traspasar a menos que quieran poner en riesgo sus cuentas y su prestigio, por lo que no siempre es el dinero lo que determina la participación de un artista reconocido; tampoco es necesario hacer grandes inversiones en infraestructuras cuando las administraciones disponen de establecimientos adecuados para llevar a cabo dichas actividades. Todo gratis. La única forma de valorar el esfuerzo de un artista es pagar por disfrutar de su obra, aunque el precio sea mínimo.
Todo ello contribuye a pervertir el mercado. No hay administración pública que no gestione su programa cultural a cargo del presupuesto, lo que contribuye a fijar unos precios que no pueden asumir los gestores privados y atraer a una audiencia que jamás conseguirá un establecimiento privado. Para un gestor cultural particular es muy difícil competir con semejante adversario. En primer lugar porque son mucho menos que las administraciones, y más cuando para llevar a cabo cualquier iniciativa debe recurrir al poder público para obtener los correspondientes permisos. ¿Por qué entonces no se oponen? Por una razón de vasallaje. La administración pública recurre a la iniciativa privada para llevar a cabo sus programas a cambio de sustanciosas concesiones que permiten al empresario asegurar su cuenta de resultados. Este clientelismo ha marcado el desarrollo de la industria cultural en los últimos diez años como jamás antes se había conocido, si bien ese magnífico edificio se asentaba sobre unos cimientos muy endebles. Y hoy estamos pagando las consecuencias. Las dificultades económicas por las que atraviesan las administraciones públicas tienen un reflejo evidente en los recortes de sus presupuestos culturales y en los retrasos a veces inasumibles del pago de las deudas contraídas con los concesionarios de dichas actividades. Sin embargo, la férrea dependencia forjada en todos estos años ha traído como consecuencia la imposibilidad del desarrollo de la industria cultural desde la iniciativa privada en exclusiva. No existe un tejido financiero apropiado para costear todas las actividades que en otro tiempo se llevaban a cabo y, por lo tanto, han ido desapareciendo en perjuicio de una industria que ve ahora cómo no encuentra una demanda suficiente para sus productos por sencillos y banales que sean. El tejido cultural languidece en un páramo de incertidumbre y miseria tan solo sostenido por el empeño de algunas administraciones que se resisten a resignarse a la evidencia, gracias al apoyo de cajas de ahorros y fundaciones militantes que han de pagar favores de otros tiempos.
Otra consecuencia, acaso más nefasta que las anteriores, de este declive de la acción pública ha sido el concepto de cultura que ha arraigado en la opinión pública como un medio de notoriedad para unos cuantos arribistas que han quedado como los garantes de las esencias artísticas gracias al apoyo arbitrario de los responsables políticos, o bien un instrumento para el enriquecimiento de los responsables de los fastos de antaño mediante operaciones financieras sospechosas, e incluso una vía de adoctrinamiento para las masas a causa de unos contenidos adaptados al ideario del partido que ostenta el poder en cada momento. En definitiva, un empobrecimiento de la cultura-producto y una aniquilación de la cultura-concepto.
Pero el resultado más decepcionante, inquietante e irritante ha sido la destrucción del tejido cultural de base en beneficio de grandes acontecimientos de masas cuya coartada ha sido la promoción de los atractivos de un territorio determinado, y que no han dejado más huella que un soplo. Horroriza contemplar cómo todos los establecimientos destinados a la formación cultural de la población van desapareciendo por abandono o descapitalización después de que se hayan invertido cantidades astronómicas en actividades tan descomunales como inanes que han reportado pingües beneficios profesionales y económicos a determinados grupos de políticos y empresarios, a cambio de la ruina de la mayoría de gestores y el desprecio a la sociedad y a los artistas que no se han postrado ante ellos. Sólo hay que analizar los números para comprobar este desastre.
Hace tiempo que tengo claro que la cultura no es competencia de los políticos, que deberían desaparecer las concejalías, consejerías e incluso el ministerio de Cultura, que la institución pública debe disponer los medios necesarios para el desarrollo del conocimiento y la creatividad para que el pueblo se forme, se instruya, adquiera la sabiduría, el criterio y el sentido crítico que servirán de equipaje en su viaje en busca de la cultura.

Riesgos calculados (o eso quiero pensar)

"Ahora que andamos despacio, vamos a contar mentiras.
Por el mar corren las liebres; por el monte, las sardinas".

Quiero pensar que los individuos a quienes los ciudadanos hemos concedido la confianza necesaria para conducir con sensatez la administración pública, hayan calculado bien los riesgos ante una de las crisis socioeconómicas más graves que se han conocido en la Historia del mundo civilizado. Porque sería insensato mantener un discurso esperanzador cuando lo que hace falta es una dosis de coraje inusitada, incluso en perjuicio de un estado del bienestar que ha quedado en entredicho por el control absoluto de algo tan difuso e inabarcable como es el mercado. Los responsables políticos deben plantearse de inmediato si a lo que se aspira es a salvar las estructuras del Estado o supeditarlo a las decisiones de organismos supranacionales, que sólo buscan la estabilidad de un mercado global cautivo de los especuladores.
La naturaleza del dinero se ha difuminado en una niebla de operaciones financieras incontrolables que se llevan a cabo en ignotos espacios, dominados por intereses depredadores que no atienden a la rentabilidad futura sino al beneficio inmediato. Quiero pensar que aún no es tarde para reunir las piezas de la soberanía nacional y recomponer el estado social, al que se debe someter el estado financiero. No al revés. Y para ello, el reconocimiento de la fuerza de trabajo es fundamental, pues un Estado que desprecia a sus trabajadores en beneficio de los inversores jamás podrá prosperar. El capital humano sigue siendo fundamental para el desarrollo económico de los estados, y es necesario cuidarlo en extremo ante las exigencias de un mercado sin escrúpulos que exige menores costes laborales y fiscales.
¿A qué esperan las instituciones europeas para blindar los mercados nacionales de sus miembros? A menos que el fin que se persigue sea precisamente el hundimiento de las economías estatales para rebajar los costes que permitan a las corporaciones invertir con garantías de beneficio, despreciando los derechos laborales y exigiendo unos sacrificios excepcionales a la población con la coartada de la creación de empleo, no entiendo esta pasividad y mucho menos los mensajes esperanzadores en un momento de evidente incertidumbre. Es como ese capitán de barco que aún anima a su tripulación a quedarse en la nave a pesar de que el agua le llega al cuello. ¿Cuándo le haremos frente al enemigo? La fiesta acabó y la basura se acumula; no habrá otra fiesta igual y si la hay los invitados serán muchos menos y más selectos. ¿Dejaremos que se diviertan a nuestra costa una vez más, a cambio de unas cuantas migajas que duran poco y no alimentan nada?
La casta política, que nunca debe olvidar que ocupan esos cargos porque el pueblo así lo ha decidido, debe saber que la paciencia tiene un límite y las reacciones sociales de Francia, Inglaterra, Grecia y ahora Irlanda no son más que ensayos generales de lo que puede suceder si se aprieta demasiado el dogal. El paro no es más que una consecuencia, pues en números absolutos son más los que aún disfrutan del empleo que los que ya no saben si volverán a tener otro, pero la amenaza está ahí y es fruto de inquietud, decepción y suspicacia. Matices que no ayudan a procurar la competitividad necesaria en una economía. Esos riesgos acechan por doquier y los gobiernos deben ser conscientes de que todo puede estallar en cualquier momento. ¿Han calculado ese riesgo o seguirán mintiendo tenazmente?
Los acontecimientos que ilustran esta decadencia del sistema capitalista occidental refuerzan mi certeza de que la casta política ha sido la principal responsable de esta situación. Los bancos, consumidores, mercados y demás agentes de la globalización interpretaron el papel que se les asignó con una eficiencia digna de encomio, por lo que ahora no se les puede señalar como los únicos responsables de un desastre más que anunciado. Los estados aceptaron el frenesí de sus administrados como esos padres que se resignan a que sus hijos molesten a los vecinos con sus juegos, apelando a la inconsciencia de la criatura sin ocultar una mezquina satisfacción al ver como va aprendiendo nuevos hábitos; si el niño causa por fin algún desperfecto no le deberían culpar ante las quejas de los vecinos con aquello de que el pobre no sabe lo que hace. Algo así parece suceder ahora: los bancos ejercieron su negocio, los consumidores aprovecharon las ofertas y el mercado las posibilidades. ¿Qué hacían los Estados mientras los niños alborotaban? Complacerse de lo bien que crecían y lo mucho que aprendían. Ahora tenemos adolescentes maleducados y obesos, que presionan a los padres para que les devuelvan todo aquello que han perdido en el camino o, al menos, les proporcionen otro hogar para destruir. Una ruina, en definitiva.
La resolución de este problema es muy compleja y probablemente carezca de resultado, sobre todo cuando los padres de la criatura están en permanente gresca. Es lamentable que desde que en 2008 se declarara formalmente esta crisis, aún no se haya producido al menos en España ese gesto de grandeza política tan necesario para devolver la confianza a la sociedad, y los partidos estén aún inmersos en un combate tan agresivo como insustancial. ¿Esperan quizás a que los especuladores acaben declarando el combate nulo y los luchadores deban ser atendidos en el mismo hospital y con los mismos medicamentos, mientras el público se marcha a sus casas decepcionado y con la sensación de haber perdido el dinero de la entrada?
Si eso sucediera y España se viera conducida al abismo del rescate financiero, ya no sería aceptable la apatía de una sociedad demasiado confiada. La reacción sería inevitable y necesaria, aunque aún estamos a tiempo de demandar decisiones colegiadas que contribuyan a salvar los pocos muebles que aún quedan en este hogar en ruinas.
Solo un plan consensuado, más allá de intereses electorales, sobre las medidas necesarias para fortalecer la estructura económica y social española, sería un buen paso en el camino de la solución. Ya no cabe la pugna, es necesario que los luchadores vuelvan a sus rincones, reflexionen y decidan acabar con este combate de desgaste que fatiga a la audiencia. Ninguna aspiración política justifica la destrucción de un país, y si quienes tienen el deber de aceptarlo no lo hacen tendrá que ser la sociedad la que se lo demande.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Vampiros, zombis y demás sintonías

No deja de maravillarme la capacidad de la industria del entretenimiento por sintonizar con las realidades del consumidor, presentándole ofertas subliminales que se adaptan como un guante a los terrores que sufre. Si en plena hecatombe del fabuloso edificio financiero mundial, con los gobiernos rascándose los bolsillos para salvar de la ruina a los banqueros, las pantallas, páginas y demás soportes mediáticos se llenaron de vampiros, hoy que los tiburones han recuperado la salud a costa del desmantelamiento del estado del bienestar, las pantallas, páginas y mediatecas se han entregado a los zombis. No quiero ni pensar cuando los hombres lobo pueblen el espacio, pues será señal de la pérdida absoluta de la personalidad, del primitivismo incontrolado, del caos.
Tampoco deja de fascinarme el poder hipnótico de la curia romana sobre los incautos y condescendientes librepensadores. El presidente de la corporación católica dice sin rubor que el uso del condón estaría permitido en las relaciones sexuales con prostitutas, y los progres del mundo unidos exhalan un suspiro de alivio en vez de acojonarse ante semejante insulto a la mujer. El papa admite que el rebaño masculino necesita desfogarse con carnes mercenarias por lo que mejor tomar precauciones no sea que algún mal coarte la virtud a la que están obligados en su vida cotidiana. El macho ha de conservarse puro y sano ante los embates de la hembra procaz. Ya lo predicaron los padres de la Iglesia en tiempos remotos y no va a ser menos hoy. Esas palabras me recuerdan a las de aquellos represores sanguinarios que, impelidos por una repentina compasión, decidían exterminar a sus víctimas con métodos menos dolorosos y más rápidos. La capacidad de humillación de la mujer por parte de la casta clerical es inabarcable.
Qué triste es la indolencia del pueblo ante semejantes productos de consumo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Adiós a las ideas

Quizás alguna vez se sepa la cantidad de dinero gastada por los responsables de las instituciones públicas en mantener el aparato de propaganda que les permite conservar saludables sus opciones a revalidar el poder que ostentan, y que les confiere una situación social y económica privilegiada inalcanzable por sus propias capacidades. Quizás ese día, la ciudadanía que sufraga semejante disparate se sacuda la apatía y reclame lo que es suyo. Quizás ese día, renazca el espíritu crítico de una sociedad que hasta ahora contempla con indiferencia la indecencia y el mal gusto, la calumnia, la injuria y la banalidad impunes que se intercambian en pretenciosos concilios en los que participan individuos que, en otros tiempos menos permisivos y más selectos, permanecían apartados de los focos o recluidos en pequeños reductos sectarios e inmovilistas. Quizás algún día se aprenda a separar el grano de la paja, a detectar los abusos verbales y la manipulación interesada al servicio de una casta política carente de escrúpulos cuya única aspiración es el beneficio propio, empleando a la sociedad como coartada de sus desmanes. Quizás también ese día llegue demasiado tarde y el daño sea irreparable, por lo que es urgente tomar posiciones y desenmascarar a los farsantes, indentificándolos y mostrando sus vergüenzas.
Sin embargo, hay un obstáculo que hoy parece insalvable: la libre competencia de las empresas que se dedican a la información. ¿Es posible una información de calidad, un regreso a la controversia basada en las ideas y no en las ideologías, cuando las empresas de comunicación basan su futuro en la obtención de beneficios publicitarios determinados por la amplitud de las audiencias? ¿Es la búsqueda de la calidad una batalla perdida, cuando el común de la sociedad se debate entre la ignorancia y el sectarismo? ¿Cuál debería ser el primer paso que encamine la información hacía una vía de sensatez: la instrucción de la sociedad para que exijan unos contenidos adecuados, o que los medios abandonen el vasallaje desafiando al mercado con productos aceptables?
Es claro que en el ámbito privado difícilmente se puede encauzar la oferta hacia productos sanos si antes no se crea una audiencia que los exija, a menos que las autoridades impongan unas normas de conducta inasumibles en un estado de derecho donde la libertad de expresión es un dogma, por lo que deberían ser los propios medios quienes se regulen para adaptarse a un escenario ético más allá de la aceptación de la opinión pública; y, por supuesto, las empresas anunciadoras deben contribuir con sus inversiones a que esto sea así, alejándose de la tentación del beneficio rápido con productos refractarios a los valores morales esenciales.
Sería un ingenuo si pensara que ese proceso se puede convertir en realidad, pues poco o nada puede la moral con la codicia en un mundo excesivamente competitivo, donde no cabe el matiz ni la alternativa. Sólo en el campo de batalla de las audiencias es posible establecer una nueva opción y hacer cambiar el rumbo de los criterios que rigen los contenidos de los medios de comunicación privados. La institución pública asume un papel protagonista en este hipotético proceso, convirtiéndose en ejemplo o banco de pruebas que desarrolle el nuevo modelo de comunicación para luego perfeccionarlo y exportarlo. No quiero decir con esto que dicho modelo sea perfecto en su totalidad, aunque sí puede servir de sustrato para luego edificar sobre él una oferta adaptada a los criterios de estilo y comerciales de cada empresa. La experiencia de los medios estatales en los últimos meses es un claro exponente de que el modelo informativo desapasionado es posible: las crecientes audiencias avalan una oferta de servicio público donde caben el entretenimiento, la información, la divulgación y el debate sin menosprecio de la calidad, con un desarrollo adecuado de las nuevas tecnologías y una variedad de contenido y pluralidad de opiniones sin parangón. Esta es la mejor forma de instruir los gustos y las necesidades informativas de la opinión pública, para desarrollar su espíritu crítico y sus exigencias de calidad.
Todo lo contrario sucede en los medios de comunicación públicos dependientes de las comunidades autónomas, pues al concebirlos como entes de gestión privada tutelados por la gobernación de turno, se les conduce a un estado de profunda esquizofrenia que resulta inconcebible, por cuanto el gestor empresarial ha de servir en exclusiva a unos intereses partidistas que condicionan los contenidos y los criterios de selección de opiniones. Los medios públicos se convierten así en parte de ese fabuloso aparato de propaganda al servicio de la opción política gobernante, proponiendo un modelo que se nutre de la avidez del sector privado y la complacencia de la inversión pública y creando un estado de clientelismo feroz en el que los anunciadores se ven atrapados en una red de favores que reporta una rentabilidad insignificante, ya que las audiencias no acompañan al esfuerzo denodado por cautivarlas. El resultado es una ruina para las arcas públicas y el empobrecimiento de la calidad informativa intolerable.
Sólo privando al gobernante de turno del control absoluto del funcionamiento de los medios de comunicación públicos, mediante fórmulas de arbitraje, control y auditoria por parte de profesionales independientes y capaces, sería posible impedir que estos organismos se conviertan en foros de adoctrinamiento y coacción en manos de individuos indocumentados, serviles, sectarios y zafios. Y todo pagado con el esfuerzo de una sociedad que tiene la obligación de demandar cordura y eficiencia, o al menos la atención que costea. No se puede justificar esta destrucción de la realidad con la coartada del empleo y la libertad de expresión, porque todas las libertades tienen sus límites y, en este caso, el tope está en el respeto a la pluralidad al que están obligadas todas las instituciones públicas.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Mercancías

Felipe González remueve el fango del pasado en una entrevista a un medio de comunicación. Le acaban de publicar un libro. George W. Bush declara ante los periodistas que nunca quiso declarar la guerra a Irak. Le acaban de publicar un libro. Ali Agca aparece en un programa de televisión y acusa a la curia vaticana de instigar el asesinato de Juan Pablo II. Le acaban de publicar un libro. Fernando Sánchez Dragó reconoce públicamente su gusto por las niñas. Le acaban de publicar un libro.
Los medios de comunicación se lanzan en picado hacia declaraciones tan jugosas, logran la reacción de las tribus de fieles y detractores, la opinión pública consume complacida el espectáculo, y en las librerías se llenan las mesas de novedades con los ejemplares de estos personajes.
Dentro de unas semanas, cuando quizás a los perros les dé por morder a sus amos o alguna catástrofe se ensañe con algún rincón de la desprevenida humanidad, la atención se desvanecerá y los periodistas dirigirán su objetivo hacia otros planos. Hasta entonces es probable que aquellos hayan vendido algún volumen más de lo previsto y todos contentos.
Nadie con un mínimo de perspectiva puede eludir el tufo a oportunismo de todas estas declaraciones, cuando en realidad nada hacen quienes las pronuncian por enmendar sus errores pasados ni procurar que no se vuelvan a cometer. El mercado acoge con suma satisfacción todo aquello que procura unos beneficios inmediatos sin reparar en las consecuencias ni valorar sus efectos en el futuro. Todo gracias a una opinión pública acrítica.
Más. El alcance de la última visita del Papa a España se midió en expectativas comerciales. Sin embargo no se cumplieron ni por asomo. Entonces me pregunto si la inversión para traer a este tipo ya no será tan rentable la próxima vez y las instituciones perderán interés, lo que causaría un grave inconveniente para los promotores de semejantes acontecimientos, pues o bien tendrían que rascarse el bolsillo o también reducir el boato para abaratar la factura.
El mensaje es lo de menos. El interés radica en el negocio, aunque no quede nada una vez pasado el vendaval.
Y más. La planta noble de las grandes empresas se llena de políticos amortizados. ¿Por su eficiencia? No, por sus influencias. La certeza de un ascenso en la escala social es el reclamo más atractivo para acceder a la política, para cuya carrera no es necesaria la formación, la experiencia ni la instrucción, sino la astucia, la lealtad y la ausencia de escrúpulos. El inexistente sentido crítico blinda las posibilidades de unos individuos que aspiran a unos privilegios que no alcanzarían jamás con sus propios medios. Espacios selectos vedados para el común de los mortales, queda expeditos para una casta de advenedizos poseedora de codiciadas agendas y de llaves maestras que abren las puertas del negocio institucional. La política se convierte así en el pasaporte a la notoriedad social y en un salvoconducto para la estabilidad laboral y económica. El bien general se convierte en axioma para la impunidad de unas gentes que utilizan a la sociedad como coartada de su impudicia. Sólo necesitan que les renueven el contrato cada cuatro años, y para ello no hay nada mejor como la coacción ética en un primer término, y el miedo al cambio (la proteofobia de la que habla Bauman) y el ejercicio especular (soy el espejo en el que todos se pueden mirar y, por lo tanto, imitar) como recursos esenciales para la preservación.
La casta política ha alcanzado un poder omnímodo basado en la incapacidad de la sociedad para interpretar el presente como un tránsito y no como un absoluto. Pero el ciudadano reclama absolutos y elude el esfuerzo de ensamblar las piezas que proporciona el análisis profundo de las realidades; prefiere administrar los elementos primordiales de su existencia en vez de escrutar las posibilidades de futuro. Aspira a lo inmediato pues considera que ello permitirá administrar el porvenir. Y cede esa responsabilidad al político con la esperanza de que le proporcione los recursos necesarios para el bienestar circunscrito, eso sí, a unas necesidades básicas que conjuren las dificultades. Es decir, obtener unos ingresos suficientes para poder consumir los productos que ofrece el mercado.
La casta política es consciente del bajo precio que ha de pagar para conservar sus privilegios, pues la ausencia del sentido crítico social le permite mercadear con compromisos que, luego de garantizarse otro periodo de estabilidad personal, se revelan vanos o falsos. La retórica y la fidelidad de una tribu adepta les salva entonces de una decepción popular que, lejos de reflejarse en un reproche manifiesto, deriva hacia la indiferencia o la resignación. Una sociedad así es incapaz de reproducir las distopías que Saramago expone en sus magníficas 'Ensayo sobre la ceguera', 'Ensayo sobre la lucidez' y 'Las intermitencias de la muerte', mientras que la representación del poder está  perfectamente descrito en todas esas obras.
Quizás, y solo quizás, si la sociedad fuese consciente de que se ha convertido en servidora de la casta política y no al revés, como debería ser, podría producirse esa reacción necesaria que definiese claramente las responsabilidades y, sobre todo, los límites del ejercicio del poder.