Felipe González remueve el fango del pasado en una entrevista a un medio de comunicación. Le acaban de publicar un libro. George W. Bush declara ante los periodistas que nunca quiso declarar la guerra a Irak. Le acaban de publicar un libro. Ali Agca aparece en un programa de televisión y acusa a la curia vaticana de instigar el asesinato de Juan Pablo II. Le acaban de publicar un libro. Fernando Sánchez Dragó reconoce públicamente su gusto por las niñas. Le acaban de publicar un libro.
Los medios de comunicación se lanzan en picado hacia declaraciones tan jugosas, logran la reacción de las tribus de fieles y detractores, la opinión pública consume complacida el espectáculo, y en las librerías se llenan las mesas de novedades con los ejemplares de estos personajes.
Dentro de unas semanas, cuando quizás a los perros les dé por morder a sus amos o alguna catástrofe se ensañe con algún rincón de la desprevenida humanidad, la atención se desvanecerá y los periodistas dirigirán su objetivo hacia otros planos. Hasta entonces es probable que aquellos hayan vendido algún volumen más de lo previsto y todos contentos.
Nadie con un mínimo de perspectiva puede eludir el tufo a oportunismo de todas estas declaraciones, cuando en realidad nada hacen quienes las pronuncian por enmendar sus errores pasados ni procurar que no se vuelvan a cometer. El mercado acoge con suma satisfacción todo aquello que procura unos beneficios inmediatos sin reparar en las consecuencias ni valorar sus efectos en el futuro. Todo gracias a una opinión pública acrítica.
Más. El alcance de la última visita del Papa a España se midió en expectativas comerciales. Sin embargo no se cumplieron ni por asomo. Entonces me pregunto si la inversión para traer a este tipo ya no será tan rentable la próxima vez y las instituciones perderán interés, lo que causaría un grave inconveniente para los promotores de semejantes acontecimientos, pues o bien tendrían que rascarse el bolsillo o también reducir el boato para abaratar la factura.
El mensaje es lo de menos. El interés radica en el negocio, aunque no quede nada una vez pasado el vendaval.
Y más. La planta noble de las grandes empresas se llena de políticos amortizados. ¿Por su eficiencia? No, por sus influencias. La certeza de un ascenso en la escala social es el reclamo más atractivo para acceder a la política, para cuya carrera no es necesaria la formación, la experiencia ni la instrucción, sino la astucia, la lealtad y la ausencia de escrúpulos. El inexistente sentido crítico blinda las posibilidades de unos individuos que aspiran a unos privilegios que no alcanzarían jamás con sus propios medios. Espacios selectos vedados para el común de los mortales, queda expeditos para una casta de advenedizos poseedora de codiciadas agendas y de llaves maestras que abren las puertas del negocio institucional. La política se convierte así en el pasaporte a la notoriedad social y en un salvoconducto para la estabilidad laboral y económica. El bien general se convierte en axioma para la impunidad de unas gentes que utilizan a la sociedad como coartada de su impudicia. Sólo necesitan que les renueven el contrato cada cuatro años, y para ello no hay nada mejor como la coacción ética en un primer término, y el miedo al cambio (la proteofobia de la que habla Bauman) y el ejercicio especular (soy el espejo en el que todos se pueden mirar y, por lo tanto, imitar) como recursos esenciales para la preservación.
La casta política ha alcanzado un poder omnímodo basado en la incapacidad de la sociedad para interpretar el presente como un tránsito y no como un absoluto. Pero el ciudadano reclama absolutos y elude el esfuerzo de ensamblar las piezas que proporciona el análisis profundo de las realidades; prefiere administrar los elementos primordiales de su existencia en vez de escrutar las posibilidades de futuro. Aspira a lo inmediato pues considera que ello permitirá administrar el porvenir. Y cede esa responsabilidad al político con la esperanza de que le proporcione los recursos necesarios para el bienestar circunscrito, eso sí, a unas necesidades básicas que conjuren las dificultades. Es decir, obtener unos ingresos suficientes para poder consumir los productos que ofrece el mercado.
La casta política es consciente del bajo precio que ha de pagar para conservar sus privilegios, pues la ausencia del sentido crítico social le permite mercadear con compromisos que, luego de garantizarse otro periodo de estabilidad personal, se revelan vanos o falsos. La retórica y la fidelidad de una tribu adepta les salva entonces de una decepción popular que, lejos de reflejarse en un reproche manifiesto, deriva hacia la indiferencia o la resignación. Una sociedad así es incapaz de reproducir las distopías que Saramago expone en sus magníficas 'Ensayo sobre la ceguera', 'Ensayo sobre la lucidez' y 'Las intermitencias de la muerte', mientras que la representación del poder está perfectamente descrito en todas esas obras.
Quizás, y solo quizás, si la sociedad fuese consciente de que se ha convertido en servidora de la casta política y no al revés, como debería ser, podría producirse esa reacción necesaria que definiese claramente las responsabilidades y, sobre todo, los límites del ejercicio del poder.
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