La gastronomía, esa nueva ciencia humanística que concita saberes tan variados como la química, la biología, las matemáticas, la historia o la antropología para desarrollar una nueva disciplina de conocimiento basada en el placer sensorial, debería seducir a espíritus sensibles, instruidos y educados, capaces de disfrutar de las sensaciones que proporciona su vasta diversidad y descubrir los secretos que se esconden entre esos alimentos embellecidos con el ingenio y la maña. Pero, a diferencia de otras fuentes de conocimiento más solidarias y exigentes, el placer que proporciona el arte culinario lo puede obtener todo aquel que disponga de una cuenta corriente portentosa (no incluyo aquí la variante popular, espontánea y atávica que muchos tenemos la suerte de disfrutar en nuestros hogares), el acceso a los templos del gran comer está abierto a conciencias de todo rango. Y será por eso que en no pocos de estos santuarios me he encontrado con la desagradable sorpresa de una meada reciente y grotesca, dejada por algún cliente que me ha precedido en mi visita al retrete. Si fuese un episodio extraordinario no le daría más importancia que la de concluir en la incongruente presencia de uno de esos intrusos del mal gusto cuya personalidad se haya en un estado primitivo, y que si anda por esos lugares es sencillamente porque se lo puede permitir. Sin embargo, el suceso es redundante y no es patrimonio de un lugar determinado donde la conducta de sus ciudadanos se reconozca más relajada de lo habitual, sino que humeantes meadas me han sorprendido en retretes de diferentes ciudades españolas, lo cual da lugar a una reflexión que va más allá de la sencilla anécdota, y que me lleva a pensar en la dimensión del desprecio por las normas de convivencia más básicas cuando supongo (y quizás sea ingenuo suponerlo) que si el dinero no da la felicidad tampoco reporta educación ni refuerza las buenas costumbres. O bien es que los cánones de la educación moderna no incluyen el aprecio por lo higiénico, o bien que esta democratización impostada de las manifestaciones culturales atraen más el convencionalismo social que al verdadero amor por las artes. Basta con visitar los retretes de museos, centros culturales, teatros, auditorios y demás catalizadores de la sensibilidad y la estética para comprobar que la meada pertinaz es ya una seña de identidad de nuestros queridos semejantes.
Recién llegado de Tokio, mi amigo Alfonso no tuvo mejor idea que entrar en el retrete de la estación de tren de Chamartín sin antes haber superado el síndrome de la distancia física y social. Y, claro, salió espantado ante semejante zafarrancho. Ya en el tren convocó a las ciencias sociales en busca de una explicación que, luego de permanecer unos días en su ciudad, dio por imposible o sencillamente alivió con esa dosis de resignación que todos debemos llevar a mano para superar los incontables motivos para afiliarse a la misantropía con los que nos topamos a diario.
Anoche fui al cine y, si no conté mal, seríamos apenas veinte los espectadores que nos reunimos en la sala. Al rato de empezar la película me entraron ganas de orinar y fui a los retretes del local. Allí, aparte de los urinarios adosados a la pared, hay cinco cabinas con sus correspondientes y convencionales tazas (o como quiera que se le llame a eso en el mundo moderno), dentro de las cuales permanecían sendas meadas. ¡En todas! Después de la irremediable conjoga, me decidí por hacer lo que siempre hago en estos casos: elegir la menos repugnante, quitarla de mi vista con un sencillo (de verdad, es muy sencillo) tirón de la cadena, y hacer lo que fui a hacer tras lo cual volví a tirar de la cadena (de verdad, es muy sencillo). Rabioso, regresé a mi butaca, pero afortunadamente la película era buena y me rescató del abismo.
Que por las aceras de mi ciudad transiten permanentemente esos monstruosos vehículos de limpieza recogiendo la mierda que arroja la ciudadanía es la imagen en alta definición del fracaso de nuestra sociedad. Y con tantos clientes (millones) no es de extrañar que el negocio de la limpieza de nuestra basura atraiga a tanto mercader avispado, y las municipalidades se atribulen en componendas no siempre limpias.
No sé si quien deja su huella úrica en los retretes públicos reproduce una costumbre arraigada que también practica en la intimidad de su hogar o si, en cambio, obedece a algún registro de rebeldía, aunque de la observación del comportamiento social me inclino por pensar en que esas actitudes reproducen el corolario del desprecio por el otro que define el individualismo que rige en el pensamiento liberal que ha arraigado en las sociedades occidentales.
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