Llega la Navidad, y con ella el dichoso dilema de qué regalar a los allegados (siempre que se pertenezca al selecto club de los empleados). Me cuentan que el lector de libros electrónicos puede por fin eclosionar, aunque esta letanía la llevo oyendo desde que el mercado se empeñó en colocar el curioso aparato y, hasta la fecha, lo único que ha logrado ha sido inquietar al universo editorial, cuyos planetas, asteroides y demás cuerpos interestelares no cejan en su empeño por hacer frente al desafío aunque ni siquiera haya asomado las orejas en toda su dimensión. Mientras, los mercaderes de tecnología no paran de inventar chismes cada vez más sofisticados que, eso sí, incluyen la opción de leer libros en ellos, si bien como complemento a un sinfín de utilidades ajenas a esa misión original. Lo cual me conduce a comprobar que, una vez más, triunfa el medio pero no el fin.
Lo siento por los paladines de la nueva era, pero yo nunca compraré un lector de libros electrónicos. Por varias razones:
La primera es sentimental. Tengo un marcapáginas de encaje de bolillo que elaboró mi madre, y un atril de madera que fabricó mi padre. Ambos objetos los utilizo con frecuencia y, evidentemente, resultan inútiles para un libro electrónico. Y yo que tengo un concepto siciliano de la familia, me resisto a renunciar a ellos.
La segunda es fruto de la costumbre. Me gusta pasear, porque además de permitirme airear el cuerpo es el momento en el que se me ocurren las ideas. Y me gusta hacerlo por la ciudad ya que, resignado a mezclarme con la humanidad, al menos la prefiero de paisano y no disfrazada con ese atuendo ridículo que viste para ir al campo o a los parques. En mis caminatas siempre hago un alto frente al escaparate de alguna librería y, en ocasiones, entro en ella a husmear por sus rincones en busca de algo para leer. Esas mismas librerías son para mí lugares de evasión, en los que mis preocupaciones parecen agostarse espantadas por tanto bálsamo contra la apatía. Por eso suelo pasar horas removiendo páginas como esos arqueólogos que buscan algún tesoro escondido bajo el sustrato de la realidad. A veces lo encuentro, otras no, pero siempre salgo de esos reductos de paz con el ánimo mucho más aseado. No me siento capaz de deambular por una librería virtual, sentado frente al ordenador por mucho que aprecie la quietud de mi hogar y estimule mis neuronas con alguna melodía agradable. Como tampoco me fío de lo cibernético y me gusta tocar lo que compro, no creo que pueda contribuir a que ese negocio virtual prospere.
La tercera obedece a una cuestión práctica. Un libro se puede perder, bien por olvido (frecuente) o por sustracción (extraordinario), o deteriorar. Un lector también se puede perder, bien por olvido (posible) o sustracción (probable), o deteriorar. Todo depende del azar o el cuidado que les dispensen sus propietarios. Es cierto que quien posea un lector no tendrá que contratar un porteador para transportar su biblioteca y podrá adquirir cualquier título de forma instantánea si ese es su gusto (siempre que disponga de la tecnología adecuada y las conexiones se lo permitan, claro), pero su pérdida o deterioro puede proporcionarle un mayor disgusto y, además, corre un riesgo que se escapa a su control: que el lector decida no funcionar. No sé de ningún libro que se resista a ser leído, pero de la impertinencia de la tecnología no tengo duda.
Y por último, una razón caracterológica. No me gusta mucho leer en público. Si acaso, ojeo la prensa en algún bar o si el viaje es largo entonces sí que doy una oportunidad al exhibicionismo, pero no soy de esos que se va a leer a la calle. Prefiero la soledad. Y no concibo ese momento sin sentir las sensaciones que me produce manejar un libro, las cuáles no me proporcionará un artilugio tan frío y soberano de sus entresijos.
Dicho queda. Ahora bien, aclaro que estas razones sólo a mí atañen y, a diferencia de los apologetas del libro electrónico que ven en su imperio la aniquilación del papel, debo reconocer las virtudes y posibilidades de esta nueva opción sin que por ello suponga una hecatombe. Así como la escoba, ese artilugio ancestral que ha sobrevivido a sus innumerables reinvenciones, es capaz de convivir con la aspiradora en todos los hogares, el libro lo hará con el lector. No son incompatibles, por mucho que se empeñen quienes han invertido tiempo y dinero en su promoción. Entiendo además que el libro electrónico es un medio muy útil para la edición científica, pues aporta al usuario mucha más operatividad en sus investigaciones (defender procedimientos tradicionales es puro romanticismo), o como instrumento didáctico para la enseñanza, y que probablemente las futuras generaciones de lectores lo aceptarán como medio fundamental. Pero mientras llega esa Arcadia, habrán de editarse aún muchos libros en papel para atender la demanda existente y, sobre todo, enfrentarse a las amenazas que acechan el negocio con armas poderosas que impidan el deterioro de la labor editorial, protejan a los escritores y, sobre todo, respeten a los lectores, pues sin ellos difícilmente podrán ver sus sueños hechos realidad.
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