martes, 30 de noviembre de 2010

De cómo el libro electrónico contribuirá al fin de la cultura

Daba ayer mis razones para no comprar nunca un lector de libros electrónicos. Y todas ellas se resumen en una: no me hace falta. A diferencia de otros artilugios tecnológicos que, como el teléfono móvil, han revolucionado los hábitos sociales, por ser avances útiles que amplían las posibilidades del individuo para desarrollar sus facultades y mejorar su calidad de vida, el libro electrónico no deja de ser hoy por hoy una opción alternativa a un bien, el libro convencional, que por sí mismo cumple sus funciones plenamente. No obstante, insisto en que estoy plenamente convencido de que el libro electrónico terminará ocupando un espacio destacado en el mercado, pero también lo estoy de que no logrará acabar con su versión en papel. Primero porque el mercado es exiguo y no lo exige, y segundo porque el libro electrónico se ha convertido en complemento de la tecnología.

A diferencia del teléfono móvil, que significó una extensión de su versión fija permitiendo una mayor libertad de movimiento al usuario y ampliando sus posibilidades de comunicación, pero que exigía una atención tecnológica exclusiva, el libro electrónico es cautivo de una tecnología que evoluciona por su cuenta y que lo incorpora como opción. Los lectores convencionales han quedado desfasados ante el empuje de esos ordenadores personales que llaman tabletas, mucho más versátiles y completos. Así, un aficionado a la lectura que decida optar por el libro electrónico se inclinará por invertir en aparatos de este tipo antes que en lectores exclusivos. En este caso, el continente aventaja al contenido y el libro electrónico pierde su esencia como bien necesario.

Antes de que los móviles adquirieran la utilidad que ofrecen hoy servían exclusivamente para comunicarse, y ha hecho falta que pasen treinta años para que se hayan impuesto como bien necesario para la sociedad. A pesar de lo cual no ha desaparecido la telefonía fija; es más, vive en la actualidad uno de sus mejores momentos gracias a las nuevas ofertas que lanzan las compañías de telecomunicaciones. El mercado ha procurado que ambas opciones convivan y sean útiles al consumidor. En este caso, los avances tecnológicos han sido simultáneos a las exigencias de los usuarios, preservando una esencia común: la comunicación.

Con el libro electrónico sucede lo contrario. La tecnología ha devorado la esencia del libro electrónico que aspiraba a ser la coartada para la promoción de los aparatos que permiten su lectura, con el prurito de seducir al público lector con una alternativa más estética que útil. Hoy no tiene sentido adquirir un lector primitivo cuando por un poco más se puede conseguir una tableta que lo incorpora como una contenido más de los muchos que ofrece. Perdida la batalla técnica, sólo le queda a los productores de lectores convencionales inundar el mercado de estos artefactos a precios de risa e u ofrecerlos a las empresas para que los empleen como regalos promocionales, que a buen seguro quedarán olvidados en algún cajón. No creo que poseer un aparato de éstos induzca a la lectura a un ciudadano que no lee. Así, el lector de libros electrónicos ingresará en el selecto club de los juguetes rotos sin haber alcanzado siquiera a la pubertad.

El mercado del libro electrónico nace tarado y, lo que es peor, desprotegido. Al perder el soporte esencial que le confiere exclusividad para convertirse en complemento de una oferta más amplia y, sobre todo, ajena a sus pretensiones, el libro electrónico tendrá que adaptarse a las exigencias de un mercado bastante peculiar y asumir las amenazas que habitan en el universo virtual. En primer lugar, el negocio editorial no dispone de un mercado lo suficientemente atractivo como para que las compañías tecnológicas le presten una atención especial, ni para que realicen las inversiones necesarias para la puesta en valor de sus productos. El poder económico sólo entiende de cifras, y con una población lectora de apenas el 50% y unas ventas menguantes, no creo que se deshaga en mimos. Si acaso, será la industria editorial la que deba convencer a la tecnológica de las posibilidades del producto, y no al revés, con lo que no quedará más salida que dar una vuelta de tuerca más a la banalización del producto editorial y por extensión de la cultura.

El desequilibrio existente en la industria editorial entre productores y consumidores tampoco es un dato muy alentador, pues si se trata de ampliar el mercado con nuevas alternativas el exceso de oferta alimenta la selección, y en este caso, los gustos del consumidor no cuentan tanto como el apoyo tácito de quienes han de dar visibilidad a los productos. ¿Cuántas editoriales que dedican su esfuerzos a la buena literatura morirán en el intento ante la falta de difusión? ¿Cuántas editoriales que hoy proporcionan obras interesantes deberán renunciar a sus señas de identidad para competir en un mercado adocenado, en el que ya no controlan el proceso de su producto? ¿Cuántas editoriales que hoy sobreviven con independencia deberán someterse a los rigores de plataformas conjuntas para hacer frente a la competencia, con mínimas garantías de rentabilidad? ¿Cuántas editoriales resistirán el embate y permanecerán fieles a sus principios?

Hoy son los distribuidores y los libreros quienes marcan la prosperidad de los editores. Ni siquiera los lectores determinan el éxito de un producto si éste no recibe las atenciones precisas por parte de esos agentes del mercado editorial. ¿Cómo se enfrentarán esas mismas editoriales a un reto en el que impera la cuenta de resultados de los entes difusos que dominan la red global? Con ingenio y habilidad, dirán algunos; adquiriendo una posición de fuerza mediante la unión de esfuerzos, dirán otros. ¿A cambio de qué?, me pregunto. ¿El libro electrónico amplia realmente las posibilidades de negocio de las pequeñas editoriales o sencillamente tendrán que resignarse a conservar su inferioridad frente a la gran industria, asumiendo por el contrario los riesgos que supone someterse a los rigores de un mercado incontrolable y desprotegido ante el pirateo? ¿Compensa jugar esta baza o contemplarla como un complemento al negocio tradicional?

Es inapelable que si el mercado se lo propone, el libro electrónico se impondrá y quien no se someta a esa tiranía estará fuera del negocio. Bastaría con que los editores acepten las condiciones, se suban al carro con todas las consecuencias y los libros vayan desapareciendo de las librerías paulatinamente, como sucedió en su día con las películas en VHS, y se impongan los formatos digitales. El negocio editorial reúne todas las condiciones para que esta distopía se haga realidad, pues la profunda crisis que atraviesa es una coartada perfecta para que las grandes cadenas de librerías se adapten a las exigencias del mercado, arrastrando a las editoriales y distribuidoras a resignarse a esta suerte y estimulando a las empresas tecnológicas a inventar nuevos formatos para los libros que permitan su venta al público en establecimientos convencionales. Una conjunción de estas características haría posible la revolución. Y lo único que la detiene aún es su rentabilidad. ¿Merece la pena invertir tanto dinero en transformar la industria del libro para una demanda tan magra? ¿Es el libro un bien necesario o accesorio? ¿Es mejor la acción concreta, centrando el negocio en internet, a pesar de que con ello se procure la ruina de un buen número de agentes activos en el mercado, como imprentas, distribuidores, libreros...? ¿Es posible concebir un mundo sin libros? La voracidad del mercado invita a pensar en lo peor.

Sin embargo, toda distopía tiene un reverso que si no la anula, al menos la contrarresta. Y como algunos venenos, la revolución tecnológica del libro contiene su propio antídoto. Y en este caso, el remedio se llama escritor. La industria editorial no sería nada sin los escritores. Es cierto que los hay a manta, que muchos de ellos carecen de los suficientes escrúpulos como para renunciar a la posibilidad de lograr una butaca en el teatro de las vanidades literarias, pero también es cierto que ninguno escribe por el amor al arte y todos esperan algún rédito por su trabajo, y que también saben que la intangibilidad de su obra trae consigo el descontrol de su posesión y, por lo tanto, una merma importante en su valor. Todos los escritores saben que el actual proceso de edición y venta de sus obras está sujeto a unas normas de protección que las ha mantenido a salvo de agresiones indeseables y, más o menos, siempre conservan una propiedad, un control que les confiere el valor preciso del bien tangible. Todos saben que dejar volar libres sus obras aunque las crean amaestradas supone colocarlas a tiro de los cazadores furtivos, y que una vez cobrada la presa se puede dar por perdida. Y, que yo sepa, a ninguno le hace gracia que le roben su trabajo.

Un ejemplar se puede prestar o regalar y, a puede ser leído por no más de cuatro o cinco personas que lo valorarán y recomendarán o no. El pirata es voraz, depredador, codicioso, acaparador. No se mueve por un interés concreto en su selección de víctimas, sino que arrasa con todo lo disponible por un sencillo deseo de posesión. Y es ingenioso, hábil, astuto y desalmado a la hora de buscar o fabricar métodos que le permitan obtener su botín. No es cierto que al pirata le inspiren razones románticas de rebeldía o disidencia frente a un mercado que impone unos precios abusivos, ni que recurra a esas vías por necesidad ante el escaso peculio. Es posible que algún pirata se ajuste a ese perfil, pero son los menos y, desde luego, el problema no radica en las personas sino en el sistema. El intercambio indiscriminado de archivos convierte a todos los que recurren a él en miembros selectos de esta banda de delincuentes sin que muchos de ellos ni siquiera lo sepan. Es ese fluir incontrolado de material ajeno lo que destruye el valor de la obra artística. Un libro colocado en la red es presa fácil para el pirata. La conclusión es bien sencilla: para qué comprar un libro digital si se puede conseguir gratis. Insisto, un libro se puede prestar o regalar, pero nunca a mil personas.

El mercado ha impuesto ya unas normas de conducta a los productores que, como tengo dicho, contribuyen a una banalización de la cultural que conduce a la sociedad al primitivismo. La desprotección de la propiedad intelectual sometiéndola al predador sólo contribuirá a desmontar los últimos reductos de creatividad, al restar incentivos al autor y devaluar su obra. Es posible acoger y aprovechar las bondades de las nuevas tecnologías siempre que se reserve una porción del patrimonio a salvo de sus riesgos. El libro convencional seguirá siendo un valor seguro para preservar la creatividad, sin menosprecio de las oportunidades que ofrece la tecnología. Para una editorial o un escritor, el libro electrónico puede ser una herramienta útil para dar salida a fondos de catálogo u obras que ya no tienen salida comercial por las vías tradicionales, con claras expectativas de rentabilidad. Si estos profesionales son capaces de aprovechar esas oportunidades, la revolución no dejará demasiadas víctimas por el camino.

Escritores y editores saben que esto es así y aún están a tiempo de reflexionar si les conviene meterse en este bancal embarrado a cambio de una promesa de prosperidad aún demasiado verde. Que miren a sus colegas músicos y comprueben su impotencia. Saben también que de nada sirve apelar ni a la tecnología ni a la ley, pues son tan versátiles que ninguna de las dos son capaces de ganar esta batalla: los avances tecnológicos al servicio del delito son más rápidos que sus adversarios. Saben que de nada servirá apelar a una ciudadanía abducida por los cantos de sirena de disidentes del ciberespacio que apelan constantemente a la solidaridad con altas dosis de demagogia y victimismo. Y saben que nada pueden esperar de las autoridades demasiado pendientes de mantener impoluta su imagen ante la sociedad para no ver mermadas sus opciones de conservar el poder, ni de los aspirantes a autoridades que hoy prometen una cosa y luego de lograr sus fines olvidan su promesa por las mismas razones que justifican la actitud de los que hoy mandan. El pirata es uno de los males más dañinos e incontrolables que hay hoy en día. Por eso sería un auténtico suicidio abandonar la trinchera y ponerse a tiro y no hay mercado que sea capaz de negar esta realidad. Y sería muy triste que por una insensatez anunciada vea dentro de un tiempo a un puñado de editores y escritores patéticos demandando en la calle que los gobernantes les saquen del berenjenal en el que se han metido.

Si la prudencia y la sensatez no son capaces de ejercer su efecto beneficioso en la totalidad de los escritores y editores, movidos por el miedo a perder el tren de la tecnología o un espacio en el nuevo mercado, al menos espero que otros tantos sean capaces de mantener viva la esencia de la creación literaria y la edición en editoriales y librerías refugio que sirvan para atender la demanda de los muchos lectores que se sentirán perdidos entre tanto gigabit suelto. Y así como la escoba sobrevive a la aspiradora, el teléfono fijo planta cara al móvil, el vinilo que todos creían aniquilado por el CD ha vuelto a los estantes de los grandes comercios, y los jóvenes pasean por la calle con aquellos descomunales auriculares que todos creían pasto de museo por incómodos e inútiles, los libreros, editores y escritores que aún crean en la creatividad resistan el asedio de los fríos libros electrónicos y mantengan las esencias de un arte que nunca se perderá. Toda revolución alumbra su tirano y es necesaria una última línea de defensa, al menos para que no desaparezca el atisbo de libertad que permite al ciudadano ser dueño de sus decisiones.

1 comentario:

  1. Amén.
    Me ha encantado este post en forma de reflexión-manifiesto-profecía-arenga cultural.

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