Debo confesar que mi estado de ánimo no ha permitido dedicar ni un minuto de tiempo (aunque por desgracia me sobra) a compartir mis pensamientos en este espacio. Hasta hoy que, mientras tomaba mi rutinario café matutino, he leído el artículo que le dedica Mario Vargas Llosa a la ex presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, en El País. Como quiera que desde la llegada de la derecha al poder llevo esperando leer u oír la voz de los intelectuales españoles, analizando la realidad que se nos está imponiendo desde esa objetividad que sólo el conocimiento otorga, más allá de palabras tiznadas de corporativismo de algunos que se aferran a la notoriedad adscribiéndose a nuevos experimentos políticos, la opinión que el escritor peruano expresa en dicho artículo me ha causado estupor y tristeza. Y no tanto porque piense que todo el mundo ha de compartir mis certezas, como por comprobar que alguien que cuentan con mi respeto intelectual haya sometido su incuestionable capacidad analítica (o al menos yo se la presupongo) a su afinidad ideológica o acaso personal con alguien como Aguirre, quien desde mi punto de vista ha atesorado más sombras que luces a lo largo de su trayectoria pública.
Sin duda reconozco el derecho del ínclito escribidor a expresar sus opiniones con la libertad que la razón otorga, faltaría más. Pero echo de menos siquiera una pizca de crítica en medio de este guiso de encomios, sobre todo cuando basta echar un vistazo al relato concreto de su actividad (que no a la interpretación de sus actos) para comprobar que lo obtenido aun ofreciendo beneficios ha causado también no poco dolor entre sus administrados. Al parecer, o Vargas Llosa no ha querido contar con las víctimas o Aguirre ha logrado con acierto su evidente propósito de sacarlas del plano general de sus obras. En cualquier caso, los caídos no parecen existir a la vista del observador, tanto como quienes se han visto favorecidos por las políticas de Aguirre componen un cuadro formidable que confunde al quien lo contempla.
Nadie duda (y yo tampoco) de la fortaleza física y espiritual de una persona como Aguirre, que ha sabido aplicar al pie de la letra el reglamento del liberalismo conservador, amén de erigir un baluarte político que la ha convertido en un referente esencial en su partido y ante una nada despreciable porción de la sociedad madrileña y, por extensión, española. Pero si el propósito (y el logro) es claro para los encomiastas, no lo parecen tanto ni el método ni la actitud empleados para alcanzarlo. Y esa elusión en el artículo de Vargas Llosa es lo que me entristece.
Si bien es cierto que la salud económica de Madrid es bastante más apreciable que la de otras comunidades autónomas (al menos según las estadísticas), no lo es menos que durante estos últimos cinco años se ha duplicado el índice de pobreza en ese territorio. Un dato que quizás sólo sirva de apunte en la cuenta de resultados del neoliberalismo, y que apenas refleje un designio insoslayable para alcanzar las cotas perseguidas de bienestar aplicando el concepto de 'destrucción creativa' acuñado por Schumpeter. Se trata de barrer de la vista el desperdicio del capitalismo, para permitir el desarrollo de lo aprovechable una vez adaptado éste a las nuevas condiciones impuestas por el poder establecido.
En el caso de las políticas de Aguirre, ese saneamiento viene acompañado de una eugenesia social que aparta al débil o al inconformista del proceso de desarrollo económico, amparando tan sólo a quien se somete a las nuevas directrices programadas bien con entusiasmo, oportunismo o sencilla y cruel resignación. El nuevo modelo establece unas condiciones que abjuran de los derechos básicos que rigen las relaciones laborales y sociales basadas en el estado del bienestar canónico, para ofrecer una alternativa simple de estabilidad o protección. Se despoja así a la fuerza de trabajo de su libertad para elegir, otorgándole sólo una vía de subsistencia y reservando la prosperidad sólo para aquellos capaces de renunciar al sentido de discernimiento.
Así, el neoliberalismo ofrece protección a cambio de libertad convirtiendo a los individuos en indignos de lo uno y lo otro, tal y como dejó dicho Benjamin Franklin. Una vía que quizás resulte atractiva en sociedades timoratas y mal educadas como la española en un momento de dificultad como el que atravesamos hoy en día, aunque en puridad no aporta nada nuevo dado que ese era el paradigma que caracterizaba a la gestión pública durante el franquismo. Si ese es el modelo que tanto encandila a Vargas Llosa, no puedo estar más que en desacuerdo con él.
Para llevar a cabo ese plan sin perder el sueño es necesaria una presencia de ánimo y una personalidad poderosas. Sólo se de esa forma es posible conciliar escrúpulos y cinismo, y forjar un personaje tan querido como temido y, por supuesto, odiado. Hábil y artera como pocas, nada es improvisado en la actitud de Aguirre. Ni aquella espontánea ignorancia cuando se hizo cargo de administrar la cultura española, convertida después en virtud a base de candidez y paciente simpatía ante los despiadados sarcasmos de la opinión pública, a la que terminó ganándose con un calculado don de gentes, ni a su expresiva soberbia durante los sucesivos mandatos autonómicos, administrando el desdén con medido provecho. Una personalidad que la convirtió en alguien imprescindible para el equilibrio tanto del gobierno madrileño como del partido al que pertenece.
Supo para ello (y quizás Vargas Llosa también lo sepa) armar un sólido mecano de lealtades y temores que sirvió para protegerse de cuantos peligros le acecharon durante sus mandatos. Administró con tiento los favores para rodearse de fieles y desarbolar a los desafectos, a fin de consolidar una mayoría electoral conveniente que le permitiera garantizarse el poder y otorgar al partido una garantía política impagable que además reforzaba su posición dominante en la dirección del mismo. Para ello supo maquiavelar para hacerse con el control de todos los canales que comunicaban su gestión con la sociedad, y así empresarios, clero, periodistas, no pocos intelectuales resentidos, y sindicatos se rindieron a su poder ávidos de obtener un lugar en ese paraíso neoliberal que parecía imparable. Todos ellos sabían que su prosperidad dependía de no contrariar a la poderosa Aguirre, y se rindieron a ese clientelismo que le ha reportado sucesivas mayorías electorales con las que justificaba la imposición de su personal concepción del despotismo.
Me resisto a pensar que el escritor peruano no supiera que para construir ese edificio majestuoso y exclusivo de vanas ilusiones, Aguirre atentó contra los más básicos preceptos de la libertad que tanto defiende. En primer lugar mediante el control de los medios de comunicación, con Telemadrid a la vanguardia, y con el arbitrario reparto de licencias de radio y televisión así como el apoyo a determinados grupos periodísticos afines que dieron lugar a la aparición de obedientes subproductos informativos dirigidos por auténticos sicarios de la insidia, cuya misión era ensalzar las obras de su benefactora a la vez que proscribir todo lo que evidenciara sus miserias y crueldades. Y en segundo lugar fomentando el control de los medios financieros, con Cajamadrid en primera línea, a base de colocar a sus fieles en los cuadros directivos con capacidad de decisión desde donde se ejecutaban las inversiones más convenientes a los intereses de Gobierno regional y el partido que representa.
El dominio de las cuentas públicas permitió engendrar un presupuesto político que alentó el clientelismo y cautivó a un número suficiente de madrileños, cuya estabilidad dependía de la prosperidad de las empresas para las que trabajaban que, a la vez, estaban sujetas a las inversiones públicas de forma directa o indirecta. Y la verdad es que me sorprende que siendo la inhibición del poder público en el proceso económico uno de los principios de ese liberalismo que defienden tanto Aguirre como Vargas Llosa, el Gobierno de Madrid se caracterizase precisamente por un intervencionismo tan acusado en el desarrollo empresarial de esa comunidad, ya fuese de forma directa mediante las concesiones públicas como a través del control político de los negocios privados.
De la cultura (aspecto destacado en el artículo del Nobel) prefiero hablar en una pieza aparte, porque es preciso contrastar sus apreciaciones con las que expresa en un reciente ensayo.
Y por fin en todo lo dicho influye una de las incuestionables virtudes de Aguirre, si no la más destacada, tal es su habilidad para eludir las adversidades y regatear las desviaciones de sus cortesanos, sacando siempre provecho de las crisis con un envidiable dominio de la retórica, una firmeza de carácter casi granítica (sólo esas lágrimas que osaron empañar sus ojos en su despedida lograron humanizarla acaso un segundo), y unas convicciones que le permitieron afrontar sin atisbo de vergüenza los más peliagudos asuntos con los que debió enfrentarse, tales como la corrupción o sus principios ideológicos. Sacó provecho de todos sus deslices y contratiempos, y en la hora de su despedida aún dejó indeleble una estela de sospecha que mantiene en guardia a propios y extraños.
Entiendo que su aprecio personal y la afinidad ideológica hayan movido al conspicuo escritor a mostrar su respeto por la figura de Esperanza Aguirre, pero alguien como él no debería pasar por alto las miserias que se ocultan bajo el manto del prestigio. Y si no, alguien se lo debería hacer ver.
Repentinas reflexiones inducidas por la rutina, esbozos de lo que quizás pueda ser o no y emociones que me producen la música, el arte o la literatura, y que me gusta compartir.
domingo, 23 de septiembre de 2012
miércoles, 22 de agosto de 2012
Interludio desolado
Estoy seguro de que esos individuos que gozan de unos privilegios impropios a su esfuerzo, obtenidos gracias a nuestra confianza y, por supuesto, a sus mañas para aprovechar los ardides políticos, no pueden evitar que la realidad social les asalte la mirada cuando salen a la calle. Y aunque el cristal de la ventanilla de su vehículo oficial distorsione las imágenes que al otro lado se suceden en el trayecto, no serán capaces de soslayar la desolación que crece cada día en ese universo que dicen gobernar. La miseria cunde por doquier y cada vez son más parecidos a ellos los que reclaman caridad. Es difícil esquivar esas miradas indefinidas que expresan la pérdida de la dignidad humana; en algunas hay odio o desprecio, pero en muchas ya ni eso. Han superado el trance de las emociones para eclipsarse en esas lágrimas perpetuas que se resisten a manar aferradas aún a un resquicio de orgullo, o simplemente a una esperanza cada vez más remota de que algún día surja una oportunidad para recuperar la integridad.
Las monedas compasivas carecen de valor cuando ni siquiera sirven para restañar la herida de la exclusión. Me duele verles jalonar las aceras con sus manos tendidas. ¿Qué puedo hacer si no exigir esa humanidad que nos hace dignos?
¿Qué estamos haciendo? Somos seres humanos, no números en una estadística que conduce al poder. Y por mucho que se intente falsear el cálculo, ocultando bajo las alfombras de la civilización los restos de este lento naufragio y así facilitarles el sueño a esos criminales que alimentan la tragedia, ninguno de ellos podrá evitar que su conciencia quede manchada por las muchas vidas que destrozan cada día.
Esa realidad que deben contemplar es su realidad. Malditos sean.
Las monedas compasivas carecen de valor cuando ni siquiera sirven para restañar la herida de la exclusión. Me duele verles jalonar las aceras con sus manos tendidas. ¿Qué puedo hacer si no exigir esa humanidad que nos hace dignos?
¿Qué estamos haciendo? Somos seres humanos, no números en una estadística que conduce al poder. Y por mucho que se intente falsear el cálculo, ocultando bajo las alfombras de la civilización los restos de este lento naufragio y así facilitarles el sueño a esos criminales que alimentan la tragedia, ninguno de ellos podrá evitar que su conciencia quede manchada por las muchas vidas que destrozan cada día.
Esa realidad que deben contemplar es su realidad. Malditos sean.
lunes, 13 de agosto de 2012
El alimento del delirio (adenda)
Hace un rato me he cruzado con dos chicos que arrastraban una carretilla repleta de hierros retorcidos de enorme tamaño. Portaban con una sonrisa blanca tal cargamento por una calle del barrio donde aún moran esos burgueses reticentes a las nuevos y cómodos suburbios residenciales que crecieron como setas en los tiempos de la gran estafa. El porte delataba el inminente bienestar del que sus propietarios gozarían a buen seguro, cuando el beneficio que el explotador les proporcione cuando adquiera esa chatarra. Sin duda un buen día para dos invisibles, a pesar de que saben que sus esfuerzos no serán recompensados como merecen, y quien les compre la basura que han recuperado obtendrá mucho más dinero sin verter ni una gota de sudor.
Los viandantes les observan con desprecio, pues no en vano los intrusos transitan por calles estrechas y obligan a aquellos a dejarles paso. Incluso he llegado a oír a alguno de los transeúntes escupirles maldiciones que los dos chicos parecían obviar no tanto porque no las entendieran, como por la alegría del buen negocio. Unos días más al borde del barranco bien valen el insulto.
En una esquina cercana, un tipo pone banda sonora a la escena interpretando con torpeza boleros en un roñoso acordeón desafinado. Parece ausente, ensimismado en unas notas que se rebelan en cada acorde, tocando con esa pereza que sólo lo inútil proporciona, pues nadie parece reparar en su esfuerzo y de ahí que el platillo que tiene a sus pies apenas contenga un par de monedas, que seguramente habrá colocado él como señuelo.
Quizás nadie sabrá nunca quiénes son y cuáles son sus sueños, pero cuando veo la actitud de mis vecinos comprendo que nadie les echaría de menos. Sólo cuando algún demagogo les vilipendia en sus discursos parece que la gente cae en la cuenta de su existencia, y aplaude la idea de deshacerse de ellos para dejar de contemplar cómo escarban en la basura o nos incomodan con sus estridencias. Tanto es así que hasta que la penuria se ha convertido en un peligro ecuménico, los inmigrantes eran uno de los problemas recurrentes para la gente de bien. Y no es que hoy hayan dejado de serlo, sino que hay problemas mucho más cercanos que preocupan a la ciudadanía y adquieren protagonismo en las encuestas.
Eso lo saben los oportunistas y alimentan su discurso con promesas de limpieza de sangre que obtienen el apoyo de una cantidad preocupante de ciudadanos. Convierten al inmigrante en el chivo expiatorio de sus excesos y nutren el delirio que conduce a la deshumanización. Sujetos como el alcalde de Badalona han construido su discurso sobre los cimientos de esa limpieza étnica y cultural, y han recibido el poder popular para llevarla a cabo. Acusan al inmigrante ilegal de no cumplir con las normas cívicas que exige nuestra sociedad, de ser parásitos que se aprovechan del esfuerzo ajeno sin cumplir con las obligaciones comunes. Y mientras haya una mayoría de ciudadanos que se lo crean, tales razones obtendrán carta de naturaleza y la sociedad española se adentrará en las tinieblas de la iniquidad.
Los viandantes les observan con desprecio, pues no en vano los intrusos transitan por calles estrechas y obligan a aquellos a dejarles paso. Incluso he llegado a oír a alguno de los transeúntes escupirles maldiciones que los dos chicos parecían obviar no tanto porque no las entendieran, como por la alegría del buen negocio. Unos días más al borde del barranco bien valen el insulto.
En una esquina cercana, un tipo pone banda sonora a la escena interpretando con torpeza boleros en un roñoso acordeón desafinado. Parece ausente, ensimismado en unas notas que se rebelan en cada acorde, tocando con esa pereza que sólo lo inútil proporciona, pues nadie parece reparar en su esfuerzo y de ahí que el platillo que tiene a sus pies apenas contenga un par de monedas, que seguramente habrá colocado él como señuelo.
Quizás nadie sabrá nunca quiénes son y cuáles son sus sueños, pero cuando veo la actitud de mis vecinos comprendo que nadie les echaría de menos. Sólo cuando algún demagogo les vilipendia en sus discursos parece que la gente cae en la cuenta de su existencia, y aplaude la idea de deshacerse de ellos para dejar de contemplar cómo escarban en la basura o nos incomodan con sus estridencias. Tanto es así que hasta que la penuria se ha convertido en un peligro ecuménico, los inmigrantes eran uno de los problemas recurrentes para la gente de bien. Y no es que hoy hayan dejado de serlo, sino que hay problemas mucho más cercanos que preocupan a la ciudadanía y adquieren protagonismo en las encuestas.
Eso lo saben los oportunistas y alimentan su discurso con promesas de limpieza de sangre que obtienen el apoyo de una cantidad preocupante de ciudadanos. Convierten al inmigrante en el chivo expiatorio de sus excesos y nutren el delirio que conduce a la deshumanización. Sujetos como el alcalde de Badalona han construido su discurso sobre los cimientos de esa limpieza étnica y cultural, y han recibido el poder popular para llevarla a cabo. Acusan al inmigrante ilegal de no cumplir con las normas cívicas que exige nuestra sociedad, de ser parásitos que se aprovechan del esfuerzo ajeno sin cumplir con las obligaciones comunes. Y mientras haya una mayoría de ciudadanos que se lo crean, tales razones obtendrán carta de naturaleza y la sociedad española se adentrará en las tinieblas de la iniquidad.
sábado, 11 de agosto de 2012
El alimento del delirio
Cerca de donde vivo hay una gasolinera. Está situada en una calle que conduce hacia la autovía que sirve como principal vía de escape de esta ciudad tórrida y deprimente que se conoce por Murcia. Un lugar muy frecuentado por los ciudadanos en el que hasta hace un par de años se congregaban cada día antes del amanecer cientos de personas, que esperaban pacientemente que apareciese alguien que les recogiese para ir al tajo. La mayoría aguardaba en silencio; apenas hay nada qué compartir con el rival. Expectantes ante la aparición de alguna furgoneta de la que se apeara el capataz que les diera la oportunidad de conseguir algunos euros con los que comer o quién sabe qué. Esos capataces acudían emboscados entre la penumbra del alba y eran rápidos en su elección, quizás conscientes de la infamia de sus actos, aunque igualmente cautivos de la necesidad; sabían que les había tocado la misión más sucia en ese cambalache de desesperación montado por desconocidos amos.
Hacia dónde viajaban aquellos vehículos cargados de carne humana nunca se supo, porque nadie se preocupó por saberlo. Aunque de haberlo querido saber, hubiese bastado con que se acercaran a alguna de las por aquel entonces innumerables urbanizaciones con campo de golf incluido que se realizaban por doquier en esta región para comprobar dónde se cocía este perverso negocio. En las inmediaciones, y siempre ocultos en algún recodo desapercibido se levantaban ominosas chabolas en las que se hacinaban varias de estas personas en condiciones infrahumanas. Los más afortunados o los que habían conseguido traer a sus familias, malvivían en cochambrosas casas situadas en reductos olvidados de alguna aldea cercana, por las que pagaban alquileres abusivos a sus astutos propietarios que veían así rentabilizadas aquellas ruinas.
Sin contrato ni derechos, eran inexistentes. Cobraban por jornada y en efectivo, y después de pagar la comisión del capataz que les había elegido, apenas les quedaba algo de dinero para malvivir hasta el siguiente golpe de suerte. Y así un día tras otro, hasta que todo acabó y aunque aún hay quienes siguen yendo cada mañana a esa gasolinera en busca de esa oportunidad que ya no aparece, la mayoría espera ahora la caridad de sus semejantes en las esquinas de una ciudad que les hace transparentes. Son de piel morena y apenas hablan nuestro idioma. Y puedo asegurar que jamás les he visto traspasar la puerta del centro de salud que hay frente a mi casa, aunque sé que viven en ruinosas viviendas a escasos metros de él. Nunca se les quiso, ni siquiera cuando regaban con su sudor el fabuloso futuro que nos auguraba la gente de bien que les explotó hasta la extenuación.
Me encontré con ese espectáculo cuando regresé a Murcia después de seis años fuera de aquí, y me espantó que nadie le diera importancia. En el periódico para el que trabajaba entonces intenté sin éxito que se le prestara atención, pero siempre despachaban mis propuestas con un 'a nadie le importa eso'. Aproveché entonces una conversación que mantuve con el entonces secretario general de Comisiones Obreras para hacerle partícipe de tal situación, y me respondió que no podían hacer nada porque nadie había denunciado irregularidad alguna y ellos no podían (en realidad no querían) actuar por su cuenta. Sí que conseguí al menos un arresto de compasión por parte de aquel individuo, pero no más. Y así, nadie quiso saber a quien servían aquellos desesperados que hoy, como ayer, no importan.
Por eso, qué más da si se mueren en su miseria. Nadie reparará en ellos y apenas procurarán cierto incomodo a quien deba ir a retirar sus despojos. Ante el desprecio de esta sociedad, al menos los paladines de la derecha han sido consecuentes al expresar su voluntad de desprenderse de ellos negándoles de oficio los derechos que nunca disfrutaron. '¡Que vuelvan a sus países!', dijo uno de esos atildados prohombres no hace mucho. Aunque le faltó añadir: 'al fin y al cabo ya no nos hacen falta'.
Se les ha sacado a los inmigrantes ilegales todo el pringue posible y hoy no son más que un estorbo que, en ocasiones, afean la imagen de las ciudades deambulando con sus andrajos por las calles en busca de caridad. O, aún peor, pueden convertirse en la vanguardia de esa famélica legión de miserables que este gobierno está empeñado en engrosar con sus criminales decisiones. No tienen nada que perder y eso es un peligro a los ojos de quienes guardan con celo sus cada vez más escasas posesiones. La católica España ya no tiene ni para compasión, y además no votan.
Hace unos años, cuando esa humanitaria esclavitud alcanzó un apogeo insoportable, el gobierno socialista decidió emprender una campaña de regularización de los inmigrantes con el fin de acabar con esas atroces prácticas laborales y combatir el fraude. La reacción de la derecha fue una vez más estruendosa, y no pocos empresarios esclavistas aleccionaron a su mano de obra para que eludieran la oportunidad que se les ofrecía y lograran una estabilidad en un país cada vez más hostil. A pesar de todo, fueron miles los que se acogieron a aquella medida y consiguieron una ciudadanía que les proporcionó tantos derechos sociales como complicaciones laborales: ya no eran tan rentables.
Al fin y al cabo, los socialistas quisieron ser consecuentes con sus principios ideológicos aunque el método no fuese todo lo eficaz que hubiesen deseado, sobre todo por las reticencias de los gobiernos de derechas en algunas autonomías como ésta o la Valenciana, precisamente donde más economía sumergida se había detectado. En estos lugares prefirieron proteger los intereses de los esclavistas antes de permitir la regularización de su mano de obra ilegal. Y así, la gasolinera siguió llenándose de almas en pena a la vista de todo el mundo.
Aunque este es un país enfermo de hipocresía y cinismo, la cuestión es qué debe hacer el Gobierno con los inmigrantes ilegales. Y aunque sólo fuese en consideración al enorme esfuerzo que realizaron cuando la economía marchaba bien, se les debería dar la oportunidad de regularizar su situación y formar parte de un sistema que aunque imperfecto no puede prescindir de una mano de obra cualificada como esa. Sobre todo, cuando aún se les emplea en oficios que desprecian los propios españoles y sin gozar de los derechos de cualquier ciudadano. ¿O es que ya no hay ilegales en el campo o en la construcción?
Condenarles a la muerte es de criminales, por mucho que haya demasiados individuos que aplaudan la decisión y clamen por una campaña de detención y deportación como la que han emprendido en Grecia. Es mezquino culpar al más desamparado de los delirios de una mayoría de necios sin alma, que creen y aceptan las peligrosas falacias de un grupo de políticos sin escrúpulos. Este país no puede perder su dignidad cayendo en esa clase de tácticas demagógicas. Pero si se permite que se lleve a cabo esa sádica medida contra la inmigración ilegal estaremos avanzando hacia territorios que nos alejan de la más básica condición humana.
Hacia dónde viajaban aquellos vehículos cargados de carne humana nunca se supo, porque nadie se preocupó por saberlo. Aunque de haberlo querido saber, hubiese bastado con que se acercaran a alguna de las por aquel entonces innumerables urbanizaciones con campo de golf incluido que se realizaban por doquier en esta región para comprobar dónde se cocía este perverso negocio. En las inmediaciones, y siempre ocultos en algún recodo desapercibido se levantaban ominosas chabolas en las que se hacinaban varias de estas personas en condiciones infrahumanas. Los más afortunados o los que habían conseguido traer a sus familias, malvivían en cochambrosas casas situadas en reductos olvidados de alguna aldea cercana, por las que pagaban alquileres abusivos a sus astutos propietarios que veían así rentabilizadas aquellas ruinas.
Sin contrato ni derechos, eran inexistentes. Cobraban por jornada y en efectivo, y después de pagar la comisión del capataz que les había elegido, apenas les quedaba algo de dinero para malvivir hasta el siguiente golpe de suerte. Y así un día tras otro, hasta que todo acabó y aunque aún hay quienes siguen yendo cada mañana a esa gasolinera en busca de esa oportunidad que ya no aparece, la mayoría espera ahora la caridad de sus semejantes en las esquinas de una ciudad que les hace transparentes. Son de piel morena y apenas hablan nuestro idioma. Y puedo asegurar que jamás les he visto traspasar la puerta del centro de salud que hay frente a mi casa, aunque sé que viven en ruinosas viviendas a escasos metros de él. Nunca se les quiso, ni siquiera cuando regaban con su sudor el fabuloso futuro que nos auguraba la gente de bien que les explotó hasta la extenuación.
Me encontré con ese espectáculo cuando regresé a Murcia después de seis años fuera de aquí, y me espantó que nadie le diera importancia. En el periódico para el que trabajaba entonces intenté sin éxito que se le prestara atención, pero siempre despachaban mis propuestas con un 'a nadie le importa eso'. Aproveché entonces una conversación que mantuve con el entonces secretario general de Comisiones Obreras para hacerle partícipe de tal situación, y me respondió que no podían hacer nada porque nadie había denunciado irregularidad alguna y ellos no podían (en realidad no querían) actuar por su cuenta. Sí que conseguí al menos un arresto de compasión por parte de aquel individuo, pero no más. Y así, nadie quiso saber a quien servían aquellos desesperados que hoy, como ayer, no importan.
Por eso, qué más da si se mueren en su miseria. Nadie reparará en ellos y apenas procurarán cierto incomodo a quien deba ir a retirar sus despojos. Ante el desprecio de esta sociedad, al menos los paladines de la derecha han sido consecuentes al expresar su voluntad de desprenderse de ellos negándoles de oficio los derechos que nunca disfrutaron. '¡Que vuelvan a sus países!', dijo uno de esos atildados prohombres no hace mucho. Aunque le faltó añadir: 'al fin y al cabo ya no nos hacen falta'.
Se les ha sacado a los inmigrantes ilegales todo el pringue posible y hoy no son más que un estorbo que, en ocasiones, afean la imagen de las ciudades deambulando con sus andrajos por las calles en busca de caridad. O, aún peor, pueden convertirse en la vanguardia de esa famélica legión de miserables que este gobierno está empeñado en engrosar con sus criminales decisiones. No tienen nada que perder y eso es un peligro a los ojos de quienes guardan con celo sus cada vez más escasas posesiones. La católica España ya no tiene ni para compasión, y además no votan.
Hace unos años, cuando esa humanitaria esclavitud alcanzó un apogeo insoportable, el gobierno socialista decidió emprender una campaña de regularización de los inmigrantes con el fin de acabar con esas atroces prácticas laborales y combatir el fraude. La reacción de la derecha fue una vez más estruendosa, y no pocos empresarios esclavistas aleccionaron a su mano de obra para que eludieran la oportunidad que se les ofrecía y lograran una estabilidad en un país cada vez más hostil. A pesar de todo, fueron miles los que se acogieron a aquella medida y consiguieron una ciudadanía que les proporcionó tantos derechos sociales como complicaciones laborales: ya no eran tan rentables.
Al fin y al cabo, los socialistas quisieron ser consecuentes con sus principios ideológicos aunque el método no fuese todo lo eficaz que hubiesen deseado, sobre todo por las reticencias de los gobiernos de derechas en algunas autonomías como ésta o la Valenciana, precisamente donde más economía sumergida se había detectado. En estos lugares prefirieron proteger los intereses de los esclavistas antes de permitir la regularización de su mano de obra ilegal. Y así, la gasolinera siguió llenándose de almas en pena a la vista de todo el mundo.
Aunque este es un país enfermo de hipocresía y cinismo, la cuestión es qué debe hacer el Gobierno con los inmigrantes ilegales. Y aunque sólo fuese en consideración al enorme esfuerzo que realizaron cuando la economía marchaba bien, se les debería dar la oportunidad de regularizar su situación y formar parte de un sistema que aunque imperfecto no puede prescindir de una mano de obra cualificada como esa. Sobre todo, cuando aún se les emplea en oficios que desprecian los propios españoles y sin gozar de los derechos de cualquier ciudadano. ¿O es que ya no hay ilegales en el campo o en la construcción?
Condenarles a la muerte es de criminales, por mucho que haya demasiados individuos que aplaudan la decisión y clamen por una campaña de detención y deportación como la que han emprendido en Grecia. Es mezquino culpar al más desamparado de los delirios de una mayoría de necios sin alma, que creen y aceptan las peligrosas falacias de un grupo de políticos sin escrúpulos. Este país no puede perder su dignidad cayendo en esa clase de tácticas demagógicas. Pero si se permite que se lleve a cabo esa sádica medida contra la inmigración ilegal estaremos avanzando hacia territorios que nos alejan de la más básica condición humana.
martes, 7 de agosto de 2012
El problema es la solución
Quizás no se tome en cuenta por lógica emocional y por eso se vaya imponiendo como un paradigma en el imaginario popular, conforme se suceden los acontecimientos y la gente empieza a sufrir sus efectos en carne propia y colectiva. Pero el creciente rechazo social a la clase política, a la que percibe como el principal inconveniente para salvar el escollo de la crisis, es el síntoma más evidente del declive de una nación. Pues en tanto los legisladores democráticamente elegidos han de ser quienes escojan los medios más idóneos para la buena administración de un país, nadie debería obviar el peligro que supondría la ruptura del contrato social si se desprecia a las instituciones. Al contrario, una sociedad sana y libre debe exigir a sus representantes electos el cumplimiento de sus obligaciones, y para ello es imprescindible realizar un esfuerzo de análisis que permita la deliberación desde un punto de vista crítico. Sólo así, los políticos sabrán que se enfrentan a una ciudadanía exigente que demanda la atención propia de un estado de libertades basado en la equidad y la justicia.
Es cierto que en una sociedad tan gregaria e individualista como la española, es muy difícil esperar más reacción que la que permite la defensa de los intereses propios. La cual se atribuye tradicionalmente a la acción de los poderes públicos, por lo que cuando éstos se baten en retirada imponiendo un modelo de convivencia en el que prevalece el principio de oportunidad sobre la solidaridad, es lógico que el descontento se traslade a un estadio íntimo que se expresa con el rechazo a quien se considera responsable del problema. La protesta visible queda así ideologizada, perdiendo fuerza al ser interpretada por quienes son objetivo de la misma como parte de la controversia corporativa más que como un reflejo fehaciente del disentimiento ciudadano.
Cuando aún hay mucho que perder, el desprecio de los ciudadanos a la clase dirigente es el mejor recurso para expresar el rechazo a las medidas que adopta sin arriesgar la estabilidad social y laboral que aún se conserva. Nada que objetar en aras de la libertad de criterio, siempre que esa protesta callada se refleje después en una elección razonable cuando se ha de ejercer ese derecho; sin embargo, el problema se suscita cuando el desprecio a la clase política se expresa rechazando un sistema que sólo los ciudadanos podemos cambiar con nuestro voto. Pues si se elude ese deber, dejamos el futuro de la nación en manos de ese nuevo fundamentalismo partidista que prolifera en torno al clientelismo fomentado por las instituciones.
Además deberíamos tener en cuenta que ese terror al silencio electoral mueve a los partidos políticos a encogerse en un conservadurismo nocivo para el desarrollo del estado de derecho, al centrar sus acciones en fidelizar a su electorado cautivo valiéndose de los defectos del modelo electoral que rige en España, el cual favorece un bipartidismo que hoy por hoy sigue imponiendo su imperio tal y como documentan las recurrentes encuestas que se vienen realizando mes a mes. La cuestión, si la abstención es el resultado de ese rechazo social a la gestión política, no es tanto para los partidos aumentar la base social como aplicar el cálculo electoral a los sufragios obtenidos sea cual sea su monto total.
Un rasgo de madurez democrática es, sin duda, valorar las propuestas políticas teniendo en cuenta el contexto general en las que se plantean, analizando su conveniencia y efectividad y rechazando todo aquello que huela a sofisma. Para ello es necesario contar con la información precisa y despojarse de las interpretaciones interesadas, para así conocer con certeza el terreno que se pisa y por el que nos habrán de guiar quienes se elijan para ello. Es tan fácil como rechazar a quien, estando en medio del desierto, nos promete cruzarlo sin beber agua.
Por decepcionante (o terrible) que sea no queda otra alternativa que confiar en la clase política para superar los graves problemas que hoy oscurecen la vida de los españoles. El pueblo tiene todo el derecho a despreciarlos y detestarlos, pero a la vez ha de ser consciente de que queridos u odiados los políticos electos son nuestra única baza. Lo contrario conduciría al caos. Por eso el ciudadano debe vender muy caro su voto, pues el valor del mismo depende de la capacidad para expresar sus exigencias dejando claro que no es patrimonio de nadie.
Un país callado es enemigo de sí mismo. De nada sirve el desprecio si los políticos no son conscientes de él, y la mejor forma de hacérselo saber es a viva voz. No en la calle con consignas premeditadas, sino en aquellos foros donde se esperan actos de adhesión inquebrantable o sencilla condescendencia. Y son los individuos mejor formados, esos que sí atesoran los conocimientos precisos para expresar un criterio autorizado, quienes lideren esa reacción popular con generosidad y altura de miras. El cine, el teatro, el arte, la literatura, la ciencia, el conocimiento debe tomar conciencia de su responsabilidad, y en los teatros, universidades, ateneos, novelas y canciones se debe expresar el sentir de un pueblo oprimido que necesita el apoyo del intelecto. La cultura no puede ser cómplice de este desatino y debe alzar la voz para que se oiga en todos los lugares de este país y libere las conciencias del miedo que les impone el poder.
En España se está gestando una historia que necesita quienes la sepan narrar para que todos aquellos que aman la libertad y el progreso le encuentren sentido. Es necesario acabar con esa sociedad que ni sabe ni contesta, porque ese es el camino de la sumisión. Y si los políticos han de ser nuestra vanguardia, la voz de la sociedad debe dictarles sus actos.
Es cierto que en una sociedad tan gregaria e individualista como la española, es muy difícil esperar más reacción que la que permite la defensa de los intereses propios. La cual se atribuye tradicionalmente a la acción de los poderes públicos, por lo que cuando éstos se baten en retirada imponiendo un modelo de convivencia en el que prevalece el principio de oportunidad sobre la solidaridad, es lógico que el descontento se traslade a un estadio íntimo que se expresa con el rechazo a quien se considera responsable del problema. La protesta visible queda así ideologizada, perdiendo fuerza al ser interpretada por quienes son objetivo de la misma como parte de la controversia corporativa más que como un reflejo fehaciente del disentimiento ciudadano.
Cuando aún hay mucho que perder, el desprecio de los ciudadanos a la clase dirigente es el mejor recurso para expresar el rechazo a las medidas que adopta sin arriesgar la estabilidad social y laboral que aún se conserva. Nada que objetar en aras de la libertad de criterio, siempre que esa protesta callada se refleje después en una elección razonable cuando se ha de ejercer ese derecho; sin embargo, el problema se suscita cuando el desprecio a la clase política se expresa rechazando un sistema que sólo los ciudadanos podemos cambiar con nuestro voto. Pues si se elude ese deber, dejamos el futuro de la nación en manos de ese nuevo fundamentalismo partidista que prolifera en torno al clientelismo fomentado por las instituciones.
Además deberíamos tener en cuenta que ese terror al silencio electoral mueve a los partidos políticos a encogerse en un conservadurismo nocivo para el desarrollo del estado de derecho, al centrar sus acciones en fidelizar a su electorado cautivo valiéndose de los defectos del modelo electoral que rige en España, el cual favorece un bipartidismo que hoy por hoy sigue imponiendo su imperio tal y como documentan las recurrentes encuestas que se vienen realizando mes a mes. La cuestión, si la abstención es el resultado de ese rechazo social a la gestión política, no es tanto para los partidos aumentar la base social como aplicar el cálculo electoral a los sufragios obtenidos sea cual sea su monto total.
Un rasgo de madurez democrática es, sin duda, valorar las propuestas políticas teniendo en cuenta el contexto general en las que se plantean, analizando su conveniencia y efectividad y rechazando todo aquello que huela a sofisma. Para ello es necesario contar con la información precisa y despojarse de las interpretaciones interesadas, para así conocer con certeza el terreno que se pisa y por el que nos habrán de guiar quienes se elijan para ello. Es tan fácil como rechazar a quien, estando en medio del desierto, nos promete cruzarlo sin beber agua.
Por decepcionante (o terrible) que sea no queda otra alternativa que confiar en la clase política para superar los graves problemas que hoy oscurecen la vida de los españoles. El pueblo tiene todo el derecho a despreciarlos y detestarlos, pero a la vez ha de ser consciente de que queridos u odiados los políticos electos son nuestra única baza. Lo contrario conduciría al caos. Por eso el ciudadano debe vender muy caro su voto, pues el valor del mismo depende de la capacidad para expresar sus exigencias dejando claro que no es patrimonio de nadie.
Un país callado es enemigo de sí mismo. De nada sirve el desprecio si los políticos no son conscientes de él, y la mejor forma de hacérselo saber es a viva voz. No en la calle con consignas premeditadas, sino en aquellos foros donde se esperan actos de adhesión inquebrantable o sencilla condescendencia. Y son los individuos mejor formados, esos que sí atesoran los conocimientos precisos para expresar un criterio autorizado, quienes lideren esa reacción popular con generosidad y altura de miras. El cine, el teatro, el arte, la literatura, la ciencia, el conocimiento debe tomar conciencia de su responsabilidad, y en los teatros, universidades, ateneos, novelas y canciones se debe expresar el sentir de un pueblo oprimido que necesita el apoyo del intelecto. La cultura no puede ser cómplice de este desatino y debe alzar la voz para que se oiga en todos los lugares de este país y libere las conciencias del miedo que les impone el poder.
En España se está gestando una historia que necesita quienes la sepan narrar para que todos aquellos que aman la libertad y el progreso le encuentren sentido. Es necesario acabar con esa sociedad que ni sabe ni contesta, porque ese es el camino de la sumisión. Y si los políticos han de ser nuestra vanguardia, la voz de la sociedad debe dictarles sus actos.
lunes, 30 de julio de 2012
El tiempo lo dirá
"No va a haber rescate ni el rescate es una opción". Nadie debería olvidar estas palabras porque es seguro que compondrán un dogma dentro de pocas semanas. Ese juicio categórico expresado por la portavoz del Gobierno de España, en respuesta quizás a la pregunta de algún periodista, es en realidad uno de esos mandatos pronunciados por quien ostenta la autoridad que le confiere el poder, confiado en este caso por una mayoría electoral, aunque la derecha española lo considere más fruto de un designio divino. Y aunque haya pasado desapercibido por reiterativo, determinará la interpretación del significado de los sucesos que están por acaecer, estableciendo esa habitual controversia que propone el dictado de la fe. Está por ver cual será la nomenclatura elegida para designar el suceso que se avecina, y que será asumida como doctrina por los vasallos del poder y divulgada por los apóstoles de la confusión informativa, a fin de que la opinión pública se sumerja una vez más en el dilema retórico y olvide la auténtica naturaleza del hecho así como sus consecuencias.
La palabra rescate ha quedado estigmatizada en el relato de la pugna política, evitado por unos para encubrir su incompetencia y empleado por otros para enardecer a sus adeptos que elevan el tono de la protesta sin abandonar siquiera la fila que conduce al matadero. Una polémica pueril que entretiene a las gentes en medio de la devastación. Pero una vez más, la derecha está manejando con habilidad los recursos de la dialéctica en su empeño por enmascarar uno de los acontecimientos más determinantes para el futuro de todo un país. Qué más da cómo se le quiera llamar a esa ofrenda al capitalismo canónico, si en realidad lo que está en juego es el papel de la ciudadanía en la estructura social de este país.
Pues llámese rescate, crédito, donación, ayuda o limosna, a lo que estamos asistiendo es al fracaso rotundo del estado de derecho, a un expolio de las libertades comunes sin precedentes que conduce a un nuevo modelo de colonización que nos convertirá en súbditos de un amo indefinido y desalmado, insensible a los preceptos básicos de la humanidad. Es el tributo por pertenecer a un universo difuso lleno de codicia e intereses particulares, en el que los seres humanos se han convertido en enemigos unos de otros y de sí mismos. Un caos del que se aprovechan los dueños del poder para mover las piezas del tablero a su antojo, seguros de que jamás tendrán que pisar el campo de batalla.
Mientras, cautiva de sus ambiciones, la clase política prefiere eludir su deber con la sociedad para no arriesgar sus aspiraciones electorales y, con ello, esos privilegios de que disfruta gracias a la confianza obtenida de la ciudadanía. Los políticos han aceptado con entusiasmo su papel de marionetas gobernadas por el capital, pues saben que no hay otra opción a menos que prefieran poner en peligro su cómoda autoridad. Se han convertido en la perfecta y audaz vanguardia de ese poder financiero que se oculta entre bastidores y dirige los destinos del mundo, modulando el dogal según dispongan las circunstancias en cada momento. En ese negocio, el conflicto se da por descontado e incluso calculadas las bajas en el balance general. El resultado siempre arroja beneficios.
Así ha sido a lo largo de la Historia y no tenía por qué ser diferente ahora. La Humanidad lleva enferma de ambición desde su origen, y el transcurso del tiempo ha reseñado los apogeos del mal como periodos catárticos en los que se renueva la versión del poder económico en virtud del resultado sociopolítico de los mismos. El proceso histórico ha estado marcado por esos ciclos que determinan la evolución de las sociedades e identifican el balance de fuerzas geoestratégicas. Y en todos ellos, el capital ha sido siempre el único superviviente, adaptando sus métodos a cada nuevo escenario resultante. De las ruinas causadas por cada tragedia nacen sociedades escarmentadas y más fuertes que, sin embargo, se van debilitando conforme acostumbran los recursos a sus necesidades hasta convertirse de nuevo en presas fáciles para el capital. Ese declive social suele engendrar poderes políticos frágiles y acomodaticios que permeabilizan las estructuras económicas, haciéndolas mucho más vulnerables a las pretensiones del poder financiero. Es el momento idóneo para asestar un nuevo golpe a los gobiernos endebles y hacer caja. Europa atraviesa ahora uno de esos periodos críticos.
En toda guerra hay un frente y una retaguardia. En el conflicto que enfrenta al poder financiero con los estados, también. Resignadas Grecia, Irlanda y Portugal, el frente se ha trasladado a España e Italia, mientras que en la retaguardia alemana y francesa se contempla con inquietud la contienda, preocupados por las consecuencias que les pueda acarrear su resultado. Hasta ahora, ambos países y sus naciones afines apoyan la causa de los asediados, pero nadie sabe hasta cuando mantendrán esa postura si ven peligrar sus intereses. Esa incertidumbre entenebrece las expectativas españolas e italianas, cada vez más desprotegidos ante el implacable asalto de los depredadores.
Europa se debate así entre la solidaridad demandada por los preceptos de la Unión o la resignación ante la imposibilidad de salvar a sus aliados menos capaces, arriesgando tanto la estabilidad de los países mejor dotados como la de la propia institución multinacional. En vista de las actitudes adoptadas por los estados donantes en los últimos años, cabe pensar que éstos sólo reaccionan cuando el declive de los débiles pueda afectar a sus intereses domésticos. Y es claro que emplear con España e Italia las mismas recetas que con Grecia, Irlanda y Portugal es inviable hoy por hoy. No hay capacidad suficiente en la Unión Europea para cubrir las necesidades de estos dos países sin que se resienta la estabilidad del conjunto y, por tanto, la propia de los estados más solventes. Ningún político en su sano juicio abogaría por ayudar a los españoles, si con ello pone en peligro sus aspiraciones de poder en su territorio.
Las palabras son sólo palabras, lo que cuentan son los hechos. Y de ahí el empeño frenético de las autoridades europeas en encontrar alguna alternativa que permita aliviar el estado financiero de España e Italia sin tener que recurrir al rescate integral a la griega. Es posible que finalmente den con la solución y puedan salvar el tipo sin demasiado daño, pero la factura que pasarán a los rescatados en cualquier caso será tan cuantiosa que empequeñecerá los sacrificios ya impuestos hasta ahora, y condicionará el futuro de sus respectivas sociedades.
En tales circunstancias, lo inquietante es no saber con certeza de qué lado están los gobiernos español e italiano. Ambos parten en una situación de desventaja ante sus dificultades financieras, y en ambos casos han preferido aplicar las recetas más gravosas para la ciudadanía sin que ésta haya pasado aún de la simple protesta, debido quizás al peso de la incertidumbre o por humano instinto de supervivencia. Sin embargo, poco o nada parece haberse avanzado en la solución del problema con las medidas impuestas hasta ahora por los gobiernos y ambos países parecen condenados a una larga temporada entre tinieblas, terminada la cual nadie parece saber qué nos espera.
Tanto en España como Italia se ha sometido el interés general al político, aunque existe una diferencia fundamental entre ambos. Mientras que en Italia el Gobierno es interino y pronto se celebrarán unas elecciones que determinarán qué partido habrá de culminar la obra emprendida por el gabinete técnico de Monti, en España es un gobierno elegido en las urnas el que debe afrontar el desafío de la crisis. El primer ministro italiano no tiene mucho que perder en este combate, pues sabe que cumplido su mandato podrá dejar el cargo sin que nadie le reproche fraude político alguno, dejando en manos de los diferentes partidos la responsabilidad de atraer la confianza del electorado con sus programas de gestión. No tiene Monti, por tanto, la necesidad de ocultar a los italianos la verdadera dimensión de la crisis que les afecta ni emboscar con sofismas o falacias las medidas que está llevando a cabo, sean o no eficaces o agraven más o menos la situación de los ciudadanos.
Como tampoco debería hacerlo el gobierno español si la honestidad presidiese su gestión. Sin embargo, el gabinete de Rajoy ha dejado claro que su principal objetivo es preservar el poder a toda costa, reduciendo el concepto de interés general a un simple ardid argumental, y se ha pertrechado de una ingente cantidad de recursos dialécticos para enmascarar el fruto de su incompetencia; para ello ha emprendido una previsible campaña de control estricto de todos los medios públicos y privados que permiten a la ciudadanía adquirir la información precisa para formarse una idea clara de lo que está sucediendo y desarrollar así su sentido crítico, además de vaciar de contenido al Parlamento imponiendo el peso de su absolutismo y dejando el debate en manos de sicarios y bufones. La derecha ha impuesto la oscuridad informativa para confundir a la sociedad en un momento crucial para sus intereses. Para cuando enciendan las luces, quizás no nos guste lo que veamos.
Asidos a esa particular visión trascendental del poder, la derecha española acata con entusiasmo los preceptos del capitalismo canónico para imponer un concepto de estructura socioeconómica ya experimentado por Thatcher en Gran Bretaña, durante la década de 1980. La primera ministra británica supo llevar a cabo su modelo ultraliberal atrayéndose a la conservadora clase media con medidas proteccionistas y proscribiendo el poder sindical con mano dura, pero también aprovechando con habilidad y en beneficio propio esos caprichos que el azar puso en su camino como la guerra de las Malvinas o el debilitamiento del bloque soviético. El resultado fueron casi once años en el poder y la forja de un ejemplo para muchos políticos de derechas en todo el mundo.
Pero ni Rajoy es Thatcher ni España, Gran Bretaña ni el contexto económico es similar ni por asomo al que se encontró la hija del tendero. Es completamente absurdo, por inútil, pretender cambiar el modo de vida de un país como España de la noche a la mañana, por mucho que se empeñen en que las circunstancias obligan a ello, y se impongan las medidas con esa vehemencia impostada que apenas logra ocultar el desasosiego que embarga a unos ministros conscientes del alto riesgo que conlleva su aplicación en una sociedad poco acostumbrada a valerse por sí misma.
Los españoles no entendemos la libertad tal y como se concibe en la Europa de Lutero. En un país tradicionalmente inculto y con un alto arraigo religioso, los conceptos de autoridad y poder se confunden. La figura del patrón paternalista, severo y protector, se ha impuesto a lo largo de la Historia y desde aquel 'Vivan las cadenas' con que las masas recibieron la vuelta de Fernando VII y su teocracia absolutista hasta la pervivencia durante 40 años de la dictadura cruel de Franco, la necesidad de seguridad ha jugado un papel esencial en la conducta de los españoles hasta hacernos merecedores de la sentencia de Benjamin Franklin para quien aquel que renuncia a la libertad por un poco de seguridad, no merece lo uno ni lo otro. Y así, más allá de lo que dictaría la propia razón, en España se ha preferido acatar las normas impuestas por cada régimen a cambio de esa protección que permitiera una existencia sin demasiados sobresaltos.
De ahí que el sentido de lo público esté íntimamente ligado a esa idea de protección ante la que se aceptan los sacrificios. Por eso, es difícil entender que dicho sacrificio se relacione con una merma en la seguridad aceptada como parte de nuestra relación de convivencia con las instituciones. Cambiar ese principio se antoja una tarea titánica que si hoy se acepta con aparente resignación es, precisamente, porque el ciudadano tiene la certeza de que todo puede revertirse cuando cambie el color político del Gobierno de turno. Ese es el principal activo de la democracia que aterroriza a la derecha.
Sin embargo, y más allá de las veleidades autoritarias de los paladines del neoliberalismo, la democracia española se encuentra en grave peligro. Una de las condiciones indispensables para que el pueblo ejerza su derecho a elegir a quienes han de gobernarlo es la certeza de que esas personas dispondrán de la libertad necesaria para llevar a cabo su programa de gobierno. Sin esa premisa de poco sirve el ejercicio de la democracia, puesto que el gobierno resultante en unas elecciones tuteladas no podrá atender el mandato de la ciudadanía. España se encamina hacia un territorio insólito en su historia contemporánea, pues jamás ha visto subyugada su soberanía desde la invasión napoleónica. Ahora, el invasor no tiene rostro pero es muy poderoso.
El principal riesgo que corre España si se acepta la intervención de las autoridades europeas, es que nuestro país se convertirá en vasallo de pleno derecho del poder financiero. A partir de ese momento, este gobierno y todos los que luego vengan deberán rendir cuentas a un amo que no entiende de identidades ni nacionalidades, sencillamente quiere su dinero y de paso ganar todo el que pueda. Y no es que España acate unas normas por pertenecer a un organismo multinacional a cambio de los beneficios que conlleva dicha pertenencia, sino que deberá someterse al dictado de unos intereses que sólo persiguen el beneficio propio y ofrecen a cambio apenas el privilegio de la supervivencia. Así se pierde la libertad y la protección, como vaticinara Franklin.
Y así, la pregunta que me inquieta es: ¿Es nuestro gobierno cómplice de esta maniobra al saber que si propicia esa invasión de nuestra soberanía se garantizará el poder, convirtiéndose a España en un estado vasallo y erigiéndose como único garante de la estabilidad nacional?
Mucho me temo que así es, pero el tiempo lo dirá.
La palabra rescate ha quedado estigmatizada en el relato de la pugna política, evitado por unos para encubrir su incompetencia y empleado por otros para enardecer a sus adeptos que elevan el tono de la protesta sin abandonar siquiera la fila que conduce al matadero. Una polémica pueril que entretiene a las gentes en medio de la devastación. Pero una vez más, la derecha está manejando con habilidad los recursos de la dialéctica en su empeño por enmascarar uno de los acontecimientos más determinantes para el futuro de todo un país. Qué más da cómo se le quiera llamar a esa ofrenda al capitalismo canónico, si en realidad lo que está en juego es el papel de la ciudadanía en la estructura social de este país.
Pues llámese rescate, crédito, donación, ayuda o limosna, a lo que estamos asistiendo es al fracaso rotundo del estado de derecho, a un expolio de las libertades comunes sin precedentes que conduce a un nuevo modelo de colonización que nos convertirá en súbditos de un amo indefinido y desalmado, insensible a los preceptos básicos de la humanidad. Es el tributo por pertenecer a un universo difuso lleno de codicia e intereses particulares, en el que los seres humanos se han convertido en enemigos unos de otros y de sí mismos. Un caos del que se aprovechan los dueños del poder para mover las piezas del tablero a su antojo, seguros de que jamás tendrán que pisar el campo de batalla.
Mientras, cautiva de sus ambiciones, la clase política prefiere eludir su deber con la sociedad para no arriesgar sus aspiraciones electorales y, con ello, esos privilegios de que disfruta gracias a la confianza obtenida de la ciudadanía. Los políticos han aceptado con entusiasmo su papel de marionetas gobernadas por el capital, pues saben que no hay otra opción a menos que prefieran poner en peligro su cómoda autoridad. Se han convertido en la perfecta y audaz vanguardia de ese poder financiero que se oculta entre bastidores y dirige los destinos del mundo, modulando el dogal según dispongan las circunstancias en cada momento. En ese negocio, el conflicto se da por descontado e incluso calculadas las bajas en el balance general. El resultado siempre arroja beneficios.
Así ha sido a lo largo de la Historia y no tenía por qué ser diferente ahora. La Humanidad lleva enferma de ambición desde su origen, y el transcurso del tiempo ha reseñado los apogeos del mal como periodos catárticos en los que se renueva la versión del poder económico en virtud del resultado sociopolítico de los mismos. El proceso histórico ha estado marcado por esos ciclos que determinan la evolución de las sociedades e identifican el balance de fuerzas geoestratégicas. Y en todos ellos, el capital ha sido siempre el único superviviente, adaptando sus métodos a cada nuevo escenario resultante. De las ruinas causadas por cada tragedia nacen sociedades escarmentadas y más fuertes que, sin embargo, se van debilitando conforme acostumbran los recursos a sus necesidades hasta convertirse de nuevo en presas fáciles para el capital. Ese declive social suele engendrar poderes políticos frágiles y acomodaticios que permeabilizan las estructuras económicas, haciéndolas mucho más vulnerables a las pretensiones del poder financiero. Es el momento idóneo para asestar un nuevo golpe a los gobiernos endebles y hacer caja. Europa atraviesa ahora uno de esos periodos críticos.
En toda guerra hay un frente y una retaguardia. En el conflicto que enfrenta al poder financiero con los estados, también. Resignadas Grecia, Irlanda y Portugal, el frente se ha trasladado a España e Italia, mientras que en la retaguardia alemana y francesa se contempla con inquietud la contienda, preocupados por las consecuencias que les pueda acarrear su resultado. Hasta ahora, ambos países y sus naciones afines apoyan la causa de los asediados, pero nadie sabe hasta cuando mantendrán esa postura si ven peligrar sus intereses. Esa incertidumbre entenebrece las expectativas españolas e italianas, cada vez más desprotegidos ante el implacable asalto de los depredadores.
Europa se debate así entre la solidaridad demandada por los preceptos de la Unión o la resignación ante la imposibilidad de salvar a sus aliados menos capaces, arriesgando tanto la estabilidad de los países mejor dotados como la de la propia institución multinacional. En vista de las actitudes adoptadas por los estados donantes en los últimos años, cabe pensar que éstos sólo reaccionan cuando el declive de los débiles pueda afectar a sus intereses domésticos. Y es claro que emplear con España e Italia las mismas recetas que con Grecia, Irlanda y Portugal es inviable hoy por hoy. No hay capacidad suficiente en la Unión Europea para cubrir las necesidades de estos dos países sin que se resienta la estabilidad del conjunto y, por tanto, la propia de los estados más solventes. Ningún político en su sano juicio abogaría por ayudar a los españoles, si con ello pone en peligro sus aspiraciones de poder en su territorio.
Las palabras son sólo palabras, lo que cuentan son los hechos. Y de ahí el empeño frenético de las autoridades europeas en encontrar alguna alternativa que permita aliviar el estado financiero de España e Italia sin tener que recurrir al rescate integral a la griega. Es posible que finalmente den con la solución y puedan salvar el tipo sin demasiado daño, pero la factura que pasarán a los rescatados en cualquier caso será tan cuantiosa que empequeñecerá los sacrificios ya impuestos hasta ahora, y condicionará el futuro de sus respectivas sociedades.
En tales circunstancias, lo inquietante es no saber con certeza de qué lado están los gobiernos español e italiano. Ambos parten en una situación de desventaja ante sus dificultades financieras, y en ambos casos han preferido aplicar las recetas más gravosas para la ciudadanía sin que ésta haya pasado aún de la simple protesta, debido quizás al peso de la incertidumbre o por humano instinto de supervivencia. Sin embargo, poco o nada parece haberse avanzado en la solución del problema con las medidas impuestas hasta ahora por los gobiernos y ambos países parecen condenados a una larga temporada entre tinieblas, terminada la cual nadie parece saber qué nos espera.
Tanto en España como Italia se ha sometido el interés general al político, aunque existe una diferencia fundamental entre ambos. Mientras que en Italia el Gobierno es interino y pronto se celebrarán unas elecciones que determinarán qué partido habrá de culminar la obra emprendida por el gabinete técnico de Monti, en España es un gobierno elegido en las urnas el que debe afrontar el desafío de la crisis. El primer ministro italiano no tiene mucho que perder en este combate, pues sabe que cumplido su mandato podrá dejar el cargo sin que nadie le reproche fraude político alguno, dejando en manos de los diferentes partidos la responsabilidad de atraer la confianza del electorado con sus programas de gestión. No tiene Monti, por tanto, la necesidad de ocultar a los italianos la verdadera dimensión de la crisis que les afecta ni emboscar con sofismas o falacias las medidas que está llevando a cabo, sean o no eficaces o agraven más o menos la situación de los ciudadanos.
Como tampoco debería hacerlo el gobierno español si la honestidad presidiese su gestión. Sin embargo, el gabinete de Rajoy ha dejado claro que su principal objetivo es preservar el poder a toda costa, reduciendo el concepto de interés general a un simple ardid argumental, y se ha pertrechado de una ingente cantidad de recursos dialécticos para enmascarar el fruto de su incompetencia; para ello ha emprendido una previsible campaña de control estricto de todos los medios públicos y privados que permiten a la ciudadanía adquirir la información precisa para formarse una idea clara de lo que está sucediendo y desarrollar así su sentido crítico, además de vaciar de contenido al Parlamento imponiendo el peso de su absolutismo y dejando el debate en manos de sicarios y bufones. La derecha ha impuesto la oscuridad informativa para confundir a la sociedad en un momento crucial para sus intereses. Para cuando enciendan las luces, quizás no nos guste lo que veamos.
Asidos a esa particular visión trascendental del poder, la derecha española acata con entusiasmo los preceptos del capitalismo canónico para imponer un concepto de estructura socioeconómica ya experimentado por Thatcher en Gran Bretaña, durante la década de 1980. La primera ministra británica supo llevar a cabo su modelo ultraliberal atrayéndose a la conservadora clase media con medidas proteccionistas y proscribiendo el poder sindical con mano dura, pero también aprovechando con habilidad y en beneficio propio esos caprichos que el azar puso en su camino como la guerra de las Malvinas o el debilitamiento del bloque soviético. El resultado fueron casi once años en el poder y la forja de un ejemplo para muchos políticos de derechas en todo el mundo.
Pero ni Rajoy es Thatcher ni España, Gran Bretaña ni el contexto económico es similar ni por asomo al que se encontró la hija del tendero. Es completamente absurdo, por inútil, pretender cambiar el modo de vida de un país como España de la noche a la mañana, por mucho que se empeñen en que las circunstancias obligan a ello, y se impongan las medidas con esa vehemencia impostada que apenas logra ocultar el desasosiego que embarga a unos ministros conscientes del alto riesgo que conlleva su aplicación en una sociedad poco acostumbrada a valerse por sí misma.
Los españoles no entendemos la libertad tal y como se concibe en la Europa de Lutero. En un país tradicionalmente inculto y con un alto arraigo religioso, los conceptos de autoridad y poder se confunden. La figura del patrón paternalista, severo y protector, se ha impuesto a lo largo de la Historia y desde aquel 'Vivan las cadenas' con que las masas recibieron la vuelta de Fernando VII y su teocracia absolutista hasta la pervivencia durante 40 años de la dictadura cruel de Franco, la necesidad de seguridad ha jugado un papel esencial en la conducta de los españoles hasta hacernos merecedores de la sentencia de Benjamin Franklin para quien aquel que renuncia a la libertad por un poco de seguridad, no merece lo uno ni lo otro. Y así, más allá de lo que dictaría la propia razón, en España se ha preferido acatar las normas impuestas por cada régimen a cambio de esa protección que permitiera una existencia sin demasiados sobresaltos.
De ahí que el sentido de lo público esté íntimamente ligado a esa idea de protección ante la que se aceptan los sacrificios. Por eso, es difícil entender que dicho sacrificio se relacione con una merma en la seguridad aceptada como parte de nuestra relación de convivencia con las instituciones. Cambiar ese principio se antoja una tarea titánica que si hoy se acepta con aparente resignación es, precisamente, porque el ciudadano tiene la certeza de que todo puede revertirse cuando cambie el color político del Gobierno de turno. Ese es el principal activo de la democracia que aterroriza a la derecha.
Sin embargo, y más allá de las veleidades autoritarias de los paladines del neoliberalismo, la democracia española se encuentra en grave peligro. Una de las condiciones indispensables para que el pueblo ejerza su derecho a elegir a quienes han de gobernarlo es la certeza de que esas personas dispondrán de la libertad necesaria para llevar a cabo su programa de gobierno. Sin esa premisa de poco sirve el ejercicio de la democracia, puesto que el gobierno resultante en unas elecciones tuteladas no podrá atender el mandato de la ciudadanía. España se encamina hacia un territorio insólito en su historia contemporánea, pues jamás ha visto subyugada su soberanía desde la invasión napoleónica. Ahora, el invasor no tiene rostro pero es muy poderoso.
El principal riesgo que corre España si se acepta la intervención de las autoridades europeas, es que nuestro país se convertirá en vasallo de pleno derecho del poder financiero. A partir de ese momento, este gobierno y todos los que luego vengan deberán rendir cuentas a un amo que no entiende de identidades ni nacionalidades, sencillamente quiere su dinero y de paso ganar todo el que pueda. Y no es que España acate unas normas por pertenecer a un organismo multinacional a cambio de los beneficios que conlleva dicha pertenencia, sino que deberá someterse al dictado de unos intereses que sólo persiguen el beneficio propio y ofrecen a cambio apenas el privilegio de la supervivencia. Así se pierde la libertad y la protección, como vaticinara Franklin.
Y así, la pregunta que me inquieta es: ¿Es nuestro gobierno cómplice de esta maniobra al saber que si propicia esa invasión de nuestra soberanía se garantizará el poder, convirtiéndose a España en un estado vasallo y erigiéndose como único garante de la estabilidad nacional?
Mucho me temo que así es, pero el tiempo lo dirá.
lunes, 23 de julio de 2012
El mensajero no siempre tiene la culpa
Si no conociera ya la historia, quizás ahora podría dudar de que el presidente murciano pudo ser víctima de la pérfida astucia de un periodista desaprensivo, que aprovechó la confianza del entrevistado para manipular sus palabras y conseguir así el ansiado titular. Pero precisamente porque conozco el paño, puedo asegurar que no fue así. Y no sólo porque el corte de la conversación que La Opinión ha publicado en su página web despeja todas las dudas, probando que el entrevistador no empleó añagaza alguna para arrancar tales declaraciones, sino porque las actitudes del entrevistado y sobre todo la de su guardia pretoriana no son excepcionales en casos como éste, así como tampoco lo es la ligereza dialéctica con que tal personaje suele desenvolverse en semejantes trances, movido quizás por esa campechanía tan valorada por sus adeptos.
Quien perteneciendo a la alicaída profesión periodística haya realizado una entrevista alguna vez, sabe que siempre se ha de andar con pies de plomo cuando se abordan asuntos especialmente delicados, pues corre el riesgo de que el protagonista de la pieza pueda sufrir un arresto de confianza y cometer alguna imprudencia que luego intentará solventar con más o menos habilidad o vehemencia cuando compruebe el efecto de sus declaraciones. Sin embargo, igual que el periodista ha de ser honesto en el ejercicio de su trabajo, el entrevistado debe ser consciente de con quien comparte sus reflexiones u opiniones y asumir la responsabilidad de las mismas, sobre todo cuando se le presupone unas aptitudes inherentes a la posición social o institucional que ocupa.
Así, no se puede culpar al mensajero de las torpezas cometidas, y más cuando la obligación de éste es corresponder a la confianza de la opinión pública con el relato estricto de lo que en esa conversación se ha tratado. Pretender lo contrario es pervertir el trabajo de un profesional que se debe a la verdad, tanto si se intenta corregir a priori el trabajo como si se busca enmendarlo una vez producido y publicado. Sobre todo cuando esa voluntad se expresa con desmentidos que pretenden menospreciar la profesionalidad del periodista, intentando sembrar la confusión entre la opinión pública con piruetas retóricas que ya resultan más bochornosas que efectivas.
Es cierto que no pocas veces el entrevistado exige disponer a priori de las preguntas que el periodista le va a formular en la entrevista, a fin de preparar sus respuestas recopilando la documentación precisa para que el contenido de la pieza sea provechoso para todos, y la opinión pública disponga de una información lo más fidedigna posible. Asimismo, tampoco es extraordinario que el personaje al que se entrevista reclame el borrador del trabajo antes de su publicación para corregir lo que considere fuera de contexto o, sencillamente, enmendar sus declaraciones. En ambos casos es decisión del periodista acceder a tales exigencias, pero si se aceptan está obligado a cumplirlas a rajatabla a riesgo de que el trabajo final no refleje el resultado perseguido y la información que se ofrezca al lector quede así adulterada por esas correcciones. No es poco frecuente encontrar entrevistas en algunos medios realizadas a la medida del personaje que realiza las declaraciones, convirtiéndose así el trabajo en un mero instrumento propagandístico sin el menor interés informativo.
No obstante, el entrevistado sabe que aunque se pacte el desarrollo de la conversación es imposible evitar que en el transcurso de la misma surjan cuestiones espontáneas que alteren el guión establecido. Es ahí donde la confianza, la profesionalidad y la habilidad de los interlocutores deben modelar el nuevo material obtenido para que el producto no adolezca de oportunismo o falsedad. Aferrarse al desliz denota poca honradez por parte del periodista, como desmentirlo por parte del entrevistado una vez que se han comprobado sus efectos demuestra necedad.
No sé si la entrevista que se publico en La Opinión estaba pactada o si se hizo a tumba abierta. En cualquier caso, el contenido de la misma es fiel al desarrollo tal y como demuestra la prueba de sonido que cualquiera puede escuchar. El presidente murciano dijo lo que dijo sin lugar a dudas, y si cuando expresó esa opinión estaba pensando en otra cosa será muy difícil de demostrar aunque sí de imponer mediante los métodos ya conocidos por quienes se dedican o nos hemos dedicado a esta profesión.
No quiero ni pensar la de presiones que deben estar sufriendo en ese periódico para enmendar un trabajo excelente que expresa a las claras no sólo los propósitos del gobierno que preside este individuo, sino la personalidad del mismo. Y más cuando tales declaraciones han traspasado las fronteras, siempre impermeables, de esta región para convertirse en titulares principales de todos los periódicos nacionales de este país. Imagino ademas el estupor de los censores murcianos y la rabia del principal medio de propaganda de este territorio, el diario La Verdad, que ha visto una vez más cómo el rival le arrebataba la gloria de la difusión.
Por desgracia el episodio no contiene material original. Es una nueva reposición de lo que hoy La Opinión, pero antes muchos otros diarios ya demolidos, han tenido que sufrir en su cotidiano trato con la clase política gobernante en esta región. Quizás sólo los viejos periodistas recuerden cómo se las gastaban los guardianes de la ortodoxia informativa cuando gobernaba el PSOE aquí, aunque bien es cierto que si aquellos censores eran aplicados en el empleo de la coacción, sus sucesores han logrado desarrollar y perfeccionar con pericia de artesano esas tácticas hasta convertir el espacio informativo en un erial donde muchos buenos profesionales han de enfrentarse a diario al dilema de realizar su trabajo con eficiencia o perder el trabajo y el prestigio.
Aquellos esbirros socialistas estaban amaestrados para cuidar de la integridad política de sus protegidos, e intentaban con denuedo que los entonces mucho más beligerantes medios de comunicación no obtuvieran la información precisa para desvelar los fallos en la gestión de las instituciones que gobernaban. Sin embargo, el cainismo de la izquierda propiciaba las fugas de información de las que nos servíamos los periodistas para acercarnos a la verdad que pretendían ocultar a la ciudadanía. Por supuesto que había presiones, pero no eran tan efectivas cuando de donde provenía la información era precisamente de los mismos ámbitos que se empeñaban en proteger, con lo que el valor documental adquiría un peso fundamental en la construcción de aquellos relatos. Tanto fue así que en la caída en desgracia del Gobierno de Collado tuvo un protagonismo esencial la acción periodística.
Con la llegada de la derecha al poder en 1995 todo empezó a cambiar. Los métodos eran otros, mucho más expeditivos, y la presión constante. Siendo como es la disciplina un rasgo característico de la derecha, las filtraciones empezaron a desaparecer y si las había eran pronto acalladas con autoridad. La información comenzó a fluir desde una sola fuente, el gabinete de presidencia o el del propio PP, que en realidad constituyen un sólo ente, y ningún dato tenía valor si no estaba avalado por el sanedrín de San Esteban. A pesar de ello, sí que había filtraciones pues resentidos los hay en todas las familias, pero cuando la información que se filtraba podía constituir un peligro entraba en juego la coacción y la amenaza. Ese método ha ido perfeccionándose a lo largo de los 17 años que la derecha lleva en el poder en esta región, variando tan sólo de estilo desde la grosería de sujetos atrabiliarios de intelecto proletario al melifluo engreimiento de sicarios entrenados en píos campus universitarios. Todos empeñados en anular el sentido crítico y someter la voluntad de los profesionales de la información mediante el control férreo de las fuentes de financiación de sus empresas.
Podría narrar mil experiencias pues 22 años de ejercicio dan para mucho, pero bastará con que confiese que el ejercicio del periodismo en la Región de Murcia es demasiado ingrato como para dedicarle el esfuerzo y la dedicación que exige. La política abomina de la información independiente y veraz y sus representantes han intentado siempre controlar los medios de comunicación, bien comprando la voluntad de sus profesionales con prebendas y trabajos seguros y bien remunerados, o bien asfixiando a sus empleadores con desalmadas artimañas financieras. Al final consiguieron crear una casta de periodistas sumisos que aceptaban con agrado ese cautiverio o sencillamente debían resignarse a cumplir con los dictados de la opinión oficial impuesta desde los estamentos del poder. A los díscolos se les persiguió, desprestigió o represalió sin más, depurando la profesión para adaptarla a sus propósitos.
A lo largo de estos 17 años, la derecha ha destruido carreras, vidas y aspiraciones profesionales; ha empujado a muchos periodistas al exilio o sencillamente los ha anulado. Por eso, cuando leo trabajos valientes como el del periodista de La Opinión no puedo más que abandonar el silencio y denunciar el daño enorme que esta casta de necios que han obtenido el poder con engaños y amenazas han causado a la profesión periodística en esta región. A la vez debo elogiar la valentía de los directivos de ese periódico que autorizaron la publicación de semejante entrevista, pues sé que su decisión no está exenta de riesgos. Y sólo debo esperar que este sea el principio de la recuperación de ese espíritu indómito que caracterizó a los profesionales de la información durante tantos años en esta región, para que sirva de contrapeso al despotismo ejercido por la clase política y una advertencia de que su futuro está en manos de la verdad.
Quien perteneciendo a la alicaída profesión periodística haya realizado una entrevista alguna vez, sabe que siempre se ha de andar con pies de plomo cuando se abordan asuntos especialmente delicados, pues corre el riesgo de que el protagonista de la pieza pueda sufrir un arresto de confianza y cometer alguna imprudencia que luego intentará solventar con más o menos habilidad o vehemencia cuando compruebe el efecto de sus declaraciones. Sin embargo, igual que el periodista ha de ser honesto en el ejercicio de su trabajo, el entrevistado debe ser consciente de con quien comparte sus reflexiones u opiniones y asumir la responsabilidad de las mismas, sobre todo cuando se le presupone unas aptitudes inherentes a la posición social o institucional que ocupa.
Así, no se puede culpar al mensajero de las torpezas cometidas, y más cuando la obligación de éste es corresponder a la confianza de la opinión pública con el relato estricto de lo que en esa conversación se ha tratado. Pretender lo contrario es pervertir el trabajo de un profesional que se debe a la verdad, tanto si se intenta corregir a priori el trabajo como si se busca enmendarlo una vez producido y publicado. Sobre todo cuando esa voluntad se expresa con desmentidos que pretenden menospreciar la profesionalidad del periodista, intentando sembrar la confusión entre la opinión pública con piruetas retóricas que ya resultan más bochornosas que efectivas.
Es cierto que no pocas veces el entrevistado exige disponer a priori de las preguntas que el periodista le va a formular en la entrevista, a fin de preparar sus respuestas recopilando la documentación precisa para que el contenido de la pieza sea provechoso para todos, y la opinión pública disponga de una información lo más fidedigna posible. Asimismo, tampoco es extraordinario que el personaje al que se entrevista reclame el borrador del trabajo antes de su publicación para corregir lo que considere fuera de contexto o, sencillamente, enmendar sus declaraciones. En ambos casos es decisión del periodista acceder a tales exigencias, pero si se aceptan está obligado a cumplirlas a rajatabla a riesgo de que el trabajo final no refleje el resultado perseguido y la información que se ofrezca al lector quede así adulterada por esas correcciones. No es poco frecuente encontrar entrevistas en algunos medios realizadas a la medida del personaje que realiza las declaraciones, convirtiéndose así el trabajo en un mero instrumento propagandístico sin el menor interés informativo.
No obstante, el entrevistado sabe que aunque se pacte el desarrollo de la conversación es imposible evitar que en el transcurso de la misma surjan cuestiones espontáneas que alteren el guión establecido. Es ahí donde la confianza, la profesionalidad y la habilidad de los interlocutores deben modelar el nuevo material obtenido para que el producto no adolezca de oportunismo o falsedad. Aferrarse al desliz denota poca honradez por parte del periodista, como desmentirlo por parte del entrevistado una vez que se han comprobado sus efectos demuestra necedad.
No sé si la entrevista que se publico en La Opinión estaba pactada o si se hizo a tumba abierta. En cualquier caso, el contenido de la misma es fiel al desarrollo tal y como demuestra la prueba de sonido que cualquiera puede escuchar. El presidente murciano dijo lo que dijo sin lugar a dudas, y si cuando expresó esa opinión estaba pensando en otra cosa será muy difícil de demostrar aunque sí de imponer mediante los métodos ya conocidos por quienes se dedican o nos hemos dedicado a esta profesión.
No quiero ni pensar la de presiones que deben estar sufriendo en ese periódico para enmendar un trabajo excelente que expresa a las claras no sólo los propósitos del gobierno que preside este individuo, sino la personalidad del mismo. Y más cuando tales declaraciones han traspasado las fronteras, siempre impermeables, de esta región para convertirse en titulares principales de todos los periódicos nacionales de este país. Imagino ademas el estupor de los censores murcianos y la rabia del principal medio de propaganda de este territorio, el diario La Verdad, que ha visto una vez más cómo el rival le arrebataba la gloria de la difusión.
Por desgracia el episodio no contiene material original. Es una nueva reposición de lo que hoy La Opinión, pero antes muchos otros diarios ya demolidos, han tenido que sufrir en su cotidiano trato con la clase política gobernante en esta región. Quizás sólo los viejos periodistas recuerden cómo se las gastaban los guardianes de la ortodoxia informativa cuando gobernaba el PSOE aquí, aunque bien es cierto que si aquellos censores eran aplicados en el empleo de la coacción, sus sucesores han logrado desarrollar y perfeccionar con pericia de artesano esas tácticas hasta convertir el espacio informativo en un erial donde muchos buenos profesionales han de enfrentarse a diario al dilema de realizar su trabajo con eficiencia o perder el trabajo y el prestigio.
Aquellos esbirros socialistas estaban amaestrados para cuidar de la integridad política de sus protegidos, e intentaban con denuedo que los entonces mucho más beligerantes medios de comunicación no obtuvieran la información precisa para desvelar los fallos en la gestión de las instituciones que gobernaban. Sin embargo, el cainismo de la izquierda propiciaba las fugas de información de las que nos servíamos los periodistas para acercarnos a la verdad que pretendían ocultar a la ciudadanía. Por supuesto que había presiones, pero no eran tan efectivas cuando de donde provenía la información era precisamente de los mismos ámbitos que se empeñaban en proteger, con lo que el valor documental adquiría un peso fundamental en la construcción de aquellos relatos. Tanto fue así que en la caída en desgracia del Gobierno de Collado tuvo un protagonismo esencial la acción periodística.
Con la llegada de la derecha al poder en 1995 todo empezó a cambiar. Los métodos eran otros, mucho más expeditivos, y la presión constante. Siendo como es la disciplina un rasgo característico de la derecha, las filtraciones empezaron a desaparecer y si las había eran pronto acalladas con autoridad. La información comenzó a fluir desde una sola fuente, el gabinete de presidencia o el del propio PP, que en realidad constituyen un sólo ente, y ningún dato tenía valor si no estaba avalado por el sanedrín de San Esteban. A pesar de ello, sí que había filtraciones pues resentidos los hay en todas las familias, pero cuando la información que se filtraba podía constituir un peligro entraba en juego la coacción y la amenaza. Ese método ha ido perfeccionándose a lo largo de los 17 años que la derecha lleva en el poder en esta región, variando tan sólo de estilo desde la grosería de sujetos atrabiliarios de intelecto proletario al melifluo engreimiento de sicarios entrenados en píos campus universitarios. Todos empeñados en anular el sentido crítico y someter la voluntad de los profesionales de la información mediante el control férreo de las fuentes de financiación de sus empresas.
Podría narrar mil experiencias pues 22 años de ejercicio dan para mucho, pero bastará con que confiese que el ejercicio del periodismo en la Región de Murcia es demasiado ingrato como para dedicarle el esfuerzo y la dedicación que exige. La política abomina de la información independiente y veraz y sus representantes han intentado siempre controlar los medios de comunicación, bien comprando la voluntad de sus profesionales con prebendas y trabajos seguros y bien remunerados, o bien asfixiando a sus empleadores con desalmadas artimañas financieras. Al final consiguieron crear una casta de periodistas sumisos que aceptaban con agrado ese cautiverio o sencillamente debían resignarse a cumplir con los dictados de la opinión oficial impuesta desde los estamentos del poder. A los díscolos se les persiguió, desprestigió o represalió sin más, depurando la profesión para adaptarla a sus propósitos.
A lo largo de estos 17 años, la derecha ha destruido carreras, vidas y aspiraciones profesionales; ha empujado a muchos periodistas al exilio o sencillamente los ha anulado. Por eso, cuando leo trabajos valientes como el del periodista de La Opinión no puedo más que abandonar el silencio y denunciar el daño enorme que esta casta de necios que han obtenido el poder con engaños y amenazas han causado a la profesión periodística en esta región. A la vez debo elogiar la valentía de los directivos de ese periódico que autorizaron la publicación de semejante entrevista, pues sé que su decisión no está exenta de riesgos. Y sólo debo esperar que este sea el principio de la recuperación de ese espíritu indómito que caracterizó a los profesionales de la información durante tantos años en esta región, para que sirva de contrapeso al despotismo ejercido por la clase política y una advertencia de que su futuro está en manos de la verdad.
jueves, 14 de junio de 2012
Miserables
¿Qué más debe suceder para que los políticos salgan de su refugio y cumplan con las obligaciones que han asumido desde el momento en que los españoles les concedimos la confianza para gobernar este país? ¿Cuándo va a pegar el puñetazo sobre la mesa nuestro jefe de Estado y va a encerrar a todos los representantes políticos hasta que acuerden un plan para salvar España? ¿A qué esperan los ciudadanos para exigir que no nos dejen caer en el abismo, mientras quienes se han beneficiado de nuestra desgracia huyen con sus dineros a confortables y seguros parapetos más allá de nuestras fronteras?
Una de dos: o toda la información a la que la gente puede acceder es falsa o estamos en manos de una auténtica banda de irresponsables. España vive un estado de emergencia que puede estallar en cualquier momento, y el pueblo sigue sumido en la confusión y el miedo. El silencio ya no es una opción; es necesario hablar mucho y claro de cuáles son nuestras alternativas y tomar decisiones valientes para proteger nuestra estabilidad. ¿Qué buscan nuestros políticos?
¡Basta de mentiras! Miren a los ojos de la gente y asuman su fracaso. Intenten por lo menos salvar la poca dignidad que les queda y aúnen esfuerzos. Limpien de mangantes nuestras vidas y empecemos todos juntos a defender España. Sus miserables vidas no valen nada en medio de las ruinas, y sus privilegios se pueden convertir en su peor condena si al final conducen al pueblo a la indigencia moral.
Han fracasado. Se aferran con ahínco a sus cargos hurtando a la sociedad todos sus derechos. Malditos sean mil veces por habernos puesto en peligro. No se merecen ni la atención que reclaman en tanto no sean capaces de cumplir con sus responsabilidades. Es hora ya de que se ganen el sueldo que les pagamos con nuestro esfuerzo y abandonen esa actitud engreída e insultante para cubrir sus vergüenzas. Me dan asco, mucho asco.
No es incompetencia, es vileza. Ni sus esbirros, ni sus legiones de imbéciles crédulos pueden ocultar ya que han destruido todo un país con sus estafas y mangoneos. Han vendido nuestro futuro a unos cuantos depravados que se han enriquecido con nuestro sacrificio, y siguen intentado embaucarnos con ilusiones vanas y trapacerías. ¿Quiénes son ustedes, políticos miserables, para arruinar las vidas de tantos millones de personas? ¿De dónde han salido? ¿Qué mierda de privilegios habrían obtenido de no ser porque nosotros, el pueblo español, decidimos un día confiarles nuestras vidas? ¿Hasta cuándo nos van a engañar?
Están jugando con fuego. Ya no les va a servir la complacencia de tanto ignorante egoísta que prefiere arrodillarse para proteger su miserable existencia. Llegará un momento en que no encontrarán a nadie que les quiera creer y entonces habrán logrado aniquilarnos. ¿Tan ruines son?
¡Hagan algo ya! Nos hundimos sin remedio. Miren a su alrededor por una vez en sus vidas y contemplen la ruinas de sus actos. Entonces se darán cuenta de lo insignificantes que son y que, al final, sólo se llevarán a la tumba un legado de dolor y desolación. Que les aproveche.
Una de dos: o toda la información a la que la gente puede acceder es falsa o estamos en manos de una auténtica banda de irresponsables. España vive un estado de emergencia que puede estallar en cualquier momento, y el pueblo sigue sumido en la confusión y el miedo. El silencio ya no es una opción; es necesario hablar mucho y claro de cuáles son nuestras alternativas y tomar decisiones valientes para proteger nuestra estabilidad. ¿Qué buscan nuestros políticos?
¡Basta de mentiras! Miren a los ojos de la gente y asuman su fracaso. Intenten por lo menos salvar la poca dignidad que les queda y aúnen esfuerzos. Limpien de mangantes nuestras vidas y empecemos todos juntos a defender España. Sus miserables vidas no valen nada en medio de las ruinas, y sus privilegios se pueden convertir en su peor condena si al final conducen al pueblo a la indigencia moral.
Han fracasado. Se aferran con ahínco a sus cargos hurtando a la sociedad todos sus derechos. Malditos sean mil veces por habernos puesto en peligro. No se merecen ni la atención que reclaman en tanto no sean capaces de cumplir con sus responsabilidades. Es hora ya de que se ganen el sueldo que les pagamos con nuestro esfuerzo y abandonen esa actitud engreída e insultante para cubrir sus vergüenzas. Me dan asco, mucho asco.
No es incompetencia, es vileza. Ni sus esbirros, ni sus legiones de imbéciles crédulos pueden ocultar ya que han destruido todo un país con sus estafas y mangoneos. Han vendido nuestro futuro a unos cuantos depravados que se han enriquecido con nuestro sacrificio, y siguen intentado embaucarnos con ilusiones vanas y trapacerías. ¿Quiénes son ustedes, políticos miserables, para arruinar las vidas de tantos millones de personas? ¿De dónde han salido? ¿Qué mierda de privilegios habrían obtenido de no ser porque nosotros, el pueblo español, decidimos un día confiarles nuestras vidas? ¿Hasta cuándo nos van a engañar?
Están jugando con fuego. Ya no les va a servir la complacencia de tanto ignorante egoísta que prefiere arrodillarse para proteger su miserable existencia. Llegará un momento en que no encontrarán a nadie que les quiera creer y entonces habrán logrado aniquilarnos. ¿Tan ruines son?
¡Hagan algo ya! Nos hundimos sin remedio. Miren a su alrededor por una vez en sus vidas y contemplen la ruinas de sus actos. Entonces se darán cuenta de lo insignificantes que son y que, al final, sólo se llevarán a la tumba un legado de dolor y desolación. Que les aproveche.
lunes, 11 de junio de 2012
Ofensas
No ofende quien quiere sino quien puede. Así, quien ofende sabe que su ofensa puede tener efecto sólo si el destinatario de la misma es consciente de merecerla. Quienes nos sentimos ofendidos por las palabras y actos -incluso omisiones- de la casta política española, sabemos que nos merecemos ese trato sencillamente porque conocemos nuestros pecados, aunque en muchos casos nos resistamos a admitirlos. El primero de ellos es permitir con nuestra indulgencia que esa gente disfrute de unos privilegios que ni por asomo podríamos obtener de nuestro esfuerzo cotidiano, y que ellos gocen de esa posición por el sencillo hecho de haber logrado -con métodos no siempre dignos- una posición de favor en las listas electorales de sus respectivos partidos. La opacidad de esos procesos, consentida por el electorado, permite a una serie de ciudadanos conseguir una posición social y económica que nos está vedada al resto de los mortales, a menos claro es que despidamos a la dignidad dignidad y vendamos nuestra voluntad al mejor postor renunciando a esos valores que nos hacen seres libres en una sociedad aparentemente libre. Hay que tener en cuenta que para ingresar en ese exclusivo club de la política institucional es necesario aprender a obedecer, mentir y engañar -que no es lo mismo-, difuminar los principios personales en favor de los que rigen la ideología elegida y aceptar las normas que impone la pertenencia a un partido político. Tragarse el orgullo personal y defender sin ambages el corporativo, y actuar como dictan las reglas estéticas del grupo al que se pretende pertenecer. Es decir, serlo y parecerlo.
Claro que se puede optar por permanecer al otro lado del espejo y contemplar con indolencia cómo se expolia el país de las maravillas, maldiciendo la hora en que decidimos abrirles la puerta a sus habitantes con esos votos que nos hurtaron con falsas promesas y mucha condescendencia. Sabedores de nuestro error, las mentiras, las ineptitudes, los silencios y la soberbia con que hoy nos devuelven la confianza obtenida se convierten en lacerantes ofensas que nos irritan por saber que ya no hay más remedio que soportarlas y, sobre todo, porque nos las merecemos a causa de nuestra candidez. Y mientras tendremos que seguir pagando la factura del dispendio de nuestros políticos y sus ahijados.
Es cierto que muchos ni se enteran o prefieren no enterarse de que les están ofendiendo. Al fin y al cabo el ensimismamiento en sus problemas les permite vivir a oscuras y quizás así sean más felices. Un día llegan al mercado y se encuentran con que los precios han subido, pero como tienen que comer compran menos y pagan lo que se les pida; otro día llega cualquier recibo de cualquier tasa, impuesto o deuda contraída y aunque comprueban con disgusto que ha subido la cuota, lo pagan y a otra cosa; si para operarse de un juanete han de esperar una eternidad y el amiguete de turno no les puede colar, pues pagan al médico que les atiende en el consultorio y se operan en su clínica; si para no obligar a sus hijos a compartir aula con moros o negratas es preciso pagar para mandarlos a un colegio concertado -aunque sea religioso y no se crea en dios-, se paga y tan contentos; si a primeros de mes ven que ganan cien euros menos y ya no hay forma de negociar con el patrón para mejorar las condiciones de trabajo ni caer enfermos, no pasa nada, se anulan determinados gastos o se aprovisionan de aspirinas y en paz, no sea que por quejarse terminen perdiendo el empleo y se depriman como el vecino de enfrente que se tiró treinta años currando como un cabrón, lleva en el paro tres años y no hay nadie que le quiera contratar porque ya está viejo y tiene demasiada experiencia. Y así hasta conseguir una sociedad domesticada por la amenaza y sometida a una tenaz redención por los pecados cometidos en el pasado; claro que nadie les advirtió entonces que comprar un coche nuevo o marchar de viaje al Caribe estaba por encima de sus posibilidades. ¿Ofendidos? Para nada. En todo caso resignados e indulgentes con quienes les imponen unos sacrificios que a ellos no les incumben.
En este escenario no es extraño asistir a grandiosas representaciones de la ofensa. Cuando antes de ir al fútbol a costa del erario público, el presidente del Gobierno compareció para comunicar sus impresiones acerca del rescate solicitado a la Unión Europea, sólo los ofendidos parecieron interesarse por qué diría y cómo. Sabedor de que su audiencia no era especialmente crítica, el sujeto se mostró radiante y desenfadado, como esos hipotecados primerizos que muestran su júbilo por haber conseguido el dinero necesario para comprar su primera vivienda sin pensar en las obligaciones contraídas ni en lo que ellas supondrán para su estabilidad financiera futura. Nunca antes había escuchado a alguien engañar con tanto desparpajo. Sabedor de que sus huestes de fieles y esbirros mediáticos estarían preparando la interpretación adecuada de sus palabras, para intoxicar a la opinión pública cautiva y condenar a la controversia a la crítica. Al principio me recordó el chusco episodio de los hilitos de plastilina, pero luego temblé al recordar que si estos tipos fueron capaces de mentir sobre el dolor de las familias que perdieron a alguien en los atentados de Atocha, cómo no serían capaces de trapacear sobre algo en comparación menos dramático como un rescate financiero.
El fracaso político se divulga mucho mejor en domingo y cuando tienes a todo el país pendiente del fútbol. El presidente se fue a Polonia a sabiendas de que en España estaba todo resuelto. Y no le faltó razón. Solo que lo que él zanja como resuelto no es lo que creemos quienes le escuchamos. Resuelto está el diseño de la mentira que envolverá el resultado del fracaso de su gestión. Los artesanos del engaño a sueldo del PP ya tienen preparada la doctrina que se encargarán de predicar los lacayos autonómicos, divulgar los esbirros a sueldo en los medios de comunicación afines y acatar la legión de crédulos fanáticos que habrán de asentarla como axioma sin atisbo de enmienda. "Un préstamo es, no un rescate", es el lema. Y quien ose cuestionarlo será blasfemo y poco patriota. Las mentiras se alimentan con la credulidad del ingenuo y del oportunista. Y en España, por desgracia, abundan.
¿Cuantas mentiras más harán falta para que la oposición política salga de su letargo, o esas masas indignadas desafíen de nuevo a la autoridad con sus cánticos mudos en las plazas públicas? Esa es una pregunta que me hago insistentemente y no hallo respuesta. Puede ser que socialistas y comunistas carezcan de los vatios de sonido que amplificaron la protesta derechista cuando gobernaba Zapatero, o también que adolezcan del ímpetu que proporcionan los argumentos, o que sencillamente sean pocos los focos mediáticos que iluminan sus críticas, o que no sepan ni siquiera qué hacer ante el entusiasmo de los fieles del PP y la indolencia del resto de la sociedad.
Sea como sea, resulta ofensivo contemplar la actitud de un líder socialista que no parece haber encontrado aún su lugar en la actual escena política. Aferrado a una confusa dialéctica cargada de lugares comunes, no se percibe en su discurso ni un atisbo de esa pedagogía tan necesaria para mostrar a la ciudadanía el error ajeno, ni la contundencia con la que debería impulsar sus críticas, sino más bien al contrario una irritante condescendencia que a veces parece complicidad. Parece que no se ha dado cuenta aún de que no hay nada que construir con la derecha; de que sus opiniones son irrelevantes y corre el peligro de convertirse en un cándido útil para los fines del PP. Es mucho lo que se juega este país como para que la única alternativa plausible a este gobierno de embusteros adopte la actitud de Don Tancredo. No se trata ni mucho menos de imitar la inopinada rabia aniquiladora de la derecha en sus años de oposición, pero sí se echa de menos algo más de entusiasmo en la denuncia y claridad en las propuestas alternativas, pues aún no conocemos cuáles son las recetas del PSOE para salir de esta crisis más allá de la tibia declaración de intenciones que constituyó el último y fracasado programa electoral. Es hora ya de que el PSOE supere sus complejos y haga frente al proceso emprendido por la derecha para instaurar en España una versión moderna del despotismo.
Ofendidos o no, somos muchos los que creemos que se avecinan tiempos oscuros para el país si nadie es capaz de amortiguar la irrefrenable caída de la sociedad en la apatía y el desengaño.
Claro que se puede optar por permanecer al otro lado del espejo y contemplar con indolencia cómo se expolia el país de las maravillas, maldiciendo la hora en que decidimos abrirles la puerta a sus habitantes con esos votos que nos hurtaron con falsas promesas y mucha condescendencia. Sabedores de nuestro error, las mentiras, las ineptitudes, los silencios y la soberbia con que hoy nos devuelven la confianza obtenida se convierten en lacerantes ofensas que nos irritan por saber que ya no hay más remedio que soportarlas y, sobre todo, porque nos las merecemos a causa de nuestra candidez. Y mientras tendremos que seguir pagando la factura del dispendio de nuestros políticos y sus ahijados.
Es cierto que muchos ni se enteran o prefieren no enterarse de que les están ofendiendo. Al fin y al cabo el ensimismamiento en sus problemas les permite vivir a oscuras y quizás así sean más felices. Un día llegan al mercado y se encuentran con que los precios han subido, pero como tienen que comer compran menos y pagan lo que se les pida; otro día llega cualquier recibo de cualquier tasa, impuesto o deuda contraída y aunque comprueban con disgusto que ha subido la cuota, lo pagan y a otra cosa; si para operarse de un juanete han de esperar una eternidad y el amiguete de turno no les puede colar, pues pagan al médico que les atiende en el consultorio y se operan en su clínica; si para no obligar a sus hijos a compartir aula con moros o negratas es preciso pagar para mandarlos a un colegio concertado -aunque sea religioso y no se crea en dios-, se paga y tan contentos; si a primeros de mes ven que ganan cien euros menos y ya no hay forma de negociar con el patrón para mejorar las condiciones de trabajo ni caer enfermos, no pasa nada, se anulan determinados gastos o se aprovisionan de aspirinas y en paz, no sea que por quejarse terminen perdiendo el empleo y se depriman como el vecino de enfrente que se tiró treinta años currando como un cabrón, lleva en el paro tres años y no hay nadie que le quiera contratar porque ya está viejo y tiene demasiada experiencia. Y así hasta conseguir una sociedad domesticada por la amenaza y sometida a una tenaz redención por los pecados cometidos en el pasado; claro que nadie les advirtió entonces que comprar un coche nuevo o marchar de viaje al Caribe estaba por encima de sus posibilidades. ¿Ofendidos? Para nada. En todo caso resignados e indulgentes con quienes les imponen unos sacrificios que a ellos no les incumben.
En este escenario no es extraño asistir a grandiosas representaciones de la ofensa. Cuando antes de ir al fútbol a costa del erario público, el presidente del Gobierno compareció para comunicar sus impresiones acerca del rescate solicitado a la Unión Europea, sólo los ofendidos parecieron interesarse por qué diría y cómo. Sabedor de que su audiencia no era especialmente crítica, el sujeto se mostró radiante y desenfadado, como esos hipotecados primerizos que muestran su júbilo por haber conseguido el dinero necesario para comprar su primera vivienda sin pensar en las obligaciones contraídas ni en lo que ellas supondrán para su estabilidad financiera futura. Nunca antes había escuchado a alguien engañar con tanto desparpajo. Sabedor de que sus huestes de fieles y esbirros mediáticos estarían preparando la interpretación adecuada de sus palabras, para intoxicar a la opinión pública cautiva y condenar a la controversia a la crítica. Al principio me recordó el chusco episodio de los hilitos de plastilina, pero luego temblé al recordar que si estos tipos fueron capaces de mentir sobre el dolor de las familias que perdieron a alguien en los atentados de Atocha, cómo no serían capaces de trapacear sobre algo en comparación menos dramático como un rescate financiero.
El fracaso político se divulga mucho mejor en domingo y cuando tienes a todo el país pendiente del fútbol. El presidente se fue a Polonia a sabiendas de que en España estaba todo resuelto. Y no le faltó razón. Solo que lo que él zanja como resuelto no es lo que creemos quienes le escuchamos. Resuelto está el diseño de la mentira que envolverá el resultado del fracaso de su gestión. Los artesanos del engaño a sueldo del PP ya tienen preparada la doctrina que se encargarán de predicar los lacayos autonómicos, divulgar los esbirros a sueldo en los medios de comunicación afines y acatar la legión de crédulos fanáticos que habrán de asentarla como axioma sin atisbo de enmienda. "Un préstamo es, no un rescate", es el lema. Y quien ose cuestionarlo será blasfemo y poco patriota. Las mentiras se alimentan con la credulidad del ingenuo y del oportunista. Y en España, por desgracia, abundan.
¿Cuantas mentiras más harán falta para que la oposición política salga de su letargo, o esas masas indignadas desafíen de nuevo a la autoridad con sus cánticos mudos en las plazas públicas? Esa es una pregunta que me hago insistentemente y no hallo respuesta. Puede ser que socialistas y comunistas carezcan de los vatios de sonido que amplificaron la protesta derechista cuando gobernaba Zapatero, o también que adolezcan del ímpetu que proporcionan los argumentos, o que sencillamente sean pocos los focos mediáticos que iluminan sus críticas, o que no sepan ni siquiera qué hacer ante el entusiasmo de los fieles del PP y la indolencia del resto de la sociedad.
Sea como sea, resulta ofensivo contemplar la actitud de un líder socialista que no parece haber encontrado aún su lugar en la actual escena política. Aferrado a una confusa dialéctica cargada de lugares comunes, no se percibe en su discurso ni un atisbo de esa pedagogía tan necesaria para mostrar a la ciudadanía el error ajeno, ni la contundencia con la que debería impulsar sus críticas, sino más bien al contrario una irritante condescendencia que a veces parece complicidad. Parece que no se ha dado cuenta aún de que no hay nada que construir con la derecha; de que sus opiniones son irrelevantes y corre el peligro de convertirse en un cándido útil para los fines del PP. Es mucho lo que se juega este país como para que la única alternativa plausible a este gobierno de embusteros adopte la actitud de Don Tancredo. No se trata ni mucho menos de imitar la inopinada rabia aniquiladora de la derecha en sus años de oposición, pero sí se echa de menos algo más de entusiasmo en la denuncia y claridad en las propuestas alternativas, pues aún no conocemos cuáles son las recetas del PSOE para salir de esta crisis más allá de la tibia declaración de intenciones que constituyó el último y fracasado programa electoral. Es hora ya de que el PSOE supere sus complejos y haga frente al proceso emprendido por la derecha para instaurar en España una versión moderna del despotismo.
Ofendidos o no, somos muchos los que creemos que se avecinan tiempos oscuros para el país si nadie es capaz de amortiguar la irrefrenable caída de la sociedad en la apatía y el desengaño.
domingo, 10 de junio de 2012
El fracaso de un país
Llamadlo como gustéis: rescate, préstamo, ayuda, donación o limosna, pero lo sucedido ayer representa el fracaso de un país. Cuando alguien es incapaz de solventar por sus propios medios un problema y pide ayuda, está reconociendo explícitamente su impotencia y la ineficacia de sus métodos. En esas circunstancias se impone un ejercicio de humildad, que no de sometimiento, y el reconocimiento del error o errores cometidos; sólo así y haciendo propósito de enmienda es posible conservar la dignidad y, si acaso, afrontar con entereza las consecuencias que acarreará esa resignación. Ocultar la realidad o manipularla al antojo de intereses propios no es más que abonar la confusión y ofender a quienes, en definitiva, vamos a terminar pagando los desperfectos.
Que España iba a necesitar ayuda extranjera era algo que se sabía desde hace mucho tiempo, incluso antes de que la derecha obtuviera el poder ansiado durante ocho años. Era cuestión de tiempo y oportunidad, ya que el peso de la economía española obligaba a las instituciones europeas a modular con destreza el procedimiento de rescate. Afortunadamente, y a diferencia de los casos de Portugal, Irlanda o Grecia en donde el mal había contaminado las estructuras básicas de la economía, en España el foco estaba bien localizado en el poder financiero y de ahí que Bruselas haya podido diseñar un nuevo modelo de rescate más discrecional y aparentemente menos invasivo para los intereses generales que los aplicados en los otros países. Sin embargo, están por ver las condiciones que conlleva tal desembolso y su efecto directo sobre la gestión presupuestaria, o lo que es lo mismo qué importe de la factura nos tocará pagar a los ciudadanos.
Es cierto que, a estas alturas, un sacrificio más o menos empieza a resultar irrelevante en su fase de anuncio puesto que sus efectos no se sentirán hasta su plena aplicación; y para eso aún faltan algunos meses. Quizás en ese momento, muchos caigan en la cuenta de las dificultades que habrán de sufrir aunque el tradicional conservadurismo de la sociedad española permita a los gobernantes salvar el escollo del descontento, y aferrarse a un poder cada vez más resbaladizo. Al fin y al cabo, el partido en el poder goza de un respaldo parlamentario e institucional lo suficientemente sólido como para esquivar la rabia social y, con más de tres años por delante, creerá que es más que probable que los ánimos se serenen más por agotamiento o impotencia que por aceptación, siempre que se sepa administrar bien la ayuda obtenida y reporte algún resultado favorable a corto plazo. El problema es que no será así.
Lo más triste en este relato no es que España haya tenido que capitular y dejarse intervenir por la Unión Europea, sino que ha sido el penoso corolario de un proceso caracterizado por la ineptitud y las mentiras en el que tanto la sociedad como sus instituciones públicas y privadas han sido protagonistas.
Los políticos han antepuesto sus intereses partidistas embaucando tenazmente a toda una ciudadanía que, por su parte, se ha dejado engañar creyendo quizás que esta crisis no era más que un pequeño desperfecto en la máquina debido a su excesivo uso y esperando que una vez reparado volvería a caer en ese plácido sueño de riqueza. Sin embargo, la obstinada realidad demostró que la máquina no estaba averiada sino definitivamente inservible, y que los que debían arreglarla no tenían ni la menor idea de hacerlo. El anterior gobierno quiso enmascarar la gravedad de la rotura negándola y, cuando ya no pudo ocultarlo más, intentando remedios ineficaces y en ocasiones pueriles; enfrente, otros se arrogaban la posesión del remedio infalible y pidieron una oportunidad despreciando a los que intentaban repararla en vez de ofrecer sus conocimientos y herramientas. Consiguieron esa confianza y hoy demuestran que ni entonces sabían como arreglarla ni hoy lo saben. Y como no parece quedar otra solución que cambiarla, piden ayuda para comprar una nueva. La cuestión es si acertarán con el modelo y si éste funcionará adecuadamente para cubrir las necesidades reales del país. Me temo que no.
Y lo creo así porque el Gobierno -y su esquivo presidente- sigue engañando a la opinión pública, y lo hacen con esa suficiencia de quien se sabe respaldado por una horda de fanáticos, una sociedad entumecida y demasiado crédula, y además carece de rivales políticos e institucionales. Un paraíso donde crece la arrogancia, el despotismo y la falacia. La derecha sabe que en un país silenciado por el miedo y la burda propaganda, se acepta la engañifa como mal menor siempre que quede a salvo una mayoría adecuada de ingenuos con poder adquisitivo y se alimente regularmente a quienes gozan de riqueza y poder social.
Resulta ofensivo contemplar a todo un presidente del Gobierno alimentar la trágica pantomima con un ejercicio de orgullo patrio arrogándose el mérito de la atención europea e intentando ofrecer una imagen de normalidad yéndose al fútbol porque, según dijo, "todo está resuelto". ¿Cabe más desfachatez? Pues sí. Aferrado a la nomenclatura marcial que caracteriza el discurso de la derecha, el señor presidente niega la evidencia maquillando el fracaso de su gestión con la afirmación de que el dinero que ha pedido a la Unión Europea no es más que un préstamo que servirá para que los bancos españoles empiecen a repartirlo entre los agobiados empresarios, para que éstos inviertan en sus negocios y, como por ensalmo, empiecen a contratar gente a mansalva. Una de dos: o este señor es imbécil sin remedio o el personaje más irresponsable, ruin y embustero que se ha conocido en España desde los tiempos de Viriato.
En primer lugar, este no es un crédito privado sino público: los estados europeos prestan al Estado español unas cantidades para un fin concreto, afrontar con garantías la reforma financiera nacional. Por eso, es el Estado español el que deberá devolver ese dinero cuando toque más un 3% de interés. Es decir, que si hasta ahora era el BCE el que prestaba directamente a los bancos o compraba bonos soberanos para aliviar la presión de los especuladores, ahora es el Estado el que se hace responsable de esos créditos y deberá responder de ellos con sus recursos. Si eso no es condicionar el funcionamiento de la macroeconomía española, que venga Friedmann y nos lo explique.
El crédito se liberará a plazos y aún no se sabe cómo el Gobierno español distribuirá el dinero que reciba y en qué condiciones lo entregará a los bancos necesitados. Es más, tampoco sabemos cual es el estado real del sistema financiero español hasta que los auditores emitan su dictamen, por lo que es muy probable que nos encontremos con nuevas y desagradables sorpresas en breve. Después habrá que saber qué habrán de hacer los bancos que reciban este dinero PÚBLICO -puesto que desde el momento en que el crédito se endosa al Estado, es el erario público el que responde de su gestión y devolución-, qué contrapartidas deberán aceptar y cómo lo devolverán, si es que lo devuelven, y en qué plazo. Mal negocio sería si el Estado recibiera el dinero en préstamo y lo repartiera como ayudas a fondo perdido.
La Unión Europea ha dejado muy claro que vigilará la gestión de ese préstamo. Entonces cabe preguntarse si el dinero se destina a aliviar la presión del enorme pasivo de las entidades bancarias y sanear sus cuentas, cuánto quedará para estimular el crédito a particulares y empresas. Es lógico pensar que si el deterioro del sistema financiero se debe en buena medida a la alocada gestión crediticia durante los años de frenesí inmobiliario, ahora se establezcan rígidos controles en ese ámbito a fin de que no se asuman nuevos riesgos. Ese criterio obligaría a una supervisión mucho más estricta de la viabilidad de los créditos que se estudien y, por tanto, apenas variaría la actual situación determinada por la solvencia de quien los solicita como requisito indispensable para su obtención. Es una falacia asegurar que con la llegada de dinero fresco a las arcas de los bancos se estimulará el crédito, sin aclarar que los mismos sólo llegarán a quienes puedan garantizar su devolución y asumir los altos intereses que a buen seguro se impondrán para rentabilizar esas operaciones. A buen seguro, transcurrirá mucho tiempo antes de que los bancos se atrevan a asumir determinados riesgos y, por lo tanto, que nadie espere un festival crediticio a corto plazo. Así pues, miente el presidente cuando anuncia que este dinero servirá para la reactivación económica del país, pues sólo recibirá dinero quien lo pueda devolver. Como hasta ahora.
Tampoco está claro si a los bancos que reciban dinero de estos préstamos se les permitirá negociar con él en el mercado. Paralizado como está el crédito interbancario por la escasa fiabilidad de las entidades financieras españolas -con calificaciones miserables-, con unos inversores poco dados ya a aventuras que no les reporten beneficios rápidos y cuantiosos, y con unos ciudadanos más inclinados a guardar el dinero bajo el colchón que a dejarse embriagar con productos financieros poco creíbles dados los fiascos de los últimos años, poco margen de maniobra les quedará a los bancos españoles para jugar al monopoly con el dinero que reciban y, desde luego, sería imprudente que no se supervisará al detalle cualquier producto que se pusiera en el mercado para evitar malas prácticas o estafas.
También habría que saber si quienes han sido los responsables de que España se endeude con toda Europa rendirán cuentas y pagarán por sus errores, o si la derecha utilizará ese viejo y burdo recurso del patriotismo para enmascarar tanto fraude. Sería deseable que uno de los aspectos a vigilar por quienes les han rescatado de la hecatombe sea precisamente la aptitud y honradez de quienes habrán de gestionar el dinero prestado, evitando esa complicidad tóxica entre política y poder financiero que ha sido el origen de este desastre. No pueden ser sólo esos ejecutivos prescindibles, ni menos aún los trabajadores de las entidades financieras, los que paguen la factura con despidos y depuraciones; hay que buscar en las plantas nobles de los bancos y cajas a esos esbirros del poder político que las han arruinado mientras se llenaban los bolsillos con suculentos sueldos y pensiones. Sólo así se recuperará la credibilidad, aunque me temo que los políticos no estén dispuestos a desprenderse de tan jugosa presa y, mutatis mutandi, intenten conservar el control financiero para sus delirios de grandeza.
Es cierto que con esta intervención extranjera de la soberanía española habrá mucho más control de nuestra política económica -y sacrificios-, por mucho que ese falaz y arrogante presidente del Gobierno asegure que no será así. Quizás así deban asumir las imprescindibles políticas de estímulo presupuestario que ya se están auspiciando desde Francia y Estados Unidos, y atempere ese expolio de los servicios públicos que iniciaron nada más lograr el poder. Sería incongruente que nuestros prestamistas aboguen en Bruselas por la inversión pública y los sufridos prestatarios se empeñen en vender al capital privado todo lo que puedan. Si esta intervención contribuye a detener ese festín de fieras depredadoras, bienvenida sea. Es preferible pagar más impuestos para que se estimule la inversión pública que pagarles a los amiguetes de poder las tarifas que les parezca por servicios que ya se supone que financiamos con nuestro sacrificio.
Por todo ello, este rescate no es ni por asomo la panacea para los problemas económicos de España. Por eso no está todo resuelto, señor prsidente. Ni mucho menos. Todo está por resolver, y ahora tendremos que soportar ya no sólo la despiadada presión de las políticas restrictivas del Gobierno de la derecha sino también la de unos prestamistas que querrán saber qué hacemos con su dinero. Miente una vez más el individuo que nos gobierna cuando asegura que sus reformas van por el buen camino. No es así, y la prueba es que la economía española se deteriora cada vez más y las previsiones no son nada alagüeñas.
Señores políticos: han fracasado. Ejerzan su orgullo en asumir su derrota. Sean dignos por una vez.
Demasiada desgracia para tanta mentira y arrogancia. En los otros países rescatados, los gobernantes al menos fueron capaces de reconocer sus errores y marcharse, pero aquí se prefiere enmascarar la realidad con arrebatos de orgullo patriotero y estupideces. Esta gentuza fue incapaz de aunar esfuerzos cuando aún estaban a tiempo de hacer frente a la crisis económica, y prefirieron unos atrincherarse en sus ingenuidades y los otros desprestigiar al gobierno dentro y fuera del país. Ahora comprobamos, sumidos en el terror, que ni unos ni otros son capaces de resolver el problema ensimismados como están en conservar sus opciones de poder. Repugna esa frivolidad de la clase política en un momento en el que los depredadores sangran a toda una sociedad.
Pero la pregunta que me hago es: ¿Y qué quiere esa sociedad?
Que España iba a necesitar ayuda extranjera era algo que se sabía desde hace mucho tiempo, incluso antes de que la derecha obtuviera el poder ansiado durante ocho años. Era cuestión de tiempo y oportunidad, ya que el peso de la economía española obligaba a las instituciones europeas a modular con destreza el procedimiento de rescate. Afortunadamente, y a diferencia de los casos de Portugal, Irlanda o Grecia en donde el mal había contaminado las estructuras básicas de la economía, en España el foco estaba bien localizado en el poder financiero y de ahí que Bruselas haya podido diseñar un nuevo modelo de rescate más discrecional y aparentemente menos invasivo para los intereses generales que los aplicados en los otros países. Sin embargo, están por ver las condiciones que conlleva tal desembolso y su efecto directo sobre la gestión presupuestaria, o lo que es lo mismo qué importe de la factura nos tocará pagar a los ciudadanos.
Es cierto que, a estas alturas, un sacrificio más o menos empieza a resultar irrelevante en su fase de anuncio puesto que sus efectos no se sentirán hasta su plena aplicación; y para eso aún faltan algunos meses. Quizás en ese momento, muchos caigan en la cuenta de las dificultades que habrán de sufrir aunque el tradicional conservadurismo de la sociedad española permita a los gobernantes salvar el escollo del descontento, y aferrarse a un poder cada vez más resbaladizo. Al fin y al cabo, el partido en el poder goza de un respaldo parlamentario e institucional lo suficientemente sólido como para esquivar la rabia social y, con más de tres años por delante, creerá que es más que probable que los ánimos se serenen más por agotamiento o impotencia que por aceptación, siempre que se sepa administrar bien la ayuda obtenida y reporte algún resultado favorable a corto plazo. El problema es que no será así.
Lo más triste en este relato no es que España haya tenido que capitular y dejarse intervenir por la Unión Europea, sino que ha sido el penoso corolario de un proceso caracterizado por la ineptitud y las mentiras en el que tanto la sociedad como sus instituciones públicas y privadas han sido protagonistas.
Los políticos han antepuesto sus intereses partidistas embaucando tenazmente a toda una ciudadanía que, por su parte, se ha dejado engañar creyendo quizás que esta crisis no era más que un pequeño desperfecto en la máquina debido a su excesivo uso y esperando que una vez reparado volvería a caer en ese plácido sueño de riqueza. Sin embargo, la obstinada realidad demostró que la máquina no estaba averiada sino definitivamente inservible, y que los que debían arreglarla no tenían ni la menor idea de hacerlo. El anterior gobierno quiso enmascarar la gravedad de la rotura negándola y, cuando ya no pudo ocultarlo más, intentando remedios ineficaces y en ocasiones pueriles; enfrente, otros se arrogaban la posesión del remedio infalible y pidieron una oportunidad despreciando a los que intentaban repararla en vez de ofrecer sus conocimientos y herramientas. Consiguieron esa confianza y hoy demuestran que ni entonces sabían como arreglarla ni hoy lo saben. Y como no parece quedar otra solución que cambiarla, piden ayuda para comprar una nueva. La cuestión es si acertarán con el modelo y si éste funcionará adecuadamente para cubrir las necesidades reales del país. Me temo que no.
Y lo creo así porque el Gobierno -y su esquivo presidente- sigue engañando a la opinión pública, y lo hacen con esa suficiencia de quien se sabe respaldado por una horda de fanáticos, una sociedad entumecida y demasiado crédula, y además carece de rivales políticos e institucionales. Un paraíso donde crece la arrogancia, el despotismo y la falacia. La derecha sabe que en un país silenciado por el miedo y la burda propaganda, se acepta la engañifa como mal menor siempre que quede a salvo una mayoría adecuada de ingenuos con poder adquisitivo y se alimente regularmente a quienes gozan de riqueza y poder social.
Resulta ofensivo contemplar a todo un presidente del Gobierno alimentar la trágica pantomima con un ejercicio de orgullo patrio arrogándose el mérito de la atención europea e intentando ofrecer una imagen de normalidad yéndose al fútbol porque, según dijo, "todo está resuelto". ¿Cabe más desfachatez? Pues sí. Aferrado a la nomenclatura marcial que caracteriza el discurso de la derecha, el señor presidente niega la evidencia maquillando el fracaso de su gestión con la afirmación de que el dinero que ha pedido a la Unión Europea no es más que un préstamo que servirá para que los bancos españoles empiecen a repartirlo entre los agobiados empresarios, para que éstos inviertan en sus negocios y, como por ensalmo, empiecen a contratar gente a mansalva. Una de dos: o este señor es imbécil sin remedio o el personaje más irresponsable, ruin y embustero que se ha conocido en España desde los tiempos de Viriato.
En primer lugar, este no es un crédito privado sino público: los estados europeos prestan al Estado español unas cantidades para un fin concreto, afrontar con garantías la reforma financiera nacional. Por eso, es el Estado español el que deberá devolver ese dinero cuando toque más un 3% de interés. Es decir, que si hasta ahora era el BCE el que prestaba directamente a los bancos o compraba bonos soberanos para aliviar la presión de los especuladores, ahora es el Estado el que se hace responsable de esos créditos y deberá responder de ellos con sus recursos. Si eso no es condicionar el funcionamiento de la macroeconomía española, que venga Friedmann y nos lo explique.
El crédito se liberará a plazos y aún no se sabe cómo el Gobierno español distribuirá el dinero que reciba y en qué condiciones lo entregará a los bancos necesitados. Es más, tampoco sabemos cual es el estado real del sistema financiero español hasta que los auditores emitan su dictamen, por lo que es muy probable que nos encontremos con nuevas y desagradables sorpresas en breve. Después habrá que saber qué habrán de hacer los bancos que reciban este dinero PÚBLICO -puesto que desde el momento en que el crédito se endosa al Estado, es el erario público el que responde de su gestión y devolución-, qué contrapartidas deberán aceptar y cómo lo devolverán, si es que lo devuelven, y en qué plazo. Mal negocio sería si el Estado recibiera el dinero en préstamo y lo repartiera como ayudas a fondo perdido.
La Unión Europea ha dejado muy claro que vigilará la gestión de ese préstamo. Entonces cabe preguntarse si el dinero se destina a aliviar la presión del enorme pasivo de las entidades bancarias y sanear sus cuentas, cuánto quedará para estimular el crédito a particulares y empresas. Es lógico pensar que si el deterioro del sistema financiero se debe en buena medida a la alocada gestión crediticia durante los años de frenesí inmobiliario, ahora se establezcan rígidos controles en ese ámbito a fin de que no se asuman nuevos riesgos. Ese criterio obligaría a una supervisión mucho más estricta de la viabilidad de los créditos que se estudien y, por tanto, apenas variaría la actual situación determinada por la solvencia de quien los solicita como requisito indispensable para su obtención. Es una falacia asegurar que con la llegada de dinero fresco a las arcas de los bancos se estimulará el crédito, sin aclarar que los mismos sólo llegarán a quienes puedan garantizar su devolución y asumir los altos intereses que a buen seguro se impondrán para rentabilizar esas operaciones. A buen seguro, transcurrirá mucho tiempo antes de que los bancos se atrevan a asumir determinados riesgos y, por lo tanto, que nadie espere un festival crediticio a corto plazo. Así pues, miente el presidente cuando anuncia que este dinero servirá para la reactivación económica del país, pues sólo recibirá dinero quien lo pueda devolver. Como hasta ahora.
Tampoco está claro si a los bancos que reciban dinero de estos préstamos se les permitirá negociar con él en el mercado. Paralizado como está el crédito interbancario por la escasa fiabilidad de las entidades financieras españolas -con calificaciones miserables-, con unos inversores poco dados ya a aventuras que no les reporten beneficios rápidos y cuantiosos, y con unos ciudadanos más inclinados a guardar el dinero bajo el colchón que a dejarse embriagar con productos financieros poco creíbles dados los fiascos de los últimos años, poco margen de maniobra les quedará a los bancos españoles para jugar al monopoly con el dinero que reciban y, desde luego, sería imprudente que no se supervisará al detalle cualquier producto que se pusiera en el mercado para evitar malas prácticas o estafas.
También habría que saber si quienes han sido los responsables de que España se endeude con toda Europa rendirán cuentas y pagarán por sus errores, o si la derecha utilizará ese viejo y burdo recurso del patriotismo para enmascarar tanto fraude. Sería deseable que uno de los aspectos a vigilar por quienes les han rescatado de la hecatombe sea precisamente la aptitud y honradez de quienes habrán de gestionar el dinero prestado, evitando esa complicidad tóxica entre política y poder financiero que ha sido el origen de este desastre. No pueden ser sólo esos ejecutivos prescindibles, ni menos aún los trabajadores de las entidades financieras, los que paguen la factura con despidos y depuraciones; hay que buscar en las plantas nobles de los bancos y cajas a esos esbirros del poder político que las han arruinado mientras se llenaban los bolsillos con suculentos sueldos y pensiones. Sólo así se recuperará la credibilidad, aunque me temo que los políticos no estén dispuestos a desprenderse de tan jugosa presa y, mutatis mutandi, intenten conservar el control financiero para sus delirios de grandeza.
Es cierto que con esta intervención extranjera de la soberanía española habrá mucho más control de nuestra política económica -y sacrificios-, por mucho que ese falaz y arrogante presidente del Gobierno asegure que no será así. Quizás así deban asumir las imprescindibles políticas de estímulo presupuestario que ya se están auspiciando desde Francia y Estados Unidos, y atempere ese expolio de los servicios públicos que iniciaron nada más lograr el poder. Sería incongruente que nuestros prestamistas aboguen en Bruselas por la inversión pública y los sufridos prestatarios se empeñen en vender al capital privado todo lo que puedan. Si esta intervención contribuye a detener ese festín de fieras depredadoras, bienvenida sea. Es preferible pagar más impuestos para que se estimule la inversión pública que pagarles a los amiguetes de poder las tarifas que les parezca por servicios que ya se supone que financiamos con nuestro sacrificio.
Por todo ello, este rescate no es ni por asomo la panacea para los problemas económicos de España. Por eso no está todo resuelto, señor prsidente. Ni mucho menos. Todo está por resolver, y ahora tendremos que soportar ya no sólo la despiadada presión de las políticas restrictivas del Gobierno de la derecha sino también la de unos prestamistas que querrán saber qué hacemos con su dinero. Miente una vez más el individuo que nos gobierna cuando asegura que sus reformas van por el buen camino. No es así, y la prueba es que la economía española se deteriora cada vez más y las previsiones no son nada alagüeñas.
Señores políticos: han fracasado. Ejerzan su orgullo en asumir su derrota. Sean dignos por una vez.
Demasiada desgracia para tanta mentira y arrogancia. En los otros países rescatados, los gobernantes al menos fueron capaces de reconocer sus errores y marcharse, pero aquí se prefiere enmascarar la realidad con arrebatos de orgullo patriotero y estupideces. Esta gentuza fue incapaz de aunar esfuerzos cuando aún estaban a tiempo de hacer frente a la crisis económica, y prefirieron unos atrincherarse en sus ingenuidades y los otros desprestigiar al gobierno dentro y fuera del país. Ahora comprobamos, sumidos en el terror, que ni unos ni otros son capaces de resolver el problema ensimismados como están en conservar sus opciones de poder. Repugna esa frivolidad de la clase política en un momento en el que los depredadores sangran a toda una sociedad.
Pero la pregunta que me hago es: ¿Y qué quiere esa sociedad?
viernes, 8 de junio de 2012
Alegorías cotidianas
Esta mañana he ido a una estafeta de correos que se encuentra en unos grandes almacenes. Suele haber dos empleados atendiendo a la clientela, pero hoy sólo había uno y la cola era considerable. Un tipo, quien quizás no había enviado jamás una carta que requiriera más que el preceptivo sello, se afanaba en rellenar unos impresos mientras el funcionario pasaba el rato atareado con no sé qué tarea en su ordenador. El tiempo pasaba y la cola seguía creciendo. De repente aparece una señora de esas que usan el lamento con habilidad pasmosa y pregunta si para poner un sello había que guardar semejante cola; ante el silencio de los presentes, la mujer se adelanta hasta el mostrador y, quizás por estar aburrido o por pura inercia -no contemplo la malevolencia-, el funcionario la atiende servicial ante la pasividad de los que esperan. La señora, ufana, se marcha sin agradecer la incomprensible amabilidad. Al pasar por mi lado, le reprocho que se haya colado, pero sólo recibo una mirada de desprecio. Asqueado, me marcho.
Luego pensé en que había asistido una de esas alegorías que fabrica lo cotidiano. Un servicio mermado que provoca un perjuicio a unos clientes que contemplan impasibles como un semejante hace trampas para conseguir lo que los demás pretenden de buena lid. Y concluyo que en este pobre país sólo hay una alternativa si se aspira a un buen servicio: o tomar el atajo fraudulento o pagar.
Los españoles ya están acostumbrados a pagar por obtener aquello que les corresponde por derecho, y por eso no es extraño que a muchos no les escandalice que esa opción se convierta en norma. Y todo ante el silencio indolente o cómplice de quienes han aceptado el fraude como una vía idónea para acceder a lo que consideran propio aun siendo de todos.
Luego pensé en que había asistido una de esas alegorías que fabrica lo cotidiano. Un servicio mermado que provoca un perjuicio a unos clientes que contemplan impasibles como un semejante hace trampas para conseguir lo que los demás pretenden de buena lid. Y concluyo que en este pobre país sólo hay una alternativa si se aspira a un buen servicio: o tomar el atajo fraudulento o pagar.
Los españoles ya están acostumbrados a pagar por obtener aquello que les corresponde por derecho, y por eso no es extraño que a muchos no les escandalice que esa opción se convierta en norma. Y todo ante el silencio indolente o cómplice de quienes han aceptado el fraude como una vía idónea para acceder a lo que consideran propio aun siendo de todos.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Mañana iré a trabajar
He decidido no secundar la huelga general. No porque me hayan coaccionado o por perder el poco dinero que dejaría de cobrar, ni mucho menos, sino por propia voluntad. Por una convicción que a lo largo de muchos años he ido alimentando a base de contemplar tanta falsedad y oportunismo.
A mí, como a muchos españoles, no me gusta la reforma laboral que nos ha impuesto el Gobierno. La he criticado y la criticaré con todas mis fuerzas como bien he demostrado y demostraré mi rechazo a las políticas capitalistas deshumanizadas en general, y a las de esta derecha española atrasada, puritana, golfa, elitista, ignorante, insidiosa, miserable, cateta y arrogante en particular, tanto por escrito como a viva voz. Ese desprecio lo demuestro cuando toca en las urnas y cada día con mis ideas y razonamientos, y así lo seguiré haciendo mientras me quede aliento.
Por eso no necesito sumarme a ninguna protesta puntual convocada por unos sindicatos que no han sido precisamente víctimas en esta tragedia que sufrimos los españoles, sino que como el vulgar Tartufo han querido adorar a dios y al demonio para mantener unos privilegios logrados a costa de la credulidad de muchos trabajadores.
Ellos, sus dirigentes, son también responsables de que hoy la derecha haya logrado un poder insólito en el país. Pues con sus invectivas constantes a la gestión de los socialistas alimentaron un estado de ánimo entre sus bases que luego se reveló en el mayor castigo electoral recibido por un partido en democracia.
¿Era la mala gestión de un presidente motivo suficiente como para ensuciar la sustancia del sindicalismo, y favorecer el asalto de la derecha al poder?
¿No sabían que un gobierno de derechas iba a acometer medidas adecuadas a sus intereses, que no son los de la clase trabajadora?
¿Tanta independencia debían demostrar que olvidaron por completo que son sindicatos de clase y sirven a una ideología que no es ni mucho menos la que representa el PP?
Parece que en UGT y CCOO han olvidado su condición de sindicatos de clase. ¡De clase! Y que su obligación es defender el bienestar colectivo y no sólo de aquellos que pagan la cuota. Negar su apoyo a la izquierda es renunciar a su naturaleza, someterse a esa paz social pretendida por la derecha a base de prebendas y privilegios. Sin unos sindicatos militantes es imposible plantar cara al poder, y estos dirigentes despreciaron su historia y sus principios.
No oí a los dirigentes sindicales pedir el voto para los partidos que han representado tradicionalmente en ninguna de las elecciones del año pasado, ni siquiera cuando en las autonómicas y municipales ya se representó un ensayo general de lo que iba a suceder unos meses después. Ni siquiera fueron capaces de pedir públicamente y con el énfasis que les correspondería el voto para la izquierda, si es que no querían significarse con el PSOE o IU.
Y ahora, cuando ya no hay remedio, y lo que cualquiera con un mínimo de criterio podía prever el verano pasado empieza a suceder, piden al pueblo que se sume a ellos para redimir su ineptitud. ¿Para qué? Sé y sabe cualquiera que esta huelga general no servirá para nada, será un simple gesto de protesta que, como todas las anteriores, se diluirá en el oleaje del absolutismo legislativo. El viernes todo seguirá igual, o peor pues ese día conoceremos lo que este gobierno irresponsable nos ha ocultado para proteger sus opciones electorales en Andalucía: sabremos cual será el guión del drama y entonces sólo quedará aceptar o rebelarse de verdad.
Pero no es el fatalismo de la impotencia lo que me mueve a no secundar esta huelga, sino la certeza de que al final imperará la resignación. No la de los ciudadanos sino la de esos mismos dirigentes sindicales que convocan a los españoles a su espectáculo y luego se plegarán una vez más ante el poder, aceptarán las migajas del banquete y seguirán viviendo de las rentas, recordando de vez en cuando que hay unas gentes que sufren siempre que éstas hayan pagado la cuota.
Por supuesto, comprendo a quien acepte esta convocatoria pues tiene todo el derecho a elevar su protesta, pero igualmente deseo que ese ímpetu no sea producto de la credulidad y después sienta esa decepción por el esfuerzo malgastado. La exigencia ha de ser constante, intensa, consecuente y la misma debe ir en la misma medida hacia la clase política y la sindical. No podemos ser peleles en manos de esos privilegiados que no sufren los sacrificios que nos imponen.
Esta huelga general es otro ensalmo, otra entelequia insustancial más en un universo dividido en dos dimensiones: la de los elegidos y la de los electores. Los unos se sirven de los otros para preservar sus intereses y siempre pagan los mismos.
Cuando los sindicatos traspasen esa dimensión y regresen al mundo real, cuando sean capaces de defender su ideología frente a cualquier derecha, entonces iré a la huelga si es necesario. Mientras tanto seguiré luchando contra la hipocresía y el inmovilismo desde mi puesto de trabajo.
A mí, como a muchos españoles, no me gusta la reforma laboral que nos ha impuesto el Gobierno. La he criticado y la criticaré con todas mis fuerzas como bien he demostrado y demostraré mi rechazo a las políticas capitalistas deshumanizadas en general, y a las de esta derecha española atrasada, puritana, golfa, elitista, ignorante, insidiosa, miserable, cateta y arrogante en particular, tanto por escrito como a viva voz. Ese desprecio lo demuestro cuando toca en las urnas y cada día con mis ideas y razonamientos, y así lo seguiré haciendo mientras me quede aliento.
Por eso no necesito sumarme a ninguna protesta puntual convocada por unos sindicatos que no han sido precisamente víctimas en esta tragedia que sufrimos los españoles, sino que como el vulgar Tartufo han querido adorar a dios y al demonio para mantener unos privilegios logrados a costa de la credulidad de muchos trabajadores.
Ellos, sus dirigentes, son también responsables de que hoy la derecha haya logrado un poder insólito en el país. Pues con sus invectivas constantes a la gestión de los socialistas alimentaron un estado de ánimo entre sus bases que luego se reveló en el mayor castigo electoral recibido por un partido en democracia.
¿Era la mala gestión de un presidente motivo suficiente como para ensuciar la sustancia del sindicalismo, y favorecer el asalto de la derecha al poder?
¿No sabían que un gobierno de derechas iba a acometer medidas adecuadas a sus intereses, que no son los de la clase trabajadora?
¿Tanta independencia debían demostrar que olvidaron por completo que son sindicatos de clase y sirven a una ideología que no es ni mucho menos la que representa el PP?
Parece que en UGT y CCOO han olvidado su condición de sindicatos de clase. ¡De clase! Y que su obligación es defender el bienestar colectivo y no sólo de aquellos que pagan la cuota. Negar su apoyo a la izquierda es renunciar a su naturaleza, someterse a esa paz social pretendida por la derecha a base de prebendas y privilegios. Sin unos sindicatos militantes es imposible plantar cara al poder, y estos dirigentes despreciaron su historia y sus principios.
No oí a los dirigentes sindicales pedir el voto para los partidos que han representado tradicionalmente en ninguna de las elecciones del año pasado, ni siquiera cuando en las autonómicas y municipales ya se representó un ensayo general de lo que iba a suceder unos meses después. Ni siquiera fueron capaces de pedir públicamente y con el énfasis que les correspondería el voto para la izquierda, si es que no querían significarse con el PSOE o IU.
Y ahora, cuando ya no hay remedio, y lo que cualquiera con un mínimo de criterio podía prever el verano pasado empieza a suceder, piden al pueblo que se sume a ellos para redimir su ineptitud. ¿Para qué? Sé y sabe cualquiera que esta huelga general no servirá para nada, será un simple gesto de protesta que, como todas las anteriores, se diluirá en el oleaje del absolutismo legislativo. El viernes todo seguirá igual, o peor pues ese día conoceremos lo que este gobierno irresponsable nos ha ocultado para proteger sus opciones electorales en Andalucía: sabremos cual será el guión del drama y entonces sólo quedará aceptar o rebelarse de verdad.
Pero no es el fatalismo de la impotencia lo que me mueve a no secundar esta huelga, sino la certeza de que al final imperará la resignación. No la de los ciudadanos sino la de esos mismos dirigentes sindicales que convocan a los españoles a su espectáculo y luego se plegarán una vez más ante el poder, aceptarán las migajas del banquete y seguirán viviendo de las rentas, recordando de vez en cuando que hay unas gentes que sufren siempre que éstas hayan pagado la cuota.
Por supuesto, comprendo a quien acepte esta convocatoria pues tiene todo el derecho a elevar su protesta, pero igualmente deseo que ese ímpetu no sea producto de la credulidad y después sienta esa decepción por el esfuerzo malgastado. La exigencia ha de ser constante, intensa, consecuente y la misma debe ir en la misma medida hacia la clase política y la sindical. No podemos ser peleles en manos de esos privilegiados que no sufren los sacrificios que nos imponen.
Esta huelga general es otro ensalmo, otra entelequia insustancial más en un universo dividido en dos dimensiones: la de los elegidos y la de los electores. Los unos se sirven de los otros para preservar sus intereses y siempre pagan los mismos.
Cuando los sindicatos traspasen esa dimensión y regresen al mundo real, cuando sean capaces de defender su ideología frente a cualquier derecha, entonces iré a la huelga si es necesario. Mientras tanto seguiré luchando contra la hipocresía y el inmovilismo desde mi puesto de trabajo.
sábado, 11 de febrero de 2012
¡Es la derecha, ingenuos!
Quienes creyeran, allá por noviembre del año pasado, que castigando al PSOE y favoreciendo con ello el ascenso de la derecha al poder absoluto cumplían con el deber emocional de resarcir esa traición a los principios de la izquierda, como muchos quisieron interpretar las decisiones tomadas en su momento por el Gobierno de Zapatero ante el deterioro progresivo de la estabilidad socioeconómica del país, quizás hoy -sólo quizás- harían bien en recordar la vieja fábula del escorpión y la rana, y a continuación reconocer que con su decisión poco meditada han regalado España a una banda de ambiciosos que manejaron las emociones de la ciudadanía con una habilidad asombrosa, valiéndose de la insidia y el embuste sin pudor alguno hasta convencer al electorado no tanto de sus aptitudes para resolver los problemas como de la negligencia de los socialistas en ese empeño, embaucando de forma inmisericorde a una sociedad cuya perspectiva de la realidad había sido atrofiada por una estrategia informativa con la que la derecha supo presentarse como la única opción válida en un tiempo de incertidumbre.
Ahora, consumada la conjura en la que participaron todos los actores sociales de un país atribulado, se impone una realidad que en ningún momento se ocultó al criterio de aquellos observadores que se aún conservaban la capacidad de analizar la naturaleza y la trayectoria de quienes se presentaban ante la sociedad como sus perfectos salvadores. El estruendo de la orquesta matizaba un ruido de fondo que, a poco que se prestara atención, se podía percibir en él la interpretación de la auténtica partitura; esa que identifica el verdadero estilo de sus compositores. Curas, empresarios, jueces, sofistas y estrategas no desafinaban, ejecutaban con virtuosismo las notas de una melodía tan vieja como pertinaz, aunque fuesen muy pocos los que, quizás acostumbrados a escucharla, no la tuvieran en cuenta embelesados por ese aluvión de acordes que ofrecían los intérpretes principales, sin reparar siquiera en sus disonancias y en los constantes arpegios motivados por la urgencia de alcanzar el acorde definitivo.
La derecha administró durante años la crisis en provecho propio, acosando sin piedad a un Gobierno que hizo todo lo que pudo por mantener a salvo la soberanía de un país cautivo de sus imprudencias. Se valió de la obediencia perruna de sus vasallos autonómicos para coartar cualquier medida que ayudase a mejorar la situación de los ciudadanos, y contó con el apoyo inestimable de oligarcas remisos a contribuir al desarrollo económico, de un poder financiero que paralizó deliberadamente el crédito mientras recibía generosas ayudas públicas y procuraba mantener a salvo los privilegios de sus directivos, de un clero agresivo y desestabilizador que gastaba el dinero que recibía del Estado en minar sus cimientos movilizando a sus tropas en actos infames cargados de populismo rancio, y de una casta de esbirros de la comunicación encargados de mantener una presión insoportable sobre la opinión pública moldeándola a su antojo y en beneficio de los intereses políticos de quienes sufragaban sus empresas de comunicación. Y todo para lograr una de esas paradojas que devalúan el sentido de la gestión política, tal es convertir en remedio lo que causó la enfermedad: la especulación salvaje que propicia el capitalismo sin matices.
Y contaron además con un respaldo inesperado. El de los miles de ciudadanos que, irritados, emprendieron una movilización impetuosa en busca de una regeneración democrática que hoy se revela quimérica en manos de quienes, involuntariamente, se favorecieron de su desencanto. Aquel movimiento romántico y casi infantil sólo permitió que unos cuantos oportunistas hicieran carrera política, a otros que nadie hacía caso por sus actitudes agresivas e ideas irreflexivas adquirieran una especie de legitimidad impostada que ahora resulta irrelevante, y algunos más cosecharan unos réditos electorales inmerecidos aprovechando las dudas que cautivaron a muchos ciudadanos que hasta entonces habían ejercido con buen criterio el voto útil. Ahora, todos aquellos que un día creyeron que con su voluntad iban a lograr un mundo más justo sólo han conseguido nuevos y poderosos argumentos para continuar con su revolución.
Y porque el escorpión pica, contemplo desolado cómo se confirman las peores certezas. La bomba que la derecha envolvió en un vistoso papel de regalo con lazo incluido no deja de ser una bomba de alto poder destructivo. Volvemos al pasado, al inmovilismo, a la caverna de la superstición y el dogma. La independencia perseguida por una Justicia que se gobernará a sí misma por aquellos que la interpretan de una forma absurda y doctrinaria; una educación dirigida a adormecer el intelecto y segregar a quienes no son considerados dignos de recibirla por haber cometido el pecado de nacer pobres; un mercado laboral que atiende a los preceptos más puristas del capitalismo y transporta al trabajador al siglo XIX, perdiendo todos los derechos adquiridos durante años de lucha y sacrificios, y convierte al parado en un parásito que ha de demostrar su intención sirviendo a los jerarcas municipales, y deja a los sindicatos sin apenas atribuciones y condenados de nuevo a las barricadas; coacciones al divorcio, otorgando a los notarios capacidad jurídica para resolver asuntos que sólo la Justicia puede atender; criminalizar a la mujer tutelando su vida y su cuerpo, con regulaciones sobre el aborto y la contracepción dignas de una teocracia; una política financiera que privilegia a la gran banca permitiendo la absorción de las pequeñas entidades incapaces de resarcirse de sus negligencias pasadas, y que vende el sofisma del control de sueldos ¡fijos! de los directivos cuando nada establece sobre los variables o las retribuciones por labores complementarias de carácter privado; y lo que llegará: control informativo, especulación inmobiliaria, destrucción del medio ambiente, descontrol financiero, privatización de servicios públicos esenciales... La economía ha sido la coartada perfecta para regresar al pasado sin resolver los problemas presentes. Pero ¿a quién le sorprende? ¡Es la derecha, ingenuos!
El escorpión (la derecha) quiso cruzar el río (la crisis) a lomos de la incauta rana (el pueblo). El único matiz que diferencia la realidad de la fábula es que, en este caso, el astuto escorpión sabe nadar y, una vez hundido el pueblo, llegará a la otra orilla indemne y orgulloso de su gesta. Quizás la próxima vez la gente se lo piense mejor. Si es que se puede.
Ahora, consumada la conjura en la que participaron todos los actores sociales de un país atribulado, se impone una realidad que en ningún momento se ocultó al criterio de aquellos observadores que se aún conservaban la capacidad de analizar la naturaleza y la trayectoria de quienes se presentaban ante la sociedad como sus perfectos salvadores. El estruendo de la orquesta matizaba un ruido de fondo que, a poco que se prestara atención, se podía percibir en él la interpretación de la auténtica partitura; esa que identifica el verdadero estilo de sus compositores. Curas, empresarios, jueces, sofistas y estrategas no desafinaban, ejecutaban con virtuosismo las notas de una melodía tan vieja como pertinaz, aunque fuesen muy pocos los que, quizás acostumbrados a escucharla, no la tuvieran en cuenta embelesados por ese aluvión de acordes que ofrecían los intérpretes principales, sin reparar siquiera en sus disonancias y en los constantes arpegios motivados por la urgencia de alcanzar el acorde definitivo.
La derecha administró durante años la crisis en provecho propio, acosando sin piedad a un Gobierno que hizo todo lo que pudo por mantener a salvo la soberanía de un país cautivo de sus imprudencias. Se valió de la obediencia perruna de sus vasallos autonómicos para coartar cualquier medida que ayudase a mejorar la situación de los ciudadanos, y contó con el apoyo inestimable de oligarcas remisos a contribuir al desarrollo económico, de un poder financiero que paralizó deliberadamente el crédito mientras recibía generosas ayudas públicas y procuraba mantener a salvo los privilegios de sus directivos, de un clero agresivo y desestabilizador que gastaba el dinero que recibía del Estado en minar sus cimientos movilizando a sus tropas en actos infames cargados de populismo rancio, y de una casta de esbirros de la comunicación encargados de mantener una presión insoportable sobre la opinión pública moldeándola a su antojo y en beneficio de los intereses políticos de quienes sufragaban sus empresas de comunicación. Y todo para lograr una de esas paradojas que devalúan el sentido de la gestión política, tal es convertir en remedio lo que causó la enfermedad: la especulación salvaje que propicia el capitalismo sin matices.
Y contaron además con un respaldo inesperado. El de los miles de ciudadanos que, irritados, emprendieron una movilización impetuosa en busca de una regeneración democrática que hoy se revela quimérica en manos de quienes, involuntariamente, se favorecieron de su desencanto. Aquel movimiento romántico y casi infantil sólo permitió que unos cuantos oportunistas hicieran carrera política, a otros que nadie hacía caso por sus actitudes agresivas e ideas irreflexivas adquirieran una especie de legitimidad impostada que ahora resulta irrelevante, y algunos más cosecharan unos réditos electorales inmerecidos aprovechando las dudas que cautivaron a muchos ciudadanos que hasta entonces habían ejercido con buen criterio el voto útil. Ahora, todos aquellos que un día creyeron que con su voluntad iban a lograr un mundo más justo sólo han conseguido nuevos y poderosos argumentos para continuar con su revolución.
Y porque el escorpión pica, contemplo desolado cómo se confirman las peores certezas. La bomba que la derecha envolvió en un vistoso papel de regalo con lazo incluido no deja de ser una bomba de alto poder destructivo. Volvemos al pasado, al inmovilismo, a la caverna de la superstición y el dogma. La independencia perseguida por una Justicia que se gobernará a sí misma por aquellos que la interpretan de una forma absurda y doctrinaria; una educación dirigida a adormecer el intelecto y segregar a quienes no son considerados dignos de recibirla por haber cometido el pecado de nacer pobres; un mercado laboral que atiende a los preceptos más puristas del capitalismo y transporta al trabajador al siglo XIX, perdiendo todos los derechos adquiridos durante años de lucha y sacrificios, y convierte al parado en un parásito que ha de demostrar su intención sirviendo a los jerarcas municipales, y deja a los sindicatos sin apenas atribuciones y condenados de nuevo a las barricadas; coacciones al divorcio, otorgando a los notarios capacidad jurídica para resolver asuntos que sólo la Justicia puede atender; criminalizar a la mujer tutelando su vida y su cuerpo, con regulaciones sobre el aborto y la contracepción dignas de una teocracia; una política financiera que privilegia a la gran banca permitiendo la absorción de las pequeñas entidades incapaces de resarcirse de sus negligencias pasadas, y que vende el sofisma del control de sueldos ¡fijos! de los directivos cuando nada establece sobre los variables o las retribuciones por labores complementarias de carácter privado; y lo que llegará: control informativo, especulación inmobiliaria, destrucción del medio ambiente, descontrol financiero, privatización de servicios públicos esenciales... La economía ha sido la coartada perfecta para regresar al pasado sin resolver los problemas presentes. Pero ¿a quién le sorprende? ¡Es la derecha, ingenuos!
El escorpión (la derecha) quiso cruzar el río (la crisis) a lomos de la incauta rana (el pueblo). El único matiz que diferencia la realidad de la fábula es que, en este caso, el astuto escorpión sabe nadar y, una vez hundido el pueblo, llegará a la otra orilla indemne y orgulloso de su gesta. Quizás la próxima vez la gente se lo piense mejor. Si es que se puede.
viernes, 20 de enero de 2012
Remembranza
En julio del 2006 asistí a una conferencia de prensa que se celebró en el Consejo Económico y Social de la Región de Murcia, una institución consultiva que se dedica a fabricar informes de coyuntura que no sirven para nada, en la que un grupo de analistas de la casa y representantes de sindicatos, patronal y afines iban a informar sobre el estado de la economía regional. Aquel balance optimista hasta el entusiasmo sólo contenía una objeción preocupante: la escasa competitividad de los sectores productivos regionales y su aún enorme distancia con respecto a lo que entonces denominaban convergencia europea, a pesar de que el balance general realzaba los síntomas favorables sobre las carencias manifiestas y estructurales ya no sólo de la economía murciana sino de la española.
Eran aquellos tiempos de frenesí cuando cualquier paleto recibía en herencia un pedazo de tierra de labor y, en vez de explotarla o aprovechar la coyuntura y venderla a buen precio a algún promotor inmobiliario, corría como un poseso al banco más cercano y pedía un crédito para construir un bloque de apartamentos y hacerse de oro; luego iba al ayuntamiento de turno y gestionaba una licencia que se le otorgaba de inmediato a cambio de algún pellizco de las ganancias. De poco servía que el futuro edificio se fuese a levantar en algún cenagal perdido en medio de la nada, ya que entonces siempre había algún despistado inmigrante que emprendía la aventura sin tener la menor idea de que lo estuviesen estafando. Y así nos luce el pelo ahora.
Eran esos días de asueto para la prudencia, cuando uno salía de su casa a dar un paseo y terminaba con 3.000 euros en el bolsillo para gastarlos en cualquier capricho; tan sólo era necesario entrar en alguna de las oficinas que los prestamistas habían abierto en las calles principales de la ciudad al amparo de un poder financiero al que parecía que le quemara el dinero en las manos -ahora aquellos locales donde moraban los prestamistas albergan extravagantes casas de empeños donde se compra oro al mejor postor. Y fue cuando, ante semejante furor el Banco Central Europeo se empeñó en acabar con el déficit y cada mes se esperaba con expectación la nueva subida de los tipos de interés, con lo que aquellos confiados ciudadanos que compraron barato empezaban a pagar muy caro su dispendio.
Cuando los ponentes concluyeron su animada exposición de los datos que corroboraban, a su juicio, un panorama paradisiaco para la economía, llegó el turno de preguntas y recuerdo que, después de escuchar no pocas estupideces se me ocurrió interrogar al directorio sobre las consecuencias de una eventual subida exagerada de los tipos de interés sobre la capacidad financiero de las familias, teniendo en cuenta el paulatino aumento de la deuda privada que por aquel entonces se producía y, en la misma medida, si los poderes públicos estaban en condiciones de hacer frente a los inevitables problemas que sufriría el sector bancario ante un previsible aumento de la morosidad. La respuesta -o respuestas, porque allí respondió todo el mundo- fue una evasiva confianza en que los intereses no traspasaran el umbral del 6 por ciento, puesto que hasta ese momento tanto las finanzas públicas como la capacidad económica privada eran perfectamente capaces de atender sus compromisos crediticios.
Aquella reunión se celebró dos años antes de que se desatara el haz de desgracias que inundaron el mundo y que, tercas, proteicas y escurridizas, se empeñan en incorporarse a la rutina social exigiendo comprensión cuando no resignada sumisión. Entonces a Paul Krugman le estaban horneando el Nobel, Milton Friedman estaba a punto de irse a criar malvas, y en Estados Unidos perfeccionaban eso que Naomi Klein ha llamado 'doctrina del shock'. Nada parecía augurar el enorme surtidor de inmundicias que luego surgió de las cloacas del capitalismo o si hubo quien lo esperaba bien supo protegerse de las salpicaduras, elaborando en secreto astutos planes de contigencia a sabiendas de que al final siempre pagan los mismos y si en algo se aprecia a la política es por su inmensurable poder de protección ante cualquier tipo de resentimiento social, sobre todo cuando la guillotina está pasada de moda.
Más abajo, en la aldea murciana los perros vivían como marqueses y no había hueco libre que no atrajera las miradas golosas de algún advenedizo, ya fuese imaginando un fabuloso edificio o para instalar absurdas obras de arte efímero que luego servirían de pasto para vertederos. Con trabajo y dinero, aunque fuese prestado, los ciudadanos se miraban con orgullo en los escaparates del lujo, estrenaban fastuosos vehículos y parían como conejos creyendo en un mundo lleno de fortunas para sus retoños. Con una fiscalidad nutricia, los políticos desarrollaron con esmero un nuevo estilo de despotismo ilustrado rodeados de cortesanos comprometidos con la causa, quienes amasaron unas riquezas más falsas que un duro de seis pesetas. Muchos descubrieron Suiza y la cambiaron por el calcetín bajo la losa, otros fundieron en la caldera del frenesí cuanto pudieron atesorar y sin aún perder el regusto de las langostas servidas a la luz del atardecer frente a las playas de Cancún, en uno de esos estúpidos hoteles-todo-incluido, planeaban el siguiente artefacto financiero bajo la indulgente mirada de políticos y banqueros.
Curiosamente, aquellos que negaban la evidencia y alimentaron a la bestia siguen en los mismos lugares donde me los encontré hace seis años. Quizás no sean las mismas personas, pero sí las instituciones que representan, e imagino que sus diagnósticos ya no serán tan optimistas aunque mucho me temo que seguirán siendo igual de mendaces; no en vano quienes les pagan el sueldo no gustan de sermones, y menos cuando esos sí que siguen instalados en el poder. Algunos incluso más poderosos que entonces y legitimados por voluntad popular. Otros, retirados en sus palacios de invierno a salvo de cualquier inclemencia financiera, vuelven a mostrar sus riquezas una vez superado el pudor y asumido que la mierda sólo cae hacia abajo, y tras contemplar cómo quienes ya no ganan ni para limpiarla les han otorgado el poder absoluto. Se acabaron las contemplaciones: los ricos siguen siendo ricos, e incluso más, y a los pobres les pueden ir dando con lija.
No les queda otro remedio que aceptar lo que se les imponga y las razones que emplean quienes deciden los sacrificios. Han de asumir que más allá de las posibilidades de que su situación mejore, la realidad expresa una máxima insoslayable: no hay más cera que la que arde y aquí ya nadie presta velas. Sólo cabe esperar que de esta experiencia se aprenda alguna lección enriquecedora y, aunque no tenga un reflejo político, al menos permita a los sufridores despertar ese sentido crítico que siempre proporciona un poco de libertad.
Eran aquellos tiempos de frenesí cuando cualquier paleto recibía en herencia un pedazo de tierra de labor y, en vez de explotarla o aprovechar la coyuntura y venderla a buen precio a algún promotor inmobiliario, corría como un poseso al banco más cercano y pedía un crédito para construir un bloque de apartamentos y hacerse de oro; luego iba al ayuntamiento de turno y gestionaba una licencia que se le otorgaba de inmediato a cambio de algún pellizco de las ganancias. De poco servía que el futuro edificio se fuese a levantar en algún cenagal perdido en medio de la nada, ya que entonces siempre había algún despistado inmigrante que emprendía la aventura sin tener la menor idea de que lo estuviesen estafando. Y así nos luce el pelo ahora.
Eran esos días de asueto para la prudencia, cuando uno salía de su casa a dar un paseo y terminaba con 3.000 euros en el bolsillo para gastarlos en cualquier capricho; tan sólo era necesario entrar en alguna de las oficinas que los prestamistas habían abierto en las calles principales de la ciudad al amparo de un poder financiero al que parecía que le quemara el dinero en las manos -ahora aquellos locales donde moraban los prestamistas albergan extravagantes casas de empeños donde se compra oro al mejor postor. Y fue cuando, ante semejante furor el Banco Central Europeo se empeñó en acabar con el déficit y cada mes se esperaba con expectación la nueva subida de los tipos de interés, con lo que aquellos confiados ciudadanos que compraron barato empezaban a pagar muy caro su dispendio.
Cuando los ponentes concluyeron su animada exposición de los datos que corroboraban, a su juicio, un panorama paradisiaco para la economía, llegó el turno de preguntas y recuerdo que, después de escuchar no pocas estupideces se me ocurrió interrogar al directorio sobre las consecuencias de una eventual subida exagerada de los tipos de interés sobre la capacidad financiero de las familias, teniendo en cuenta el paulatino aumento de la deuda privada que por aquel entonces se producía y, en la misma medida, si los poderes públicos estaban en condiciones de hacer frente a los inevitables problemas que sufriría el sector bancario ante un previsible aumento de la morosidad. La respuesta -o respuestas, porque allí respondió todo el mundo- fue una evasiva confianza en que los intereses no traspasaran el umbral del 6 por ciento, puesto que hasta ese momento tanto las finanzas públicas como la capacidad económica privada eran perfectamente capaces de atender sus compromisos crediticios.
Aquella reunión se celebró dos años antes de que se desatara el haz de desgracias que inundaron el mundo y que, tercas, proteicas y escurridizas, se empeñan en incorporarse a la rutina social exigiendo comprensión cuando no resignada sumisión. Entonces a Paul Krugman le estaban horneando el Nobel, Milton Friedman estaba a punto de irse a criar malvas, y en Estados Unidos perfeccionaban eso que Naomi Klein ha llamado 'doctrina del shock'. Nada parecía augurar el enorme surtidor de inmundicias que luego surgió de las cloacas del capitalismo o si hubo quien lo esperaba bien supo protegerse de las salpicaduras, elaborando en secreto astutos planes de contigencia a sabiendas de que al final siempre pagan los mismos y si en algo se aprecia a la política es por su inmensurable poder de protección ante cualquier tipo de resentimiento social, sobre todo cuando la guillotina está pasada de moda.
Más abajo, en la aldea murciana los perros vivían como marqueses y no había hueco libre que no atrajera las miradas golosas de algún advenedizo, ya fuese imaginando un fabuloso edificio o para instalar absurdas obras de arte efímero que luego servirían de pasto para vertederos. Con trabajo y dinero, aunque fuese prestado, los ciudadanos se miraban con orgullo en los escaparates del lujo, estrenaban fastuosos vehículos y parían como conejos creyendo en un mundo lleno de fortunas para sus retoños. Con una fiscalidad nutricia, los políticos desarrollaron con esmero un nuevo estilo de despotismo ilustrado rodeados de cortesanos comprometidos con la causa, quienes amasaron unas riquezas más falsas que un duro de seis pesetas. Muchos descubrieron Suiza y la cambiaron por el calcetín bajo la losa, otros fundieron en la caldera del frenesí cuanto pudieron atesorar y sin aún perder el regusto de las langostas servidas a la luz del atardecer frente a las playas de Cancún, en uno de esos estúpidos hoteles-todo-incluido, planeaban el siguiente artefacto financiero bajo la indulgente mirada de políticos y banqueros.
Curiosamente, aquellos que negaban la evidencia y alimentaron a la bestia siguen en los mismos lugares donde me los encontré hace seis años. Quizás no sean las mismas personas, pero sí las instituciones que representan, e imagino que sus diagnósticos ya no serán tan optimistas aunque mucho me temo que seguirán siendo igual de mendaces; no en vano quienes les pagan el sueldo no gustan de sermones, y menos cuando esos sí que siguen instalados en el poder. Algunos incluso más poderosos que entonces y legitimados por voluntad popular. Otros, retirados en sus palacios de invierno a salvo de cualquier inclemencia financiera, vuelven a mostrar sus riquezas una vez superado el pudor y asumido que la mierda sólo cae hacia abajo, y tras contemplar cómo quienes ya no ganan ni para limpiarla les han otorgado el poder absoluto. Se acabaron las contemplaciones: los ricos siguen siendo ricos, e incluso más, y a los pobres les pueden ir dando con lija.
No les queda otro remedio que aceptar lo que se les imponga y las razones que emplean quienes deciden los sacrificios. Han de asumir que más allá de las posibilidades de que su situación mejore, la realidad expresa una máxima insoslayable: no hay más cera que la que arde y aquí ya nadie presta velas. Sólo cabe esperar que de esta experiencia se aprenda alguna lección enriquecedora y, aunque no tenga un reflejo político, al menos permita a los sufridores despertar ese sentido crítico que siempre proporciona un poco de libertad.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)